Cambiando el destino: Capítulo IV (Parte 1)

3743 Words
Son las 4:30 a. m., un nuevo día comienza y yo me voy a correr junto a papá; necesito bajar el pollo frito y las papitas con sus cremitas que almorzamos ayer, ya que la salida a comprar los regalos de Mariana se extendió hasta la tarde, por lo que hicimos una pausa yendo a almorzar algo rápido, y que más rápido que la comida que venden en las cadenas de restaurantes estadounidenses que se han multiplicado por todo Lima. No sé si es por el exceso de comida grasosa o que lo divino me envía un mensaje, pero soñé con la tumba de Olga, una que no conozco. Por cómo quedó su rostro después del accidente, su familia planificó enterrarla lo más pronto posible, de ahí que sus restos serían velados solo por un día completo y a la mañana siguiente la llevarían a enterrar en el cementerio El Ángel, según lo que informó Salinas cuando nos hizo la inesperada visita a tempranas horas de la mañana de ayer. Le comento a papá lo que soñé y lo que estoy pensando hacer, ya que quiero escuchar su opinión. —Conocer dónde está la tumba de Olga no estaría mal. Mariana crecerá y querrá visitar la última morada de su madre, dejarle flores y elevar una oración por su alma. Además, creo que la mejor forma de cerrar tu historia con Olga es visitando su tumba y perdonándola por todo lo que te hizo, así podrás empezar de nuevo sin remordimiento alguno. Me reconforta escuchar que mi padre piensa igual que yo, ya que también creí necesario conocer la ubicación de la tumba de Olga para que, cuando crezca, pueda llevar a mi hija a visitar a su madre. Antes de ir al trabajo, mi padre acuerda conmigo en llamar a Salinas para preguntarle por el nombre del pabellón y número de nicho donde están los restos de Olga en el cementerio, ya que El Ángel es inmenso, y buscar una tumba sin esos datos sería como tratar de encontrar una aguja en un pajar. Como a las 9 a. m. mi padre se comunica al teléfono de casa y me entrega la información que necesito para ir a donde está quien fue mi esposa y poner fin a la historia que tuvimos. Acostumbrado a usar el servicio de transporte público, camino hasta la avenida Arequipa para tomar un bus que me lleve hasta el Centro Cívico y de ahí tomar otro hacia el distrito de El Agustino, donde queda el cementerio El Ángel. Tras preguntar a los limpia tumbas, noto que por la puerta que he ingresado queda cerca el nicho de Olga, pero detengo mi paso cuando uno de ellos, un adolescente que aprovecha en ganarse unas monedas durante las vacaciones de verano aseando los sepulcros y deshaciéndose de la basura que queda, me pregunta si deseo comprar un ramo de flores. —Cuando se visita a los muertos se les debe llevar algo, y ya que no pueden comer ni beber, mejor es llevarles flores —no sé si lo que dijo tiene un trasfondo esotérico o paranormal, o solo busca que le compre algunas flores a su madre, quien tiene un pequeño puesto a las afueras del cementerio. Como no quiero alejarme de donde estoy, ya que se me hace fácil dar con el nicho donde están los restos de Olga, le pido al muchacho que me ayude yendo a comprar las flores. Cuando regresa, trae consigo un enorme ramo de rosas rojas y blancas con harto follaje y gipsófilas, que son unas pequeñitas flores blancas a las que se les conoce como lluvia. —Como me dijo que venía a visitar a una mujer, mi madre preparó un ramo de estilo romántico, lo que les gusta a las mujeres —comenta el muchacho. Yo sonrío con pesar al percatarme de un detalle: esta es la primera vez que he comprado flores para Olga. Cuando nos encontrábamos en las fiestas para, más que nada, fornicar, nunca le llevé una flor. Quizá si nuestros encuentros hubieran sido en otros lugares, además de las habitaciones de las casas de sus amigos que organizaban las reuniones de los fines de semana, de seguro le hubiera comprado flores. «Tal vez ella no supo valorarme porque me faltó entregarle este tipo de detalles», pienso, pero