Cambiando el destino: Capítulo VII (Parte 2)

4268 Words
Tras secarle sus ojitos y pedirle que no llore más porque hoy es mi cumpleaños y debe ser un día feliz, retomamos el camino hacia la casa en San Isidro para desayunar con los riquísimos tamales y pan con chicharrón que mamá encarga todos los domingos a la señora Raquel, la tamalera que vende a las afueras de la panadería cercana a casa. Cuando mamá nota los ojos llorosos y la nariz roja de Mariana, de inmediato me pregunta por qué su nieta ha llorado. Mi niña eleva la voz y le dice a su abuela que no me regañe por algo que no ha sido mi culpa, y menos hoy que es mi cumpleaños. Mariana explica que el amor que Alejandra siente por sus hijos le conmovió, y al recordar que ella no tuvo quien le ofrezca ese sentimiento, la tristeza llegó y se puso a llorar camino a casa. Después del desayuno, pido a papá conversar un rato a solas. Él me lleva a su oficina en casa —desde que es general, ese espacio que antes sirvió como estudio y biblioteca de la familia, ahora es solo la oficina de papá—, y tras cerrar la puerta, me suelta un comentario que no me esperaba, pero agradezco, así puedo ir directo al grano. —Se ve que la señora Alejandra es una buena mujer, una buena madre y una tía involucrada en la vida de sus sobrinos, espero que también sea una buena esposa —la mirada seria de papá me hace ver que no aprueba mi proximidad a una mujer casada. —No puede ser una buena esposa porque hace un poco más de dos años que huyó de los maltratos de su esposo —digo, y papá levanta una de sus pronunciadas cejas, las cuales ya empiezan a adoptar un tono grisáceo por las canas. —Cuando se presentó no dudó en indicar que está casada, y me pareció que la explicación que dio sobre el origen de su esposo lo hizo con orgullo —a papá no se le escapa nada. —Es una táctica que usa para que la gente mal pensada como mamá no la maltrate por el hecho de haber fracasado en su matrimonio, no por culpa de ella, sino del esposo que empezó a golpearla cuando ella le reclamaba por llegar ebrio, oliendo a perfume barato y sin un centavo en el bolsillo —digo y papá demuestra interés en lo que tengo que narrar—. Fernando y Sandra la conocieron al frecuentar el Bazar Naval, y tras enterarse que es ahijada del capitán de navío que fue jefe de Fernando en Paita, no dudaron en llamarlo y preguntar por ella. Pérez, quien es muy cercano a Fernando, no dudó en contarle la triste historia de Alejandra, una que en resumen trata de una jovencita de dieciséis años que se casa con un subalterno de la Policía de veintidós, quien la lleva a vivir a Lamas, ciudad de San Martín de donde proviene, y tras el nacimiento de su primer hijo, este tipo empieza a maltratarla dándole una mala vida, llena de golpes, miseria, falta de respeto. Ella aguantó todo lo que ese infeliz le hacía hasta que se enteró que estaba nuevamente embarazada, cosa que no gustó al tal Alcaraz, por lo que la iba a obligar a abortar. Ella, que no estaba dispuesta a perder a su hijo, huye de ese mal matrimonio gracias a que contacta a Pérez, y este, a su vez, a un amigo que es oficial de la Policía y estaba destacado en San Martín, consiguiendo que ella y su hijo de casi un año sean trasladaos a Chiclayo en un vuelo humanitario. Luego Pérez le dio el alcance en Chiclayo, le facilitó algo de dinero, y la embarcó hacia Lima. »Unos meses después, con ayuda de Pérez, Alejandra consigue el trabajo en el Bazar Naval, donde ya tiene dos años laborando. Ni bien nació su segundo hijo, ella empezó a ganarse la vida porque, para mantener la paz en su hogar, tuvo que cortar todo contacto con el tal Alcaraz. Pérez le dejó bien en claro a ese mequetrefe que no busque a su ahijada si no quiere dejar de ser un policía para convertirse