La historia de amor de mis padres es tierna, despierta en mí el soltar un suspiro porque es agradable sentir que provengo del amor que nació en un par de adolescentes que supieron hacerse adultos juntos a la par que maduraba su relación. De seguro para mi padre, mamá sigue siendo la bonita chica de catorce años que esperaba tímida en la orilla de la pista del salón por algún muchacho que se le acerque para invitarle el primer baile de su vida, y para mi madre, papá sigue siendo el guapo muchacho de dieciséis años que lucía galante el uniforme del colegio militar y le pidió que le conceda una pieza. Desde ese primer baile, no han dejado de bailar juntos en cada reunión social a la que van; en cada fiesta familiar y domingo por la tarde, cuando les gusta poner a girar sobre el tocadiscos los vinilos que guardan las preciadas notas musicales ordenadas en los acordes de aquellas canciones que musicalizan los recuerdos más bonitos de su amor. De qué sería capaz por tener un amor bonito como el de mis padres.
Mientras tomo una ducha para cambiarme e ir a la constructora, caigo en la idea de que a mis casi veintisiete años no podría repetir lo que hizo papá para cortejar a mamá y empezar la relación que hoy se resume en treinta y siete años de feliz matrimonio. A mi edad ya no resulta posible vivir un amor inocente como el que empezaron mis padres siendo unos tiernos adolescentes de catorce y dieciséis años. Si quisiera repetir lo de mis padres y vivir la idea del primer amor, tendría que fijarme en una jovencita de unos dieciocho años, a lo mucho… No, definitivamente no podría interesarme en una mujer tan joven, a la que terminaría perjudicando al robarle valiosos años de su juventud al convertirla en madre de una niña de siete años ni bien me dé un «sí». «Además, entre Mariana y ella solo habrían once años de diferencia, por lo que más parecerían hermanas que madre e hija», y con esa última idea, concluyo que, por más romántica que suene la historia de amor de mis padres, no es un referente que puedo copiar.
Ya por la noche y de vuelta en casa, recibo la llamada de Sebastián Linares y su esposa Martha. Ellos se comunican conmigo y Mariana un par de veces por semana, y cada verano, en el mes de febrero, nos visitan por una semana, justamente cuando se cumple un año más del fallecimiento de Olga, para acompañar a Mariana a visitar la tumba de su madre, por quien mi niña ora y ruega que esté en el cielo. Después de que Linares y su esposa hablen con Mariana, termino conversando con el abuelo materno de mi hija. Al recordar que la historia de vida de este hombre es muy parecida a la mía, sin pensarlo mucho y de manera abrupta, me atrevo a preguntarle cómo hizo para enamorar a su esposa.
—Pues, debo confesar que no fue fácil enamorar a Martha, y no porque ella rehuyera de mí, sino porque no tenía ni la menor idea de cómo cortejar a una mujer. Con Sandra no tuve la oportunidad de aprender el arte del cortejo porque ella solita llegó a mí, se ofreció a ser mi pareja s****l y me convenció de iniciar una relación que acepté porque yo estaba perdido entre el deseo y la pasión que ella despertaba en mí —Linares caya y escucho que le pide a su esposa que le permita conversar a solas conmigo—. Braulio, ¿estás pensando en rehacer tu vida? —pregunta Linares ni bien puede retomar la conversación.
—Sí —digo, y suelto un suspiro que deja ver mi preocupación.
—Pero no tienes ni idea de cómo abordar a una mujer a quien quieres tomar en serio —Linares completa la idea que callé—. Mira, tampoco esto del cortejo es cosa de otro mundo. Lo primero que tienes que hacer es imaginarte cómo sería la mujer que quieres para compartir tu vida, y más que pensar en el físico, me refiero a las cualidades que debe tener. Yo quise que fuera alguien completamente distinta a Sandra, por lo que me imaginé a una mujer cuya actitud difiera al 100 % de la madre de mi hija, y así estuve preparado cuando me topé con Martha. Ojo que el sentirme listo no significaba que ya sabía cómo llegar a ella, cómo tratarla, solo me sirvió para identificar a la mujer que deseaba para mi vida. Hay una segunda visualización que tienes que hacer, y, creo, es la más importante.
