Tras terminar de acomodar el exhibidor, pone su atención en mí, me sonríe con sinceridad, y yo me pongo nervioso ante ese gesto genuino e inocente.
—¿Necesita ayuda, oficial? —pregunta pensando que soy m*****o de la Marina de Guerra.
—Eh, ¡sí! —suelto elevando mi voz, cosa que la sorprende. Acabo de recordar el vestido para Mariana que llamó mi atención, y al pensar que es la excusa perfecta para hablar con ella, respondo entusiasmado—. Quisiera saber si tienen el vestido que está en el maniquí para una niña de siete años.
—Tenemos ese vestido, así como las demás prendas para niños, desde la talla cero hasta la catorce. ¿En cuál talla lo está buscando? —pregunta, y en ese momento no recuerdo la talla de mi hija.
—Señorita, no piense mal, pero no recuerdo la talla de mi hija —digo, y ella sonríe, cosa que hace que me ponga más nervioso.
—No se preocupe, oficial. ¿Podría indicarme a dónde le llega su niña cuando está parada a su costado? —pregunta mientras saca del bolsillo del chaleco que forma parte de su uniforme una cinta métrica.
—Pues, su cabecita llega hasta acá —digo mientras señalo la base de mi cadera. Ella se pone en cuclillas y extiende el centímetro para tomar la medida.
—Su niña es una talla ocho —dice, y se acerca a los estantes donde está la ropa para niñas, sacando una caja. Al desplegar el vestido acomodado con cuidado, me invita a que me acerque con un educado y suave movimiento de su mano que acompaña con una sonrisa—. Este es el modelo que le gustó a la medida de su hija.
—Gracias. Es perfecto —digo mientras no puedo dejar de mirarla. Ella sonríe con ternura, cerrando sus hermosos ojos, expresión que me encanta porque nunca he visto una mujer de su edad luciendo tan inocente.
—¿Lo envuelvo para regalo? —pregunta, y yo no sé qué decir—. No tiene que ser el cumpleaños de su hija para que le haga un regalo; basta con que la ame, y así le demuestra que piensa siempre en ella —lo que dice me encanta y hace que mi corazón repique.
—Por favor, que luzca bonito el empaque —pido, y ella me asegura que así será.
Sacando de uno de los cajones bajos del estante papel de regalo, cinta adhesiva y unas tijeras, empieza por envolver la caja donde acomodó con cuidado el vestido. Tras dar unos dobleces, termina decorando el obsequio para Mariana con un lazo del color predominante del papel. Luego, sacó una bolsa estampada con los datos del Bazar Naval, y guardó ahí el regalo. Después de entregármelo, caminó hacia la caja para cobrarme el vestido. Al darme cuenta que al pagar ya no tendría que hablar con ella y debía irme, se me ocurrió una idea.
—¡Tengo cinco sobrinos a quienes quisiera hacerles un regalo! —digo elevando por demás la voz. Ella sonríe, y tras cerrar la caja y darme el comprobante de pago, se dispone a preguntarme por lo que me gustaría regalarles.
—Si no sabe la talla de sus sobrinos y no recuerda muy bien un aproximado de sus tamaños, mejor será que les regale juguetes —sugiere ella con una expresión seria, de estar pensando para ayudarme.
—Me parece una excelente idea —comento, y ella me pide que la siga, cosa que hago.
—Aquí están los juguetes para niños y aquí los de niñas. Indíqueme las edades para poder sugerirle —empiezo a decirle las edades de mis sobrinos.
—Creo que para las niñas estará bien estas muñecas, ya que son las preferidas de nuestras clientas pequeñas —sonríe mientras hace el comentario, y yo suspiro deleitándome por tan bonita expresión facial—. Y para los niños, tenemos set de autos de carreras y de rescate. Usted decide si quiere que sus sobrinos vivan la velocidad o jueguen a que son pequeños héroes —lo último que dijo me gustó, así que elijo los autos de rescate.
—Voy a hablar bien de usted a la señora Emma. Está muy bien capacitada para encargarse de esta área —comento mientras caminamos llevando las cajas con los juguetes hacia el mostrador para envolverlos con papel de regalo.
