Cambiando el destino: Capítulo IV (Parte 2)

3681 Words
Al llegar a la mansión de los Reyes en el distrito de La Molina, solo basta decir mi nombre para que las puertas de esa propiedad se abran de par en par ante mi llegada. Soy dirigido hacia el estudio donde Vanko Reyes me espera de pie en medio de esa habitación que es muy parecida a la que mi padre tiene en casa. El poderoso hombre de negocios me mira serio, pero me saluda amablemente y me invita a tomar asiento. Un hombre algo mayor que Ramiro lo acompaña, y deduzco que es Emil Vargas, el esposo de Lucila, la primogénita de la familia Reyes. A diferencia de su par Moreno, el líder de los Reyes no ostenta su riqueza y poder cargando abundantes joyas de oro y piedras preciosas, solo luce un fino traje y un inmenso anillo de oro con un rubí en el índice derecho. —¿A qué se debe su visita, joven Braulio Bertolotto? —pregunta Vanko Reyes después que ambos tomamos asiento en los cómodos sofás de la pequeña sala que hay en el estudio, Emil Vargas se mantiene de pie. —Señor Vanko Reyes, ¿en verdad es usted el líder de su familia? —pregunto imitando a mi padre cuando visitamos a Esteban Moreno. —La pregunta ofende —responde Vanko Reyes sin perder la calma. —Me disculpo por ello, pero ese no es el objetivo que espero conseguir con mi pregunta. Señor Vanko Reyes, ¿sabe lo que su hijo Ramiro hace a sus espaldas? —Reyes me mira fijamente y logro detectar la incertidumbre en su expresión, algo que me favorece—. Usted sabe bien que soy el viudo de Olga Linares, quien ha muerto hace poco al sufrir mortales golpes en un accidente en la carretera sur, y también debe saber que ella iba en el auto de su hijo, quien no sufrió más que una que otra contusión de menor importancia. Debe agradecer a la divinidad en la que cree que Ramiro haya usado el incómodo cinturón de seguridad, cosa que no hizo mi difunta esposa. —Sí estoy enterado de lo sucedido con su esposa; mi más sentido pésame —dice Vanko Reyes, pretendiendo que con sus palabras hará que baje la intensidad con la que he llegado a su casa para reclamarle por el comportamiento de su hijo. —Creo que el pésame debería ofrecérselo a su hijo, ya que él se ha comportado como el viudo de Olga al organizar y pagar por su funeral y entierro —lo que acabo de decir perturba a Reyes, es un hecho que lo que he lanzado no había sido detectado por su radar. —Emil, ¿sabes dónde está mi hijo? —pregunta el líder gitano sin perder tranquilidad, o así parece. —Hace un par de horas ingresó a la propiedad —responde el yerno, quien se nota que es el segundo al mando. —Haz que lo traigan a mi presencia —pide Reyes, y yo no espero para hacer una acotación más. —Antes que venga su hijo le quiero pedir que no se vaya a asustar si nota que ha sido golpeado en el rostro —ambos hombres me miran con duda—. He sido yo quien le ha dado su merecido cuando me lo topé en el cementerio después de visitar la tumba de mi esposa. Él había ido con flores y rindiendo luto a su recuerdo, mostrando una gran pena por su partida, y ante tremenda desfachatez, no dudé en cobrarme su falta de respeto de todos los años que fue el amante de Olga y el primer incitador en hacer que ella no cumpla con su deber de madre al llevársela en varias oportunidades, impidiendo que se quede en casa al lado de su pequeña hija. Vanko Reyes empieza a mostrar una enorme molestia en la mirada. Emil pregunta si va por Ramiro, y Reyes responde que no, que todos iremos al encuentro de su hijo. Guiado por suegro y yerno, termino saliendo hacia un amplio jardín que conecta la gran casa con otras más pequeñas, pero no menos lujosas. Cuando ingresamos a aquella que habita Ramiro junto a su esposa, lo encontramos vistiendo una bata de baño, ya que acababa de asearse, y una mujer mayor, pero de belleza innegable, está colocándole una crema sobre la marca que dejó mi puño en su mejilla. El padre no pide permiso para