me digo a mí mismo que, aunque le hubiera comprado toda una florería, ella nunca me hubiera elegido a mí por encima de Ramiro Reyes. «Ella siempre estuvo enamorada de él, y por más atractivo y adinerado que fuera, ella nunca me hubiera preferido», concluyo sin sentir emoción alguna, algo que es positivo porque significa que ella ya no me importa, que la estoy dejando en el pasado, y podré rehacer mi vida más pronto de lo que me imagino. El precio que me cobra el muchacho me parece justo y cómodo si lo comparo con lo que costaría un ramo igual en el mercado de San Isidro, así que atino a darle unas monedas más, recompensando su honestidad. Ante mi gesto, él decide acompañarme hasta donde está la tumba que busco, detalle que agradezco. El nicho queda en el cuarto nivel de siete, y para haber sido enterrada ayer, solo hay un ramo pequeño de flores. El muchacho me ayuda a preparar el ramo que compré para acomodarlo en la jardinera que han adaptado al nicho. Con el agua del botellón que carga para realizar su trabajo, moja las flores, así vivirán por más días. Como yo soy mucho más alto que el joven limpia tumbas, me ofrezco a acomodarlas, lo que logro hacer sin problemas. Tras despedirse el muchacho, me quedo contemplando el blanco mármol que decora el nicho, donde aparece grabado el nombre de Olga, su fecha de nacimiento, la de fallecimiento y un mensaje que sé de quién proviene: «Un ángel que regresó al cielo. Espérame, que cuando llegue mi momento, iré por ti». Hasta antes de leer esa dedicatoria en la lápida, pensé que todos los gastos de los funerales de Olga habían corrido a cuenta de su familia, pero ahora me percato que no fue así, que de seguro Ramiro Reyes fue quien pagó por ello. Quizá fue por eso que María Moreno llegó con los músicos y bailarines gitanos, para restregar en la cara de su marido que su amante murió y que esa era una buena noticia, aunque Salinas no lo mencionó. «De seguro Salinas omitió que Ramiro Reyes estaba presente cuando María Moreno lanzó la maldición a los restos de Olga para evitarse más problemas con mi padre», pienso, pero dejo todo ahí, sin pretender despejar mi duda porque Olga no está más en este mundo y ya no importa lo que Ramiro Reyes haga por ella. «Bueno, estoy aquí porque es necesario que conozca dónde descansan tus restos. Mi hija crecerá, y un día me pedirá visitarte, y ahí esta información me será útil —nunca pude decir que Mariana era nuestra hija, por la actitud que Olga tuvo con la niña desde que nació—. También te quiero decir que te perdono y dejo en el pasado todo lo ocurrido, incluyendo tu recuerdo, el cual solo traeré al presente cuando Mariana pregunte por ti —mi niña lleva más de seis días sin ver a su madre, siendo tres los que han pasado desde que murió, y no ha reclamado verla—. Descansa en paz», y así pongo el punto final a mi historia con Olga Linares. Tras dar media vuelta y empezar a caminar sobre mis pasos para regresar a la casa en San Isidro, al lado de mi niña, me topo con quien menos imaginé. Vestido completamente de n***o y sosteniendo entre sus manos un enorme ramo de rosas rojas, Ramiro Reyes ingresa al pabellón donde descansa Olga. Al verme, detiene su paso y se queda mirándome fijo. De seguro está sorprendido porque no se esperaba encontrarme aquí y sin vestir luto. Después de unos segundos, retoma el avance y me habla. —Es extraño encontrarte aquí. Como no participaste de los funerales, pensé que nunca vendrías a visitarla en el cementerio —habla sin mirarme a la cara, sin la arrogante mirada que siempre me ofreció desde el asiento del conductor de su moderno vehículo las pocas veces que quise impedir que Olga se vaya con él, ya que me dolía que dejara a Mariana cuando mi niña apenas tenía días de nacida. —Lo extraño es que te hayas decidido en hablar conmigo ahora que ella no está, algo que se debió dar hace mucho —digo sin expresar rasgo alguno de emoción. —¿Acaso querías conversar con