Cambiando el destino: Capítulo VIII (Parte 1)

3982 Words
Con ayuda de Sandra, puedo ocultar la cachetada que Fernando dejó en mi rostro. Mi cuñada siempre carga en la cartera una pomada que aplica en la piel de mis sobrinos cada que se golpean jugando o tropezando, para que el moretón no sea tan notorio y pueda sanar más rápido la zona afectada. Tras verificar una vez más ante el espejo que no se nota marca alguna en mi cara, bajo junto con mi hermano y cuñada para recibir los abrazos de mis sobrinos, con quienes intercambio regalos —los niños prepararon para mí unas tarjetas de feliz cumpleaños decoradas con los dibujos que ellos mismos crearon—, ya que les entrego lo que les compré en el Bazar Naval el día anterior. Mi hermana menor Cecilia; junto a Ignacio, su esposo, y su pequeño Roberto de ocho meses de nacido llegan a casa unos minutos después de recibir el saludo de Marcelo y Paulita. Amo a mi hermana —quien es la feminista de la familia porque es una mujer que trabaja y busca crecer en el ámbito laboral—, pero al primero a quien saludo es al pequeño Roberto. Aunque fue una etapa difícil, recuerdo con mucha nostalgia los días que llevaba a todas partes a Mariana en mis brazos, tapada con su manta rosada, cargando el bolso de estampado de cuadritos rosa con blanco y decorado con conejitos. Apenas cumplo veintisiete, por lo que estoy en edad de poder tener más hijos a los que puedo criar atendiéndolos activamente en su desarrollo, y caminar por toda la sala con Roberto en mis brazos me hace sentir que soy, una vez más, padre. —¡Oye, devuélveme a mi bebé si no vas a querer recibir mi saludo por tu cumpleaños! —escucho exclamar a Cecilia tratando de sonar molesta, pero la sonrisa que ofrece la delata. —Creí que Roberto era mi regalo de cumpleaños —me excuso mientras hago caras graciosas para que mi sobrino ría. Escuchar su carcajada infantil me gusta mucho. —¡Alerta! Parece que Braulio tiene ganas de tener un bebé —comenta divertido Ignacio, mi cuñado, y todos lo tomamos a broma, menos mamá, que pone una cara de pocos amigos que, cuando notamos, nos hace callar. —Ignacio, sabes que te amo como uno más de mis hijos, pero hoy te serviré como si fueras mi entenado, uno que no existe, por lo que te quedarás con mucha hambre —a mamá no le gustó la broma, ¿será porque sospecha que entre Alejandra y yo hay algo? —No te preocupes, cuñado. Más tarde me camuflo y entro a la cocina para sacarte algo más de comida —consuela Fernando hablando bajito, como si fuéramos niños planeando ir por la tarta de manzana de mamá, esa que no nos dejaba comer hasta que enfríe cuando nadie quería esperar. —¿Por qué mamá Elena está molesta? —pregunta Ignacio preocupado. —De seguro porque no quiere que Braulio retome su vida amorosa —dice Fernando luciendo serio, algo que desorienta a Ignacio, ya que no sabe si reír porque es broma o felicitarme por la buena noticia que sería que yo vuelva a creer en el amor y empiece una relación formal. —Nacho, sabes que mamá sufrió mucho por todo lo que viví al involucrarme con quien no debía, y creo que aún no logra superar todo lo que ocurrió en el pasado, de ahí que la idea de que sea padre una vez más, sin que le haya presentado a alguien de manera oficial, hace que recuerde cuando le di la noticia sobre el embarazo de Olga —por el momento, no comentaré sobre mi interés por Alejandra, primero debo estar seguro de que puedo dejar en el pasado la vida miserable que tuve y el creer que solo puedo tratar con mujeres frívolas y libertinas. —Entonces, lo que dijo Fernando es broma, ¿no? —Ignacio es bueno, pero a veces es un poco lento para captar las ideas. —¡Sí, Nacho, es broma! —decimos Fernando y yo a la vez. Cecilia me cuenta muy emocionada todo lo que está aprendiendo en el Banco Latino. Ella estudió Contabilidad y Auditoría, y con ayuda de papá consiguió su primer empleo apenas hace un par de meses. Ella decidió casarse a temprana edad con Ignacio, quien es cinco años mayor, bajo la condición de que la vida de casada no impedirá su desarrollo profesional, ya que a mi hermana le hacía mucha ilusión el poder ejercer como contadora. Ignacio, quien la ama de verdad y no es para nada egoísta, le prometió que el matrimonio de ellos será un espacio donde ambos crecerán como personas, por lo que ella tendrá