—¿A qué se refiere? —pregunto expectante.
—A imaginarte tratando a esa mujer. Al ser Martha la otra cara de la moneda, ella no fue quien se acercó a mí para iniciar conversación; fui yo quien debió dar el primer paso, y cuando no estás acostumbrado a tener la iniciativa, cuesta bastante el controlar los nervios y empezar a caminar hacia la persona que despierta tu interés. Imaginarme cómo iniciaría la conversación con un saludo, el tema que platicaríamos después, cómo respondería ante su sonrisa o sorpresa, así como a su tristeza o incomodidad sirvió de mucho. Todo eso que visualicé me ayudó a estar preparado cuando encontré a quien sería el verdadero amor, a quien se convertiría en mi compañera de vida.
Ya con las ideas más claras gracias a Sebastián Linares, empiezo a reflexionar sobre el comportamiento de la mujer que quisiera conocer y enamorar. Primero, me la imagino físicamente. No le doy un rostro ni un cuerpo, pero sí tamaño y contextura. Como mido 1.92 m y peso 104 kilos, necesito a mi lado una mujer alta y fuerte; por ello la visualizo al menos de 1.70 m, en el peor de los casos 1.68 m, y no puede ser delgadita, como un fideo, sino que tiene que ser robusta, voluptuosa. Olga tenía un bonito cuerpo, pero siempre pensé que sería más bonita si tenía un poco más de caderas y piernas. El color de cabello, ojos, piel, también los dejo pasar de largo, ya que esos detalles son irrelevantes.
Entrando a precisar las cualidades que debe tener, lo primordial es que sea un ser maternal, capaz de sentir cariño por una niña como mi Mariana y poseer el grado de empatía que le permita entender el deseo de mi pequeña por conocer el amor de una madre. Sin embargo, no sigo hondando en ese aspecto porque me doy cuenta que podría encontrar lo que busco en una mujer soltera, que no haya tenido hijos, por lo que lo primero que me va a mostrar es su comportamiento como mujer, así que me focalizo en eso.
Antes que nada, tengo bien claro que a la elegida no la encontraré en una fiesta ni reunión social. A Olga la conocí bailando, entre tragos y el humo de tabaco, por lo que en mi subconsciente se fijó la idea de que una mujer que frecuenta fiestas y reuniones sociales es porque quiere diversión, no está interesada en una relación formal y en su proyecto de vida no se contempla el matrimonio y la maternidad. Quizás exagero y estoy cometiendo un exceso, pero prefiero pedir perdón que errar otra vez, así que, no sabré si esa mujer sabe bailar o tiene otro talento artístico hasta que esté involucrado con ella en una relación.
«Que tenga como pasatiempo leer y le guste aprender cosas nuevas», es la primera idea que llega sobre ella. No es necesario que sea una profesional, una maestra, ya que la mayoría de las chicas estudian en las facultades de Educación, pero sí que le guste mejorar como persona, y eso se consigue leyendo. La lectura te permite conocer realidades impensables y sostener temas de conversación diversos, y algo que quiero hacer con esa mujer es conversar. Con Olga me la pasé follando desde que nos topamos en la casa de Paco Sisniegas, y con esta nueva mujer primero quiero invertir mi tiempo conociendo su mente, su corazón, su espíritu antes que su cuerpo.
«Que sea sociable, que le guste hablar y mostrarse tal y cómo es». No tengo nada contra las personas tímidas, pero necesito a mi lado alguien que pueda hacer amigos con facilidad. Antes de Olga, yo era un muchacho de pocas palabras, capaz de pararme al frente de la clase y soltar un discurso fluido, pero eso de hacer amigos, hablar con desconocidos sin tener una razón, no es lo mío. Por ello, creo que sería interesante que la persona a mi lado sea capaz de iniciar conversaciones de la nada.
