Cambiando el destino: Capítulo III (Parte 2)

3840 Words
—Tú debes ser Mario, el hijo mayor de Esteban. La última vez que te vi eras un niño de diez años. Cómo pasa el tiempo —respondió de esta manera mi padre, con un tono de voz amable, al saludo de quien era el heredero del patriarcado de los Moreno. —Mi padre lo espera, coronel Bertolotto. Nuestro personal se ocupará de estacionar su auto —y alzó una mano, llamando a uno de los de seguridad que estaban varios pasos detrás de él. Mi padre entrega las llaves al hijo de Estaban Moreno, y este se las da al hombre que se encargará de llevar el auto a una mejor ubicación. —Te presento a mi hijo Braulio, el menor de los varones —Mario Moreno me mira y ligeramente se le marca el entrecejo, señal de que le incomoda tenerme en la puerta de su casa. De seguro sabe lo que su prima ha hecho y se imagina el por qué he llegado junto a mi padre. —Buenos días, soy Braulio Bertolotto hijo, mucho gusto —digo a la vez que ofrezco mi mano derecha en saludo. Mario, quien es como diez años mayor que yo, toma mi mano y aprieta fuerte. Con una sonrisa llena de burla empiezo a cerrar mi mano alrededor de la suya, y el gesto de dolor que suelta al entrecerrar un poco el ojo derecho por la contracción del músculo ubicado en su nariz, que también jala la comisura derecha de sus labios, es la señal que necesito para saber que le he dejado bien claro que seré más joven, pero no más débil ni tonto. Mi padre y yo seguimos al primogénito de Esteban Moreno, y llegamos a una enorme sala que era una muestra de la riqueza de esa familia, ya que, donde pongo el ojo, me encuentro con muebles y accesorios decorativos que reflejan el elevado costo que los Moreno habían pagado por ellos. —¡Braulio, mi amigo! —escucho decir y giro para encontrarme con la imagen de un hombre como de la edad de mi padre vistiendo pijama y bata de seda, que también cargaba con un par de kilos de oro de 21 k en joyas, ya que todos los dedos los tenía llenos de enormes anillos, así como del cuello colgaban varias cadenas de diferente grosor, y ni qué decir del reloj y pulseras que adornaban sus muñecas—. ¡Qué alegría que hayas venido a mi casa! Esteban Moreno se acerca a mi padre con los brazos extendidos, señal de que lo va a abrazar, y mi padre no se niega, por lo que rompe con la distancia entre ellos y recibe el gesto afectuoso del patriarca de los Moreno. Es durante el abrazo que se nota la diferencia física entre esos dos hombres cercanos a los sesenta años. Mientras Esteban Moreno es más pequeño y luce una figura regordeta, mi padre le lleva casi una cabeza de altura y su complexión física deja ver que es un hombre que aún se mantiene fuerte y puede darle dura pelea a cualquiera que se quiera trenzar con él a los puños, y eso hace que sonría pensando en que si estos dos padres que se saludan como amigos se tuvieran que agarrar a golpes por defender el honor de sus hijos, el mío sería declarado vencedor. —Esteban, he venido junto a mi hijo Braulio —comenta mi padre y ambos hombres me miran. El señor Moreno camina hacia mí y me queda mirando con una expresión de asombro. —Eres idéntico a tu abuelo Belisario; tu padre también se parece a él, pero tú eres su vivo retrato, solo que mucho más alto. ¿Qué le has dado de comer a tu hijo para que crezca tanto? ¡Hasta es más alto que Mario!, y mi hijo es el sobrino de mayor altura en toda la familia Moreno —Esteban Moreno me ofrece su mano como saludo, y yo no dudo en apretarla, pero no como lo hice con su hijo. Este señor me ofrece una sonrisa sincera, así que no dudo en responderle de la misma manera—. ¿Y qué hace que vengas a mi casa con tu hijo, estimado Braulio? —pregunta Esteban Moreno mientras con un gesto de su mano invita a mi padre y a mí a sentarnos. Él lo hace, pero no en los cómodos y finos sillones, sino en una especie de silla que parece un trono por el exceso de decorados, el pan de oro con que se ha pintado la madera y el terciopelo rojo del tapizado. Su