—Gracias, su comentario me ayudaría muchísimo en mi trabajo —señala mientras me ofrece una bonita y sincera sonrisa—. Creo que ser mamá me hace la persona idónea para tener esta sección bajo mi encargo —tras escuchar que es mamá, empiezo a observar sus manos, y no encuentro un anillo de matrimonio que me diga que es casada.
Mientras ella envuelve los regalos, yo empiezo a darme por vencido. Ella tiene un hijo, aunque sea, por lo que debe estar casada. Que lleve o no un anillo, no significa que no lo esté, así que empiezo a desinflar mi ilusión. Por un momento pensé que había encontrado a una mujer que me gustaría conocer al invitarla a cenar, pero cómo podría hacerlo si ella es casada. Acabo de destruir en mi cabeza a la tal Rita por coquetearle a Fernando, cosa que no es muy diferente a lo que yo haría si paso por alto que esta joven mujer ya es la esposa de alguien más.
Cuando ella camina hacia la caja para cobrarme por los cinco regalos que ya dispuso en bolsas del bazar y me entregó, llega Fernando apurado, cargando la diminuta bolsa de la Sección de Joyería.
—¡Braulio! ¡Te he buscado por todo el bazar, y tú aquí, en la Sección Niños! —me regaña mi hermano algo preocupado.
—Es que vi ese hermoso vestido, y pensé en lo bonita que luciría Mariana con él —dije con el ánimo por los suelos.
Mi hermano miró las bolsas que sostenía en mis manos, luego volvió a mirarme, notando la tristeza en mi mirada, y sin tener idea de lo que había estado haciendo por esa más de media hora que me perdí de su vista, me preguntó con mucha duda:
—¿Acaso todos esos regalos son para Mariana? El que cumple años mañana eres tú, no tu hija —siento que Fernando me está regañando, ¿o es que he quedado algo sensible al darme cuenta que la joven señorita que me ha gustado es una mujer casada?
—Solo uno es para Mariana, el resto son para mis sobrinos —explico sin poder dejar ver mi desilusión.
—Braulio, ¿qué mierda te pasa? —pregunta Fernando susurrando, para que nadie escuche la lisura que acaba de soltar.
—Oficial, serían 80.70 soles por los cinco regalos de sus sobrinos —escucho decir a la bonita vendedora, y no soy capaz de mirarla a la cara—. Teniente primero Bertolotto, buenas tardes. ¿Cómo está la señora Sandra y sus hijos, Marcelo y Paulita? —el tono amable de la joven y hermosa mujer me obliga a mirarla. La expresión marcada en su rostro difiere mucho a la coqueta y desvergonzada mirada de la tal Rita. Esta mujer sonríe con sinceridad, con respeto, demostrando que es una mujer educada y decente.
—¡Señorita Alejandra, ¿cómo está?! —saluda muy animado Fernando, pero respetuoso, ofreciéndole el saludo con su mano derecha, una que aprieta la joven bonita—. Mi amada esposa y mis hermosos hijos están en casa de mis padres. Yo he venido con mi hermano menor a hacer unas compras —suelta Fernando mientras me abraza.
—No sabía que, además de su gemelo, tenía un hermano más que también es oficial de la Marina de Guerra —responde Alejandra, cuyo nombre me suena hermoso.
—Braulio no es oficial de nuestra armada, es doblemente civil porque es ingeniero civil —bromea Fernando, y escuchar la dulce risa de Alejandra hace que me sonroje.
—Disculpe, caballero, le di el título de oficial sin serlo. Debí preguntarle antes de suponer que formaba parte de nuestra Marina de Guerra —ella se disculpa, y yo tengo unas ganas de decirle que no debe hacerlo, que yo no la corregí porque me gustaba cómo sonaba su voz mientras se dirigía a mí.
—No se preocupe —es lo único que soy capaz de decir.
—Además, Braulio también tiene pinta de marino, con esta talla que supera el 1.90 m y la carita bonita que derrite a peruanas y extranjeras —la broma de Fernando no me gusta, pero al escuchar que Alejandra ríe, no regaño a mi hermano.
—De acuerdo con usted, teniente primero Bertolotto —dice Alejandra, y mi corazón vuelve a saltar emocionado pensando que a ella le parezco atractivo porque coincide con mi hermano ante lo dicho sobre mí.
—Braulio, paga tus compras —Fernando me codea para que salga de mis pensamientos.
