Mi padre tenía razón cuando me dijo que la gente olvida rápido. Han pasado tres años y seis meses desde la muerte de Olga, y ya no percibo los cuchicheos a mis espaldas ni las miradas de lástima o burla. Claro está que durante las primeras semanas en el trabajo —después de regresar del permiso que me concedieron por defunción de un familiar cercano— fui el blanco de los comentarios malsanos y doble sentido de algunos de mis compañeros —de aquellos a los que no les caía nada bien porque nunca les acepté una invitación a beber después del horario laboral—; sin embargo, el ingeniero Bustamante, mi jefe inmediato por esos días, detuvo las habladurías cuando enfrente de todos regañó a uno de ellos, a aquel que escuchó claramente llamarme “cachudo”.
No voy a negar que al principio quise estampar mis puños en sus caras, pero algo que aprendí en el colegio militar es que el más fuerte es el que no se deja dominar por sus emociones, el estoico. Y logrando mantenerme en calma, sin demostrar enojo por lo que decían sobre mí en conversaciones que a propósito iniciaban cuando me acercaba a donde ellos estaban, fue como superé ese complicado momento. Evidenciar que no me importaba lo que piensen de mí hizo que la gracia de ponerme sobrenombres a mis espaldas perdiera efecto, acabándose el período de burlas.
Por otro lado, que en los periódicos haya salido esa malintencionada noticia, también sirvió a que varias señoritas que sabían de mi existencia, pero se mantenían alejadas por estar casado y tener una hija pequeña, se animen a hablarme y entablar amistad conmigo, al menos en el trabajo, ya que yo sigo manteniendo mi postura de no involucrarme con nadie de la constructora en mi vida personal por respeto a mi familia y a mi hija.
—En verdad, Braulio, que no te entiendo. Si tuviera tu altura, ese porte que te manejas, y esa carita que tantos suspiros arranca de las féminas, yo ya hubiera conseguido un reemplazo de madre para Marianita —dice Pablo Santivañez, mi amigo del barrio, con quien estudié desde jardín de niños hasta la secundaria en el colegio militar. Él acaba de regresar de estudiar en España, a donde sus padres lo enviaron a hacer una maestría cuando terminó la carrera de Economía en San Marcos.
—Pablo, entiende que ya no soy un hombre solo, aunque no tenga esposa. Mariana es mi gran amor y mi mayor responsabilidad; no puedo elegir a cualquiera para que sea su madre. Así como yo me merezco una mujer que me ame y respete, mi hija se merece una madrastra que no sea como la de los cuentos, sino una que en verdad quiera cumplir con el papel de madre —explico por enésima vez a mi amigo, con quien estoy tomando unos vinos en el bar Queirolo, en Pueblo Libre, antes de que nos vayamos a encerrar en nuestras respectivas casas para descansar y estar listos para el siguiente día de trabajo, ya que hoy es miércoles. Él acaba de empezar a trabajar en el Ministerio de Economía y Finanzas, y desde que regresó hemos adoptado la costumbre de reunirnos a mitad de semana para beber algo y darnos ánimos para terminar la semana laboral.
—Pero Braulio, las chicas que trabajan en Graña y Montero son hermosas, caminando elegantes con ese uniforme que les ciñe muy bien en la cintura y caderas —Pablo tiene muchas ganas de estar con novia porque lleva más de un año sin una, y dice que ya le urge calmar sus necesidades carnales.
—Amigo, después de lo que viví con la madre de mi hija, lo que menos quiero es fijarme en una mujer por el tamaño de su cintura y caderas —digo mientras sonrío, tratando de recordar con buen humor mi pasado con Olga.
—Sobre eso, nunca te lo dije, pero a mí no me gustaba que salieras con Olga. Desde un inicio me pareció que te utilizaba, pero no dije nada porque los demás muchachos alentaban que te acostaras con una mujer mayor, y a ti se te veía tan ilusionado que no quise romper la burbuja en la que vivías —comenta Pablo con un notorio sentir en su voz y postura. Mi amigo se ha quedado mirando el interior de su vaso, como si el reflejo que puede ver en su bebida estuviera haciendo que recuerde esos días en que éramos unos adolescentes.