hijo Mario se queda parado a su derecha, esperando cualquier indicación que dicte aquel que por las leyes gitanas es más que su padre: su señor al ser el patriarca de su familia, a quien debe obedecer sobre todas las cosas. —Esteban, ¿sigues siendo el patriarca de tu familia, y, por lo tanto, sabes todo lo que sucede y hace cada uno de sus miembros? —pregunta mi padre con esa mirada inquisidora que de niño no me gustaba que muestre cada vez que quería averiguar la verdad que le ocultaba sobre algo inapropiado que hice o hicieron mis hermanos mayores. —¿Por qué me preguntas eso, Braulio? La pregunta ofende. ¡Por supuesto que sigo siendo el que lidera y guía a la familia Moreno! —alza la voz Esteban cuando pronuncia el último enunciado que sirve de respuesta para la pregunta formulada por mi padre. —Entonces, ¿me puedes explicar por qué tu sobrina María Moreno pagó para que en todos los diarios locales y nacionales se publique una noticia que deja a mi hijo Braulio muy mal parado ante la aventura que vivía Ramiro Reyes con Olga Linares? Esteban Moreno pone una cara de duda total y mira a su hijo, quien empieza a sudar nervioso. Ante el pedido del líder de que le explique la situación, Mario se agacha para susurrar algo en el oído de su padre. «Trae los diarios de ayer», se escucha decir al líder de los Moreno, y Mario sale apresurado por ellos. Cuando regresa, Esteban los arranca de las manos de su hijo de una muy mala manera y empieza a buscar la noticia. Cuando la encuentra, procede a leerla, y la expresión de molestia empieza a cambiarle por una de asombro. Luego de mirar a mi padre y a mí con una notoria vergüenza, la expresión de molestia regresa, pero intensificada. —Llama a María. Tiene diez minutos para presentarse ante mí —manda Esteban y Mario obedece de inmediato. —Dale un poco más de tiempo a tu sobrina para que llegue ante tu llamado —sugiere mi padre, a quien se nota que quiere escuchar de María Moreno los motivos que tuvo para embarrarme con la suciedad en la que había caído Olga junto con Ramiro Reyes. —Ella está en la propiedad, ha venido a quedarse con sus padres por unos días —responde Esteban sin poder mirar a mi padre a los ojos. Ocho minutos después, aparece Mario acompañado de tres personas: un hombre y una mujer de mediana edad, que se notan que son padres de la tercera, que debe ser María Moreno. —Tío Esteban, estoy aquí ante tu llamado —se escucha decir a la mujer más joven, quien resultó ser María Moreno como lo había sospechado. Lo que no me imaginé fue la reacción de Esteban Moreno cuando su sobrina se acerca a él para saludarlo. El líder de esa familia deja marcada su mano derecha sobre la cara de su sobrina, quien por el inesperado golpe cae al suelo. —Esteban, ¡no te atrevas! —dice el hombre de unos cincuenta años que llegó acompañando a María. —¡Tú hija hace mierda que yo luego debo limpiar y no quieres que le dé lo que se merece! ¡¿Acaso quieres que permita que los perjudicados sean los que se encarguen de ella?! ¡Pues, dilo! ¡Ellos están aquí! —y tras poner atención en mi padre y en mí, la mirada de María y de quienes son sus padres se llenan de miedo. —Braulio Bertolotto… hace mucho que no nos veíamos —suelta el padre de María, notoriamente avergonzado. —Erasmo, señora —es lo único que mi padre dice para saludar a los recién llegados. —Coronel, por favor… —suelta la madre de María, quien no puede continuar hablando al empezar a llorar en silencio. —María de los Dolores Moreno, dime, ¡¿qué diablos estabas pensando cuando pagaste para que se ensañen con el hijo de nuestro amigo Braulio Bertolotto?! —pregunta Esteban mientras alza del suelo a su sobrina sujetándola bruscamente del brazo. —Tío Esteban, por la culpa de Olga Linares, yo he sufrido mucho, y juré que me vengaría de esa mujer, por lo que no se me ocurrió mejor manera de hacerlo que revelando a los cuatro vientos que esa era una mujerzuela, una cualquiera que era amante de mi marido mientras tenía un esposo