Tras pagar el monto indicado. Alejandra agradece por la compra. En eso mi hermano le consulta si puede ayudarnos a elegir algo para mí, ya que mañana es mi cumpleaños.
—Y siendo su cumpleaños tan pronto, ¿ha comprado regalos para su hija y sobrinos? —pregunta muy sorprendida Alejandra.
—Así de noble es mi hermanito menor —dice Fernando mientras pellizca una de mis mejillas—. Además, es un excelente ingeniero civil, claro está que el trabajo no es nada sencillo porque viaja mucho, pero el abultado sueldo que recibe cada mes bien lo vale —miro a Fernando para intentar descubrir por qué trata hacerme lucir como un buen partido ante esta mujer casada, y él me mira sonriente, hasta me guiña un ojo.
—Bueno, dicen que la gente que es feliz y buena prefiere hacer regalos a los que ama en el día de su cumpleaños que recibirlos porque así es como agradece la bendición más importante que Dios entrega, que es el amor de una familia, de los seres queridos —el comentario de Alejandra hace que suspire una vez más, ya que, además de ser bonita, es muy inteligente.
—Gracias, pero le aseguro que soy un hombre normal como cualquier otro, con malos hábitos y defectos —comento porque el único motivo para comprar regalos para mi hija y sobrinos fue poder conversar con ella.
—Y encima humilde —agrega Alejandra, y Fernando palmotea mi hombro donde descansa su mano al abrazarme.
—Una maravilla de hombre —añade Fernando, y yo le quiero decir que no insista con ella porque me gusta y estoy padeciendo porque es casada y con hijos—. Entonces, señorita Alejandra, ¿nos puede ayudar a elegir el regalo para mi hermano? Es de parte mía y de mi gemelo —insiste Fernando.
—Todo dependerá si puedo dejar mi puesto encargado a alguien más, y eso depende de la señora Emma —indica Alejandra, y Fernando le pide que llame a la jefa del personal de servicio al cliente por el micrófono que hay en cada caja.
La bonita voz de Alejandra se escucha más encantadora a través de los parlantes que están distribuidos por todo el bazar. Un par de minutos después, la señora Emma aparece y Fernando le explica que, si Alejandra logró que yo compre seis regalos para mi hija y sobrinos, es la única que puede ayudarme a elegir mi regalo de cumpleaños. La jefa de todos los vendedores acepta que ella sea quien me asesore en mi búsqueda, así que llama por el micrófono a la persona que tomará provisionalmente el puesto en la Sección Niños del bazar.
Fernando me quita las bolsas que cargo y me empuja para que vaya detrás de Alejandra. Yo no entiendo el comportamiento de mi hermano, ¿acaso no sabe que es una mujer casada y ya es madre? Ella empieza a preguntarme qué es lo que necesito, y yo la miro nervioso porque me dan ganas de decirle: «A ti, lo que necesito eres tú».
—Por el monto que el teniente primero Bertolotto ha indicado, puede comprarse un buen reloj o una cadena de oro con un dije. Para varón tenemos crucifijos, imágenes del Espíritu Santo, el rostro de Jesucristo, todo en oro de 18 K. También podría comprarse un buen perfume y algunas corbatas para el trabajo —sugiere Alejandra mientras caminamos hacia el la Sección de Joyería.
—Por mi trabajo, más estoy en las obras supervisando la labor de los obreros que en una oficina haciendo los planos —comento para que ella sepa un poco más sobre mí, aunque eso solo puede ayudarme a elegir mi regalo.
—Entonces, puede que le interese calzado para trabajar y que sea seguro para andar en las obras, donde imagino que puede haber residuos peligrosos por toda el área —señala Alejandra, y yo afirmo con un movimiento de cabeza—. Vayamos a la Sección de Calzado para mostrarle lo que nos ha llegado recientemente.
Las botas que uso para trabajar, las de la última colección de una marca estadounidense muy famosa, aparecen ante mis ojos. Cada par cuesta tanto o más que un perfume francés, así que no dudo consultar si tienen mi talla. Alejandra ayuda al encargado de la sección a sacar los cinco únicos pares que hay de mi medida, y después de comprobar que todos me quedan bien, no dudo en comprar los cinco. Con el dinero de mis hermanos, pago dos, y los otros tres pares los compro con el mío.
