El reloj del comedor marcaba las 8:05 p.m.
Sofía había preparado la cena como si fuera una velada familiar normal. Arroz con pollo, sopa caliente, y jugo de mora. Demasiado “cotidiano” para una noche cargada de tensión.
Nari se sentó frente a ella, con los ojos fijos en la figura que tenía delante.
Los padres adoptivos estaban presentes también. El padre revisaba unos papeles sin mucho interés. La madre adoptiva solo sonreía con nerviosismo. Liam se mantenía cerca, como una sombra protectora.
Sofía rompió el silencio.
—Me alegra que hayas venido. Podemos hablar con calma… como hermanas.
—¿Hermanas? —repitió Nari con frialdad, dejando el cuaderno de su madre biológica sobre la mesa—. Qué gracioso… porque aquí dice que ni siquiera sabías si yo estaba viva o muerta.
Sofía palideció. Los padres se tensaron.
—Nari… no fue tan simple. Mamá y papá hicieron lo que creyeron mejor —dijo Sofía.
—¿Ah, sí? ¿Separarme de mi madre al nacer? ¿Mentirme toda la vida? ¿Usarme como un trofeo familiar?
—¡No digas eso! —intervino el padre, finalmente molesto—. Te dimos todo. Educación, techo, prestigio. ¡Eres quien eres gracias a nosotros!
—¡NO! —se levantó de golpe, con los ojos brillando—. Soy quien soy a pesar de ustedes. Me dieron una jaula de oro, no una familia.
La madre se cubrió la boca. El ambiente estaba cargado, espeso, como si en cualquier momento el techo fuera a ceder.
Sofía intentó calmarla.
—Nari… por favor. Te juro que no sabía todo. Yo era una niña cuando te adoptaron. Y cuando crecí… ya estabas metida en la industria, ya eras "la estrella". Mamá y papá no me dejaban hablar del tema. Yo… sólo obedecí.
Nari la miró fijamente. Por un segundo, no vio a la hermana fría que conocía… sino a una niña asustada que también había vivido bajo control.
—¿Y ahora? ¿Por qué sigues en silencio?
Sofía bajó la mirada.
—Porque no sé cómo arreglar algo que estuvo mal desde el inicio.
Nari respiró hondo.
—Yo sí. Voy a contar la verdad. Toda. Aunque el mundo se caiga a pedazos. Aunque su nombre, su estatus o su “imagen” se derrumben. No me interesa seguir actuando.
La madre adoptiva se incorporó, nerviosa.
—Nari… por favor. Las consecuencias… podrían destruirte a ti también.
—Prefiero ser destruida con verdad… que vivir una mentira perfecta.
Liam la tomó de la mano.
—No estás sola.
Sofía levantó la mirada, y por primera vez, no había frialdad en sus ojos. Había miedo… y arrepentimiento.
—Si lo haces… yo te respaldaré.
Un silencio nuevo se instaló. No era cómodo. Pero era real.
Por fin.
El cielo estaba nublado sobre Seúl. El viento traía el olor a lluvia y cambio.
Nari se encontraba en la terraza del antiguo estudio de grabación donde solía practicar con Daniel. Era simbólico, y él lo sabía.
Daniel llegó con su chaqueta negra, auriculares colgando del cuello, y esa mirada que intentaba parecer despreocupada, pero no podía esconder del todo lo que sentía.
—Así que esta vez sí viniste —dijo con una leve sonrisa, mientras se acercaba.
—Esta vez necesitaba cerrar algo —respondió Nari, mirándolo de frente.
Él se sentó a su lado, en silencio. Solo el ruido de la ciudad acompañaba la escena por unos segundos.
—Leí el diario. —La voz de Nari fue baja, como si aún no creyera haberlo hecho—. Y ahora lo entiendo todo. Por qué eras tan protector… por qué me mirabas así cuando estaba con Liam… Por qué no te alejabas.
Daniel asintió, sin quitarle los ojos de encima.