más joven a quien no supo aprovechar. Y la noticia en los diarios nace del rencor que guardaba María Moreno por Olga. Ella culpaba a la que fue mi esposa de su sufrimiento, sin considerar que el culpable de su miseria era Ramiro Reyes porque él, al ser su marido, era quien le debía respeto, y se lo faltó cada vez que fue a buscar a Olga para pasar la noche o un fin de semana con ella. Olga jugó conmigo, me usó como su tapadera, pero lo hizo por amor; en cambio, María Moreno, sin conocerme, simplemente me utilizó para conseguir lo que quería: vengarse de la amante de su marido, quien en realidad era el gran amor de Ramiro Reyes, uno que no pudo formalizar porque la ley gitana —una que no podía desobedecer porque significaba perder a su familia y todo lo que esta posee— se lo prohibía. —Entonces, resultaste ser como Olga —digo calmado, demostrando un gran control de mis emociones, porque la bofetada que soltó Esteban es nada a comparación de lo que le podría hacer al enterarme que por su culpa he sido insultado—. Me utilizaste para tu venganza, así como ella lo hizo para hacer creer a Vanko Reyes que dejaba de ser un problema al casarse conmigo. —Joven Bertolotto, por favor, ¡perdone a mi hija! —la madre de María ha terminado a mis pies rogándome por su hija—. No entiendo cómo esa mujer continuó su aventura con Ramiro si usted, por donde se le vea, es mejor que mi yerno. Es una pena que no sea gitano, sino lo hubiera preferido como familia política —ante lo dicho por la madre de María, todos quedamos en silencio, hasta que yo decido romperlo. —Olga no estuvo con Ramiro por lujuriosa ni por avara, ella se enamoró de quien no debía —‍todos se quedan mirándome, atentos a lo que voy a decir—. La pena es que Olga no haya sido gitana, sino ella hubiera sido la esposa de Ramiro Reyes —lo que digo fastidia a María Moreno, pero ella es igual a la nada para mí, así que no me voy a guardar lo que tengo que decirle por no afectar sus sentimientos—. Es una pena que aún sigan al pie de la letra lo que hace siglos atrás se marcó como ley porque eso es lo que hizo que Olga y Ramiro nos hayan hecho tanto daño, y que tú termines hiriéndome. Aquí, el único que sufrió por el egoísmo de todos fui yo, y así, y todo, perdono a Olga y a Ramiro, pero a ti, María Moreno, a ti no te puedo perdonar porque lo que hiciste en mi contra lo ocasionó un horrendo sentimiento— digo mirándola con lástima porque es lo único que esa mujer me inspira—. Señor Estaban, haga con su sobrina lo que mejor le parezca. De mi parte, le aseguro que ni mi padre ni mis tíos van a tomar represalias en contra de su familia por lo que esta me hizo. Después de decir lo que me salió del corazón, le digo a mi padre que ya es hora de irnos. Sin más, papá se despide de Estaban y lo mismo hace con Mario y con los padres de María, pero a ella ni la mira. Con mi padre a mi lado, empiezo a caminar hacia la salida de la casa, cuando María se atreve a decirme lo que no debió por su propio bienestar. —Ayer estuve en los funerales de tu esposa y le dejé como último regalo una maldición que nació de mi corazón —al escuchar lo que dice María, detengo mi andar. La madre de esta reclama entre llantos saber por qué ha hecho tal cosa. Esteban y Erasmo le recriminan por tal actitud. —Ignoro lo que para los gitanos significa recibir una maldición —digo mirando a Esteban, quien al ser el líder de esa familia es el único a quien quiero escuchar. —En este caso, no me preocupa lo que la maldición hará realidad, sino a quiénes —comienza a explicar Esteban, y noto en la cara de este hombre que está muy apenado—. Cuando se maldice a una persona, no solo cae sobre ella el castigo que se pide con el corazón, sino que recae también en sus ancestros y descendencia. De inmediato entiendo los reclamos de los mayores contra María. La maldición que lanzó contra Olga va a afectar, de alguna manera, a mi hija, a mi Mariana. Ella es la descendiente de la mujer a la que tanto rencor le guarda, uno