asegurado el apoyo para convertirse en la profesional que siempre quiso ser. —Me alegra mucho que estés ganando experiencia en tu profesión, Ceci, pero ¿no extrañas pasar más tiempo con Robertito? —pregunto, y mi hermana me mira algo molesta. Y es que mamá, Elena y las mujeres de la familia de Ignacio la han criticado por empezar a trabajar cuando el bebé cumplió seis meses—. ¡No me lo tomes a mal! —de inmediato me explico, para que mi hermana deje de mirarme enojada, ya que, al ser la hija que más se parece físicamente a mamá, siento como si fuera la versión joven de doña Elena quien me está regañando—, solo pregunto porque quiero entender el sentir de una madre trabajadora que deja a su hijo por su mejoría personal y familiar, ya que sé por Nacho que estás aportando la mitad de tu salario para los gastos del hogar. Cecilia deja de mirarme con dureza y suspira. Días después de que regresé a casa, tras la muerte de Olga, con Cecilia tuve una plática muy sincera y profunda, una en la que le manifesté que no era capaz de entender cómo una madre podía dejar a su suerte a su hija y no verse reflejada en ella, como una extensión de su ser, por lo que debía cuidarla y protegerla durante el proceso de desarrollo físico, mental, emocional y espiritual; y creo que, en este momento, mi hermana ha recordado el dolor que expresé durante nuestra conversación. —No fue fácil dejar a Roberto al cuidado de otra persona, pero Ignacio me ayudó a superar los sentimientos de culpa que aparecieron en mí por la dura crítica que recibí de mamá, Elena, mi suegra y cuñadas —escuchar que su esposo fue el principal soporte de Cecilia para que siga adelante con sus sueños me sorprende gratamente—. Si mi esposo, el padre de mi hijo y compañero, acepta sin problema alguno que yo pueda soñar y desee crecer en otro campo más de la vida, ¿por qué tendría que prestar oídos a lo que pudieran decir aquellos que no forman parte de mi familia? A mamá y Elena las amo, así como respeto a mi suegra y cuñadas, pero ellas son nadie a la hora de tomar decisiones en mi hogar porque esa labor solo nos compete a Ignacio y a mí. Así que, con el apoyo correcto, pude dejar a mi bebé en las manos responsables y amorosas de la señora Bertha, quien fuera la nana de Ignacio, e irme a trabajar. El regreso a casa es tan satisfactorio porque dejo en el banco el peso del trabajo para encontrarme con mi bebé y con mi esposo, quienes me recargan de energía gracias al amor que me ofrecen. —¿Ignacio tuvo nana? —pregunto con mucha duda porque, si bien es cierto que María siempre ayudó a mamá con los quehaceres domésticos, además que tenemos a alguien más que por horas presta servicios de limpieza en la propiedad, fue doña Elena Bianchi de Bertolotto quien se encargó personalmente del cuidado de sus hijos. —¡Imagínate! La madre siempre ha sido solo ama de casa, y, además de tener quien limpie, lave, planche, cocine, tuvo quien cuide de sus hijos. O sea, ella no hacía nada en su casa, salvo ocuparse de su marido —comenta Cecilia con harto sarcasmo. —¿Y mamá sabe eso? Si se lo comentas, fácil que se pone más de tu lado y deja de criticarte por eso de «dejar a Robertito por irse a trabajar» —trato de remedar la voz de mamá, pero no me sale muy bien, lo bueno es que arranco una carcajada de mi hermana. —No está bien que empiece una guerra de habladurías entre mi madre y mi suegra. Yo solo sé que esa información me ha servido de mucho para poner en su sitio a doña Luisa de Del Portal, por lo que ahora la piensa dos veces antes de criticarme. Pero volviendo a tu pregunta, sí, es difícil dejar a tu bebé e ir a trabajar. El primer día lloré mientras me despedía de Robertito, quien aún dormía. Doña Bertha me aseguró que estaría bien, pero igual me afectaba mucho dejarlo. Antes de cruzar la puerta de la casa hacia la calle, le dije a Ignacio que mejor me quedaba en casa, que esperaría a que Roberto cumpla el primer año, y mi esposo me cargó en sus brazos hasta el auto. «No, señora, usted pidió trabajar, su padre le consiguió una oportunidad en un buen banco, así que ahora no se va a echar para atrás», me dijo cuando me sentó en el lugar del copiloto. »Todo el camino hacia el banco lloré. Como estábamos con tiempo, Ignacio me dedicó unas cuantas palabras antes de que dejara el auto y me