en un delincuente, mensaje que le hizo llegar por medio del oficial de la Policía que es su amigo». —Entiendo —dice papá con un semblante lleno de compasión. La historia de Alejandra es tan, o más, triste que la mía. Para ella no debió ser nada sencillo alejarse de su familia para hacer la propia, pero la ilusión de que tendría un buen matrimonio con aquel que amaba y aparentaba corresponder el sentimiento puro que ella le ofrecía, la animó a irse a un rincón alejado del país, a la selva, donde no conocía a nadie. Ahí, lo único que encontró fue la decepción de saber que aquel que juró amarla y respetarla, en verdad no estaba interesado en cumplir sus promesas. Y lo peor vino cuando quiso obligarla a abortar. Imagino el miedo que debió sentir ante lo desconocido e inesperado que podría encontrar cada día que amanecía en esa casa donde ese tipo la mantenía encerrada porque ella no contaba con ningún familiar o persona amiga en esa ciudad. Yo también viví ese miedo de no saber qué podía pasar tras despertar cada mañana. —Regresando a casa de dejar a Alejandra y Julián, Mariana me preguntó si estaba dispuesto a casarme con ella si no fuera una mujer comprometida —papá fija su mirada en mí esperando que le brinde mayor información—. Tu nieta ha quedado maravillada con el amor que Alejandra demuestra por sus hijos al tan solo hablar de ellos, cuando menciona sus nombres. Mariana quiere experimentar un amor de madre tan puro e intenso como el que Alejandra les ofrece a sus hijos, y por ello es que me preguntó si, en el caso de que su esposo la descuidara al dejarla de amar, yo estaría dispuesto a hacerla mi esposa para que sea su madre. —¿Se puede saber qué le respondiste a mi nieta? —pregunta papá mostrando serenidad. —Que sí la haría mi esposa, para que ella tenga una madre amorosa y yo alguien a quien amar y que me ame de verdad —papá no dice nada, solo deja de mirarme y empieza a pensar sobre lo que le acabo de decir—. Papá, Alejandra me gusta, y mucho —digo, y mi padre vuelve a fijar su mirada en mí. —Es una mujer hermosa, además de que se nota que es decente, de buenos principios, una buena madre, tía, hija y hermana, perfecta para cualquier buen hombre. Sin embargo, tengo mis dudas de que tú seas bueno para ella —las palabras que acaba de decir papá me toman por sorpresa y hacen que en mí aparezca el enfado al sentir que mi orgullo ha sido golpeado—. No me pongas esa cara, que sé muy bien que en estos tres años y algo más te la has pasado revolcándote con cuanta puta que se te ofrece en el club —después de esta confesión, el enfado desaparece para dar paso a la vergüenza—. Sé que eres hombre, que uno tiene sus necesidades, pero si pudiste evitar involucrarte con cualquiera mientras vivías el infierno al que te llevó el matrimonio con Olga, ¿no podías esperar un poco más hasta encontrar una mujer digna de llevar tu apellido? Si le digo a tu madre lo que sé, de seguro te parte el palo de la escoba en la cabeza —aunque sé que es una broma lo de desatar la furia de mi madre revelando mis aventuras de una noche, igual aparece en mí el miedo de decepcionar una vez más a mamá. —Entonces, debo alejarme de Alejandra, aunque eso haga que falte a la promesa que le he hecho a mi hija —digo apretando los puños y la mandíbula para no llorar. La idea de terminar antes de empezar una historia con ella hace que sienta una profunda tristeza. —¿Y tan fácil te vas a dejar vencer? —pregunta mi padre elevando la voz—. Lo que tienes que hacer es definir la vida que prefieres: la clandestina, metiéndote en la cama de diferentes mujeres, una por cada noche, aprovechando que dejas a nuestro cuidado a tu hija, o la familiar, con una sola mujer a la que respetarás hasta el día de tu muerte. Piensa bien cuál será tu