ingresar, tomando por sorpresa al hijo, quien se queda absorto cuando me ve parado al lado del patriarca de su familia y de su cuñado. —Ramiro, te voy a dar la oportunidad de que confieses lo que has estado haciendo a mis espaldas, me des los nombres de aquellos que me han ocultado tu proceder en estos tres días y que me expliques por qué te metes en los asuntos del joven Braulio Bertolotto —la voz de Vanko Reyes me recuerda la de mi padre cuando quiere obtener la verdad. —Maldito cobarde, ¡viniste a quejarte con mi padre! —escupe con rabia Ramiro. —¿Cobarde? Creo que en el cementerio dejé bien claro que puedo ser todo, menos cobarde. Si me he visto obligado a pedir audiencia con tu padre es porque debo exigirle al adulto responsable que controle a su hijo, uno que no demuestra con su comportamiento la edad real que tiene —la rabia aumenta en Ramiro, y mi seguridad hace lo mismo; estoy yendo por buen camino para sacarme de encima a este sujeto—. Además, aún no le digo a tu padre el verdadero motivo que me trajo aquí. —¿Acaso hay más? —pregunta el líder Reyes con molestia en la voz. —Después del encuentro que tuve con Ramiro en el cementerio, este fue donde Sandra Martínez, madre de Olga y principal alcahueta de la relación adúltera de su hijo y mi esposa a cambio de dinero. El propósito de su visita a esa detestable mujer fue incentivarla a que fastidie la paz de mis días a cambio de recibir una cuantiosa suma mensual. El objetivo era que Sandra pelee por la tutela de Mariana, la hija que tuve con Olga, ya que así acabaría conmigo al quitarme lo que más amo en esta vida, propósito que se fijó tras humillarlo al demostrarle que, si antes no lo enfrenté a los puños, no fue por no poder hacerlo, sino porque tenía asuntos más importantes en qué ocuparme que pelear por el amor de Olga, uno que no me importó lo suficiente —la seriedad y calma con la que hablo aumenta la rabia de Ramiro, quien aprieta los puños mientras permanece sentado al lado de la mujer que pienso debe ser su madre, ya que al observarla mejor veo un parecido con él. —¿Qué haces fastidiando la vida de a quien ya causaste mucho daño al robarle el amor de su mujer? —pregunta Vanko Reyes aún sereno. —¿Qué dices, que yo le robé el amor de Olga? ¡Ella solo amó a un hombre, y ese fui yo! —suelta Ramiro, y segundos después se escucha el estruendoso golpe seco que el líder Reyes suelta sobre el rostro de su hijo. —Debí matar a esa tal Olga Linares cuando descubrí el amorío de años que tenías con ella —suelta Reyes sin emanar de él alguna emoción. Ahora me doy cuenta que ese hombre es más peligroso que Ramiro porque es frío, calculador—, pero fui condescendiente al creer en tus palabras, cuando me dijiste que solo era una muchacha con la que te gustaba pasar el rato. Ahora sé que me mentiste, y sabes lo que les hago a los que quieren verme la cara de idiota. En algún momento de mi vida, aprendí que mi padre es un hombre que puede llegar a infundir miedo en las personas, pero lo que Vanko Reyes puede llegar a causar es indescriptible. La diferencia entre este hombre y mi padre radica en que el coronel Bertolotto es un hombre bueno que utiliza el miedo para conseguir la verdad que se mantiene oculta por intereses egoístas; en cambio, el líder de la familia Reyes es un hombre sin escrúpulos, capaz de acabar con cualquiera, hasta con su propio hijo, si ello le aprovecha. —Vanko, por favor, ¡recuerda que Ramiro es nuestro hijo! —pide la mujer que curaba el golpe en la cara del que fue por años amante de Olga. —¿Por qué tendría que tratarlo mejor por ser mi hijo si él ha olvidado quién es, lo que representa, y comete error tras error? Él me está generando más inconvenientes que satisfacción, y sabes que detesto tener que darle la razón a alguien más —la mujer me mira con súplica, y hace algo que no me esperaba. —Joven Bertolotto, conozco bien la historia de mi hijo con tu esposa, y sé que de