presente en el banco. Me dijo que no sufra porque Robertito estará bien, que Bertha hizo un gran trabajo con él y con Rebeca, la otra hija de la familia Del Portal a quien también pusieron bajo su cuidado, y que es cuestión de unos años, cuando nuestro hijo crezca, para que él se sienta orgulloso de tener una mamá que gana su propio dinero, que es jefa de un buen número de personas y alguien importante en el progreso de nuestra sociedad. Me sequé las lágrimas, me maquillé y me presenté ante el jefe de Recursos Humanos para empezar a trabajar. Ahora, todo es más fácil, ya no sufro cuando lo dejo y al regresar a casa amo atender a mi hijo y a Ignacio, preparando la cena y encargándome de supervisar que las labores domésticas se hayan realizado bien o haciendo la lista de lo que falta para comprar en la próxima ida a hacer mercado. Puedo decir que hasta me gusta la parte de ama de casa que ejerzo en mi vida». Tras escuchar a mi hermana, la imagen de Alejandra aparece en mi mente. Ella tuvo a su segundo hijo y de inmediato se fue a trabajar al Bazar Naval, apartándose de él por varias horas con apenas días de nacido. Cuán difícil habrá sido dejarlo para ir a trabajar. Imaginármela llorando mientras se despide en silencio de sus dos hijos aún pequeños, porque el mayor no pasaba del año y medio cuando empezó labores en el Bazar Naval, me afecta porque quizás ella no tuvo a nadie que la animara a seguir, más que la necesidad. Alejandra no deja a sus hijos al cuidado de nanas y empleadas del servicio doméstico, sino al de su madre, quien se encarga de hacer todos los deberes del hogar sola, además de cuidar de sus dos nietos, por lo que ella debe llegar a casa a asumir algunas tareas más pesadas, como el lavado de la ropa de los niños. Una madre que trabaja y cuida de sus hijos hace un gran sacrificio que la sociedad entera debería reconocer y felicitar. Después del almuerzo —y mamá cumplió su amenaza, por lo que Nacho quedó con hambre, pero no por mucho tiempo porque mi propio padre fue a la cocina a recabar más comida para mi cuñado—, abrí mis regalos, así como mis sobrinos hicieron lo mismo con los suyos. La única que abrió el suyo ayer fue Mariana porque quería que pasara mi cumpleaños luciendo el bonito vestido que Alejandra me ayudó a elegir. Sara, la hija mayor de Elena y primera nieta, ya cumplió los catorce años, por lo que dudaba si hice bien en comprarle una muñeca, pero como era de esas modernas, una Barbie roquera, estaba encantada. Efraín, que estaba por cumplir los nueve años, lucía feliz con su carro de bomberos, el cual lanzaba agua. Marcelo, de cinco años, jugaba muy contento con su auto de policía porque decía que era una réplica del vehículo que utilizaba su abuelito Braulio en el trabajo. Paulita, de tres añitos, no dejaba de reír al ver su muñeca, una peloncita que olía a bebé, a quien cargaba en sus brazos como si fuera su hija. Y Robertito, que recién cumple el primer año de vida a inicios de diciembre, miraba curioso el juego didáctico apropiado para su edad. —A fin de mes que tengo una semana de vacaciones, iré a Iquitos para visitar a Julio y a Grecia, y ahí aprovecharé a llevarle su regalo a la pequeña Fiorella —el gemelo menor recién tenía dos años de casado y su hija apenas había cumplido cuatro meses de nacida. Además de ir a conocer a mi sobrina, debía ir a pedirle perdón a Julio por el daño indirecto que le hice. —¿Yo también voy, papito mío? —pregunta Mariana haciendo un puchero. —Sí, mi princesita. Hablaré con tu profesora para que considere ayudarte a ponerte al día en los diferentes cursos cuando regresemos. Será cosa de unos tres días, máximo cuatro, por Iquitos. —Entonces, ¿nos vamos en avión? —pregunta emocionada mi niña. —¡Por supuesto! Es la única forma de llegar a Iquitos, salvo que la princesita quiera pasar varios días viajando en lancha —comenta Fernando bromeando con mi hija. —¡No! Prefiero pasarme los días jugando con mi primita Fiorella antes que en una lancha. Yo no quiero ser marinera, tío —todos reímos porque Fernando siempre está alentando a sus sobrinos a que sean de la Marina o vivan cerca al mar, por lo que pasar días navegando un río como el Amazonas está dentro de lo que para mi hermano es diversión, suceso que no forma parte del listado de ideas entretenidas de