el amante de tu esposa? —dice tratando de despertar en él la chispa de la burla, pero la mirada llena de tristeza no permite que lo vea como un personaje que se la da de vivo. —Al menos mis pretensiones eran más reales que las tuyas, ¿o acaso creías que estaría a tu lado en los funerales de Olga para recibir los dos, bien hermanados, las condolencias de quienes se acercaron para darle el último adiós? —Ramiro empieza a reír, pero de a poco la tristeza vuelve a aparecer y ahoga todo intento de manifestar alegría. —¿A qué has venido? —pregunta Ramiro como si él fuera el viudo. —A conocer la ubicación de los restos de la que fue MI esposa —hago hincapié en el posesivo—‍. Recuerda que tuvimos una hija, y mi niña algún día querrá visitar el último aposento donde descansan los restos de su madre, para llorarle y orar por ella. —Entonces, esto lo haces por la niña —dice con la mirada perdida. —Sí. Por mi hija haría lo que sea, hasta venir a conocer la tumba de Olga —tras lo dicho, Ramio enfoca su mirada en mí y empieza a reclamarme. —Tú nunca la amaste —dice con una expresión llena de dolor, y yo me río. —¿Estás seguro que nunca la amé? —pregunto con ironía, sintiendo que mi sangre empieza a hervir y que las ganas por molerlo a golpes aumentan— ¿Quién fue el que se casó con ella y lo perdió todo? —Ramiro me mira con asombro; he dado en el clavo—. Yo dejé a mi familia, la riqueza y comodidad en la que nací y crecí para estar a su lado, pero ella no fue capaz de ver la verdad, a quien la amó sinceramente. Tú solo fuiste un cobarde incapaz de luchar por ella y enfrentarte al mundo por su amor. Ramiro empieza a llorar como si fuera un niño pequeño en vez del hombre de treinta y dos años que es. El orgulloso “príncipe gitano” no es más que un miserable que no volverá a ser feliz porque lo que le causaba dicha dejó este plano. Tras unos segundos en que me mostró todo lo débil que es, se seca las lágrimas que aún recorrían su rostro y con una inmensa ira que inyecta de rojo sus ojos, me responde. —¡¿Y tú qué sabes de mí y lo que tuvimos?! —me increpa desafiante, ya que ha completado los pasos que faltaban para terminan enfrente de mí, mostrándose amenazante. —No mucho, solo que la dejaste a su suerte cuando te enteraste de la posibilidad de que estuviera esperando un hijo y que fuera tuyo, ya que le dijiste que debía abortar, y por cometer tan horrendo crimen, ella te perdería irremediablemente. Te comportaste como el peor de los patanes cuando más te necesitó. En cambio, yo no dudé en darle mi apoyo, me casé con ella y cuidé durante el embarazo; asumí una paternidad responsable al cuidar de mi hija mientras ella se largaba contigo. Y encima, fuiste quien la incentivaba a pecar, no por el adulterio que cometía al ser tu amante, sino porque abandonó a su hija por preferirte a ti —‍dije mientras daba un par de pasos para acortar aún más la distancia entre nosotros. Él debe elevar la mirada mientras que yo dirijo la mía hacia el suelo, puesto que soy varios centímetros más alto que él. —Entonces, eres consciente de que estás criando a mi hija —suelta y hago mi mejor esfuerzo para evitar que se dé cuenta que ha dado en el blanco. —Mariana es MI hija —vuelvo a hacer hincapié en el posesivo—, de ello no tengo duda. —¿Lo dices porque nació en el matrimonio fingido que tuviste con Olga? —pregunta buscando hacerme perder el control. —Lo digo porque lo que yo hago por ella, nadie lo hará, y eso demuestra que soy su padre. Solo un maldito miserable sería capaz de no priorizar a su sangre por encima de su ego. Ramiro es el primero en perder los papeles y aprieta con su puño derecho la solapa de mi camisa. Yo sonrío burlón porque conseguí despertar en él lo que estuvo buscando provocar en mí. Sin que se lo espere —de seguro porque me conocía sereno, hasta diría que algo sumiso, durante el tiempo que él y Olga fueron amantes—, lo empujo bruscamente con una sola mano, haciendo que se separe de mí