Es domingo, y, como no tengo obligaciones que me hagan despertar temprano, puedo dormir un poco más, pero mi despertador humano de casi siete años no permite que así sea. Son las 6 a. m., y Mariana está muy emocionada porque es mi cumpleaños y puede darme mis regalos. Mi niña siempre prepara un bonito dibujo donde aparecemos juntos con la familia y algún detalle que mis padres le ayudan a comprar. Mariana salta sobre la cama, y por más que yo quiera, ya no puedo aferrarme a la almohada.
Cuando pongo los pies sobre las babuchas, recuerdo el sueño que tuve, el regalo de cumpleaños que de seguro la divinidad me entregó para tener una sonrisa en el rostro desde que abro los ojos: la imagen de Alejandra caminando conmigo tomados de la mano. Eso es lo único que recuerdo, que ya es mucho decir porque es la primera vez que mantengo en la memoria aquello que contemplé mientras dormía. Ella vestía casual, con un bonito vestido estampado de flores, el cual quedaba perfecto con el día primaveral que vivíamos. Su cabello lo llevaba suelto y era tan largo que llegaba hasta el borde de su cintura. Su sincera y amable sonrisa aparecía, y yo recuerdo disfrutar mucho ese momento, algo tan simple.
Ni Mariana ni sus hijos aparecían en ese sueño, solo ella y yo. «Algo difícil que en la realidad se dé eso de estar solos en un paraje campestre, sin nuestros hijos», pienso mientras lavo mis dientes, ya que ella, al igual que yo, nos tomamos con mucha responsabilidad nuestras labores de madre y padre, respectivamente. Eso es algo de ella que me impactó, por ser tan joven. Según Fernando, Alejandra recién ha cumplido los veintiún años, por lo que, en mi lógica, está en una edad que la mayoría de jovencitas gustan de salir con las amigas, ir a fiestas, tener un enamorado con quien ir al cine y cuidar mucho de su apariencia. Sin embargo, ella no puede hacer vida como lo hace una señorita; ella ya es señora, y no porque ese título se lo haya dado aquel que la desposó y no se hace cargo de sus hijos, sino porque ella misma se apropia de este al lucir vestimenta recatada y mostrar una actitud de una dama que no está disponible para ser cortejada.
«Si es así, va a ser muy difícil que me haga caso y acepte mi invitación a cenar», reflexiono mientras bato el champú sobre mi cabello mojado para que haga espuma. El problemita es que yo no sé cómo tratar a una mujer que se da su lugar, a una que es decente. Con Olga, yo no hice nada, absolutamente nada; ella solita fue la que organizó todo entre nosotros desde el inicio de nuestra historia. Ni siquiera tuve que invertir algunos soles en salidas para conocernos, como vi a mis amigos hacer cuando estaban interesados en quienes ahora son sus enamoradas o novias, ya que más de uno está comprometido en matrimonio. Con Olga todo fue fácil, y con esa experiencia aprendí que «lo barato, sale caro»; «lo bueno cuesta», y «quien quiere celeste, que le cueste».
Todas las que vinieron después de Olga han sido como ella. En algún momento llegué a preguntarme si solo soy capaz de mirar a mujeres coquetas, que se insinúan con facilidad y no tienen vergüenza de que las vean del brazo de un hombre diferente con dirección a un hotel o a su apartamento. A mí sí me daba un poco de pena, y por ello traté, en lo mayormente posible, de no llamar la atención y pasar desapercibido cada vez que me iba con alguna “señorita moderna” para disfrutar de una buena performance de sexo. Y no es por justificarme, pero pasé varios años de celibato, desde que nació Mariana hasta un mes después de la muerte de Olga, ya que el sexo para mí era un placer negado, relegado al nivel más bajo de mis prioridades, por la enorme responsabilidad que obtuve al hacerme padre. Es por ello que por esos años siempre me negué ante las propuestas indecentes de aquellas mujeres que, al verme solo —aunque estaba bien casado, por las tres leyes: civil, religioso y a la fuerza—, se me ofrecían.
«Lo bueno de que Alejandra pertenezca a otro sector social es que a ella no ha llegado los rumores sobre mí, aquellos que nacieron cuando me tuve que casar apurado por haber embarazado a una joven seis años mayor que yo y se hicieron casi imposibles de silenciar con la escandalosa noticia que se multiplicó en todos los diarios locales y nacionales cuando Olga tuvo el accidente junto a Ramiro Reyes», señalo a mí mismo mientras termino de peinar mi cabello con el fin de lucir bien presentado y feliz para ir a misa con la familia. Puede que Alejandra haya leído la noticia y haya emitido alguna opinión sobre ella, pero después de tres años y medio, mi nombre, uno que no escucha a diario, por lo que no se le hace familiar, no debe relacionarlo con aquel suceso que fue de conocimiento de todo el país.