mi hija. Aprovechando que papá está conversando con Ignacio, así como mis hermanas, mamá y Sandra están atendiendo a los niños en el segundo piso, Fernando y yo salimos a dar una vuelta por el barrio con dirección hacia El Olivar, el parque con laguna artificial que es el orgullo del distrito. —¿Ya habías planeado ir a Iquitos o es una decisión que tomaste tras lo que te comenté lo que pasó con Julio en Piura? —pregunta Fernando mientras disfrutamos de esta tarde fría y húmeda de invierno. Mi hermano está feliz de regresar al clima limeño porque en la costa norte moría deshidratado por los más de cuarenta grados que marca la temperatura en verano (estación que dura la mitad del año en Piura y Tumbres), aunque la temporada templada tampoco es muy fresca que digamos (como que veinticinco a veintiocho grados no es otoño o invierno en ningún lado). —Lo decidí tras lo que conversamos en mi habitación. Debo pedirle perdón a Julio, a Grecia y a la pequeña Fiorella —digo mientras contemplo el bonito paisaje que se observa al ir ingresando al parque. —Entiendo, y te felicito. Grecia lloró mucho cuando se enteró que Julio sería cambiado a Iquitos. La bebé recién tenía tres meses de nacida, y nuestra cuñada estaría aún más lejos de su familia, ya que todos viven en Trujillo —la madre de Grecia solo pudo estar a su lado por dos meses, y uno fue antes del parto, por eso mi cuñada se encarga sola de su hija siendo madre primeriza, algo que la estresa mucho. —La última vez que hablé con Julio fue para saludarnos por Fiestas Patrias, y me comentó que todos estaban tranquilos y contentos porque Iquitos resultó ser mejor de lo que pensaban. Imagino que Grecia debe estar a gusto —digo esperando que así sea. —¿No te ha llamado Julio por tu cumpleaños? —pregunta Fernando muy asombrado. —Quizá lo hará más tarde —digo sin querer pensar de más. —Deberíamos volver a casa. Puede que se comunique después del almuerzo —menciona Fernando mientras gira para regresar sobre nuestros pasos. —Antes, quisiera decirte algo que prefiero que nadie escuche —pido, y mi hermano se detiene enfrente de mí con actitud de atenderme—. El próximo sábado llevaré a Mariana al Bazar Naval porque ya quedamos con Alejandra, y no quiero que mis problemas afecten de alguna manera la bonita relación que puede nacer entre mi hija y la mujer que me interesa; sin embargo, soy consciente que aún no sé cómo comportarme ante ella sin quedarme mirándola como un idiota, cosa que podría incomodarla. Por ello, te pido que me acompañes al club una de estas noches para empezar el “entrenamiento” que me hará comprender que no debo sucumbir a los encantos y mentiras de una mujer fácil porque de ese tipo no me conviene, que debo ser fuerte ante la tentación. En verdad, Fer, quiero tener una buena vida —mi hermano sonríe, deja un par de golpecitos en mi hombro izquierdo y acepta con un movimiento de cabeza mi pedido. No sé si será que es real la supuesta “conexión entre hermanos gemelos”, pero ingresamos a la casa, y se escucha sonar el característico timbre del teléfono. María contesta, y resulta ser Julio. Antes que yo pueda atender la llamada lo hace mamá, quien se toma como media hora conversando con mi hermano y cuñada. Cuando llega mi turno, recibo la llamada en la pequeña sala de estar que hay en el segundo piso. —¿Julio? —pregunto tras escuchar el ruido del auricular del teléfono de la sala colgando. —Hola, Braulio. Feliz Cumpleaños —este gemelo difiere por completo de aquel que lleva una semana por Lima, en lo que respecta a actitud porque físicamente son idénticos. El tono parco que se imprime en el saludo de Julio me hace sonreír al recordar cómo era recibir las felicitaciones de los gemelos a la vez: uno tan elocuente y emotivo, y el otro con una expresión que parecía que le daba igual. —¡Feliz Cumpleaños, Braulio! —escucho decir a Grecia con una voz más alegre—. Fio te manda besos con mucha babita —bromea mi cuñada, y yo sonrío imaginándome lo tierna y pequeña que debe ser mi sobrinita a sus cuatro meses de nacida. —¡Gracias, Julio y Grecia! Un enorme beso para la pequeña Fio —agradezco emocionado porque, tras lo que me reveló Fernando, pensé que mi cuñada me odiaba—. Gracias por el regalo —agradezco de inmediato. —Fernando me comentó que te compraste unos pares de zapatos