Y fue ese maravilloso despliegue de color, armonioso movimiento y belleza que captó la atención de Julio cuando sus ojos quedaron atrapados por la mágica demostración de habilidad y gracia que Grecia Zavaleta impartió esa tarde de la final del campeonato nacional de 1979 con aún veinte años de edad; una jovencita que se enfrentaba junto a su compañero danzante a otras dos parejas por la presea de campeones nacionales juveniles.
Fernando cuenta que junto a Sandra le hablaban a Julio para comentar sobre el fantástico despliegue de coreografías que observaban mientras las tres parejas juveniles desarrollaban su presentación, pero este ni caso les hacía por estar atento a seguir con la mirada a la bella damita que captó su interés. Al querer identificar a la joven, el gemelo mayor salió a averiguar de quién se trataba, consultándole al capitán de fragata que estaba al mando del grupo al que pertenecía Julio, ya que era oriundo de Trujillo. Tras obtener el preciado dato para ayudar a su hermano, a Fernando se le ocurrió que un oficial podría salir a bailar una pieza junto a Sandra como fin de fiesta, ya que mi cuñada había practicado danzas folklóricas desde pequeña, siendo la marinera y el tondero sus favoritas. Mi hermano vendió la idea como una forma de hacer que la población sienta más cercana a la Marina de Guerra, detalle que le gustó al jefe del grupo.
Tras terminar la presentación de todas las categorías, empezó la premiación. Cuando llegó el momento de la coronación de la nueva reina de la categoría juvenil y dijeron el nombre de Grecia, el sector de las gradas donde estaban sentados el grupo de oficiales de la Marina estalló en júbilo. Fernando y Sandra animaron a los demás de que la jovencita Zavaleta era la mejor, por lo que no dudaron en aplaudir su triunfo. Grecia, sin conocer a nadie de esa parte de la tribuna, les agradeció agitando vivazmente su mano derecha en saludo, detalle que hizo que Julio sonría, algo que así no más no ocurre.
Al pedir que el oficial de mayor rango de la Marina de Guerra se acerque para premiar a la pareja de la categoría adultos, la más importante de todas porque la pareja ganadora sería los reyes del campeonato, el representante de la armada comentó que entre los oficiales presentes se encontraba uno que fue campeón infantil, a quien invitaron a bailar una vez más en la pista de baile del campeonato nacional para recordar lo vivido cuando se alzó con el triunfo de su categoría. En medio del júbilo de la celebración por los ganadores de la categoría adultos, el alférez Angulo salió acompañado por Sandra, quien se había acercado a Grecia con la excusa de conseguir una falda para la inesperada presentación que ofrecería con el oficial representante de la Marina, contacto que mi cuñada aprovechó para hacerse cercana a la joven campeona, ya que Sandra es de esas personas que pueden hacerse amigos hasta de las piedras.
Cuando sale el alférez Angulo junto a mi cuñada Sandra, se indica que ella es piurana, campeona de varios certámenes de marinera y tondero de la Ciudad del Eterno Calor (como se le conoce a Piura), esposa del teniente segundo Bertolotto destacado en la zona de Paita. Fernando aplaude emocionado porque a él siempre le ha encantado hacer que todos noten los talentos de su esposa, ya que no es nada celoso y más bien disfruta de que los demás alaben la belleza y cualidades de Sandra. Y recordando que todo esto que se había gestado era para ayudar a Julio a conocer a la jovencita que había llamado su atención, Fernando hizo que este deje su asiento, para que todos los vean y sepan que son gemelos, cosa que notó el maestro de ceremonias y comentó, haciendo que todos conozcan sobre los oficiales gemelos Bertolotto.
Tras la presentación que dieran Sandra con el alférez Angulo, todos los civiles reunidos en el coliseo donde se realizó el campeonato nacional quedaron encantados, así como confirmaron que Piura era también cuna de grandiosos expositores dancísticos de la marinera. Al tener que devolver la falda a Grecia, Sandra pudo intercambiar saludos y comentarios con los padres de la campeona juvenil y descubrir que sus familias tenían amigos en común, lo que hizo que los Zavaleta invitaran a mi cuñada y hermanos a la celebración que se daría en las instalaciones del Club Libertad. Sandra, feliz por lo que había conseguido, fue a dar la noticia a los gemelos, y por primera vez, el que era callado, serio, que no gustaba mucho de socializar, estuvo completamente de acuerdo de aceptar la invitación de la familia Zavaleta.