Mariana se emociona cuando escucha al Padre Álvaro decir mi nombre en plena misa. Mi hermana Elena se encargó de solicitar que se pida por mi salud y bienestar en este día de mi cumpleaños número veintisiete. A la hora de ofrecernos la paz entre los presentes, muchas miradas amables me felicitan por mi día especial, así como también llegan algunas que demuestran fastidio y, otras muchas, coquetería. Ya se imaginarán que las molestas son de aquellos que están relacionados con las señoritas que me ofrecen su preferencia, y digo esto porque quien está contenta con su pareja, no tendría por qué estar haciendo ojitos a otro hombre, salvo que gusten de andar en pecado.
Yo no hago caso a las malas o provocativas miradas, solo tomo de la mano a mi hija y camino junto a ella hacia donde está estacionado mi auto. Cuando estoy con Mariana, todo el mundo desaparece, así que me da lo mismo lo que los demás estén pensando o diciendo de mí. Sin embargo, entre la multitud que camina hacia la vereda, logro divisar la silueta de alguien que se me es familiar, y por primera vez, alguien capta completamente mi atención, aunque esté al lado de mi hija.
—¿Señora Alejandra? —digo tratando de que la felicidad no se me note.
—¿Ingeniero Bertolotto? —el tono de su voz cargado de sorpresa hace que sonría. Definitivamente, ella no se esperaba que nos encontremos.
—Sí, buenos días. ¿Usted vive por aquí? —obvio que no vive por aquí, pero es lo único que se me ocurre preguntar.
—¡No!, ¡cómo cree! —exclama con tanta soltura, con un alto grado de naturalidad que sigo sonriendo porque me gusta mucho lo que veo—. Uno de mis sobrinos ha participado como monaguillo en la misa que se acaba de ofrecer. Yo solo he venido a acompañarlo. Es que Julián piensa seriamente en ingresar al seminario cuando termine el colegio. Yo lo apoyo porque su padre y mi hermana no quieren que su único hijo varón tome los votos religiosos, pero cada quien debe seguir sus sueños. Así que me ve aquí, esperándolo para llevarlo a su casa y luego yo me voy a la mía.
—¿Y cómo así terminó su sobrino invitado a servir en la misa de esta iglesia si pertenece a otra parroquia? —pregunto para tener más tiempo conversando con ella.
—Porque a último momento se enfermaron los dos únicos muchachitos que iban a participar en la misa de hoy. El Padre Álvaro llamó al Padre Luis, el párroco de Santa Beatriz, en Lince, donde vivimos, y le pidió que le ayude consiguiendo los dos monaguillos que necesitaba, y el primero en ser convocado fue mi sobrino Julián, quien es monaguillo fijo del Padre Luis; pero como en nuestra parroquia hay varios chiquillos que participan activamente en la catequesis y sirven de monaguillos, cosa que no sucede aquí, no hay problema que Julián apoye en otra parroquia —la mirada de Alejandra cambia y puedo ver un toque de preocupación al notar que la juventud sanisidrina no es tan activa en los temas de la Iglesia como sí sucede en Lince, distrito vecino donde ella vive, y a mí me alegra que así sea porque significa que estamos a unas cuantas cuadras de distancia.
—Y a Julián nos lo prestaron porque es uno de los mejores monaguillos de la parroquia Santa Beatriz —comento, y Alejandra sonríe orgullosa de su sobrino.
—Así es. Mi niño es el mejor monaguillo porque es bueno, obediente y desde pequeño entendió cuál es su destino: ser sacerdote —con esto que acaba de decir, noto que Alejandra es la clase de tía que le gusta apoyar a sus sobrinos, la que entiende que familia es la que te ayuda a salir adelante y alcanzar tus sueños.
—¿Braulio? —escucho la voz de mamá llamándome. Cuando volteo a verla, me doy cuenta que mi oído no me engañó porque noté que el tono que utilizó era demasiado serio, y al ver el gesto que lleva en el rostro, me doy cuenta que no le gusta verme conversando con Alejandra.
—¿Madre? —respondo de la misma manera, sonriéndoles despreocupadamente, complementando mi actuación al llevar mis manos a los bolsillos de mi pantalón.