alguna manera Ramiro te utilizó para mantener esa detestable relación con Olga Linares, pero ella ya murió, así que, ¿puedes dejar en el pasado todo altercado con mi Ramiro, por favor? —la voz llena de ruego, la mirada suplicante y el deseo de que yo sea mejor persona que Vanko Reyes los puedo sentir. —Disculpe, mi distinguida señora, pero no han pasado más de un par de horas que Sandra Martínez llegó a mi casa a exigir lo que no es suyo, y todo porque su hijo, con el rostro moreteado como se lo dejé, fue donde ella para motivarla a que inicie una guerra en mi contra por la tutela de mi hija, que es lo más preciado que tengo en mi vida. ¿Acaso su hijo, como perdió a Olga, quiere que yo también pierda y sufra como él? Las lágrimas que suelta la madre de Ramiro me conmueven. Antes de dejar la casa en San Isidro para llegar a esta enorme propiedad en La Molina, mi madre estuvo llorando al enterarse por la discusión que sostuve con Sandra Martínez que mi Mariana no se alimentó de la mejor manera durante las primeras semanas de nacida, y eso me hizo entender que una madre, sea cual sea su condición social, siempre va a pedir misericordia por sus hijos, aunque ellos puedan ser unos maleantes detestables, personas sin honor o seres rencorosos como Ramiro Reyes. —Mi señora, la única forma que yo podría olvidar los sucesos ocurridos desde que me casé con Olga hasta los de este mediodía es que usted y su esposo me aseguren que su hijo Ramiro no volverá a inmiscuirse en mis asuntos ni con mi familia —digo manteniendo mi postura altiva, aunque acabo de demostrar que soy de corazón blando, que las lágrimas de una mujer me conmueven, siempre y cuando sean sinceras y genuinas. —¿Has escuchado, Vanko? El joven Bertolotto es un hombre de buen corazón, capaz de dejar en el pasado todo si Ramiro deja de comportarse como un imbécil —y me sorprende que el ánimo de la madre Reyes cambie súbitamente al aceptar que su hijo ha pecado de imbécil en mi contra—. Si vuelvo a enterarme que quieres dañar una vez más a Braulio Bertolotto Bianchi, yo misma seré la que te castigue —dice la madre al hijo mostrando una expresión de furia que no me esperaba de un ser que se ve frágil y compasivo. —De ser así, perdonaré el comportamiento de Ramiro —suelta Reyes, y el hijo intenta tomar con sus manos la del padre donde lleva el anillo de oro y rubí, pero este no lo permite, y termina dando otro golpe en la cabeza de Ramiro—. Antes de besar mi mano, humíllate ante el joven Braulio Bertolotto, quien a mostrado ser más maduro que tú al ser capaz de dejar todo en el pasado si no vuelves a fastidiar su paz, algo que me aseguraré personalmente que así sea. Ramiro fija su mirada en mí, y es demasiado notorio que no siente aprecio por mi persona, aunque acabo de evitar que su padre le haga algo peor que humillarse y pedirme perdón. Su madre se acerca a él y lo toma de un brazo; ella intenta levantarlo, pero es obvio que no tiene la fuerza física suficiente para hacerlo, pero cuando toma la patilla izquierda de Ramiro con el índice y el pulgar y jala con todas sus fuerzas, este de un salto termina dejando su asiento. —No hagas que te trate como si fueras un niño porque terminaré con tus patillas entre mis dedos —amenaza su madre. Esa mujer lo ama mucho, pero también se nota que es de corregir con violencia. Ramiro apoya sobre el suelo ambas rodillas, con las manos descansando en sus muslos, y agacha la cabeza. Más parece que está orando o esperando ser atendido en un restaurante japonés que humillado y apunto de pedir perdón. Sin embargo, cuando empieza a hablar, yo enmudezco porque no pensé que Ramiro Reyes pueda guardar en su interior tanta sensibilidad y amor por Olga. —Perdón… perdona la envidia que siento por ti porque tú hiciste lo que siempre quise hacer: casarme con Olga. Sé que piensas que si no hice realidad mi deseo es porque no fui capaz de dejarlo todo por ella, que no