que, para mí, llega a ser odio porque ya muerte le ha deseado lo peor. De seguro que no quiere que en la otra vida Olga se reencuentre con Ramiro, porque es un hecho que cuando muera, él no buscará a María Moreno para pasar la eternidad juntos. —¿Los gitanos, creen en Dios? —pregunto, y Esteban afirma con un movimiento de cabeza—. Entonces, yo decreto, enfrente de todos ustedes, que mi hija, Mariana del Pilar Bertolotto Linares, no se verá tocada por el odio de María de los Dolores Moreno porque Dios así no lo permitirá —camino dos pasos hacia María, para que le quede claro que lo siguiente que digo es exclusivamente para ella—. La única que será perjudicada por tu odio eres tú misma, y cuando te des cuenta de que mis palabras se hacen realidad, te acordarás de mí y lamentarás haberme herido y pretender dañar a mi hija cuando ella no tiene culpa alguna de que no te amen como tú quisieras. En el auto, después de medio camino recorrido a casa, mi padre me pregunta si temo que la maldición que María Moreno lanzó al cuerpo sin vida de Olga afecte a mi hija. La verdad es que más temo que un día Ramiro Reyes reclame a Mariana como su hija y pretenda quitármela. Sé que tengo todas las de ganar ante una demanda judicial, ya que Mariana nació dentro del matrimonio con Olga y quien la reconoció como su hija fui yo, por lo que aparezco como su padre y mi niña lleva mi apellido, pero ¿qué pasaría si, años más, años menos, los avances en Medicina permiten resolver dudas sobre la paternidad en seres humanos, y resulta que Ramiro Reyes puede probar que él es el padre biológico de Marianita? ¿Me quitarían a mi hija para entregársela a él? —Hijo, ¿estás bien? —me pregunta mi padre al haberme quedado callado, abstraído por mis pensamientos. —¡Sí! —respondo algo alterado, como si me hubiera despertado de una pesadilla a media noche—. Disculpa, papá, es que pensé que lo más inverosímil que podría ocurrir era ir a la morgue por el cuerpo de Olga y descubrir que ya había sido entregado a su madre, pero resulta que no, que la muerte de quien fue mi esposa ha arrastrado tantos sucesos estrambóticos que ya no sé si todo esto es real o parte de una pesadilla —al terminar de hablar, froto mis ojos con relativa violencia, ya que no quiero llorar una vez más. —No puedo decirte que entiendo por lo que estás pasando porque todo esto que te está sucediendo parece sacado de una película de Hollywood, pero sí te puedo decir que no estás solo, que tienes todo mi apoyo y de quienes me respaldan, como tus tíos y mis amigos, así que te vamos a ayudar a salir adelante. Tú y Mariana van a tener una buena vida; mi nieta crecerá sonriendo y teniendo el mejor ejemplo de vida para que se haga una mujer de bien. Mi padre habla sobre el futuro de Mariana con tanto cariño que me duele imaginarme que, al saber la verdad que me reveló Olga, deje de amar a mi hija. Y es por ello que cayo y me guardo esa verdad que espero, con el paso del tiempo, no llegue a los oídos de mi familia, mucho menos de mi hija. A eso de las 11 a. m., como habíamos acordado con Sebastián Linares, vamos a recorrer diferentes tiendas para comprar todo lo que Mariana quiere, y más. La esposa de Linares nos acompaña, ya que quería conocer a la nieta de su esposo. La señora Martha me inspira confianza y luce sincera, por lo que dejo que ella lleve de la mano a mi hija mientras caminamos por los pasadizos de uno de tantos negocios que recorreremos en busca de los prometidos regalos. Mientras la señora Martha conversa con Mariana para ayudarla a elegir las muñecas que son sus preferidas, le comento a Linares sobre la rápida visita de Salinas y de la que dimos a Esteban Moreno para descubrir el porqué de su sobrina María para involucrarme en su venganza. —Braulio, muchacho, en verdad, siento mucho todo por lo que estás pasando, ya que es enteramente culpa de mi hija —a Linares se le nubla la mirada por las lágrimas que intenta evitar derramar. —Tranquilo, señor Sebastián, no le cuento