—¿Quién es la señorita? —pregunta mi madre mirando a Alejandra de pies a cabeza. Nunca me gustó que mire así a la gente que no pertenece a nuestro grupo social, ahora mucho más que nunca.
—Buenos días, señora. Soy Alejandra Ramos Vidal de Alcaraz, para servirle —Alejandra saluda respetuosamente y ofreciéndole a mamá una sonrisa.
—¿Su apellido es compuesto? —pregunta mamá.
—No. Ramos es el apellido de mi padre, Vidal el de mi madre, y de Alcaraz es mi apellido de casada —la sonrisa desaparece de mi cara al notar que mamá me mira con esa expresión de que no le gusta para nada Alejandra.
—Alcaraz, apellido netamente español. Y Vidal es un apellido que abunda en Tacna —comenta mi padre, oportunamente.
—Mi esposo es netamente criollo, descendiente de españoles, y mis abuelos maternos son de Chile, de Arica —responde Alejandra sin perder su natural alegría.
—¿Y cómo una mujer tan joven ya es señora? —mi madre vuelve a hacer una pregunta indiscreta.
—Porque me enamoré de mi esposo apenas a los catorce años. Dos años después nos casamos, y ahora, a mis veintiún años, ya soy madre de dos hermosos varoncitos, Javier de tres años y Ernesto de dos —lo único que le agradezco a mamá es que haga las preguntas que a mí me da vergüenza hacer.
—¿Y que hace por aquí sin su esposo? —pregunta mamá, y yo miro a papá para que se la lleve.
—Acompaño a mi sobrino Julián, uno de los dos monaguillos de la misa que acaba de terminar —responde Alejandra sin mostrar incomodidad ante el interrogatorio de mi madre.
—Ya me parecía que los dos jovencitos que acompañaron al Padre Álvaro no eran del barrio porque no los había visto antes en las misas —comenta mi hermana Elena.
—¡¿Tu sobrino es uno de los niños que ayudó al Padre Álvaro?! ¡Pero qué honor! —la voz de mi princesita se eleva. Yo me sonrojo porque recuerdo haber soltado su mano cuando descubrí la presencia de Alejandra a las afueras de la iglesia.
—Sí. Él es muy feliz sirviendo en nuestra parroquia, la de Santa Beatriz —comenta Alejandra, y noto que observa el vestido de mi niña—. Ingeniero, ¿es ella su hija? —pregunta, y yo asiento con la cabeza—. ¡Pero qué hermosa es! Y el vestido le quedó perfecto —agrega Alejandra, y Mariana se le acerca de inmediato y la toma de la mano.
—¿Cómo sabes lo de mi vestido? —pregunta mi niña con suma inocencia.
—Tu papá estuvo ayer en el Bazar Naval, donde trabajo en la Sección Niños, y al ver el hermoso vestido que hoy luces, quiso comprártelo, pero no recordaba tu talla, así que yo le ayudé con eso. El vestido es hermoso, pero no es él quien te hace hermosa, sino que tú lo luces maravillosamente porque eres una niña muy bella —el comentario halagador de Alejandra hace que Mariana sonría feliz, y mi niña, en agradecimiento, se abraza a la cintura de la mujer que empieza a interesarme.
—¡Gracias! Por haber ayudado a papito mío a elegir este vestido y por tus bonitas palabras. Tú también eres muy bonita; pareces una princesa con tu vestido azul y tu cabello sujeto en una cola baja —ahora es mi niña quien empieza con los halagos.
—Y no es cualquier cola baja —añade Alejandra, y se voltea para que Mariana vea el detalle que lleva en su cabello.
—¡¿Cómo has hecho para que te quede el cabello así de bonito?! ¿Me enseñas? —pregunta muy animada mi princesita—. Papito mío, que la señorita me enseñe a peinarme así bonito, por favor —suplica mi hija haciendo un puchero, la típica estrategia para que yo no pueda decir que no.
—Un día puedes ir con tu papá al Bazar Naval, y ahí te puedo hacer muchos peinados distintos. Tenemos lindas peinetas y demás accesorios con los que una niña tan bella como tú lucirá aún más hermosa de lo que ya es —propone Alejandra, y los ojos de Mariana se abren enormes por la ilusión que le da que alguien arregle su cabello de diferentes maneras.
—¡Papito mío! —exclama mi hija, y me mira con súplica.
—El próximo sábado, después de tu entrenamiento de la mañana, te bañas en el club y vamos a San Miguel, donde está el Bazar Naval, para que la señora Alejandra te enseñe a peinar tu cabello —ofrezco, y Mariana no puede dejar de dar saltitos de felicidad porque, además de arreglar su cabello, de seguro me hará comprar un sinnúmero de accesorios.
—¡Tía Alejandra! —se escucha la voz de un niño que todos reconocemos como uno de los monaguillos que acompañó al Padre Álvaro en la misa de hoy.
—¡Julián, ven, mi niño! —responde con cariño y entusiasmo Alejandra mientras agita su brazo derecho, el cual alzó para que su sobrino la logre ver entre la multitud—. Bueno, ya me tengo que ir. Gracias por la amena conversación a las afueras de la iglesia —agradece demostrando su buena educación.
—¿Dónde está su carro, señora Alejandra? —pregunta Mariana, a la vez que la llama como ha escuchado que yo lo hago.
—No tengo auto, pequeña. Con mi sobrino vamos a tomar el bus en la avenida Arequipa —explica Alejandra.
—Papito mío, no podemos permitir que mi nueva amiga, la señora Alejandra, se vaya en un bus con su sobrino. ¿Y qué tal si se distraen y se pierden? —el rostro lleno de preocupación de Mariana se me hace tan tierno que sonrío.
—No te preocupes, bella damita. Toda mi vida, desde que era más pequeña que tú, me he transportado en bus, así que mi sobrino y yo no nos perderemos —responde Alejandra de inmediato para tranquilizar a mi hija.
—Braulio, como agradecimiento por la amistad que ha empezado este día entre mi nieta y la señora Alejandra, creo que está bien que los lleves a ella y a su sobrino hasta su casa —dice papá serio. No sé lo que está pensando, pero llegando a casa tengo que explicarle la situación para que no crea que Alejandra es una desvergonzada o que yo ya he sucumbido en el pecado de la lujuria, yendo detrás de una mujer casada.
—No es necesario, general Bertolotto —dice Alejandra, y todos la miran con duda, menos yo—. Disculpe, quizá me he equivocado, pero si el ingeniero es hermano del teniente primero y usted es el padre del ingeniero, debe ser el general Bertolotto —se explica Alejandra, y todos se dan cuenta que es por el gemelo mayor que ella conoce quién es mi padre—. Su hijo, el teniente primero Fernando Bertolotto, siempre habla sobre usted cuando va al bazar. Se nota que lo admira y lo ama muchísimo porque comenta lo buen hombre, padre, esposo y profesional que es usted —papá sonríe ligeramente; sabe que todos sus hijos estamos muy orgullosos de él.
—Insisto. Braulio, ve con Mariana a dejar en su casa a su nueva amiga y al sobrino de esta. Te esperamos en casa para desayunar —concluye papá, quien toma a mamá del brazo y la obliga a caminar junto a él.
Mariana toma con una mano a Alejandra y con la otra a Julián, quien no entiende quién es mi hija y por qué se toma la libertad de tocarlo, aunque de manera muy respetuosa e inocente. Mi niña los lleva a ambos hacia mi auto, que está estacionado lejos del de papá porque no encontramos dos espacios juntos. Tras quitar el seguro del auto, Mariana abre la puerta del copiloto y le ofrece a Alejandra ese lugar.
—¡Oh, no! Este espacio es para ti o para tu madre. Yo iré atrás con mi sobrino Julián —se excusa de inmediato Alejandra.
—Señora Alejandra, yo no tengo mamá. Ella murió haces unos años atrás, y como sufrió un accidente de tránsito es que papito mío no permite que ocupe este asiento al ser aún muy pequeña —la tristeza en la mirada de Mariana se nota, por más que mi niña mantenga la sonrisa brillando en su carita.
—Lo siento, pequeña —dice Alejandra, a la vez que no duda en acercarse a mi hija y abrazarla, ofreciéndole así consuelo ante lo que ella se ha percatado: que a mi hija le duele la pérdida de su madre—. Entonces, tú y Julián vayan en el asiento de atrás —y Alejandra ayuda a mi niña a acomodar la falda de su lindo vestido para que este no se arrugue.
Ya los cuatro en el auto, arranco el motor y nos dirigimos hacia Lince, distrito que está a unas cuantas cuadras de San Isidro. Al llegar al cruce de las avenidas Javier Prado con Arequipa, oficialmente ya estamos en el distrito donde vive Alejandra, por lo que le pido que me indique por dónde voy para dejar a Julián en su casa.