decisión porque no solo afectará tu vida, sino la de Mariana y la de todos aquellos que te amamos. Lo dicho por papá remece lo más profundo de mi ser. ¿Cuán bajo pude caer al estar enredándome con tantas mujeres por estos tres años? Muchísimo, tanto así que en este momento no sé cómo acercarme a Alejandra porque ignoro cómo tratar a una mujer de su tipo. Ahora, lo que me queda es dejar las cosas como están y seguir viviendo en el error o cambiar por completo, con la intención de hacerme digno de una buena mujer porque con el comportamiento de los últimos años, me he convertido en lo que más detestaba, en Olga; y siendo así, es un hecho que voy a lastimar a cualquier mujer que valga la pena, mucho más a Alejandra, quien ya ha sufrido demasiado. —¿Por qué no me regañaste antes? —es la pregunta que me nace hacer. —Porque eres un adulto. Cuando te dije que quería que regreses a casa para que completes bajo mi amparo tu crecimiento como persona, esperaba que fueras capaz de confiar en mí cuando llegaran las tentaciones y las dudas sobre cómo debías actuar ante situaciones como las que has estado experimentando, pero nunca lo hiciste. Cuando los gemelos me llamaron para comentarme lo que había llegado a sus oídos, yo ya lo sabía, pero les hice notar a tus hermanos que tú, que habías pasado por terribles momentos al vivir una mentira al lado de esa mujer, sabías muy bien en lo que te metías, y si te gustaba esa vida, yo no podía hacer nada para sacarte de ella. Si no te confronté antes, fue porque me convenía mantenerte cerca, para cuidar y proteger a mi nieta. Más por ella que por ti ha sido que he estado fingiendo que no sabía nada de tus encuentros secretos —la vergüenza que estoy sintiendo hace que empiece a llorar. —Perdón —suelto con las justas, antes de empezar a sollozar como un niño. —Mientras que tu madre se acercó para espantarla cuando te vio conversando con la señora Alejandra, yo lo hice para protegerla. De lejos se nota que es una mujer decente, y tú, como has estado viviendo estos últimos años, no te mereces una mujer como ella, algo que confirmo ahora que me has revelado lo que ella ha padecido. Esa mujer ya sufrió suficiente, por lo que no se merece un hombre que haya sucumbido ante el instinto porque nada asegura que no vuelvas a caer ante la tentación de una mujer fácil —duele mucho lo que dice papá, pero a la vez es bueno saber que él considera a Alejandra una buena mujer; lo malo es que a mí me cree un peligro para ella o cualquier otra mujer que valga la pena. Papá deja su asiento detrás del escritorio para acercarse a mí y abrazarme. Todo lo que acaba de decirme lo hace con amor, para que sea capaz de abrir por completo los ojos y no volver a cometer el mismo error. —Quiero vivir bien, papá, alejado de las mujeres fáciles. Quiero construir una familia, que Mariana tenga una madre y hermanos. Quiero tener una esposa amada, que me sea fiel, y yo también amarla y respetarla, así como quiero tener más hijos que llenen mis días de felicidad‍ —‍digo tratando de controlar mis emociones, unas que se han desbordado al saber que mi padre y hermanos descubrieron mi secreto hace mucho, pero no dijeron nada al esperar que yo sea quien me acerque a ellos para pedir consejo. —Entonces, acepta que has vivido en el error; que todo este tiempo a quien faltaste el respeto ha sido a ti, a tu hija y a todos los que te amamos y queremos lo mejor para tu vida; arrepiéntete del daño que te hiciste y nos hiciste, aunque ni Marina ni tu madre y otro m*****o de la familia que no seamos los gemelos y yo se hayan enterado, y a partir de hoy en adelante, empieza una nueva vida. Al faltar varias horas para el almuerzo, me voy a mi habitación a tratar de que no se noten mis ojos hinchados por el mar