y pierda el equilibrio, por lo que cae con suma rudeza. Decido no moverme, solo lo provoco invitándole a acercarse con un gesto que hago con mi mano. Eso le ha molestado, y no duda en caer en mi trampa. Él corre para que la velocidad le ayude a dar un golpe más fuerte, pero yo levanto mi pierna derecha, y con toda mi fuerza lo vuelvo a empujar; esta vez cae mucho más lejos que la primera al rodar sobre el suelo. Su n***o traje de la más fina calidad luce sucio por el polvo que lo mancha, y yo vuelvo a llamarlo con un movimiento de mi mano. Ahora ya no corre, camina decidido a evitar que lo vuelva a empujar, y yo, con unas enormes ganas de partirle la cara, decido soltar un potente golpe contra su pómulo izquierdo, el cual no sortea pensando que puede aguantar mi violenta arremetida. Ramiro cae una vez más, pero no vuelve a levantarse. Le he pegado duro, de alguna manera tenía que cobrarme lo que me hizo al hacerme un cornudo, lo que le hizo a mi hija al llevarse a su madre en vez de aconsejarla que cuide de ella, lo que le hizo a Olga al no ser valiente y preferir el dinero de su familia antes que a ella. —Olga es completamente tuya, siempre lo fue, pero Mariana es mía, y si te atreves a tan solo esparcir la duda sobre su origen, te golpearé tantas veces más en esa mejilla hasta que rompa el pómulo y tengan que reconstruirte el rostro —digo sin más y dejó el cementerio El Ángel con una gran satisfacción al sentir que de alguna manera me he vengado. Sin embargo, la alegría que me invadió y gocé durante todo el viaje de regreso a casa y la mañana se desvanece cuando Sandra Martínez llama a la puerta acompañada de su hermana Alicia. Ambas mujeres logran pasar por encima de María, quien no se esperó que arremetieran contra ella cuando abrió la puerta. Y a punta de gritos, empezaron a exigir ver a mi hija. Mi madre, que lleva años aguantándose las ganas de poner a Olga en su lugar por las mentiras que utilizó para amarrarme a ella, las iba a desquitar con la madre y con la tía. Mientras yo estoy bajando apurado las escaleras por los gritos de ese par de mujeres, veo como mi progenitora sale de la cocina armada con un cucharón de palo que no duda soltar con todas sus fuerzas sobre la cabeza de Alicia, quien se queja ante el primer golpe que recibe, haciendo que Sandra gire y se encuentre con la escena de su hermana sentada en el piso tratando de protegerse del ataque furibundo de mi madre. De inmediato leo las intenciones de Sandra cuando veo que se quita uno de los zapatos para ir a golpear a quien está propinando de tremenda paliza a su hermana, cosa que no permito al sujetarle la mano que ha alzado pretendiendo herir a mi progenitora. —¡Suéltame, malnacido! —grita la infeliz mujer, y yo aprieto aún más mi agarre, cosa que hace que empiece a quejarse, soltando más improperios. —¿Acaso crees que puedes venir a la casa de mi familia, ingresar a la fuerza y salir bien librada? —pregunto con mucha rabia—. María, llama a la comisaría e indica que hablas desde la casa del coronel Bertolotto, para que vengan de inmediato a llevarse a este par de asquerosas harpías. María se va cojeando hacia la cocina, donde hay una extensión de la línea telefónica de la casa, mientras que yo lanzo a Sandra contra uno de los sofás y detengo a mi madre de que termine por destrozar la cabeza de Alicia. —Maldita ricachona, ¡mira lo que le has hecho a mi hermana! Esto no se quedará así —amenaza Sandra al ver la cara de su hermana Alicia manchada por la sangre de la herida que mi madre logró abrir a punta de cucharonazos. —¡Por supuesto que no se quedará así! —suelto elevando la voz para hacer callar a esta mala mujer—. No debiste hacer esto, Sandra. Prepárate, que voy a destruir a tu familia. Haré que investiguen el asqueroso negocio de Teresa, en el cual toda tu familia está involucrada, por lo que terminarán en la cárcel. —¡Tú no eres nadie para amenazarnos! Hablaré con mi primo Salinas para que