Reconociendo a mi hijo: Capítulo V (Parte 1)

3036 Words
Al amanecer, aparece Olena para saber sobre el estado de Sebastián. La ucraniana se alegra de sobremanera al escuchar que el pequeño subirá al piso de Pediatría al estar su condición más estable. Minutos después aparece Pablo, algo que me sorprende, pero me agrada. Eliana y yo notamos que la rubia se puso muy nerviosa al verlo y que él… ¿se sonrojó al mirar a Olena? Algo está pasando aquí y voy a averiguarlo. Como Eliana debe avisar a su jefe en el hotel que faltará al trabajo por la condición de salud de su pequeño hijo y yo debo ir a mis clases, Olena se ofrece a hablar con el chef del hotel, ya que lo conoce, de ahí que pudo recomendarla para el puesto que tiene, mientras que Pablo se ofrece a llevarme a casa para que no demore en la estación del metro. - ¿Me vas a contar qué se traen la rubia y tú? –pregunto a Pablo sin filtro cuando ya nos encontramos solos en su auto. - Nada, ¿qué podría tener con ella? –dice mi amigo policía tratando de lucir tranquilo, pero no logra ocultar lo que le sucede por completo. - Pablo, soy joven, pero no nací ayer, hasta Eliana se percató que tanto Olena como tú estaban nerviosos cuando se encontraron en el hospital –el policía empezó a sudar y estacionó el vehículo. - Está bien, te voy a contar lo que sucedió porque necesito desahogarme. No quiero que me juzgues, solo que me escuches –dice Pablo con toda la autoridad que puede salir por cada poro de su piel, y yo acepto porque siento que, si no lo hago, me va a dar un golpe que sí me va a doler, y mucho. Olena junto a su hermano Aleksandr, quien viajó al lado de su esposa embarazada de su primer hijo, llegaron a la ciudad hace cinco años. Por ese tiempo, Pablo había dejado de ser el compañero inexperto, y se había convertido en un policía modelo, siendo para el superior de la estación de Policía a la que estuviera designado, alguien en quien podía confiar y considerar como su segundo al mando. Una noche, cuando estaba patrullando junto con unos novatos a quienes gustaba instruir, llegaron a una conocida y muy concurrida discoteca por esos años, en la que hubo una trifulca y, por lo cual, habían solicitado la presencia policial porque uno de los revoltosos portaba un arma. Cuando ingresaron, encontraron dos cuerpos masculinos sin vida en plena pista de baile y algunas personas muy asustadas, escondidas debajo de las mesas al no haber tenido oportunidad de escapar del recinto. Tras sacar a los civiles, continuaron con revisar las instalaciones para ver si encontraban a los responsables de esos dos asesinatos. Caminando hacia los baños, escucharon el ruido de una pelea cuerpo a cuerpo, encontrándose a dos gigantes fornidos que se agarraban a golpes. Pablo es alto al tener 1.96 m de estatura, pero esos dos sobrepasaban los dos metros, y por sus características físicas, parecían ser del este de Europa. Pablo llamó la atención de esos dos y pararon de pelear. Estaban por ser esposados y llevados a la estación de Policía del distrito, cuando una mujer rubia, alta, de piernas que lucían muy largas gracias a su diminuta minifalda, de ojos grises como la bruma y piel muy blanca, llegó llorando y pidiendo que no se lleven a uno de esos dos tipos. Esa mujer era Olena, y Pablo, ni bien la vio, quedó impactado por su belleza. La ucraniana le decía que Aleksandr no había hecho nada malo, que él había evitado que la balacera continúe. Mi amigo no podía soltar a alguien solo porque una bonita mujer le dio su versión de los hechos, así que le dijo que, si después de revisar los vídeos de seguridad de la discoteca se confirmaba lo que ella estaba diciendo, él mismo agilizaría el retiro de aquel hombre por quien abogaba. En la estación de policía pudieron comprobar junto al fiscal de turno que lo dicho por Olena era verdad, así que Aleksandr solo duró unas cuantas horas en la carceleta del recinto policial. Pablo, cumpliendo su palabra, estuvo pendiente del papeleo que debía llenarse para que aquel que actuó como héroe, al impedir que el otro gigante continuara aumentando el número de c*******s sobre la pista de baile, saliera en libertad. Ahí fue que se enteró que esos dos extranjeros eran hermanos. Al principio había creído que Olena era la mujer de Aleksandr, pero este le explicó que era su hermana, que