de lágrimas que terminé dejando en la oficina de papá en casa. Pongo sobre mis ojos unos algodones que he remojado en agua fría, y me echo sobre la cama. No duermo, estoy reflexionando sobre mi actuar de los últimos años, analizando lo que siento ante una mujer como las que han sido mis amantes de una noche y Alejandra. Físicamente, mi cuerpo responde de la misma manera ante el estímulo a mis sentidos que causan estos dos tipos de mujeres. Sí, debo confesar que Alejandra también me atrae, enciende mi pasión y deseo sin mostrar mucha piel ni ofrecerse descaradamente. Su lenguaje corporal no es provocativo ni seductor, pero hay algo en su apariencia física que me gusta mucho y hace que la quiera sexualmente. Al tener un empate, sigo en mi análisis hacia lo que está más allá de lo material. En lo cognitivo, me gusta escuchar lo que Alejandra opina, comenta y reflexiona sobre la vida. No he hablado mucho con ella, pero el gesto que tuvo con el chico de la Sección Calzado del Bazar Naval o lo que dijo sobre la mayor bendición que tenemos es el amor de nuestras familias, demuestra que ella piensa antes de actuar, y que también lo relaciona con un bonito corazón. En cambio, mis amantes de una noche, por más que viajen por el mundo y provengan de familias adineradas, nunca han utilizado las oportunidades que tienen para cultivar conocimiento, mucho menos bondad. Ellas son frívolas y egoístas. Siempre he sido consciente de que me utilizaban como Olga lo hizo, solo que yo también me aprovechaba de ellas, y es aquí cuando entiendo lo que me dijo mi padre, que el daño más que nada me lo hice a mí mismo al enredarme con estas libertinas, ya que terminé convirtiéndome en lo que ellas también son: un aprovechado. El miedo de mi padre de que no sea digno de Alejandra es real porque podría aprovecharme de ella como Olga lo hizo conmigo, y, aunque no la abandone, herirla al faltarle el respeto al engañarla con otra. Ahí sí que sería peor que Olga porque, al menos, yo tenía bien claro con quien me engañaba y no intimamos más a partir que me hizo saber que amaba a Ramiro Reyes; en cambio, de llegar a tener una relación con Alejandra, si la engaño, lo haría a sus espaldas, por lo que continuaría acostándome con ella, lo que me calificaría como una verdadera escoria de la humanidad. Siguiendo con mi análisis comparativo entre mis amantes y Alejandra, hay un detalle que amplía la diferencia entre ellas: con Alejandra no tendría problema alguno de presentarla ante la sociedad como mi pareja; en cambio, a las otras señoritas solo las puedo ver en secreto. Si mi madre se entera de mis andanzas, ¡me rompe el palo de la escoba en la cabeza!, y así acaba con mi vida porque es un hecho que me prefiere muerto antes que enredado con tanta mujerzuela. Claro está que Alejandra también tiene un inconveniente: está casada, y conseguir que se divorcie es algo que va a tomar años. Sin embargo, mientras mi familia la acepte como mi pareja, la señora de mi casa, aunque no haya un papel firmado que nos reconozca como esposos ante la ley y Dios, podemos vivir tranquilos, sin problemas. —¿Tratamiento de belleza? ¡Estás cumpliendo veintisiete años, no setenta y dos! —escucho la voz de Fernando, y luego cae sobre mi cara un almohadazo—. Oye, levántate y recibe mi abrazo porque mi regalo ya te lo di. Fernando deja de sonreír cuando nota mis ojos aún rojos y algo hinchados. Sandra iba a ingresar a mi habitación junto con los niños, pero mi hermano sale, le dice algo que no logro escuchar, y tras alejarse mi cuñada con mis sobrinos, Fernando cierra la puerta de mi habitación con seguro. —¿Qué ha pasado que estás con los ojos rojos? ¿Acaso has llorado? —pregunta mi hermano mayor mientras se sienta sobre mi cama. Tras relatar el encuentro