—Pablo, hiciste bien en no revelarme lo que pensabas —respondo ante lo que acaba de comentar mi amigo—. En ese momento, estaba embelesado por Olga, y de seguro no te habría hecho caso; hubiera tomado a mal tu comentario y nuestra amistad podría haberse deteriorado.
—Lo sé, pero creo que debí ser más valiente y, aunque me llevas una cabeza, enfrentarte al confesarte que no me parecía que estuvieras actuando bien al mantener una relación basada en el sexo —la triste mirada de Pablo hace que empiece a reflexionar sobre sus palabras—. Nosotros soñábamos con tener novia y salir los cuatro al cine, a pasear manejando el auto de tu papá o del mío, a ir a las fiestas de la universidad en grupo y, cuando nos graduemos, llevar sujetas a nuestros brazos a un par de bonitas y bien educadas señoritas, pero nada de eso tuvimos porque te casaste con Olga.
—Mi vida cambió con el nacimiento de Mariana. Tuve que crecer y hacerme responsable de golpe. Era una vida nueva la que dependía de mí, y no iba a fallarle a mi hija —respondí tratando de encontrar la mejor excusa para no haber hecho nuestras ilusiones de chiquillos realidad.
—No, Braulio, Marianita no es quien impidió que nuestros sueños se hagan tangibles, fue Olga y el inescrupuloso motivo por el que se acercó a ti. Ella te utilizó para olvidarse de ese tipo, y no pudo; luego salió embarazada, y terminó atada a ti por todos lados, menos del corazón. Quizás el ser padre hubiera hecho que no saliéramos tan seguido como nos imaginábamos que pasaríamos los años universitarios, pero al menos hubiéramos tenido lindas tardes de lonche con tu familia y mi novia si Olga te hubiera amado —no creo que sea por efecto del alcohol, ya que recién hemos empezado a beber una copa, pero Pablo comienza a llorar—. Siento que te fallé como amigo al no hacerte ver el error que cometías, que te merecías algo más que sexo con una mujer experimentada: vivir la ilusión del primer amor.
Aunque termino desviando la tristeza de Pablo por el recuerdo culposo que guardaba, y culminamos nuestro encuentro de amigos entre risas, al regresar a casa voy pensando con melancolía sobre lo que mi amigo dijo: que no pude vivir la ilusión del primer amor. Creo que si ahora no me atrevo a cortejar a una mujer es porque no sé cómo hacerlo, ya que yo no tuve la oportunidad de experimentar el nerviosismo por declararme a la chica que me gustaba y la satisfacción de saber que ella respondía a mis sentimientos. Ahora, a días de cumplir veintisiete años, ¿cómo hago para retroceder el tiempo y vivir lo que me dejé quitar?
Bajo del taxi y camino hacia la entrada de la casa, y antes de tocar el timbre, Mariana ya sabe que llegué porque claramente escucho la voz de mi hija cuando dice: «Papito mío ya llegó». De seguro estuvo mirando por la ventana de mi habitación que da para la calle, y me vio descender del vehículo que me trajo. Abro la puerta y mi princesita de casi siete años corre hacia mis brazos, yo la elevo hasta que puede tocar el techo y empiezo a dar vueltas sobre mi eje, cosa que a ella le encanta.
Después de la cena, mientras seco su cabello tras haber tomado un baño, mi hija me pide que le lea uno de los tantos cuentos que hay sobre el pequeño librero que está sujeto a la pared, sobre el escritorio donde por las tardes mi hermana Elena o mamá le ayudan a hacer la tarea del colegio.
—Papito mío, ¿en verdad existen las hadas madrinas? —pregunta Mariana antes de que le dé el beso de las buenas noches.
—No, hijita, no hay hadas madrinas. Lo que hay son bellos ángeles que Dios envía para cuidar a los niños —respondo con sinceridad. Lo último que quisiera en la vida es mentirle a mi hija y crearle falsas expectativas.
—¿Y qué pasará cuando crezca? ¿Los ángeles ya no me cuidarán? —pregunta mi hija notoriamente preocupada.
—Todo dependerá del tipo de corazón que tengas cuando seas adulta. Si eres capaz de mantener el hermoso corazón que ahora posees, ten por seguro que los ángeles seguirán cuidando de ti —la sonrisa que me entrega al brillar la esperanza en ella es la recompensa al llegar a casa después de un duro día de trabajo.