te dé tu merecido —arremete Sandra con la mejor arma que tiene, el mayor Salinas. —¿Te refieres a aquel que no supera el grado de mayor porque mi padre así lo ha impedido? —las dos se sorprenden mucho por lo que acabo de decir—. Si él mueve un dedo para favorecerlas, de seguro que mi padre hará que lo echen de la Policía Nacional. —¡¿Por qué han venido a mi casa?! —exige saber mi madre tratando de soltarse de mi agarre, uno que ejerzo para evitar que mate a una de esas dos mujeres. —Quiero ver a mi nieta —suelta Sandra, y mi madre trata de llegar a ella para soltarle un cucharonazo en la cabeza, cosa que evito. —¿Desde cuándo te importa mi hija? —pregunto con ironía. —Siempre me importó, pero tú nunca quisiste que nos acerquemos a ella —responde Sandra mirándome con odio. —Sandra Martínez, infeliz mujer, cómo te atreves a decir que mi hija es importante para ti cuando siempre incentivaste a Olga a mantener la relación adúltera con Ramiro Reyes, una que te convenía porque le sacabas al gitano todo el dinero que querías, mientras que mi hija era abandonada por su madre, quien ni siquiera le dio de lactar, poniendo en riesgo la salud de mi niña al no alimentarse bien cuando era una pequeña recién nacida —mi madre desconocía lo que acabo de comentar, por lo que me mira asombrada y horrorizada. —¡Mi hija tenía derecho a ser feliz! —dice Sandra creyendo que con eso le voy a dar la razón. —¡Olga tenía la obligación de cuidar y proteger a su hija recién nacida! —refuto con indignación saliendo de mi boca—. Eres despreciable al ser capaz de justificar lo que hizo Olga en contra de Mariana. —¿Y para qué Olga se iba a sacrificar cuidando de tu hija? ¿Para que te vayas con una cualquiera a hacer tu vida porque mi hija no te quería? —argumenta su postura poniéndome al nivel de Olga. —Para que no termine quemándose en el Infierno por ser una mala madre —suelto grotescamente, y Sandra deja caer un par de lágrimas. La muerte de Olga es un hecho aún reciente, así que lo dicho debe dolerle—. Dime el nombre de la persona que te aconsejó venir a esta propiedad y hacer el escándalo que te costará la destrucción de tu familia —digo en completa calma, y al verme seguro, Sandra se da cuenta que el peor error que ha podido cometer en su vida ha sido llegar a la casa Bertolotto Bianchi para exigir lo que no le toca. —Ramiro Reyes —suelta Sandra mientras agacha la cabeza. Después de haberlo humillado en el cementerio, Ramiro Reyes fue a la urbanización Zárate en busca de Sandra Martínez con la intención de convencerla sobre acercarse a mi casa para exigir ver a Mariana. La idea de que mi hija es el recuerdo vivo de Olga, una manera de volver a tener a su hija cerca, no sirvió para que la detestable mujer se anime a buscar problemas con los Bertolotto Bianchi, pero al final aceptó seguir el juego de Ramiro porque este le ofreció dinero y todo su apoyo para quitarme a mi hija, aludiendo que la niña sería mejor cuidada y criada por la abuela materna gracias a la ostentosa cifra mensual que él le entregaría para ese fin. El dinero que el amante de Olga prometió avivó la codicia de Sandra, por lo que la angurrienta mujer olvidó contra quién pelearía al pretender reclamar la tutela de Mariana. La policía llegó y se llevaron a Sandra y Alicia a la comisaría del distrito. Después de calmar a mi madre al no dejar de llorar por imaginarse todo lo que Mariana y yo pasamos, cosa que nunca sabrá a detalle porque no quiero atormentarla, llamé a Esteban Moreno. Ramiro Reyes me debe algo, y yo se lo cobraré apoteósicamente. —¿Por qué quieres reunirte con Vanko Reyes? —pregunta Esteban Moreno con suma curiosidad. Tras explicarle lo que sucedió en el cementerio y luego en mi casa, el líder de la segunda familia gitana más poderosa de Lima me facilita toda la información que requiero, y hasta me ayuda al llamar a quien busco para avisarle que voy a su encuentro.
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