con Alejandra, el deseo de Mariana y la revelación de mi padre, que conocía sobre mi vida clandestina, Fernando suelta un suspiro y se rasca la cabeza, señales de que no sabe qué decirme. —Como que tu cumpleaños comenzó bien, pero luego se tornó algo intenso —dice mi hermano, y yo caigo sobre mi cama para volver a ponerme los algodones que nuevamente remojo en agua fría. —Sé que papá tiene razón y que todo lo que me ha dicho es por el amor que siente por mí, pero no quita que duela —digo mientras intento mejorar cómo lucen mis ojos. —Braulio, ¿te has puesto a pensar lo difícil que fue para papá, así como para Julio y para mí, enterarnos de que prácticamente llevabas una doble vida? —suelta Fernando, y yo me quito los algodones para mirar la expresión de mi hermano, una que deja ver tristeza, ira, asco y vergüenza—. Guillermo La Torre fue quien le soltó a Julio la bomba sobre que en el club se corría el rumor de que te estabas comiendo a una francesa que había llegado al Perú como amante de uno de los hijos de Roberto Bustamante, y que al haberse terminado la relación porque el magnate minero ya había formalizado el futuro matrimonio de su hijito, tú la consolabas yendo a visitarla a su apartamento por las noches, después de que salías de la constructora. »Sabes que Guillermo odia a Julio desde que a nuestro hermano lo hicieron capitán del equipo de fútbol del colegio antes que a él, así que siempre estuvo detrás de algo que pudiera sacarle en cara. Como no hubo nada del propio Julio que pudiera criticar, se agarró de los rumores sobre ti y la francesa, la española, la rusa, la argentina, la italiana, la sueca, y así puedo seguir por un par de horas más. Tanto le dolió a Julio que hablara mal de ti que nuestro hermano estoico, ese que no sabemos qué emoción lo embarga porque siempre luce serio, inmutable, se llenó de ira y se agarró a golpes con Guillermito. Y es por eso que Julio no está en Lima. El contralmirante decidió enviarlo a Iquitos como castigo, para que aprenda que, si quiere reventar a alguien a golpes, lo haga en secreto y no en plena reunión de los oficiales de la Marina en el Centro Piurano, donde lo mejor de la sociedad de Piura se reúne». —¡¿Qué Julio hizo qué?! —elevo la voz al escuchar lo que Fernando acaba de contarme. —¡Le partió su madre a Guillermo enfrente de la plana mayor de la Marina reunida en el mejor lugar de Piura! Julio estaba irreconocible. No decía nada, como siempre, pero la ira se le notaba en los ojos. Por más que intentamos detenerlo, no pudimos, y Guillermo quedó hecho una mierda, con las dos cejas cortadas y un pómulo roto por los golpes que Julio no midió, además de una costilla rota y el bazo inflamado. Papá, Julio y yo hemos sufrido, y mucho, cuando nos enteramos lo que hacías no tan a escondidas porque todo el club sospechaba de tus aventuras. Ahora me siento peor que antes. Mi hermano Julio tenía un récord perfecto de conducta desde el jardín de niños, cosa que no puedo decir de Fernando, quien siempre se metía en problemas, pero ninguno como en los que yo terminé enredado por mujeres falsas. Ahora Julio está destacado en Iquitos porque se peleó por defender mi honor, uno que no tengo porque todo lo que Guillermo La Torre dijo es verdad. Carajo. —Fer, perdón —digo queriendo volver a llorar, pero mi hermano no me deja soltar lágrimas de vergüenza al propinarme tremenda cachetada que me hace caer de la cama. —¡Huevón! ¡Qué me pides perdón a mí! ¡Anda a Iquitos y pídele perdón a Julio! —suelta molesto Fernando. Por primera vez el gemelo mayor se deja ver iracundo, y eso me asusta—. Todo lo que Julio ha aguantado, así como papá y yo, ha sido porque te amamos. Por ti nos vamos a los golpes por quien sea, pero una cosa es pelearnos por las