lo sucedido para que asuma responsabilidades que no le competen; solo necesitaba contarle a quien conoce el secreto que guardo lo que ocurrió porque con usted si puedo expresar mis miedos —suelto y soy yo quien ahora quiere llorar. —¿Miedo a qué, muchacho? —A que un día mis padres se enteren que Mariana no es mi hija y dejen de darme el apoyo que ahora tengo. ¿Acaso cree que yo solo podría enfrentar a Ramiro Reyes con todo su dinero e impedir que me quite a mi hija? Porque Mariana es mi hija; a ella la llevo conmigo, a donde sea que vaya, aquí, en mi corazón, y por eso es mi hija. Todo lo que hice para cuidarla cuando su madre se despreocupó de ella por vanidad o egoísmo nació del amor que le tengo desde que la tuve por primera vez entre mis brazos. Cuando ella fijó su mirada en la mía y con su pequeña manita se aferró a uno de mis dedos, pidiéndome que no la deje, que me quede con ella y la ame como un padre debe hacerlo con sus hijos, supe que era mi hija y que debía cuidarla, protegerla de todo, hasta de su madre, de su abuela Sandra y toda esa familia despreciable. El amor que existe entre Mariana y yo es lo que nos hace inseparables, pero en este mundo, el dinero construye o deshace lo que su dueño mande, y si pierdo el respaldo de mi familia, creo que no voy a poder salir adelante una vez más porque habré perdido toda esperanza de que ellos me vuelvan a aceptar, ya que no querrán a mi hija, y a ella no la pienso dejar. Es inevitable que empiece a llorar; el miedo me ha quebrado. Ahora entiendo que a lo que más temo es a perder a Mariana que a ser señalado por cualquiera y en todos lados como un cornudo. Que todos sepan que Olga Linares fue amante de Ramiros Reyes podría hacer que aparezca la suspicacia que quizá la hija que figura ante la ley como mía, en verdad es del hijo del conocido “rey de los gitanos”, y que estos quieran que les entregue a quien proviene de ellos, cosa que en verdad terminaría por destruirme, porque lo que no hizo el engaño de Olga lo haría el perder a Mariana. —Braulio, escúchame bien. Tú no estás solo, y no lo digo porque tu familia te apoye, sino porque yo lo hago. La tarjeta que te di con los datos del abogado que me representa en Perú guárdala como si de un tesoro se tratara. Ante cualquier dificultad que tengas y no cuentes con la gracia de tu padre, buscas al abogado y él te ayudará en lo que necesites. Si es requerido que para no perder a Mariana tengas que salir del país, él te ayudará a que así sea, y te vas a Chile, y ahí vivirás junto a mi nieta y a mi familia. Recuérdalo siempre, tú no estás solo, también me tienes a mí, y, además, estoy completamente seguro que tu padre, aunque se entere que Mariana no proviene de su sangre, la seguirá amando como lo hace porque el corazón que tienes lo heredaste de él, y sé que Braulio Bertolotto Carpio siempre cuidará de mi nieta, así como yo siempre estaré para ella y para ti, mi querido Braulio. Será la juventud, será que he estado aguantando mucho y llegó la hora de soltarlo todo, pero se me está haciendo costumbre caer en el pesimismo por todo lo que estoy viviendo, y así no puedo seguir. «Si no es mi padre, es Linares quien me apoyará ante cualquier inesperado suceso que se dé, así que tranquilo y enfocado debo andar, ya que, para convertirme en el hombre adinerado y poderoso que requiero ser para proteger la relación que me unen con mi hija, necesito graduarme y empezar a destacar en mi profesión. No hay tiempo que perder, así que positivo y para adelante», me digo a mí mismo mientras seco mis lágrimas y continúo disfrutando de la salida en familia, porque no puedo negar que, en estos dos días, Sebastián Linares se ha ganado toda mi confianza y el título de abuelo que él tanto quiere y mi hija necesita. El amor es lo que nos une, nos hace fuertes, y el amor será lo que nos haga felices y permanecer juntos, por más que nos maldigan y problemas se puedan presentar.
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