quise perder las comodidades que me ofrece el dinero de mi familia, pero la verdad es que darles la espalda a los míos e irme lejos con el amor de mi vida tampoco era una opción. Yo soy gitano, un Reyes, y en nosotros no cabe la idea de romper los lazos familiares porque lo que somos se lo debemos a la familia, a los padres, hermanos, tíos, primos y a todos nuestros ancestros que, aunque ya no caminen sobre la tierra, siguen aquí por la sangre que compartimos con ellos. El amor de Olga y mi legado gitano poseen el mismo nivel de prioridad, uno no supera al otro, por lo que no pude elegir, de ahí que me convertí en su amante. »Aunque quise olvidarla, y por eso es que me casé con María Moreno y dejé que Olga se case contigo, pensando que así ella encontraría en ti un amor más sano que la lleve a dejar en el pasado lo que yo le ofrecí, nunca pude hacerlo. Darme cuenta que ella estaba igual que yo, sufriendo por el distanciamiento que tuvimos durante su embarazo, hizo que mi determinación y terquedad se aferren a la idea de que era imposible que lo nuestro termine, y si la única opción que nos quedaba era vivir en pecado, pecaríamos juntos. Ambos nos merecemos el Infierno por lo que te hicimos; yo lo merezco aún más por intentar dañarte al promover que te quiten a tu hija, pero la envidia que siento hacia ti me lleva a querer destruirte porque eres lo que yo siempre quise ser: el esposo de Olga. Ramiro ha hecho más que pedirme perdón, se ha confesado conmigo, delante de sus padres y cuñado, quienes de seguro desconocían lo profundo de sus sentimientos por Olga, ya que dudo que haya podido conversar sobre esto con alguno de los presentes. Ramiro siempre sufrió por el amor de Olga, uno que le era imposible gritar a los cuatro vientos por las tradiciones de su familia, que a su vez eran las suyas porque él se reconoce gitano y está orgulloso de serlo, haciendo más difícil el respetar sus costumbres y a la vez el amor que tenía por Olga. Vivir con el dilema de no saber a cuál sentimiento debía poner por encima del otro lo hizo miserable, y cuando pensó que había encontrado una opción para tener ambos, terminó hiriendo a otras personas. La felicidad no se puede construir sobre el sufrimiento ajeno, de ahí la suerte que tuvo su romance, terminando trágicamente al morir Olga. —Si ella me hubiera amado, tendrías todo el derecho de envidiarme, pero Olga nunca me entregó ni un poco de lo que sentía por ti —empiezo a hablar tras la confesión de Ramiro—. Antes de morir, ella dejó un mensaje para ti: se despidió y dijo que te esperaría. No sé si esto te puede servir de consuelo, pero ella pensó en ti hasta el final. Ahora, permíteme darte un consejo: vive lo mejor posible, haciendo actos de bondad a todo aquel que te encuentres en el camino; quizás así logres ganarte el derecho de volverla a ver, y también ora mucho por ella, para que todo lo malo que hizo sea perdonado. La madre de Ramiro y su cuñado me miran con agradecimiento, mientras que Vanko Reyes lo hace con un tono de asco, de seguro no le ha gustado que refuerce en su hijo la ilusión de algún día reencontrarse con Olga. Yo solo quiero que me dejen vivir al lado de mi hija sin complicarnos la existencia, que nadie se atreva a querer quitármela, y al concederle mi perdón, dejando todo por la paz, estoy consiguiendo que esta orgullosa familia me dé su palabra de no inmiscuirse más en mis asuntos. Cuando me dispongo a retirarme, la madre de Ramiro me detiene. La esposa de Vanko Reyes está tan agradecida conmigo que empieza a soltar sobre mí una bendición que me hizo temblar. —Por ser un hombre de corazón puro, te bendigo. Los espíritus de mis ancestros te protejan, hagan que ningún mal te alcance, que te vuelvas invisible a los ojos de tus enemigos, y que guíen al amor para que llegue a tu vida y te colme de felicidad. Todo sacrificio que hagas desinteresadamente, se te sea recompensado siete veces