Julio, que no es de darle muchas vueltas a ninguna idea, manifestó su interés en conocer y cortejar a Grecia al padre de esta durante la celebración en el Club Libertad. Al señor Edmundo le habían caído muy bien los gemelos, en especial Julio por ser más serio y estar soltero, además que conocía a nuestra familia por los negocios que mis tíos hacían por esa zona del país, así que no tuvo ningún problema en facilitarle las cosas a mi hermano al abrirle las puertas de su casa para que pueda visitar y conocer a la menor de sus hijas.
Grecia se enamoró de Julio cuando se dio cuenta que era un hombre que solo tenía ojos para ella y que todos los detalles que le ofrecía no los compartiría con nadie más porque eran exclusivos para ella. Sentirse única y valorada hizo que esa joven, ocho años menor que mi hermano, acepte el inicio de la relación de enamorados cuatro meses después de haberse conocido a principios de febrero de 1979. Cuando Julio debió regresar a Piura, la relación se mantuvo por cartas, llamadas telefónicas y visitas esporádicas tanto de mi hermano como de Grecia, ya que ella viajó unas tres veces a Paita acompañada de su madre o de su hermana mayor junto a su esposo, puesto que la relación era completamente consentida por la familia Zavaleta.
El no querer estar separado de Grecia un día más fue lo que animó a Julio a pedirle matrimonio cuando ella cumplió veintidós años. Papá y mamá viajaron a Trujillo, donde Fernando, Sandra y Julio les dieron el alcance. Lo que sería la celebración del cumpleaños de Grecia terminó siendo la pedida de mano y el compromiso con mi hermano. Después de ocho meses de planificación de la boda, Julio y Grecia se casaron en la catedral de Trujillo, y empezaron una vida juntos al mudarse ella a Piura.
—Gracias por querer acogernos en su nuevo hogar. Llevaremos regalos para Fiorella y muchos detalles para ustedes. Si hay algo que necesitan en especial, díganmelo para comprarlo y guardarlo de una vez en las maletas —ofrezco, y Grecia me pide que apunte una larga lista de ingredientes que no encuentra en Iquitos y desea tener en su cocina para preparar algunas comidas trujillanas y otras limeñas.
—Será bueno compartir algunos días contigo y con mi sobrina —dice Julio con su característico tono seco al hablar.
—A nosotros nos encantará acoplarnos a la vida en familia que estás forjando con Grecia y la pequeña Fiorella —y después de despedirnos tras dejar la promesa de que les llamaré para indicarles el día y la hora del vuelo que nos llevará a Iquitos, cuelgo la llamada.
Como el miércoles es fijo que por las noches me vea con mi amigo Pablo Santivañez para tomarnos un trago y conversar, acuerdo con él encontrarnos en el bar del club, y aviso que para la velada de esta semana se sumará Fernando, lo que mi amigo acepta contento porque a él siempre le cayó fenomenal el gemelo mayor, el divertido. Cuando estoy estacionando mi auto en la cochera del club, veo a dos de mis amantes casuales llegando, una sola y la otra acompañada por un viudo de mediana edad que se gana la vida importando productos desde España.
Camino hacia la entrada, y veo a mi hermano, quien acaba de bajar de un taxi. Fernando aún no ha tenido tiempo para comprar un auto que facilite el movilizarse junto a su familia por Lima, por lo que quedamos en que buscaré opciones de compra para que pueda tener un vehículo a su nombre antes de que me vaya a Iquitos. El m*****o de seguridad destacado en la puerta del bar nos saluda e informa que Pablo nos espera en una mesa cerca del otro extremo de la barra, por lo que debemos cruzar por completo el área, haciéndonos tonar por todos. Varios reconocen a Fernando y empiezan a saludarlo con amabilidad, ya que mi hermano siempre ha sido muy popular, pero a mí me miran con recelo, crítica y desagrado, lo que me hace suponer que no he sido tan bueno encubriendo mis amoríos de una noche.
Tras saludarnos con Pablo, nos sentamos y pedimos una primera ronda para brindar por mi cumpleaños y tener a Fernando en Lima. La conversación se centra en mi hermano y su vida de casado con dos hijos, algo que mi amigo desea para sí mismo. Al comentarnos que el fin de semana que pasó conoció a la prima de su cuñada, aquella que acaba de llegar de Argentina donde se la pasó los últimos siete años estudiando la carrera de Medicina, nos confirma que ha quedado encantado de ella. La joven es un par de años menor que Pablo, por lo que ronda los veinticinco, y al demostrar que corresponde el interés de mi amigo, han quedado para salir a cenar este viernes.
—Benditas sean las cuñadas con primas bonitas y bien educadas —dice Fernando, y nosotros respondemos «salud».
—¿Creen que sea difícil ser pareja de una médica? —pregunta Pablo más animado a iniciar una relación con la prima de su cuñada ante el apoyo que mi hermano y yo le damos.
—La verdad es que en ningún sentido es fácil ser pareja; siempre hay sus diferencias y las discrepancias están a la orden, pero el amor hace que las ganas de pelear para imponer tu punto de vista se disipen y se llegue rápido a un acuerdo, a un punto neutro que no es ni tu forma ni la suya, sino la de ambos. Eso es lo que hace que las parejas formen sus familias con lo mejor de lo que traen de aquellas a las que pertenecieron —cuando Fernando quiere, puede ser muy maduro y correcto al hablar, demostrando que ya es un hombre de treinta y tres años, casado y con dos hijos.
—Tienes razón, Fernandito, el secreto es dar lo mejor de nosotros en la relación para que todo resulte bien —se anima aún más Pablo—. Si todo se da como me imagino, para septiembre ya estoy con enamorada —agrega mi amigo, y nuevamente brindamos por demostrar determinación.
Nuestra plática continuó desarrollándose amena hasta que Hugo Sisniegas y Emilio Clark se acercan a nuestra mesa. El primero era el hermano menor de Paco Sisniegas, el alcahuete de Olga, como le apodó Fernando, y el segundo me tenía algo de fastidio porque la primera vez que llegó al club Solange, esta me prefirió a mí antes que a él — ella la francesa con quien sostuve una aventura que fue delatada a Julio por Guillermo La Torre cuando estuvo por Piura.
—Vaya, vaya, si tenemos a dos de tres hermanitos Bertolotto y al bueno de Pablito Santivañez reunidos tomando unos traguitos como viejitas a la hora del té —dice Hugo y el estúpido de Emilio le celebra riéndose.
—Interesante saber que tu vieja chupa whisky en sus lonchecitos en vez de tomar té n***o o de canela y clavo —suelta Fernando sonando despreocupado y casual, por lo que es inevitable reír, así que Pablo y yo nos rompemos a carcajadas.
—¡Retráctate, imbécil! Mi madre no es de beber esa clase de alcoholes… —dice Hugo, y Fernando lo interrumpe magistralmente.
—Es cierto. A tu madre no le alcanza el dinero para comprarse ni un trago de whisky. Desde que tu padre huyó del país por el desfalco que hizo en el banco que dirigía, tu familia cayó en desgracia, y si a tu madre la siguen invitando a que participe de las actividades sociales a las que estaba acostumbrada es solo por pena, la misma por la que tú ahora estás en el club, invitado por el muñequito de torta que te acompaña y aplaude tus chistes sin gracias. De seguro, muy en el fondo, sueña contigo de manera “especial” —Fernando es experto para sacar de quicio a cualquiera, y esta noche está dando cátedra.
—¡¿Qué estás tratando de insinuar?! —reclama alterado Emilio, a quien Hugo se ve obligado a detener porque quiere irse sobre Fernando a golpes.
—Yo que tú la pensaba dos veces porque soy muy bueno con los puños, sino pregúntale a Paquito, el hermano mayor de tu amigo, a quien le dejé una linda marca en medio de la cara —cuando Fernando se las cobró a Paco el haber sido la tapadera de Olga, la desgracia ya había caído sobre la familia Sisniegas, por lo que no pudo pagar a un cirujano plástico para que le cosa las heridas abiertas que dejó en su cara los golpes de mi hermano, de tal manera que ahora tiene una cicatriz que va del labio superior hacia el ojo derecho porque el médico que lo atendió no era un especialista en el tema.
—¡No sé cómo mi hermano no hizo lo suficiente para que te echaran de la Marina por lo que le hiciste! —comenta muy molesto Hugo.
—Porque tu hermano siempre fue consciente del daño que le hizo al mío, y que la golpiza que le di fue en igualdad de condiciones. Para su mala suerte, yo sí tengo un padre que me enseñó a pelear, a ser valiente y dar la cara por los míos; en cambio, tú y tu hermano solo tuvieron el ejemplo de una rata cobarde que huyó con el dinero de personas que sacrificaron mucho para ahorrarlo —aunque quería reírme, no lo hice, el tema que se estaba tocando no era para burlarse, pero sí para sacar en cara por la actitud con la que se acercó Hugo, con quien nunca tuvimos ningún problema—. Ahora, desaparezcan de mi vista, que he venido a este lugar para disipar la mente, no para tener que lidiar con resentidos como ustedes porque tú —y Fernando señala a Emilio— debes sentir fastidio contra mi hermano por alguna mujer que lo prefirió a él antes que a ti.
—Oigan, sí, váyanse, o voy a pedir que los retiren porque tú y tu familia, Hugo, no son socios, y tú, Emilio, eres un hijo mayor de edad de un socio, por lo que no cuentas con tantos privilegios al no pagar tu propia membresía —indica Pablo detalladamente al saber sobre los temas del club porque su padre es el presidente por este y el próximo año, y mi amigo le está ayudando a analizar algunos temas de dinero.
Al final, ambos se van, pero de ahí llega a rondar por nuestra mesa Nidia, la española que vi llegar acompañada. Parece que su pareja de esta noche tuvo un imprevisto y la dejó sola.
—Buenas noches, Braulio; buenas noches, caballeros —la voz sensual de Nidia se deja oír, y a mí se me escarapela el cuerpo al recordar lo bien que la pasé con ella cada vez que pudimos coincidir en un hotel—. ¿Puedo acompañaros? —pregunta a la vez que se sienta en la cuarta silla que hay en la mesa, pero Fernando intenta impedírselo.
—Estimada señorita, disculpará usted, pero esta reunión es solo para varones —señala Fernando tratando de ser correcto.
—En estos tiempos modernos, ver una mesa de solo caballeros hace pensar mal, que entre vosotros os complacéis —el comentario doble sentido de Nidia saca de quicio a mi hermano, se nota por el gesto que hace al elevar una ceja.
—Señorita, no sé de dónde diablos habrá salido usted, pero en este país los hombres que somos amigos nos reunimos alrededor de una mesa a tomar un trago para hablar de cómo nos va la vida al lado de nuestras mujeres, así que le pediré que se retire —el tono de desagrado de Fernando se deja oír.
—Pues, si están hablando de sus mujeres, qué mejor que yo, que soy la de Braulio, los acompañe —dice Nidia, y ya bien posicionada en la silla, se acerca a mí para aferrarse a mi brazo. Mi hermano me mira de esa manera que yo entiendo que es mi turno y que el entrenamiento para desligarme de las mujeres fáciles inicia de una vez.
—Nidia, ¿qué te hace pensar que tú eres mi mujer? —pregunto con seriedad y una voz apacible.
—Bueno, el conocernos tan íntimamente hace que yo sea tu mujer —responde la española.
—Nidia, así como he hecho más que ver tu cuerpo desnudo cuando hemos estado a solas, de la misma manera he tenido a Macarena —y señalo a la guapa argentina que departe en otra mesa con un par hombres que presumo son sus compatriotas por el acento que se escucha cuando suben el tono al hablar—, como a Solange y otras más que tú bien conoces. Tú no eres mi mujer porque no hemos sido exclusivos; es más, te vi entrar acompañada y muy acaramelada de un señor mayor, ¿acaso él tuvo algo mejor que hacer, por lo que ahora estás aquí, molestando nuestra reunión? —el inicio de dejar de frecuentar a este tipo de mujeres y que crean que pueden seguir detrás de mí es el ponerlas en su lugar, que sean conscientes que de mí no obtendrán nada más que aquello que les di sobre una cama; tema pasado y cerrado.
—Braulio, ¿por qué eres así de grosero conmigo? —pregunta asombrada.
—Nidia, poner la verdad sobre la mesa no es faltarte el respeto —continúo con la misma serenidad y frialdad con la que empecé a hablar—. Vienes acá cuando estoy tomándome un trago con mi hermano y mi amigo, dices que puedes quedarte en la mesa porque eres mi mujer, pero ellos dos vieron cómo compartías tiempo y caricias con otro hombre, dejando más que claro que entre tú y yo no existe ningún tipo de relación que me enorgullezca reconocer. ¿Por qué aceptaría que tomes mi brazo y nos acompañes por lo que queda de la velada? Es mejor que te retires a tu apartamento o a donde te apetezca, pero quedarte aquí, eso sí que no —con la mayor delicadeza que se me es posible, alejo mi brazo de su agarre y retiro mi silla de donde ella está, para marcar distancia.
El rostro de Nidia, uno de los más bellos que alguna vez se vieron por Lima, se llena de ira porque acabo de rechazarla.
—Braulio, maldito cornudo, ¿crees que eres digno de despreciarme de esta manera? —dice de tal forma que todos en el bar la pueden oír—. Uno de los motivos por el que acepté que seas mi amante fue la pena que me provocó enterarme que un hombre joven y atractivo fue engañado, pero puedo asegurarte que mejores que tú hay por todos lados —suelta molesta.
—Nidia, qué bueno que puedo escuchar lo que en verdad piensas de mí porque así me permites que sea sincero contigo —digo tratando de no perder la calma, algo que Fernando me recuerda al mirarme pidiéndome autocontrol—. Tú, como las demás mujeres con las que me he encontrado aprovechando la oscuridad de la noche, son tan o más desvergonzadas que aquella que fue mi esposa. Si te hice caso, así como a las demás, es porque, al igual que ella, ustedes se me ofrecieron y facilitaron las cosas, de tal manera que ponían a mi disposición las residencias donde viven o un hotel que frecuentan de la misma forma que ella planeó todo para llevarme a una cama cuando apenas había cumplido los dieciocho años, mientras que ella era una mujer de veinticuatro. A ti te di pena porque era un cornudo que quedó viudo siendo joven, y a mí solo me recordaste a la mujerzuela que hice señora porque supo engañarme.
Tras terminar lo que tenía que decir, Nidia suelta tremenda bofetada sobre mi cara. Ella llora, pero no porque sufre al haber sido engañada por un mal amor, sino por la ira y vergüenza que siente al verse expuesta ante todos los curiosos que han dejado de atender sus asuntos para escuchar lo que tenía para decirle. Ella pensaba que yo la veía como una diosa, cuando en realidad solo es una simple mortal que gusta vivir en el pecado.
Apurada, Nidia sale del bar hacia las afueras del club. Las miradas de los asistentes las puedo sentir sobre mí, así que no dudo en devolverles el favor deteniéndome en observarlos uno a uno. De a poco, cada quien baja la mirada ante la mía y siguen con sus vidas. Fernando solo golpea dos veces mi hombro derecho y me sonríe; sé que mi hermano mayor está orgulloso de mí porque hice lo correcto al sacarme de encima a Nidia. Macarena, quien está varias mesas alejada de la mía, me mira con una mezcla de antipatía y tristeza, pero al señalarle al hombre que acaba de regresar del baño a su mesa, entiende que no hay nada que reprochar, por lo que evade mi mirada y sigue con sus asuntos. Pablo exige una explicación porque mi amigo ni enterado de mis tratos con las señoritas más frívolas y libertinas que visitan el club, y al contarle todo, evitando dar detalles, agrega algo que mi padre y hermanos piensan, pero no me dijeron de manera tan directa: «Eres un gran cojudo al pretender encontrar satisfacción de algún tipo al regresar al lugar donde te hicieron mierda», porque sí, estar con esa clase de mujeres muy parecidas a Olga era volver a tropezar con la misma piedra.