«Que sea trabajadora y buena administrando el dinero». Olga era floja, solo era bien proactiva y participativa cuando de divertirse se trataba. Si bien es cierto que ya he empezado una carrera profesional brillante, que se presagia exitosa, por lo que la fortuna no me será esquiva, cuando conozca a la mujer ideal, y por el tiempo que no seamos pareja, me gustaría que trabaje, explotando sus talentos y buscando ser productiva e independiente. Además, cuando uno entiende cuánto cuesta ganarse el sustento, se es más responsable a la hora de gastar. En el futuro, yo quiero ser el único proveedor de mi familia, para que mi esposa solo atienda las necesidades de nuestros hijos —incluida Mariana— y las suyas, ya que quiero que sea una mujer feliz. Sin embargo, dejaré en sus manos la administración del hogar, por lo que veo necesariamente importante que sepa cómo manejar el ingreso y egreso del dinero, que sepa de prioridades y de ahorro.
«Que no sea coqueta y me prefiera a mí sobre cualquier otro hombre». Con esto me refiero a que no guste de llamar la atención de otros hombres. Es lindo ver a una mujer que cuida su vestir, que arregla su cabello, que se maquilla y cuida su presencia ante la sociedad, pero no que esté a la expectativa de que todos los hombres la miren o que le guste que le griten supuestos piropos, que no son más que vulgaridades y groserías. Asimismo, que por el amor que nos tengamos y la relación formal que consolidemos, quiero que me dé un lugar privilegiado en su vida, sin que tenga que estar luchando contra los fantasmas del pasado o las tentaciones del presente. En síntesis, que sea una mujer que se respete y me respete.
«Que crea en Dios». En mi familia, aceptar que Dios existe y es el único ser Omnisciente, Omnipotente y Omnipresente es requisito fundamental para que seas reconocido como un Bertolotto Bianchi. Una vida dura puede llegar a romper tu fe, a desgarrar el saco donde cargas la esperanza, y sin darte cuenta, empezar a negar la existencia de Dios porque no lo encuentras en tu camino. Muchas veces, durante los años que estuve atado a Olga, llegué a negar la existencia de Dios, pero luego me arrepentía sumergido en llanto porque aquello que las personas me quitaban o negaban, él lo reponía y me ayudaba a continuar con mi vida, cumpliendo con mi responsabilidad y haciendo posible que mi hija se mantenga sana, crezca y se convierta en la bonita niña que ahora es. Dios es para mí un pilar en mi vida, y me gustaría que la mujer que elija como mi compañera piense lo mismo.
«Que sea un ser cálido, capaz de despertar su maternidad, aunque todavía no tenga hijos». ¿De qué sirve que una mujer sea bonita si es frívola, egoísta y superficial? Yo quiero tener un hogar, y esto no se forja en un lugar, sino en las personas. Que el corazón de mi esposa y el de mi hija sean mi hogar; ese espacio cálido donde me siento seguro, donde puedo bajar la guardia y descansar sin sobresaltos porque estoy protegido por el amor y la paz que ellas me brindan. Durante los años casado con Olga, el peor momento del día era regresar al apartamento en el Rímac. Después de ir por Mariana a la casa de mi hermana Elena, y luego a la de mis padres cuando mi cuñado murió, rogaba por la oportunidad de no tener que volver al infierno donde vivía con esa mentirosa mujer que me engañó vilmente.
Recuerdo que caminaba con mi hija en brazos conteniendo la respiración hasta que abría la puerta. Si no encontraba a Olga, el alivio llegaba, pero cuando ella se hallaba en el apartamento, verla me revolvía el estómago porque su presencia me daba asco, la despreciaba y repudiaba. Las peleas que tuvimos en el apartamento fueron terribles. Varias veces estuve a nada de ahorcarla o descargar golpes sobre ella, cosa que nunca ocurrió y ahora agradezco, pero el intercambio de insultos era inevitable y, desde cierto punto de vista, necesario porque si me hubiera guardado todos los desagradables sentimientos que ella despertó en mí, quizás ahora estuviera enfermo. Ahora puedo admitir que llegué a odiar a Olga, y que su muerte fue el resultado de que mis ruegos fueron escuchados.
Ya es viernes, y el domingo es mi cumpleaños número veintisiete. Durante el desayuno mamá comenta que para mi cumpleaños ofrecerá un almuerzo variado y me anima a invitar a unos cuantos amigos: a Pablo Santivañez, a Pepe Aquino —quien también ha llegado a Lima después de estar viviendo en Arequipa, donde sí pudo ingresar a la universidad para estudiar Derecho— y a un par de amistades que forjé en mis años como estudiante universitario. Estaba a punto de negarme, de decirle que solo sea un almuerzo familiar, por lo que sería genial invitar a mi hermana Cecilia —la benjamina de la familia—, junto a su esposo Ignacio y su pequeño Roberto de ocho meses, ya que el resto de mis hermanos no se encuentran en Lima, cuando el timbre suena y me ofrezco a abrir la puerta.
—¡Sorpresa! —escucho ni bien la figura larga y delgaducha de Fernando se deja ver. Él es el mayor de los gemelos por tres minutos de diferencia, y el hermano mayor divertido porque Julio es demasiado apático.
—¡¿Cuándo llegaron?! —pregunto mientras recibo el abrazo de mi hermano y veo detrás a Sandra, mi cuñada, con mis sobrinos Marcelo y Paula.
—Hace una semana —contesta Fernando con esa llamativa sonrisa que contagia a todo el mundo.
—¡¿Y por qué no nos avisaron?! —pregunto regañando a los adultos mientras recibo el abrazo de mi cuñada.
—Porque tu hermano quería sorprenderlos —responde Sandra sonriendo mientras me entrega a Paula, la pequeña de tres años que lleva en brazos y acepta que yo la cargue.
—Paulita, ¡eres una niña hermosa! —comento mientras recibo a mi sobrina— Y tú, Marcelo, ¡estás enorme! —añado al notar que mi sobrino ha crecido y está más independiente. La última vez que vi a Fernando con su familia, mi sobrino acababa de cumplir un año y Sandra nos daba la noticia de que nuevamente estaba embarazada.
—¿Papá aún está? —pregunta Fernando cerrando la puerta de casa.
—Sí, pero pasa rápido al comedor que ya estábamos por salir a dejar a los chicos al colegio y de ahí cada uno al trabajo.
Fernando no comentó que su cambio para Lima era un hecho, ya que quiso darnos una sorpresa. De Piura llegó ostentando su nuevo grado de teniente primero, un equivalente a capitán en el Ejército y Policía. Julio sí nos comunicó su cambio a Iquitos producto del ascenso, pero Fernando nos dijo que con el nuevo grado no se dio el cambio de zona, solo de cargo dentro de aquella donde ya se encontraba.
—No puedo creer que Julio te haya seguido el juego —comenta mamá mientras no para de llorar emocionada de saber que al menos uno de sus gemelos regresa a Lima para quedarse por los próximos dos años.
—Le pedí encarecidamente que no malogre la sorpresa, y lo hizo. Julio, serio como es, casi mudo, siempre ha sabido encubrirme bien —dice Fernando, y papá lo mira levantando una ceja—. ¡Ay, papá, eran cosas de chiquillos!
—¿Y dónde van a vivir? —pregunta mi hermana Elena mientras carga a Paula, quien juega con Mariana y Sara, mientras Efraín lo hace con Marcelo.
—En la Villa Naval de La Punta. Los camiones de la mudanza ya llegaron y tenemos todo ordenado en casa —dice Fernando, y mamá termina por darle un fuerte manotazo en el brazo izquierdo—. ¡Mamá! ¡¿Por qué la violencia?! —se queja mi hermano.
—Por no avisar. Sandra y mis nietos han estado incómodos mientras llegaba la mudanza. Tranquilamente pudieron quedarse en esta casa hasta que terminaran de acondicionar la que te han asignado en la villa.