—¡Dejaste a alguien sin calzado! —comenta en son de broma Fernando.
—Mi trabajo lo requiere. Una herida por un clavo oxidado puede dejarme fuera de juego por varias semanas. Debo ser cuidadoso —explico serio mientras me pongo los zapatos.
—Señora Alejandra, por favor, abra usted caja y coloque su código, usted hizo la venta —escucho decir al vendedor de esa sección.
—No, Frank, tú eres el encargado de esta área, y esta venta es tuya —señala Alejandra, y los ojos del muchacho se iluminan llenos de agradecimiento.
Tras alejarnos de la Sección de Calzado, Fernando le pregunta a Alejandra por qué no hizo suya la venta si ella fue quien me convenció de comprar ese tipo de producto.
—Frank apenas ha cumplido dos semanas de haber ingresado a trabajar al bazar, y es un muchacho que tiene mucha necesidad. Su padre murió hace un año, era empleado de limpieza en la Comandancia General. Al enterarse el Almirante Aguirre que la familia del empleado fallecido estaba pasando por dificultades económicas, los buscó y ofreció este trabajo a Frank, que paga mejor que dedicarse a la limpieza por las comisiones. Él tiene dieciocho años y carga con toda la responsabilidad de su familia, su madre y hermanos menores. En estos días no ha podido vender mucho porque el otro encargado de la sección se aprovecha de él, así que esta ha sido una oportunidad para hacer que la fe y la esperanza en Frank no mueran —además de bonita e inteligente, Alejandra es buena.
—Señorita Alejandra, la verdad que se ha ganado mi respeto y el de mi hermano por completo —comenta Fernando, haciendo que ella se sonroje—. Usted también tiene necesidades, sino no estaría aquí, trabajando, pero es capaz de ponerse en el lugar del prójimo y ayudar, aunque usted también requiere ser ayudada. Es una buena mujer, trabajadora y responsable, que lucha para sacar adelante a sus hijos, y eso, en verdad, es de aplaudir —Fernando saca su billetera y toma un par de billetes de alta denominación y se los entrega a Alejandra—. Por favor, tome este dinero a cambio de la comisión que no ha hecho suya.
—Teniente primero Bertolotto, no se preocupe por mí, que no estoy sola en este mundo para sacar adelante a mis hijos. Hay personas padeciendo más que yo, se lo puedo asegurar. Yo tengo un trabajo, y lo que gano aquí me alcanza para cubrir las necesidades de mi familia. Más bien entregue ese dinero a alguien que vea por la calle y sepa que no cuenta con un trabajo fijo como el que tengo; ellos son los que en verdad luchan a diario para salir adelante.
Tras despedirnos de Alejandra y agradecer a la señora Emma, enrumbamos hacia la casa de nuestros padres en San Isidro. Todo el camino voy pensando en lo último que dijo Alejandra, que no está sola en este mundo, que tiene quién le ayude a sacar adelante a sus hijos. Un nudo se me forma en la garganta y en el estómago; la desdicha que siento porque me topo con una mujer de gran valor, pero que se me es prohibida. En un alto de semáforo en rojo, Fernando me mira, y hace un comentario que no me esperaba.
—¿Qué pasa, Braulio? ¿Por qué esa cara? Ya sé que te ha gustado Alejandra, ¡a quién no le gustaría! Ella, además de bonita, es muy buena y decente, no como la tal Rita, a quien odiaste ni bien la viste —Fernando ríe al recordar los comentarios que yo soltaba mientras compraba el reloj para Sandra.
—Es casada, Fer —suelto derrotado.
—Bueno, sí, pero no —dice mi hermano, y yo lo miro con mucha duda, deseando que se explique. Al tener que continuar manejando porque la luz del semáforo ha cambiado, Fernando avanza unos metros más hasta encontrar un lugar donde se estaciona—. Ella está casada, tiene dos hijos, pero hace un poco más de dos años que abandonó al marido. Resulta que se casó a los dieciséis años con un subalterno de la Policía, quien la llevó a vivir a Lamas, de donde es oriundo. Allá todo fue mieles durante los dos primeros años de matrimonio, pero tras nacer su hijo mayor, el tipo se mostró tal y como en realidad es. Empezó a golpearla, a desaparecer por días, a gastarse el dinero en trago y mujeres. Cuando ella supo que había quedado embarazada de un segundo hijo, el tipo quiso obligarla a abortar, y ahí es que ella tomó la decisión que cambiaría su vida.