—Papito mío, ¿y los ángeles pueden hacer realidad mis sueños? —pregunta con ilusión.
—Ellos son enviados por Dios, y nuestro amado señor lo puede todo —respondo mientras la arropo con el grueso edredón que la cubre para no sentir el húmedo frío de la noche limeña durante la temporada de invierno—. Solo tienes que pedirle que te conceda el hacer realidad lo que quieres, aunque creo que eso está demás porque él ya conoce todo lo que guardas en esa hermosa cabecita.
Tras darle su beso de buenas noches, dejo la lámpara de su mesita de noche encendida para ayudarle a controlar su miedo a la oscuridad mientras se queda dormida. Salgo de la habitación, pero no me alejo, ya que me quedo atento a que se duerma, detrás de la puerta entreabierta. En eso, logro percibir la vocecita de mi pequeña princesa, elevando un Padre Nuestro y luego un Ave María, pero lo que dice después de agradecer por el alimento y que todos en casa tenemos buena salud, no me esperaba que mi hija guardara como su mayor deseo.
—Diosito, te pido que envíes a tus ángeles para que hagan realidad mi sueño. Tú sabes que mi mamá murió y que ella no me quería —me duele tanto que Mariana recuerde tan bien el abandono de su madre—, por lo que te pido tener una nueva mamá que me quiera y que también quiera a papito mío —siento cómo mi mandíbula cae al escuchar el ruego de mi hija—. Veo a mis amiguitos caminar muy contentos de la mano de sus papás y de sus mamás, y yo también quiero eso para mí, pero también quiero que papito mío tenga una esposa que lo llene de besos, le prepare una rica comida y le planches sus camisas como mi lita Elena hace con mi lito Braulio. Papito mío es bueno, Diosito, y yo quiero que él pueda caminar de la mano con una bonita esposa, que será mi mamá, y tener hermanitos para jugar y cuidar porque yo seré la hermana mayor, como lo es mi tía Elena, quien también cuida de papito mío, que es su hermano menor. Te lo pido Diosito con todo mi corazón. Amén.
Al apoyar mi espalda en la pared del pasadizo donde están los dormitorios en la segunda planta de la casa, iniciando por el de Mariana, me dejo caer hasta quedar sentado sobre el frío suelo. Aprieto mis rodillas hacia mi pecho, y unas lágrimas rebeldes escapan de mis ojos. Me había prometido no volver a llorar después de la última vez que lo hice recorriendo los pasadizos del hipermercado donde acompañé a Sebastián Linares y su esposa a comprar todos los regalos que tenían pendientes para mi hija, a quien ambos reconocen como su nieta.
«Mi Mariana quiere una mamá y una esposa para mí», pienso en voz alta, aunque solo ha sido un susurro lo que salió de mi garganta. Mi niña quiere experimentar lo que los otros niños gozan al contar con un padre y una madre amorosos. Y yo me autocalifico como incapacitado para amar al no saber cómo se llega a enamorar a una mujer porque con Olga no aprendí sobre amor, solo sobre sexo y decepción.
Varios minutos después, cuando caigo en que Mariana ya está durmiendo, ingreso a apagar la lámpara de su mesa de noche, y contemplo el apacible rostro de mi hija. Por ella es que a diario muestro a la sociedad la apariencia de que todo está bien, de que ya estoy completamente recuperado de la pesadilla que viví durante los años de matrimonio con Olga, pero la verdad es que ahora estoy más perdido que nunca porque no sé cómo avanzar en la vida.
En estos tres años y medio no he conocido a alguien con quien quiera hacer una vida, construir una familia y gozar de un bonito presente; solo he tenido encuentros sexuales de una noche con algunas mujeres modernas y cosmopolitas, de esas que hablan de feminismo y en su mayoría son extranjeras, a quienes conozco en el club, un lugar que frecuento los fines de semana porque Mariana ha mostrado interés por el tenis. Quizá con alguna he repetido la aventura de encontrarnos en un hotel o de ir a visitarla al apartamento donde reside por los días que está de paso por Lima, pero no más. La afinidad que pude encontrar con alguna en la cama, no la pude percibir en otros aspectos de la vida, en especial con el que me resulta fundamental: mi hija.