estuvo en la discoteca porque ella estaba aburrida y quería conocer la ciudad de noche, ya que recién habían llegado al país, y como su esposa hace poco había dado a luz a su primogénita y no podía acompañarlos, ellos dos estaban ahí solos. Aleksandr se percató que el tipo con el cual lo encontraron peleándose tenía un arma, por lo que primero puso a buen recaudo a su hermana, pero mientras hacía eso el tipo pudo matar a dos personas. Entre el tumulto de gente desesperada por alejarse del sujeto enloquecido que disparaba a los cuerpos de los asistentes en la discoteca sin ningún remordimiento, el ucraniano pudo llegar sin ser visto, y ahí fue que logró desarmarlo y empezar el intercambio de golpes para poder someter al asesino. Tras esa inusual forma de conocerse, Pablo y Aleksandr congeniaron y empezaron a frecuentarse inesperadamente cuando se volvieron a ver a los pocos días en el gimnasio donde el policía entrenaba y luego lo hicieron cuando se toparon en el hospital. Por esos años la hermana de Pablo también estaba gestando un bebé, y como el esposo de la embarazada se encontraba de viaje por trabajo, el policía acompañó a su hermana a su control mensual. «Tú vas a la discoteca con tu hermana, yo acompaño a la mía al ginecólogo», soltó Pablo cuando Aleksandr puso cara de no creerle al policía que la fémina embarazada que le gritaba por todo era su hermana, pero terminó por convencerse cuando la hermana de Pablo le dijo que no tenía tan mal gusto como para fijarse en él, concluyendo que esa mujer no podía ser más que su hermana porque hizo un comentario muy similar a los que Olena hacía para aclarar a la gente que Aleksandr era su hermano y no su novio o marido. La cercanía entre Pablo y Aleksandr dio la oportunidad que el policía conozca mejor a la rubia y que entre ellos empezara a manifestarse el interés, pero había ciertos secretos que los Shevchenko no querían compartir con el policía, ya que los relacionaba con actividades fuera de la ley, lo que haría que la amistad que se empezaba a forjar pueda debilitarse y quebrarse. Ahí fue que Pablo, sin esperárselo ni buscarlo, descubrió que los hermanos Shevchenko eran los dueños del Burdel Rozhevyy, y ver a Olena como la matrona fue lo que le rompió el corazón e hizo que se aleje de los ucranianos para siempre, o así intentó que suceda. La amistad conmigo, que por ser vecinos en el edificio empezó y creció por los consejos que me había dado durante las últimas semanas, lo llevó nuevamente a estar cerca de los Shevchenko sin que él lo busque. La mirada seria y fría que siempre se le veía cuando la presencia de Olena nos acompañaba era inevitablemente llamativa, ya que expresaba desprecio, pero a la vez amor, y eso confundía a cualquiera. Pablo me comentó que cuando la llevó hacia el burdel no hablaron, hasta que él mencionó despectivamente, con intención de humillar a la rubia, que ya podía bajar, que ya estaba en su centro de trabajo, y que cada minuto que perdía sin atender a sus clientes eran menos monedas para ella. Olena, quien nunca tuvo la oportunidad de explicarle tantas cosas a Pablo porque este no les dio la chance de hacerlo, tanto a ella como a Aleksandr, no bajó del vehículo y empezó a gritarle al policía la verdad sobre la existencia del Burdel Rozhevvy y de los negocios de venta de drogas y apuestas clandestinas mientras gruesas lágrimas caían de sus grises cuencas. Aleksandr y Olena no fueron los únicos hermanos Shevchenko, hubo una hermana mayor, Lyudmyla, quien murió de una manera muy triste y marcó a sus hermanos menores. Los padres de los Shevchenko no eran buenas personas, estaban metidos en vicios, y para poder obtener dinero, la madre se prostituía y el padre era el proxeneta. Lyudmyla era diez años mayor que Aleksandr y quince que Olena. Ella fue quien los cuidó y protegió como una madre, y lo pudo hacer manteniéndose ella misma y a sus hermanos entre las sombras, sin llamar la atención de los despreocupados progenitores. Sin embargo, cuando la pequeña Olena, de apenas ocho años, enfermó gravemente, no pudieron seguir con ese bajo perfil. De la noche a la mañana, la menor de los Shevchenko empezó a quejarse de un fuerte dolor en la zona derecha del abdomen, lo que hizo que Lyudmyla la lleve al hospital. Aunque ella era mayor de edad, tuvieron