siete. Que la fortuna siempre te sonría, y el día que te llegue la muerte, esta sea amable contigo. Con la piel completamente escarapelada, agradezco a la madre Reyes por los buenos deseos que me ofrece, y tras despedirme de todos, en especial de Ramiro, a quien no quiero volver a ver, dejo la propiedad de la poderosa familia gitana. Después de recorrer medio Lima para llegar a casa, me encuentro con mi padre, quien estaba muy preocupado por no saber a dónde me había ido, ya que desaparecí después de que la policía se llevó a Sandra y Alicia. Tras comentarle lo que ocurrió en el cementerio y que al enterarme que la mente brillante que incentivó la visita de la harpía de mi exsuegra y su hermana fue Ramiro Reyes, no quise esperar más para pedirle a su padre que se encargue del problemático de su hijo. —Recordé cómo manejaste la situación cuando fuimos donde Esteban Moreno, y, acorralando el ego de Vanko Reyes, puede conseguir que Ramiro sea obligado a pedirme perdón por todo lo que me ha hecho, así como la promesa de que me dejará en paz —mi padre palmotea mi hombro, señal de que aprueba lo que hice. —Te arriesgaste mucho, ya que Vanko Reyes es un hombre desalmado que no duda en hacer uso de lo indebido para conseguir lo que quiere. Los Reyes no son como los Morenos, por eso mi familia no tiene ningún trato comercial con ellos —comenta mi padre, y yo agradezco a Dios el que me haya protegido. —Todo sea para vivir tranquilo, papá. Ahora, ¿qué haremos con Sandra Martínez y su familia? —pregunto porque de ellos también me quiero deshacer. —Por lo pronto he hecho que levanten cargos contra ella y su hermana por allanamiento a propiedad ajena, cosa que se ha agravado porque el empujón que le dieron a María ocasionó que se lesionara el tobillo, dato que se ha remarcado en el expediente. —Pero mamá le rompió la cabeza a Alicia a punta de cucharonazos —comento, y no puedo evitar reír al recordar a la pequeña de mi madre arremetiendo con furia contra la hermana de mi exsuegra. —Se ha indicado que fue un acto en defensa propia. Aunque pasarán veinticuatro horas encerradas en la comisaría, lo hecho por ellas no es tan grave como para derivarlas a un centro penitenciario mientras se realiza un juicio. Espero que la experiencia en la fría celda de la dependencia policial les baste para que no regresen a fastidiar —como quiero asegurarme de no tener que lidiar más con esa familia, decido comentarle a mi padre lo del tráfico de blancas en el negocio clandestino de Teresa, la otra hermana de Sandra. —Por todo lo que vi, puedo testificar para que inicien investigación, y al acabar con Teresa, Sandra y el resto de su familia dejarán de fastidiarme —comentó deseoso de darles su merecido y sacármelos de encima. —Hijo, las investigaciones sobre el negocio clandestino de Teresa y las jovencitas que llegan desde la selva a Zárate están a poco de terminar con la captura de los involucrados —me asegura mi padre—. Cuando la hermana de Sandra sea detenida, enjuiciada, sentenciada y encarcelada por varios años, se les quitarán las ganas de acercarse a nuestra familia por el miedo que tendrán que actuemos en su contra. Es solo cuestión de unas semanas más para que los Martínez tengan asuntos más urgentes que venir a tocar la puerta de nuestra casa para acosarte. Lo revelado por mi padre genera que me sienta aliviado. Primero, me deshago de Ramiro Reyes al pedirle a su padre que lo controle, y ahora la familia de Sandra tendrá su merecido, lo que hará que me dejen en paz. De a poco todo mejorará, la gente olvidará y yo podré tener una buena vida al lado de mi hija. Si la bendición que me ofreció la madre Reyes se hace realidad, encontraré el verdadero amor y la fortuna me sonreirá, por lo que mi vida se acomodará a lo que siempre debió ser: una existencia llena de felicidad. Dios, espero que todo sea para mejor.
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