»Llamó al Capitán de Navío Pérez, que era mi superior en Paita y su padrino, ya que Pérez fue amigo del padre de Alejandra, un camionero que transportaba mercadería desde Puno hacia Lima, a quien conoció cuando estuvo destacado en la base de la Marina en Puno. Él gestionó con la Policía el traslado de Alejandra con su hijo de un año en un vuelo humanitario desde Lamas hacia Chiclayo, ahí les dio el alcance y los embarcó hacia Lima en un bus interprovincial. Luego le consiguió este trabajo, donde ya tiene dos años laborando. A ella le va bien en el bazar, aunque no faltan los mañosos desvergonzados que aparecen de vez en cuando y le proponen cosas indecentes, pero ella siempre ha sabido ponerlos en su lugar, además que tiene el apoyo de su padrino, quien es muy amigo del actual director del bazar.
»Braulio, si Alejandra te gusta, no dudes en cortejarla. Ella es una buena mujer, una madre luchadora. Aún está atada a la basura esa con la que se casó, pero es un detalle menor. Ella, al igual que tú, sabe lo que es ilusionarse y sufrir una terrible decepción, pero supo deshacerse de ese hombre al huir de su lado y aferrarse a sus hijos, por quienes lucha todos los días. Quienes la apoyan son su madre y dos hermanos varones mayores que aportan sus sueldos a mantener el apartamento donde todos viven. Su padre murió antes que su primer hijo naciera, y ella también sufre porque no pudo despedirse de él al estar en Lamas. Y si te preguntas cómo sé todo esto, pues, cuando Sandra y yo vinimos al bazar, la conocimos, ambos quedamos encantados con ella, y tras conocer su historia al preguntarle a Pérez, mi esposa y yo supimos que ella es la indicada para ti porque solo un alma herida como tú lo estás, puede comprenderte y ayudar a aliviar tu dolor».
Tras lo dicho por Fernando, continuamos el recorrido hacia San Isidro. Una sonrisa empieza a marcarse en mi rostro al pensar en Alejandra, en lo bonita que es y que no se me es prohibida. Recordando lo que sentí al creerla felizmente casada, me doy cuenta que en verdad me impactó, que más allá de su belleza me llamó la atención el hecho de que no me coqueteara, que se le viera decente y correcta, una mujer que va al bazar a trabajar y no a buscar un nuevo marido. De seguro ella teme volver a ser herida como lo hizo aquel que le debió jurar tantas cosas y no cumplió con ninguna, y por ello está dispuesta a matar a la mujer en su interior para que la madre viva tranquila al lado de sus hijos.
—Ella debe pensar que estoy casado —menciono al darme cuenta que en ningún momento descarté que exista una mujer en mi vida.
—No te preocupes, le pediré a Sandra que durante la semana vaya a comprar algo para nuestros hijos en la Sección Niños y le comente sobre ti, que sepa que eres viudo, uno joven y muy atractivo —Fernando me mira y guiña un ojo.
—Me da vergüenza que Sandra sepa sobre esto —soy sincero con Fernando; me está ayudando, así que debo ser completamente franco con mi hermano.
—En la guerra y en el amor, todo se vale, así que no te dé pena hacer uso de una buenísima espía como lo es mi amada esposa. Te prometí ayudarte a rehacer tu vida, y así será. Tú y Alejandra solo necesitan un empujoncito para que decidan estar juntos —Fernando se escucha tan seguro de lo que dice que estoy a punto de creérmelo.
Y creyendo en que es posible que pueda amar una vez más, pero esta vez que sea de verdad, siendo correspondido, y sin tener que sufrir, aprovecho en apreciar el cambio de tonalidad en el cielo, desapareciendo el gris para dar paso al profundo n***o de la noche. «Ahora sí, Señor, dejo todo en tus manos porque lo que Alejandra pueda sentir por mí es algo que no está bajo mi control», y sin más que pensar, sigo el camino hacia casa en completo silencio, con la ilusión más viva que nunca.