que llamar a los padres. Olena tenía una inflamación de apéndice, por lo que debía ser sometida a cirugía para que se le retire esa porción del colón. Los padres no tenían dinero y no aplicaban a ningún tipo de seguro médico, por lo que simplemente no les importaba si Olena sobrevivía o no. Lyudmyla, en su desesperación por salvar a su hermana, habló con el cirujano que atendía el caso para ofrecerle trabajar gratis por un año en las labores domésticas en su domicilio a cambio de que ayude a su hermanita. El médico, quien aparentaba ser una persona amable, de moral intachable, en verdad era un asqueroso pervertido que gustaba frecuentar prostitutas para someterlas a terribles golpizas que satisfacían su deseo de ver sangre y de escuchar a un inocente clamar por piedad. El trato que cerraron fue que ella sería su esclava s****l por un año a cambio de intervenir quirúrgicamente sin ningún costo a Olena. Lyudmyla aceptó sin dudar, ya que más podía el amor que tenía a su pequeña hermana que salvaguardar su propio bienestar. Lyudmyla era virgen, por lo que la primera noche que estuvo con ese hombre fue terrible para ella. Con las justas podía caminar por el dolor que sentía por los golpes que había recibido del cirujano, quien resultó ser un enfermo depravado, además que su desfloramiento no fue nada agradable al haberla sometido a una ruda experiencia s****l. Su rostro era lo único que no tenía moretones porque era una zona de su cuerpo difícil de cubrir si le caía un golpe, por lo que ni sus padres ni sus hermanos se imaginaron lo que ocurría cuando ella salía con el cirujano, a quien hicieron pasar como un pretendiente de la joven. Tras terminar el trato al cumplirse un año sometida a las bajas pasiones y enfermizas fantasías de ese espeluznante médico, Lyudmyla pensó que ahí terminaba su calvario, pero estaba equivocada. El cirujano no dejó de llamarla por teléfono, de ir a buscarla a su casa, de intentar interceptarla en la calle, ya que el tipo se había obsesionado con ella y no quería dejarla en paz. Olena estaba cerca de cumplir los diez años y Aleksandr ya tenía quince cuando junto con Lyudmyla fueron interceptados por unos hombres que iban en una camioneta negra. Estos los obligaron a subir al vehículo, y sin dejar ningún rastro, desaparecieron de la vida de sus padres. Los tres hermanos fueron llevados a las afueras de Kiev, en la zona rural donde el cirujano tenía una casa de campo. Encerrados en una habitación, los mantuvo por tres días sin comida, solo con un poco de agua que daban en raciones ridículamente pequeñas. Lyudmyla, al ver que sus hermanos empezaban a sufrir los estragos del hambre y la sed, pidió hablar con aquella persona que lideraba a los secuestradores con la intención de conocer lo que quería obtener de ellos para dárselo y que sus hermanos fueran liberados. Al salir de esa habitación, supo que se encontraban en el ático y que la residencia era inmensa y estaba muy finamente decorada. Al ingresar a lo que sería el estudio de la mansión, se encontró con el cirujano, quien al verla no pudo aparentar que no le importaba su presencia y corrió hacia ella para abrazarla, pero lo que empezó como un tierno gesto terminó con los gritos de dolor de Lyudmyla, a quien el desquiciado médico clavó unas garras que llevaba en sus manos y ella no logró ver antes de que este la aprisionara entre sus brazos, dejando en la espalda de la joven terribles marcas, como si un animal salvaje la hubiera atacado. El médico le dijo a Lyudmyla que de ella dependía la manera en que sus hermanos saldrían de ese ático: muertos por inanición o para formar parte de su familia como sus jóvenes cuñados. El cirujano estaba tan enfermamente obsesionado con Lyudmyla que le puso la condición de que sea su esposa, que resida en esa casa, sin opción a salir de ella, y así él se encargaría de la educación de ambos menores al pagar las matrículas de prestigiosos internados. La joven no tuvo otra opción y aceptó. El médico cumplió su palabra, por lo que los hermanos menores fueron trasladados a sus habitaciones llenas de regalos adecuados para la edad de cada uno, así el cirujano trataba de ganarse la confianza de sus cuñados. Una semana después, en esa casa de campo, se realizó la boda, y días más tarde Aleksandr fue enviado a un internado