—No se preocupe, ingeniero. Julián vive a una cuadra de mi casa. Siga de frente, hasta llegar al cruce con la avenida Pardo de Zela, ahí doble hacia la derecha y siga hasta terminar el parque Pedro Ruíz Gallo, en esa esquina podemos bajar —indica Alejandra, y yo no puedo aceptar eso de dejarla en la esquina del parque porque no sabré exactamente donde vive.
—Señora Alejandra, no puedo dejarla a usted con Julián en la esquina de un parque. Tengo la misión entregada por mi padre de dejarla en su casa, así que, por favor, permítame cumplir con lo que se me ha encargado —uso un tono solemne que marco mucho para que sea obvio que estoy bromeando, pero a la vez no. Mariana y Julián ríen a carcajadas, y Alejandra también lo hace, pero de manera más recatada, además que noto sus mejillas un poco sonrojadas.
—Está bien. Pasando el parque, siga media cuadra, a la margen izquierda está el pasaje Ostolaza. Ahí vivo, y Julián, unas cuadras más allá, en la avenida Francisco Lazo.
Sin darme prisa, teniendo como excusa que las voces y preguntas de Mariana y Julián me distraen un poco, llego hasta el pasaje Ostolaza, es cual consta de cuatro cuadras que hacen una especie de cruz al tener cada una esquina con las avenidas Pardo de Zela y Francisco Lazo, y con los jirones José Gálvez y Manuel Candamo. Alejandra vive en la cuadra de Ostolaza que da con el jirón Manuel Candamo, el cual cruza, camina hacia la izquierda, entra a la avenida Francisco Lazo y unas cinco puertas después llega a la casa de Julián, donde vive su hermana Carmela con su familia.
La vivienda de Alejandra era de una sola planta, de puerta marrón y la fachada pintada de amarillo. Se nota que es una vivienda con varios años de antigüedad, pero que luce limpia y bien decorada, ya que comenta que su hermano David se encarga los fines de semana del pequeño jardín que se ve en la entrada. Ahora, ya sé el nombre de dos de sus hermanos, además de el de su sobrino que quiere, a sus doce años, ser sacerdote.
Alejandra ya iba a bajar por su propia cuenta del auto, pero Mariana la detiene, alegando que a una dama siempre se le abre la puerta del vehículo. Cuando abro la puerta del copiloto y la de atrás, la mujer que está llamando mi atención me mira sorprendida y algo sonrojada.
—Es la primera vez que me abren la puerta de un auto. Yo no sabía esa información que Marianita acaba de compartir conmigo —dice algo apenada Alejandra, de seguro porque una niña sabe más que ella sobre cómo un caballero debe tratar a una dama.
—No se preocupe, señora Alejandra. Mi madre, que es una mujer muy formal, le enseña a mi hija esos detalles, y yo, que soy un caballero, me gusta tener esos gestos con mi pequeña, para que se acostumbre a ellos —digo tratando de que no se sienta mal por lo que acaba de pasar.
—Eso es bueno; así Marianita sabrá el tipo correcto de hombre que debe elegir como pareja cuando sea una hermosa señorita —comenta Alejandra, y noto la tristeza reflejarse en su mirada, debe haber recordado a la alimaña que tiene por esposo—. Bueno, muchas gracias por traernos, ingeniero —dice Alejandra, y me ofrece su mano como señal de agradecimiento.
—No tiene que decirlo, fue un placer —digo a la par que aprieto suavemente su mano, una que siento un poco áspera por hacer ella misma las labores del hogar y cuidado de sus hijos.
—Señora Alejandra, el próximo sábado la visitaré en su trabajo —comenta Mariana, y sin que su nueva amiga se lo espere, se aferra a la cintura de esta, en un abrazo de despedida.
—Estaré esperándote con una dulce sorpresa, querida Marianita —responde la joven madre de veintiún años, y los ojos de mi hija brillan al empezar a imaginarse qué será el detalle con el cual Alejandra aguardará su llegada.
De regreso a casa, Mariana, sentada en el asiento de atrás, empieza a platicarme sobre la impresión que le ha causado Julián y Alejandra.
—Es un hecho que él será sacerdote —dice mi hija con un tono seguro, como si hubiera podido ver el futuro de Julián—. Es un niño alegre y bien portado; en sí, un buen niño, por lo que sí creo que llegará a hacer su sueño realidad, aunque a sus papás no les guste esa idea.
—¿Crees que hacen mal sus padres en querer que Julián se dedique a otra profesión en vez de tomar los votos religiosos y hacerse sacerdote? —le pregunto a mi hija mientras esperamos a que el semáforo en el cruce de las avenidas Arequipa y Javier Prado cambie a verde.