—No se preocupe, querida suegra. Estuvimos alojados en un hotel por cuatro días, hasta que terminamos de acomodar los dormitorios y la cocina. Luego, y a poco, hemos terminado con los otros ambientes —explica Sandra mientras sonríe por la graciosa escena que acaba de ver: a su esposo quejándose como un niño tras el correctivo dado por la madre.
—Bueno, ¡bienvenidos, una vez más! —dice papá dejando su puesto en la mesa del comedor—. Se quedan en su casa; Braulio y yo tenemos que ir a dejar a los chicos al colegio, y luego a trabajar.
—Gracias, papá. Yo tengo orden de presentarme en la comandancia el lunes, así que hoy nos quedamos todo el día en casa para hacer compañía a mamá, Elena y María. Que te vaya bien en el trabajo. Conversamos en la cena.
Hoy ha resultado un día de buenas noticias porque acaban de darme la tarde libre por un exceso de cúmulo de horas extras. En los últimos meses, he estado trabajando hasta los fines de semana porque me asignaron la supervisión de tres obras fuera de Lima, por lo que el Área de Recursos Humanos vio a bien liberarme de mis labores temprano. Yo feliz porque de seguro mamá ha cocinado un delicioso banquete por el retorno de Fernando a la capital, así que regreso de inmediato a casa. Después del almuerzo, mientras Sandra toma una siesta con mis sobrinos en la habitación de huéspedes —mi cuñada es piurana, y por allá tienen la costumbre de descansar media hora, o un par, por la tarde, cosa que ella aprovecha hacer al lado de sus hijos—, me quedo conversando con Fernando en mi habitación.
—Oye, Braulio, ¿tienes planes para mañana? —pregunta Fernando interrumpiendo súbitamente la conversación.
—Después del desayuno llevo a Mariana al club para que entrene tenis. Tu sobrina es buena en ese deporte. Quien dice que no termine siendo una profesional de la raqueta.
—¿Y por la tarde, después del almuerzo? —pregunta insistente.
—¿Qué pasa, Fernando? ¿Necesitas que te ayude en algo? —respondo preguntando con preocupación.
—¡No! Tranquilo, mi insistencia no es porque haya sucedido algo malo y requiero tu ayuda en secreto. El domingo es tu cumpleaños, y Julio me ha enviado un giro para comprarte un regalo por tus veintisiete años, uno de parte de los dos —explica mi hermano, y luego procede a despeinar mi cabello, como hacía cuando éramos niños.
—No es necesario, hermano. Con que estés el domingo en el almuerzo basta —digo sonriendo encantado de que ese par me siga engriendo.
—Eres nuestro hermano menor, el otro varón de la familia, no podemos pasar de largo tu cumpleaños como si fuera una fecha cualquiera. Vamos al Bazar Naval en San Miguel para que busquemos un regalo para ti, o varios. La suma destinada para ello es bien generosa, así que podrías comprarte un buen reloj en el pasillo de joyería, o aumentar tu guardarropa sustancialmente. ¿Qué dices? —sonríe con picardía, y yo empiezo a sospechar.
—¿Es un plan de hermanos, nosotros dos solos? —pregunto, suponiendo que después de ir al bazar me llevará a otro sitio.
—Sí, tú y yo solos. Sandra ya me dio permiso —comenta Fernando, y ambos reímos por cómo sonó eso de que mi cuñada le ha dado permiso.
—¿Después iremos a otro lado? —consulto para averiguar lo que Fernando pretende con esa salida de hermanos; sospecho que este gemelo tiene otras intenciones.
—Me han comentado que las señoritas que atienden como vendedoras en el bazar son muy guapas, y como estás soltero… —Fernando gira los ojos de manera traviesa, y no puedo evitar empezar a reír a carcajadas. Mi hermano termina lanzándose sobre mí, colocando una almohada en mi cara para apagar el ruido de mi estruendosa risa.