militarizado en Alemania y Olena a uno dirigido por religiosas en Francia. Tres años después, Aleksandr pudo salir de su claustro de estudios y regresó a Ucrania, encontrándose a su hermana mayor en muy mal estado por la abusiva y nada sana manera de amar que tenía su esposo. Al no ser un niño y haber conocido sobre el manejo de armas, quiso liberar a Lyudmyla de ese yugo, pero ella no lo permitió, entendiendo que él aún era muy joven e inexperto en la vida, ya que hubiera sido presa fácil para los corrompidos mercenarios que la tenían ahí cautiva y eran fieles al dinero que el médico les entregaba por sus servicios. Así que le rogó a su hermano que espere el momento adecuado, cuando Olena tenga dieciocho años y salga del internado francés en el que se encontraba, para que así los tres puedan irse lo más lejos posible de ese monstruo con el que estaba casada. A Aleksandr no le quedó de otra que esperar, pero mientras lo hacía, buscó a sus padres, encontrándolos más perdidos que antes. Por las deudas que sus progenitores tenían por el consumo de estupefacientes y las apuestas que hacían al haber caído en la ludopatía, un muy peligroso mafioso los quería muertos, algo que Aleksandr no permitiría por más insanamente irresponsables que sus padres hayan sido con él y sus hermanas. Así fue que se ofreció a pagar la deuda de sus progenitores con su trabajo. Él demostró su valor como verdugo al ser un buen peleador y mejor tirador por la sangre fría que manifestó a la hora de hacer sus primeros encargos. Aleksandr se convirtió en un sicario, en un extorsionador y aprendió el negocio ilícito de la comercialización de drogas y las apuestas clandestinas. En ese mundo lleno de carencias morales conoció a Sasha, la hermosa pelirroja que se convertiría en su esposa un par de años más tarde. Ella era una mesera en el negocio de apuestas del mafioso y no era utilizada como prostituta al ser la hermana de uno de los más avezados asesinos que trabajaba junto a Aleksandr recuperando el dinero que algunos apostadores no querían devolver tras perder en los juegos de azar. Esta pareja era inusual para aquellos enredados en esa realidad llena de pecado, ya que ante las atrocidades que veían y hacían para sobrevivir, cada noche se juntaban para llorar abrazados por aquellos actos repudiables que cometían, en especial Aleksandr, quien nunca lograba tener, aunque sea, dos días libres de matar a alguien por algún ajuste de cuentas que tenía su jefe. Ambos sufrían al estar inmersos en tanta maldad, pero se habían puesto una fecha de caducidad para todo ese dolor con el que convivían: el momento que Olena dejara el internado en Francia. Cuando ese momento llegó, Aleksandr se despidió de su jefe mafioso, quien no se opuso a la decisión que este tomó porque muy inteligentemente el gigante ucraniano había entrenado a varios nuevos empleados en el trabajo del sicariato, haciendo que el líder mafioso cuente con un pequeño ejército bien entrenado y organizado, lo que agradeció dejando ir a Aleksandr y a Sasha sin represalias. Al regresar a la mansión donde vivía Lyudmyla prisionera de su desalmado esposo, se encontró con Olena, quien ya no era una niña de diez años, sino toda una mujer, muy bella e inteligente, algo que no era bueno que supiera el cirujano maldito. La hermana mayor, con apenas treinta y tres años, lucía muy avejentada por la terrible vida que tenía, además que en los últimos meses no la había pasado muy bien porque estaba embarazada de su primer hijo, algo que lograba mantener en secreto porque su esposo no había visitado la mansión en el área rural por los últimos tres meses. Ese deterioro en la belleza de Lyudmyla había causado que la obsesión del médico empezara en descender, algo que la prisionera esposa agradeció en un inicio, pensando que esa sería la manera de obtener su libertad, pero, como si el diablo no quisiera dar tregua a esos hermanos, cuyas vidas desde los primeros días que estuvieron en una cuna fueron tristes y llenos de terror por las condiciones inseguras en que crecieron, el cirujano llegó a la mansión el día en que Olena regresó de Francia, y el parecido que esta tenía a la Lyudmyla que conoció diez años atrás hizo que empezara a obsesionarse con la ahora joven mujer.
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