habladurías que se crean por una noticia de mierda que sale en los diarios tras la muerte de la forajida que tenías como esposa y otra muy distinta es por los rumores que se esparcían en el club, unos que guardan mucha verdad porque en realidad te estabas follando a cuanta zorra te topabas. ¿Tan aguantado estabas que no pudiste esperarte un poquito más para encontrar una buena mujer a quien le dieras duro y parejo mañana, tarde y noche? —escuchar a Fernando hablarme de una manera tan dura, usando palabras vulgares, me sorprende, me intimida, me asusta—. Y lo peor de todo es que ahora quieres llorar por la vergüenza que sientes, ¿no? ¡Hubieras pensado en eso antes de empotrarte a tanta loca de mierda! Fernando empieza a caminar por toda mi habitación, dando vueltas mientras inhala y exhala, tratando de calmarse. La verdad es que la cachetada que me ha dado me ha dolido muchísimo, pero me la merezco, así que no pienso defenderme si mi hermano decide caerme a golpes. Sin embargo, dudo que Fernando haga algo así como desatar su ira sobre mí, y por eso es que busca calmarse. Un par de minutos después, ya más tranquilo, continúa hablando. —Braulio, yo tengo fe en ti, en que puedes dejar toda esta vida de mierda en el pasado; una en la que estás desde que te encontraste con la tal Olga en la casa de Paco Sisniegas, a quien le reventé la cara al enterarme que fue el alcahuete de esa zorra que te vio la cara y te sumergió en la más pura miseria. »Si con Sandra pensamos que Alejandra es buena para ti, no es porque al ser de una clase social diferente a la nuestra puedes hacer con ella lo que te dé la gana, arruinándole la vida más de lo que ya hizo el desgraciado con el que se casó; sino porque ella ha sufrido tanto como tú y sabe lo que es que te vean la cara de “lorna” cuando has entregado amor puro, por lo que cuidará de tu corazón; pero tú también tienes que cuidar el suyo y no ser un conchudo que le monte cuernos porque se acostumbró a las facilonas desvergonzadas. Yo ya te ofrecí mi ayuda para que seas feliz, así que te dejas de lloriqueos, aceptas que la cagaste y empieza a resolver. Recuerda que Mariana se merece un padre bueno en todos los aspectos». Lo dicho por Fernando termina de remover mi consciencia por completo y a darme cuenta que, así como enfrenté la vergüenza de que todo el país sepa que mi esposa me ponía los cuernos con el hijo del “rey de los gitanos”, ahora debo enfrentar la vergüenza de que mi padre y hermanos sepan que aproveché que mamá, Elena y María cuidan de mi hija para perderme, después del trabajo, entre las sábanas de cuanta forajida me encontraba en el club. —Tienes razón, así como papá. Ahora, no estoy a nivel de Alejandra ni de ninguna otra mujer digna, así que, si quiero cortejarla, debo enmendar mi actuar, ponerme a su mismo nivel‍ —mi hermano asiente con un movimiento de cabeza, reforzando que apoya lo que acabo de decir—‍. Por otro lado, aún quiero pedirte perdón, Fer —digo, y el “gemelo chévere”, como se hacía llamar en el colegio, me abraza. —Te perdono, Braulio, pero si vuelves a equivocarte de esta manera, te juro por mi familia, por Sandra y mis hijos, a quienes amo con todo mi ser, que te quito esa bonita cara a punta de golpes, aunque eso haga que me echen de la Marina. Manteniendo el abrazo, uno lleno de amor fraternal, Fernando sella conmigo una vez más la promesa que me hizo hace poco, que me ayudará a encontrar una buena mujer con quien establecerme, construir una familia y ser feliz. Y el primer paso, en verdad, es dejar atrás todo el pasado, todo aquello que no me hace bien, que me hace débil y me empobrece el alma. Mi hija se merece un buen padre y yo me merezco sentirme orgulloso de mí mismo.
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