—No hagas tanto ruido, despertarás a mi esposa e hijos —Fernando exagera. La habitación de huéspedes está al otro lado del corredor del segundo piso, demasiado lejos de la mía—. Mira, hermano, creo yo que ya ha llegado el momento de que dejes la soledad y de andar acostándote con cada extranjera loca con la que te topas en el club —miro sorprendido a Fernando porque sabe de mis aventuras de una noche—. Cierra la boca. No te sorprendas, yo tengo mis fuentes.
»Con Sandra hemos hablado mucho sobre tu situación —lo miro algo molesto porque eso de que con mi cuñada empiece a especular sobre mí, no me gusta—. Sabes que Sandra no es solo mi mujer, es mi amiga, y entre nosotros no hay secretos, algo que te recomiendo que también experimentes en tu relación cuando encuentres a la indicada —comenta para que deje de mirarlo feo—. En fin, como te decía, mi esposa y yo pensamos que entre las mujeres de nuestra sociedad no vas a encontrar a nadie que valga la pena. Creemos firmemente que ninguna de las finas señoritas de las familias adineradas de Lima querrá casarse contigo por cuestiones de tu pasado —ahora miro algo acongojado a mi hermano, y él se da cuenta que yo también he pensado lo mismo—. No te digo esto para que te pongas triste, sino para que consideres otras opciones.
»Lo que necesitas para tu vida es una buena mujer, sin importar el nivel social al que pertenezca. Así que con Sandra creemos que sería bueno que puedas conocer a mujeres de otras realidades económicas de Lima, pero de una manera segura, sin exponerte a ser timado una vez más. Es por eso que se me ocurrió ir al Bazar Naval a comprar tu regalo y mirar qué tan agradable está el panorama por ahí. Tú sabes los estrictos parámetros que tienen en la Marina para seleccionar a los futuros cadetes, y aún son más rigurosos con la contratación de personal civil, por lo que te aseguro que las señoritas que trabajan en el bazar no son cualquier cosa».
Miro fijamente a Fernando, analizando lo que me propone. Este empieza a notarse nervioso, incómodo, no sé por qué.
—Miras como papá cuando está tratando de leer el alma de aquel pobre ser que va a someter en un interrogatorio —explica Fernando sobre su nerviosismo, y yo nuevamente empiezo a reír a carcajadas, pero ahora yo solito me ahogo con la almohada.
—Sabes, ayer, antes de dormir, estuve pensando en las cualidades que debe tener aquella mujer a quien haré mi compañera de vida —Fernando se acomoda sobre mi cama para escuchar atentamente lo que tengo que comentarle—, y, aunque fue la primera vez que hago ese ejercicio, se me ha quedado grabado cada aspecto que consideré. He perdido tres años y medio acostándome con cualquiera porque la única clase de mujer que conozco y sé cómo tratar es aquella a la que pertenecía Olga, pero una así no puede ser mi esposa, ya que no solo necesito una mujer con quien el sexo sea genial, sino que requiero de una buena y sincera que pueda ser una madre para Mariana. Acepto la propuesta de ir al Bazar Naval no solo para comprar mi regalo de cumpleaños, sino para analizar el comportamiento de las vendedoras, pero te pido que me ayudes. Sandra es una hermosa mujer y mejor ser humano con quien estás formando una maravillosa familia, así que serás un buen consejero para ayudarme a elegir, si así se da, a aquella a quien empezaré a cortejar.
—Y si no encontramos a nadie que valga la pena en el Bazar Naval, iremos al de la Policía, al del Ejército, al de la Aviación, y a otras tiendas departamentales hasta que hallemos a la futura mamá de Marianita y tu esposa fiel —dice muy serio Fernando. Mi hermano me ofrece su meñique derecho, señal de que estamos sellando un acuerdo, comprometiéndonos en una misión que no será fácil, pero que se tiene que hacer porque mi niña el próximo mes ya cumple siete años.
—Tenemos un trato, Fernando —digo y aprieto mi meñique derecho contra el de mi hermano.
—Tenemos un trato, Braulio —y sin decir más, bajamos a la cocina para comer un trozo adicional del rico pastel de manzana de mamá.