- Eli, por favor – murmuré, poniéndome frente a él -. Creo que tienen razón. Es mejor que vayamos todos con vosotros. - No, no. Tú no irás – me contestó, nervioso, apretando los dientes -. Si vienen a por nosotros, nos enfrentaremos a ellos solos. No voy a poner a nadie más en peligro, y mucho menos a ti. - ¡Y yo no quiero que te pase nada a ti! – vociferé, angustiada. Se quedó mudo cuando vio las lágrimas que ya se deslizaban por mis mejillas, al igual que los demás. Nadie se atrevió a moverse cuando rodeé su cuello con mis brazos y pegué mí frente a la suya. Nos clavamos la mirada el uno al otro y deslizó sus manos hasta mi cintura. Nos quedamos así unos segundos, con mi estómago a punto de salir volando de la revolución de alas revoloteando que tenía dentro. Noté esa energía hechizant