—Tú siempre me dice que las personas deben esforzarse en hacer sus sueños realidad, papito mío, ¿por qué el caso de Julián sería distinto? —trato de no reír porque a veces Mariana suena mayor de lo que es, por eso María le dice con cariño “chiquivieja”.
—Los padres queremos lo mejor para nuestros hijos, y, a veces, podemos equivocarnos al pensar que los sueños que ellos guardan no son los correctos para que alcancen la felicidad. Yo no creo que Julián se equivoque si se hace sacerdote, pero cuando gran parte de su familia opina que es mejor que tenga una vida en la que pueda casarse y tener hijos, quiere decir que van a haber muchos que no estén dispuestos a apoyarle —y es una pena que así sea, ya que la vida de Julián solo le pertenece a él, por lo que no debe importar lo que los demás piensen.
—Y es por eso que me cae muy bien la señora Alejandra. Ella entiende que su sobrino debe ser feliz, y la única manera que tiene para serlo es haciendo su sueño realidad, siendo sacerdote —me alegra que Alejandra haya dejado una buena impresión en mi hija—. Papito mío, si la señora Alejandra no tuviera esposo, ¿te gustaría casarte con ella para que sea mi mamá? —lo que acaba de decir Mariana me toma por sorpresa y casi choco contra el auto que está adelante porque no me di cuenta que la luz del semáforo cambió.
—¿Por qué me preguntas eso, princesita? —reformulo porque en este momento la opinión de mi hija es vital para saber si hago bien en querer cortejar a Alejandra.
—Porque ella, además de ser muy bonita, se nota que es buena mamá. Ella debe amar mucho a sus hijitos, a Javier y Ernesto. Se nota en su voz, cuando pronuncia los nombres de sus hijitos, que ellos son especiales y que los guarda en su corazón como lo más precioso de su vida. Debe ser bonito tener una mamá que ame así.
La luz verde del semáforo se deja ver y soy obligado a bocinazos a avanzar, pero al tener la necesidad de consolar a mi hija, me detengo un par de cuadras más adelante.
—Mariana, una vez más te pido perdón —digo tratando de que no se quiebre mi voz—, pero no estuvo en mis manos lograr que Olga sea una mejor madre de lo que fue para ti.
—Papito mío, no tienes que pedirme perdón, tú no hiciste nada malo. Tú eres un padre maravilloso, y te amo mucho. Sé que no es culpa tuya que mamita no me haya querido como tú lo haces, así que no te sientas mal por los recuerdos que yo guardo de ella, de su rostro molesto y esa expresión de desprecio que siempre tenía para mí —a este punto, las lágrimas empiezan a caer de los ojos de Mariana, mojando el vestido de mi niña—. Yo solo sé lo que es una buena mamá por lo que veo, como otros niños son tratados con cariño por sus mamitas, y me gustaría, algún día, que alguien me quiera así. Papito mío, responde mi pregunta, si pudieras casarte con la señora Alejandra, ¿lo harías? Estoy segura que ella sería una buena mamá para mí, mi mamita mía.
Al no poder más que solo ver a mi hija llorar, bajo del auto para subir al asiento de atrás y abrazarla al colocarla sobre mi regazo. ¿Qué especial es Alejandra para que, tras conocerla unos cuantos minutos, mi hija desee que ella sea su madre? ¿Acaso el sorpresivo encuentro es una señal que me sugiere que Alejandra es la mujer correcta a la que debo pretender, aquella con la que puedo construir una familia y hacer posible que mi hija tenga una buena madre, así como los hijos de ella tengan un padre amoroso y protector al hacerme responsable de ellos?
—Sí, Mariana, yo me casaría con la señora Alejandra, así tú tendrías una madre amorosa y yo una buena esposa a quien amar y que me ame —digo mientras dejo caricias en la cabeza y espalda de mi niña, quien ha enterrado su rostro en mi pecho, mojando mi camisa.
—Entonces, debes mantenerte cerca de ella, por si un día su esposo la descuida, la deja de amar, la trata mal, así tú estarás ahí para consolarla y ofrecerle tu amor, uno que la salve de un hombre malo, así como me salvaste de mi mamita mala —Mariana apenas va a cumplir siete años en un poco más de un mes, pero es un ser tan sensible que pudo percibir el desamor de Olga a muy temprana edad, algo que la hirió, pero no la mató porque estuve yo con mi amor para salvarla, como ella acaba de decir.