Todas ellas han mostrado que no están interesadas en amar a una niña que no sea suya, es más, creo que en realidad ninguna piensa en la maternidad como una opción para sus vidas porque quieren disfrutar de una existencia bohemia. Andar de festejo en festejo sin motivo específico todos los días de la semana sin hacer distinción, saliendo de rumba, bebiendo sin parar, viviendo sin preocupación por lo que sucederá el día de mañana, son un patrón común en ellas, lo que hace que sean una buena opción para compartir un par de horas de placer, pero no una vida.
Ahora que analizo mejor a estas mujeres, que solo puedo darles el título de mis amantes eventuales, me doy cuenta que se parecen mucho a Olga. Ellas son mujeres con las que terminé enredado entre sábanas porque se comportan como lo hizo la que fue mi esposa cuando me conoció en una fiesta de fin de semana apenas había cumplido los dieciocho años. Ellas fueron directo al grano, coqueteándome sin pudor alguno porque estaban seguras de lo que querían: un buen polvo con el viudo joven. Ninguna esperó que yo las cortejara; fueron ellas quienes se insinuaron, y yo acepté porque llevaba años sin tocar a una mujer, ya que, tras el nacimiento de Mariana, nunca más volví a acostarme con Olga.
«¡Estoy jodido! Creo que atraigo a las lobas como un imán lo hace con el hierro, pero lo peor es que solo sé comportarme con este tipo de mujeres», concluyo sintiendo unas profundas ganas de romper en llanto hasta el sofoco. No obstante, decido calmarme, respiro profundo, y empiezo a buscar una solución. «Necesito aprender cómo enamorar a una mujer buena», me digo a mí mismo. Comienzo a buscar mis referentes de buena mujer, y no me toma mucho tiempo, ya que mamá es una fémina de ese tipo. «Entonces, la tengo fácil porque solo debo preguntar a mi papá cómo hizo para enamorar a mamá, y, ¡listo!», me dije, y eso cambió mi ánimo, por lo que puedo ir a dormir tranquilo.
Como hemos hecho los últimos tres años y medio que vivo en casa de mis padres, me despierto antes de las 4:30 a. m. para salir a correr con papá, pero yo tengo otros planes: interrogarlo sobre cómo cortejó a mamá. Mi padre me mira con bastante duda cuando termino de hacer mi pregunta. Recién hemos empezado nuestra rutina deportiva diaria, pero él se detiene en seco y se toma unos segundos para pensar en cómo responderá. Sentados en una de las bancas del parque El Olivar, papá comienza a contarme lo que ya sabía, que conoció a mamá en un quinceañero al que lo invitaron para que sea el chambelán de la festejada, ya que mi padre también es un exalumno del colegio militar.
—Empecé a preguntarle a todos los muchachos en esa fiesta si sabían cómo se llamaba y dónde vivía. La hermana mayor de la quinceañera me escuchó indagando sobre la chica que captó mi atención, y al saber que yo era un buen chico, no dudó en darme todos los datos que necesitaba: Elena Bianchi Delgado, en La Punta, Callao. Yo estaba feliz porque el colegio militar está ahí no más del distrito de La Punta, por lo que me dije: «Si quieres conocer mejor a esta chica, tienes que llamar su atención esta noche», y así terminé por invitar a tu madre a bailar, luego empezamos a conversar, y a partir de ahí, la iba a buscar cada fin de semana, a la salida del colegio, que a veces era los sábados por la tarde y otras el domingo por la mañana.
»En esa época el que me iba a buscar al colegio era tu tío Andrés, condición que tu abuelo Belisario le puso para dejarlo usar el auto los fines de semana. Mi hermano vio que yo estaba completamente ilusionado con esa muchacha, que me había enamorado a los dieciséis años de una chiquilla de catorce, y por eso decidió ayudarme en el proceso de conocer mejor a tu madre, ya que él me llevaba hasta la casa de tus abuelos Marcelo y Florencia para que visite a Elena, a quien la dejaban recibirme porque sabían que era hijo de Belisario Bertolotto, un exitoso hombre de negocios hijo de inmigrantes italianos, como lo era tu abuelo Marcelo. Y esa similitud entre nuestras familias, hizo posible que pueda cortejar a tu madre en la sala de su casa».