que son carísimos y muy necesarios para tu trabajo —la calma en la voz de Julio empieza a arrullarme, y eso que no tengo ni cinco minutos hablando con él. —Sí, aproveché que en el Bazar Naval había modelos de mi talla, y los compré todos. Gracias por el regalo; tú y Fer siempre tan detallistas conmigo —digo mientras sonrío porque ese par desde que éramos niños han cuidado bien de mí. —Eres el hermano varón menor, y a nosotros, como los mayores, nos gusta engreírte, aunque ya seas un viejo de veintisiete —la risa de Grecia se escucha al otro lado del auricular. Julio tiene su chispa, bien escondida entre tanta seriedad, pero la tiene, y debe ser eso, que es uno de tantos motivos, lo que la enamoró de mi hermano siendo ella ocho años menor. —Les cuento que después del veinte de este mes estaré libre de trabajo y he planificado unas vacaciones relámpago a Iquitos. Viajo con Mariana, y no se preocupen por hacernos un espacio en su casa; tranquilamente podemos quedarnos en un hotel cercano a la villa de la Marina —recalco porque no quiero incomodarlos. —¿Cómo es eso de que tú y Marianita vienen a Iquitos y se quedan en un hotel? ¡Imposible! Julio, explícale a tu hermano menor cómo son las cosas en esta familia —dice Grecia con un tono impositivo que difiere tanto de cómo es mi hermano, lo que me provoca reír, pero me aguanto para que mi reacción no se preste a malas interpretaciones. —La vivienda que ocupamos tiene tres habitaciones y nosotros solo usamos una y media —dice Julio, Grecia ríe y yo no sé cómo ocupan a medias una habitación—. Es que Fio duerme en la nuestra, y la que sería suya solo está ocupada por los muebles, su ropa y enseres de aseo. Mi hija tiene una cama cuna, por lo que Mariana podría dormir en ella, y tú ocuparías la habitación que sí está preparada para las visitas, ya que ahí hay un camarote y una cama de dos plazas. —Al enterarse mi familia que nos mudábamos a Iquitos, mis padres, hermanos, tíos y primos prometieron visitarnos en diferentes momentos del año, de tal manera que siempre tendremos a alguien con nosotros, así que no es necesario que busques un hotel. Tú y Marianita se pueden quedar sin problema en casa —completa la idea Grecia demostrando que está contenta. Julio conoció a Grecia en Trujillo (capital del departamento de La Libertad) cuando fue enviado por un año a participar de las acciones que la Marina de Guerra realizaba en el puerto Salaverry. Después de unas semanas trabajando sin parar, toda la comitiva tuvo un receso y la capitanía de la zona de La Libertad los llevó a ver la final del Concurso Nacional de Marinera que es organizado por el Club Libertad cada temporada de verano (entre los últimos días de enero, comienzo de febrero). Ese fin de semana era la oportunidad de que los gemelos se reencuentren después de más de un mes separados, por lo que Fernando viajó con Sandra y el pequeño Marcelo, que por esas fechas estaba por cumplir su primer año, hacia Trujillo para ver por primera vez la final del campeonato y la fiesta que se arma para celebrar la victoria de los ganadores. Ya en el coliseo de la ciudad, todos observaban la presentación que ofrecían las parejas participantes sobre la pista de baile, demostrando amplia destreza para la ejecución de la marinera, danza tradicional peruana cuyos orígenes se remontan al siglo XVII, siendo en 1879 cuando recibe su nombre en honor a la labor que la Marina de Guerra del Perú y su almirante Miguel Grau realizaban durante el conflicto chileno-peruano, el que hoy llamamos guerra del Pacífico. Además de la maravillosa técnica que exponen los danzantes, llena de coquetería y galantería porque la marinera representa el cortejo entre un caballero y una dama, el elaborado y fino vestuario que portan las bailarinas es un espectáculo aparte. Junto a la larga falda que está compuesta por varias capas de enaguas se suman el arreglo floral que embellece los cabellos; los pendientes de oro o plata que llaman dormilonas, que son largos y toman su nombre porque durante el baile se mecen como lo hacen las hamacas, y el llamativo maquillaje que eleva la belleza natural de la fémina expositora de esta danza, complementando así la perfecta estampa que cada año se observa durante el campeonato.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD