Cambiando el destino: Capítulo IX (Parte 1)

3164 Words
Una hora después del intercambio de palabras con Nidia, damos por terminada la reunión de cada miércoles, un encuentro de amigos al que se unió mi hermano. Me despido de Pablo y le ofrezco a Fernando llevarlo a casa, cosa que agradece porque entre el cansancio por el día de trabajo y los tres whiskies que se tomó, con las justas mantiene los ojos abiertos. Comí más de lo que bebí, ya que solo tomé un trago en las tres horas que estuvimos reunidos, así que no tengo problemas en manejar hasta la Punta, en el Callao, donde queda la villa de la Marina en la que vive mi hermano con su familia. Por la distancia desde Miraflores (distrito donde queda el club) hasta la Punta, sumado el tráfico, estaré casi una hora manejando, tiempo que pienso utilizar para reflexionar lo que sucedió esta noche. No puedo negar que escuchar a Nidia llamándome «cornudo» me dolió. El golpe fue directo al ego. Sin embargo, eso me sirve de mucho para entender que estas mujeres no buscan a un hombre fuerte y estable emocionalmente, sino uno debilitado e inseguro al que puedan manejar a su antojo. Aunque me cueste admitirlo, porque no es fácil aceptar mi debilidad, el engaño de Olga —descubrir que nunca me amó y que en mi cara pelada me era infiel con Ramiro Reyes— hizo que mi autoestima esté por los suelos, de ahí que intenté restituir mi valor acostándome con esas mujeres, haciendo caso a la voz del macho primitivo que habita en mí. «Creo que, por más tiempo que haya pasado, no he dejado de ser el muchacho de dieciocho años que se dejó engatusar», llego a esta idea porque, después de todo lo vivido con Olga, no aprendí nada del pasado. Ni la más básica enseñanza quedó en mí. ¿Cómo pude pensar que iba a restituir mi valor frecuentando a mujeres que pertenecen a la misma clase de aquella que me lo quitó? Porque fue Olga quien me hizo sentir basura y poca cosa, que solo servía en la cama mientras no tenía a quien en verdad quería porque luego solo me utilizó para encubrir la relación pecaminosa con Ramiro Reyes. Bueno, también esto ocurre porque no soy perfecto. Supe enfrentar con bastante responsabilidad y madurez mi papel de padre, dedicándome a sacar adelante a mi hija, ya que mi pequeña Mariana solo contaba conmigo durante sus primeros meses de vida, pero no supe cómo lidiar con el problema de la infidelidad, del engaño, algo que afectó al hombre. Quedé mortalmente herido cuando me di cuenta que había sido utilizado desde que la conocí, que la primera noche juntos también fue parte de su plan, y por eso es que hoy el agravio sigue doliendo. Me preocupé por que Mariana sane del abandono y desamor de su madre, pero no me ocupé de mí. No era un niño, pero era demasiado joven para pasar por todo lo que viví, y ahora entiendo que debí darme un tiempo para deshacerme de todo el daño del pasado antes de volver a intimar con una mujer. Yo creía que tenía la sartén por el mango cuando decidí ingresar al juego de la seducción con todas las libertinas que conocí en el club, pero me doy cuenta que no ha sido así. Si no fuera porque debo mantener las apariencias ante mi familia y la responsabilidad que tengo con Mariana, tranquilamente hubiera pasado, una vez más, por todo lo que ya viví con Olga, pero ahora hubiera sido peor porque experiencia ya no me falta. La venda que me cegaba se cayó cuando volví a escuchar de los labios de una de mis tantas amantes el insulto que me gané años atrás por la falta de respeto de la que fue mi esposa. En ese preciso momento, me di cuenta que ellas tenían el control y no yo. Sin embargo, soy capaz de reconocer mi error y entender que estaba, como bien dijo mi amigo Pablo, tropezando con la misma piedra. —Deja de marcar tanto el entrecejo y de apretar la mandíbula o terminarás con toda la frente llena de arrugas y un par de muelas reventadas —bromea Fernando al despertar después de una corta pero reparadora siesta. —¿Y tú qué sabes de arrugas? —pregunto sonriendo por lo que mi hermano acaba de comentar. —Mucho. Por Sandra sé cuán importante es limpiar el rostro al despertar y antes de ir a dormir, así como mantenerlo humectado, para evitar las marcas de expresión, como las mujeres llaman a las arrugas porque le tienen terror a la palabrita esta —río a carcajadas porque no me imagino a mi cuñada de treinta años traumatizada por el tema del paso de la edad. —Pero Sandra tiene una bonita piel y luce joven. Nadie podría afirmar que ya llegó a los treinta —comento como si fuera todo un experto en el tema. —Eso mismo le digo, que luce cada día más bella, y ella me contesta que es porque las cremas están haciendo efecto —y los dos reímos—. ¿No me vas a decir por qué venías manejando con cara de estreñido? —a mi hermano no se le escapa nada; eso lo heredó de papá. —Aproveché que venías descansando para pensar un poco en lo que ocurrió en el club —creo que es mejor expresar mi sentir con mi hermano. —No me digas que te afectó más de la cuenta lo que esa tal Nidia te dijo —casi da en el clavo. —La verdad es que escucharla llamarme de esa manera me sirvió para darme cuenta que nuevamente estaba siendo manipulado, que ellas tenían el control y no yo. Si me la di de experimentado semental fue porque no he sanado la herida que dejó el engaño y la burla de Olga —espero que mi hermano diga algo, pero él solo me mira manteniendo el silencio por unos minutos, luego me dice algo que me sirve para no ser tan duro conmigo mismo. —Braulio, te sumergiste por completo en hacer feliz a Mariana, por la clase de madre que le tocó, que no pensaste en ti. Tú también la pasaste mal porque hiciste tu esposa a quien le quedó grande el título. Esa mujer nunca tuvo intención de ser señora, y eso lo sabía bien Ramiro Reyes, por eso aceptó seguir con ella como amantes. Ahora que ya sabes lo que está mal contigo, debes encontrar la manera de sanar —dice Fernando, dejando unos golpecitos en mi hombro derecho. —¿Y cómo sano? ¿Crees que deba expresarle a Alejandra mi interés por ella? Así, me podría ayudar a sanar —digo, y Fernando me da tremendo puñetazo en el hombro que casi pierdo el control del auto antes de llegar a parar cuando el semáforo cambió a rojo. —¡¿Cómo se te ocurre?! Serás ingeniero, mucho de números y todo eso, pero eres bien burro en cosas del corazón. Alejandra ha pasado por mucho, por peores cosas que tú porque las mujeres son más sensibles, además que ella no tiene padre ni una familia adinerada y poderosa, ¿cómo crees que ella te va a ayudar a sanar? Si vas a empezar una relación con ella, tienes que estar limpio de toda la mierda que dejaron sobre ti. Ella te comprenderá, respetará y valorará, pero no está para sanarte, eso lo debes hacer tú. —Una vez me dijiste que ella, por lo que ha vivido, podría ayudarme a aliviar mi dolor —digo con tono de queja porque en verdad me dolió el golpecito que me dio. —Aliviar no es lo mismo que sanar; hay que consultar el diccionario de vez en cuando —Fernando aprovecha en regañarme por lo que siempre me ha dicho que debo mejorar para ser un profesional completo porque mi debilidad, como buen ingeniero, es no tener preciso el significado de varias palabras en mi vocabulario, y eso que leo mucho—. Ella sabe lo que es ser engañada, lo que se siente cuando eres burlado, por lo que creo que es capaz de consolarte y darte ánimos cuando decaigas, pero lo de sanar es cosa tuya. El primer paso ya lo estás dando al reconocer el error en el que estabas; has empezado a resolver al identificar el problema. Ahora lo que sigue es que seas consciente de lo que te hace daño para que busques y hagas todo lo contrario. —Lo que me daña es creer que solo tendré placer con una mujer fácil, de las que se ofrecen en vez de esperar a que el hombre dé el primer paso. Es como si en mi mente se hubiera establecido la analogía de buen sexo es igual a mujer descarada —comento y mi hermano se queda pensando por unos segundos, cosa que me desespera porque quiero escuchar de una vez su comentario. —Pero, con el tiempo, una esposa se vuelve una mujer descarada —dice Fernando, y yo lo miro como si una segunda cabeza hubiera surgido de su cuello—. Permíteme explicarme. Con el paso del tiempo, las parejas se conocen más, saben lo que el otro necesita sin que lo diga y lo que puede molestarles en la convivencia diaria. Por eso la vergüenza desaparece, de ahí que yo puedo tirarme un pedo delante de Sandra y ella no me regaña porque ya entendió que un gas es algo normal; claro está que sea de vez en cuando, sino me lleva al médico de una. A lo que voy es que, así como yo pudo soltarme un ruidito por el ano, ella también se suelta un poquito, deja la postura de señora decente y es quien propone, toma la iniciativa y hasta dirige en nuestros encuentros sexuales. O sea, se convierte en una mujer seductora y yo me dejo hacer todo lo que ella quiere porque me encanta. Mi cara de asco se manifiesta de inmediato cuando escucho lo que mi hermano acaba de comentar. Es que imaginarme a Sandra actuando como Olga, Nidia, Macarena, Solange o las demás con las que estuve me causa náuseas. A ella la veo como si fuera mi hermana, además que para mí ella tiene una imagen dulce, de señorita bien desde que Fernando nos la presentó, y ahora de señora respetable, por lo que no soporto la imagen que mi mente recrea sobre ella siendo osada en la intimidad. —¡Por favor, para! ¡No soporto que mi mente recree lo que comentas! ¡Qué asco! —suelto con un toque de desesperación. Fernando empieza a reír a carcajadas. —Perdono cómo te acabas de expresar solo porque compruebo que a mi esposa la miras con ojos de hermano, sino te partía la cara de una —comenta Fernando mientras deja palmaditas en mi hombro derecho. —Ahora entiendo la cara de asco que siempre ponía Cecilia cuando la acompañaba a algún lugar y sus amigas le preguntaban si yo era su enamorado —Fernando ríe escandalosamente porque lo mismo le pasaba a él y a Julio con Fiorella y Lorena, nuestras hermanas religiosas. Las pobres no querían caminar con ellos porque todas sus amigas decían que no eran sus hermanos, sino sus enamorados, ya que los gemelos y Ceci son los hijos que lucen un poco diferentes del resto, ya que ellos tienen el cabello claro, un tono rubio oscuro que resalta entre los cabellos azabaches de los demás. —Basta de risas que nos desviamos del tema. Lo que quiero decir es que, con la convivencia, toda mujer deja a un lado la timidez y los prejuicios, siendo capaz de ser toda una femme fatale en la cama, algo que, desde mi humilde opinión, es magnífico. Así que, hermanito, no creas que al casarte con una mujer buena y digna vas a perderte de tener buenos polvos; al contrario, el sexo se torna mucho mejor porque sumado al deseo y la pasión está el amor, lo que hace que la experiencia se torne única porque sabes que lo estás haciendo con aquella persona que saca lo mejor de ti, que hace que aflore todo lo bueno que hay en ti. Al llegar a la casa de Fernando, la imagen de Sandra por la ventana al escuchar que un auto se estaciona en la entrada, y al ver que se trata de mí trayéndole a su amado esposo, no duda en abrir la puerta a nada de ser medianoche. Mi cuñada me sonríe agradecida por el gesto, y yo no puedo evitar devolverle el saludo con una expresión de pena y asco. Sandra es tres años mayor que yo y desde que nos presentó Fernando nos caímos bien, como amigos de la niñez, por lo que ella, a veces, usa maneras varoniles al tratarme, y eso se debe a que creció rodeada de cinco hermanos varones. —¡Oye! ¡¿Por qué me miras así?! ¡¿No te gusta mi bata de abuelita?! —me dice Sandra a la par que suelta un puñetazo nada delicado sobre mi hombro izquierdo. Ella está en pijama, y por el frío de Lima está vistiendo una abultada bata que destaca por el estampado de pequeñas florcitas rosadas en un fondo celeste. —De seguro se imagina que detrás de tu linda bata estás usando un provocador liguero —comenta Fernando haciéndose el gracioso. Sandra pone cara de no entender el comentario de mi hermano y yo estoy a punto de vomitar. —¿De qué han estado hablando ustedes dos? —pregunta Sandra. —Ya te voy a contar todo lo que pasó en el club y la conversación que tuvimos camino a que me traiga a casa —ofrece Fernando dejando un beso sobre la frente de su amada esposa. Observo a mi hermano, y la manera como mira a Sandra denota amor, respeto y admiración. Yo también quiero en mi vida una mujer a la que pueda mirar de esta manera—, por la hora, dejemos que Braulio se marche, ya que él se levanta muy temprano para ejercitarse corriendo por El Olivar al lado de papá. Durante el trayecto hacia San Isidro, estuve dándole vueltas a lo que Fernando me comentó. ¿Una mujer respetable puede ser una fiera en la cama? Eso es algo sui géneris, fuera de este mundo, ¿o no? La imagen de mamá seduciendo a papá se recrea en mi mente, y yo empiezo golpear mi cabeza contra el volante. Si imaginarme a Sandra siendo una femme fatale fue asqueroso, hacer lo mismo con mamá fue aterrador. «Bueno, para que mis hermanos y yo existamos, mis padres tuvieron que hacer sus cositas en la cama», me digo tratando de humanizar a mis padres y hacer que pierdan por un momento la imagen impoluta que mi amor de hijo ha creado alrededor de ellos. Preguntarle a papá cómo se comporta mamá en la intimidad es algo que definitivamente no haré, pero imagino que mi padre gusta de la afinidad que existe entre ellos, una que, como dice Fernando, debió lograrse con el paso de los años, con la convivencia, perdiendo la vergüenza. Y lo mismo debió ser con Elena y mi difunto cuñado, a quienes siempre se les vio felices, por lo que, imagino, que los momentos íntimos debieron ser gratos y placenteros, llenos del amor que se tenían, uno que en mi hermana aún no muere porque lo sigue recordando y guardando respeto a lo que una vez fueron. Con Fernando ya la tengo más que claro. Mi hermano, el gemelo divertido, también es aquel que habla de más, no porque sea charlatán, sino porque no tiene reparo alguno en decirte las cosas sin anestesia, directo, provocando las náuseas que me dieron al soltarme sin aviso información que mi mente visualizó y graficó con demasiado detalle. Y lo mismo debe ser en el caso de Julio y Cecilia. Creo que durante mi viaje a Iquitos aprovecharé a conversar de esto con Julio, quien, a diferencia de Fernando, comentará con recato y seriedad. A Cecilia no le pregunto ni de vainas, aunque imagino que ella e Ignacio se compenetran bien en todo aspecto. Al día siguiente, me cuesta mirar a mis padres y a Elena al imaginármelos con expresiones lujuriosas, ¡lo que inició tu comentario, Fernando! Hago mi mejor esfuerzo para lucir normal, que mi mente no está recreando escenas propias de una película triple x con mis padres, hermana y difunto cuñado como protagonistas. Para escaparme de las preguntas que mi extraño comportamiento puede generar, tomo rápido el desayuno, sin intercambiar palabra con nadie, aludiendo que estoy apurado porque debo llegar temprano al trabajo, y salgo de inmediato a encender mi auto para llevar a mi hija y sobrinos al colegio. Ya en el trabajo, la máquina de escenas porno sigue encendida. Trato de no mirar a las secretarias jóvenes y bonitas porque lo primero que me imagino es a ellas en liguero y baby doll, ya que al gustarme lo que mi mente alucina, siento que les estoy faltando el respeto, y tampoco me gusta la sensación que eso genera en mí. Cuando llego a toparme con don César, el jefe del Archivo, él nota que estoy algo nervioso, por lo que me invita a almorzar con él en su oficina, para conversar un rato. Yo acepto encantado porque la comida que lleva al trabajo siempre es de primera, ya que su esposa es una excelente cocinera, y como a él no le gusta comer solo, siempre lleva doble ración para compartir con el afortunado que elige. Antes de bajar al Archivo, voy por unas gaseosas y un dulcecito para compartir durante el almuerzo. Cuando trabajaba en la constructora mientras estudiaba la carrera, don César fue uno de los pocos que me trató como un ingeniero civil, aunque me faltaba mucho para conseguir mi título. Él siempre me decía que uno no solo tiene que ser, sino que también tiene que parecer el profesional que es, y que yo siempre he tenido el porte de un ingeniero civil. Cuando me sentía desanimado y no contaba con mi padre para conversar porque el tiempo no me daba para ir a casa a buscarlo, don César era quien se encargaba de fortalecer mi espíritu. A él le compartí varias veces el dolor que sentía ante las diversas situaciones que Olga provocaba por no querer cuidar de Mariana y quedarse con ella en casa, por sus constantes desapariciones y las peleas que siempre teníamos cuando ella regresaba, y don César siempre supo darme un buen consejo. Así fue cómo me aferré a lo importante, como él me decía que debía hacer para salir a flote en el mar de desánimo donde la tristeza quería ahogarme.
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