—Pero ¿cómo así la cortejaste? —pregunto porque quiero que me detalle qué es lo que hacía y él califica como cortejar.
—Le llevaba alguna flor que vi camino a su casa, o algún trabajo que hacíamos en las clases de carpintería. También le entregaba las cartas que escribía para ella durante la semana en el colegio y siempre le dije lo bonita que se veía. Tres meses después de estar en ese plan, le pregunté si quería ser mi enamorada, y ella me dijo que sí. Ya el siguiente fin de semana que la visité, ya fui como su enamorado, por lo que, cuando nos saludábamos, dejaba un beso en una de sus mejillas —papá sonríe hecho un bobo al recordar esos tiempos de su adolescencia.
—Entonces, mamá fue tu primera y única novia —comento para romper el estado de abstracción en el que ha caído mi padre.
—No. Aunque tu abuelo permitió que me convierta en un oficial de la Policía Nacional, al principio no estuvo de acuerdo con ello, así que, ni bien terminé el colegio militar, después de las fiestas de fin de año, me envió a la ciudad de Buenos Aires, donde mi tío Gino. Tu abuelo creía que alejándome de Lima iba a cambiar mi parecer de ser policía, pero para su mala suerte terminé amando más la idea de convertirme en uno porque el mejor amigo de mi tío Gino era el agregado policial de Perú en Buenos Aires. A mi tío Gino siempre le pareció una tontería que tu abuelo no me deje ser lo que yo quería, así que no le dijo nada a tu abuelo sobre la presencia de su amigo policía en Argentina, y yo terminé más ilusionado con la carrera policial por esos días en Buenos Aires.
»Pero bueno, no perdamos la idea. Antes de irme a Argentina, decidí terminar la relación con Elena porque no tenía ni la menor idea si algún día volvería a Lima. Tu abuelo estaba decidido a dejarme en Argentina una década si así me sacaba de la cabeza la idea de ser policía, y yo amaba a tu madre, así que someterla a que me espere hasta que regrese era egoísta. Ella tendría su quinceañero en marzo del año siguiente, y si entre nosotros existía la promesa de seguir siendo enamorados, ella no iba a querer a ningún otro chico como su chambelán. Para facilitarle la vida a Elena, rompí con ella. Me dolió verla llorar, pero era necesario para que siguiera con su vida. A los días me monté en el avión con los ojos rojos e hinchados porque yo también lloré por nuestra ruptura, porque me obligaban a alejarme de todo lo que quería, incluida Elena.
»Ya donde tu tío Gino, él me aconsejó que disfrutara de la experiencia viviendo en otro país, ya que presentía que pronto volvería a Perú. Yo le hice caso porque no me la podía pasar encerrado en una habitación. La idea de mi padre era que estudie en la Universidad de Buenos Aires, y así lo hice. A los seis meses conocía a Camila, una amiga de mi prima Soledad, y con ella intenté rehacer mi vida, pero la verdad que no pude. El recuerdo de tu madre era tan fuerte que, por más que lo intenté, no pude olvidarla, por lo que terminé con Camila a los dos meses de haber empezado una relación con ella. Ya en enero del siguiente año, conocí a Paula, una chica un par de años mayor que estudiaba en la misma facultad, y con ella tuve mi despertar s****l, pero lo que ella hacía sentir a mi cuerpo no era tan fuerte como lo que causaba el recuerdo de Elena en mi corazón y mente, así que terminé por alejarme también de Paula.
»Tu abuelo fue a verme antes de que termine el segundo año de mi estadía en Buenos Aires, y al comprobar que mi deseo por ser oficial de la Policía Nacional del Perú no se había debilitado, además que mi tío Gino le dijo un par de cosas como hermano mayor, tu abuelo desistió de querer cambiar mis preferencias profesionales y permitió que regrese a Lima. Después de llegar a casa y abrazar a tu abuela Isidora, le pedí a tu tío Andrés que me lleve a la casa de Elena, y recuerdo como si hubiera sucedido ayer el verla cruzar corriendo el camino que unía la puerta principal de la casa de los Bianchi Delgado hacia la reja que encerraba el bonito jardín frontal que tu abuela Florencia amaba cuidar. Tu madre tenía dieciséis años y yo dieciocho cuando nos volvimos a ver y decidimos que lo que nació dos años antes, jamás morirá».