—Fui un cobarde. Me aferré a una versión de ti que ya no existe… Me costó aceptar que te fuiste… y que la que volvió tenía el mismo rostro, pero no el mismo corazón.
—No. —Nari negó con la cabeza—. El corazón es el mismo. Solo que ahora late distinto.
Daniel suspiró, cerrando los ojos por un segundo. Luego la miró, con sinceridad absoluta.
—Nunca quise confundirte. Pero sí te amé. No fue solo cariño ni costumbre. Fuiste mi todo por años. Y cuando regresaste… pensé que tenía otra oportunidad. Pero ya no eras mía. Nunca lo volviste a ser.
Nari le tomó la mano. No con amor romántico. Con respeto.
—Gracias por cuidarme cuando ni siquiera yo sabía quién era. Por estar cuando no estaba entera. Por no dejarme caer del todo.
Daniel sonrió, con los ojos brillando.
—Prométeme algo, ¿sí?
—Lo que quieras.
—No te abandones nunca más. No permitas que nadie decida tu historia por ti. Ni siquiera el amor.
Nari asintió, conteniendo la emoción.
—Y tú… prométeme que vas a bailar. Que vas a seguir creando. Que vas a dejar de vivir en el pasado.
Daniel rió suavemente.
—Difícil tarea. Pero lo intentaré.
Se levantaron casi al mismo tiempo. No hubo beso. No hubo abrazo largo. Solo una mirada que decía: gracias… y adiós.
Cuando Nari se fue, Daniel se quedó ahí, viendo el cielo nublado.
Finalmente, murmuró para sí mismo:
—Te amé bien. Y te dejo ir mejor.
El reloj marcaba las 2:17 a. m.
Nari no podía dormir.
Estaba acostada en el sofá, envuelta en una manta delgada, con una taza de té frío entre las manos. Afuera, la ciudad seguía su curso como si nada estuviera a punto de cambiar.
Liam apareció desde la cocina con otra taza, esta vez humeante. Llevaba una sudadera vieja y el cabello alborotado. Había leído los documentos. Había visto las pruebas. Había entendido todo.
Pero no dijo nada.
Se sentó a su lado, sin preguntar. Le ofreció la taza caliente y esperó.
—¿Estás enojado conmigo? —preguntó Nari, con la voz casi inaudible.
Liam negó lentamente.
—No. Solo… me dolió imaginar lo sola que te sentiste. Todo ese tiempo.
Nari desvió la mirada.
—Tenía miedo. Si lo decía en voz alta… se volvía real.
—Y aún así, enfrentaste todo. A tu manera. Como siempre lo haces.
Ella sonrió con tristeza.
—¿Sabes? A veces me pregunto quién soy realmente. Si Nari, si Hana, si una mezcla confusa que no termina de encajar.
Liam la miró con ternura y determinación.
—Eres tú. Completa. Rota, brillante, insegura, valiente. Toda tú. No necesito que el mundo entienda. Solo quiero estar contigo mientras tú lo entiendes.
Nari lo miró, y por primera vez en días, sus ojos no tenían tormenta. Solo gratitud.
—¿Y si esto termina todo? ¿Y si cuando cuente la verdad… pierdo todo lo que he ganado?
Liam se inclinó hacia ella, le tomó la mano y dijo sin dudar:
—Entonces lo volveremos a construir. Desde cero. Contigo es suficiente.
Nari lo besó. No fue un beso de pasión descontrolada. Fue lento. Íntimo. De esos que dicen estoy aquí, y no me voy.
Luego se recostó en su pecho. El corazón de Liam latía firme. El de ella también.
Afuera, la ciudad dormía.
Adentro, el silencio era paz.
Aún no sabían cuántas preguntas les harían. Cuántos titulares distorsionarían su historia. Cuánta gente trataría de desmentir lo que solo ellos conocían en carne viva.
Pero esa noche, solo importaba una cosa:
Nari ya no estaba sola. Y Liam estaba exactamente donde debía estar.