Cambiando el destino: Capítulo IX (Parte 2)

3667 Words
—Incakolita para acompañar los ricos manjares que prepara su señora, don César, y una mazamorrita morada para cerrar con broche de oro el almuerzo —digo llegando a la oficina del jefe del Archivo. —Braulio, llegarás lejos. Un hombre detallista es un visionario en potencia —de esa particular manera, don Cesar agradece mi iniciativa. Después de acabarme la papa a la huancaína de entrada y los tallarines verdes con apanada de plato fuerte en completo silencio porque no podía dejar de comer tan exquisitos platillos, conversamos mientras comemos la mazamorra morada. —Te he notado un poco nervioso hoy, estimado Braulio. ¿Algo está perturbándote? —pregunta don César. —Don César, muchas veces me he desahogado con usted, quien siempre supo escucharme y aconsejarme, pero ahora no sé si hago bien en comentarle lo que está acaparando mi mente —respondo con sinceridad. —Muchacho, no creo que lo que ahora te afecta sea peor de lo que alguna vez me comentaste —en ese sentido, don César tiene razón. —Es que me da vergüenza —digo, y de seguro me he sonrojado porque siento que me quema la cara. —Vamos, Braulio, dime. Somos adultos, así que podemos conversar cualquier tema con seriedad —al encontrar correcta su lógica, inhalo y exhalo unas cuantas veces para calmarme y empezar mi discurso. Al ponerlo en contexto, confesando lo de mis aventuras amorosas, hago la pregunta que da inicio a nuestra charla. —¿Es posible que una buena mujer, de su casa, sea más desenvuelta y experimentada en la cama? —suelto la pregunta y no soy capaz de mirar a don César a la cara. —Por supuesto que sí —responde de inmediato mi mayor amigo del trabajo. —¿En serio? —quiero estar completamente seguro de que no ha respondido solo por hacerlo. —Sí. El tiempo que pasa una pareja en unión hace que la mujer más tímida sea capaz de perder la vergüenza. El hombre debe alimentar la confianza de su mujer para que esta se sienta cómoda, y así es como ella se desliga de la timidez, más aún cuando se está en la intimidad, los dos solos. Braulio, cierra la boca —dice don César, y yo recién me percato que lo he estado escuchando con la mandíbula en el suelo. Es que me asombra la facilidad que tiene para tratar el tema que me interesa sin vulgaridad alguna, a diferencia de Fernando, que, si no son sus palabras, son sus expresiones faciales las que me incomodan. —Lo siento, don César. Entonces, un hombre puede ser feliz sexualmente con una mujer digna, ¿correcto? —pregunto aún con timidez. —Sí. La mujer aprende sobre el sexo con su pareja. La exploración en pareja hace posible que cada uno conozca lo que al otro le causa placer, lo que ayudará que en la práctica s****l ambos puedan llegar al clímax. Eso hace que no sea necesario que un hombre se tenga que casar con una mujer experimentada en el tema para recién poder gozar de una buena vida s****l en el matrimonio. Lo que necesita es no ser egoísta, poder comunicarse sin prejuicios ni límites con su pareja y buscar que ella también disfrute el momento. Tanto hombres como mujeres no necesitan pasar por varias relaciones para conocer sobre el sexo porque lo que requieren es saber lo que le gusta a su pareja, no a otras personas. Era tan simple lo que necesitaba saber, y don César lo compartió conmigo en menos de cinco minutos. La idea que tenía sobre sapiencia s****l no era la correcta. No sabe más el que se acuesta con varias personas, sino el que es capaz de observar el comportamiento de su pareja durante el coito y verificar que lo que se está haciendo causa o no placer. Mantener la comunicación permanente y ser sincero son dos condiciones que se requieren para que en el matrimonio se pueda experimentar el gozo s****l. —Pudiste, tranquilamente, dedicarte a conocer a una buena chica para luego, cuando dieran el gran paso, saber cómo harías que ella confíe y se sienta cómoda, se suelte y pueda comunicarte lo que pasa con su cuerpo cuando haces una u otra maniobra, y lo mismo tú con ella, así aprende el uno del otro y pueden satisfacerse en la cama. El matrimonio no es solo llevarse bien ante los demás, a la hora de criar a los hijos y manejar las cuentas del hogar, es también pasarla bien en la alcoba matrimonial —lo dicho por don César hace que se me escapen un par de lágrimas por darme cuenta que, además del tiempo que pasé atrapado en las redes de Olga, perdí tres años y medio más con las libertinas del club—. Calma, muchacho. Sé que el tiempo perdido no se recupera, pero no hay mal que por bien no venga. Ahora que sabes que el sexo en el matrimonio es más que engendrar, vas a ser capaz de alejarte de tanta mala mujer que pulula alrededor tuyo porque son capaces de darse cuenta que en ti pueden conseguir lo que quieren, sin importarles el daño que pueden estar haciendo a tu corazón y alma. —Hay una mujer que me interesa. Ella ha sufrido aún más que yo. También ha pasado por un matrimonio nefasto, que lo único bueno que le dejó fueron sus dos pequeños hijos. El problema es que ella no tuvo tanta suerte como yo, que quedé viudo; ella sigue casada, aunque ya tiene más de dos años separada de ese mal hombre —don César es la primera persona, además de Fernando y papá, que le comento sobre Alejandra. —No veo cuál sea el problema, salvo que ella no quiera nada contigo, algo que haría que no tengas oportunidad alguna —la serenidad al hablar que muestra don César hace que todo se perciba fácil, simple. —No me gustaría que hablen mal de ella —comento sintiendo que en el pecho empieza a aparecer una incomodidad que aprieta. —No lo harán mientras ella sea la señora de tu hogar, la luz de tu vida y la única en tu cama. Eres tú quien le dará a ella el estatus que se merece, y los demás la aceptarán felices porque te verán a ti gozando de una vida espléndida —las palabras de don César hacen que sonría al poder visualizar un futuro brillante—. Solo ten en cuenta que las cosas no serán fáciles, que quizá tengan algún tipo de rechazo por los complicados pasados que cada uno de ustedes tienen, pero si lo que llegues a sentir por ella es amor, uno que sea correspondido en la misma intensidad, podrás contra todo. Que no te tiemble la mano a la hora de ejecutar acciones favorables para el progreso de tu relación, ese es el secreto. La conversación con don César me dejó tranquilo, por lo que pude continuar con mi vida sin problemas hasta que llega el sábado. Estar a horas de ver a Alejandra después de lo que ha sucedido en estos días despierta en mí tensión. Es la primera vez que puedo tratar a una buena mujer de cerca, conocerla para poder llegar a ella de la mejor manera posible. Si bien es cierto que cuando era un adolescente soñaba con Susana Figallo, una chica bien de una respetable familia, nunca llegué a entablar una conversación con ella, ya que solo me la pasaba contemplándola de lejos y soñando con el día que me anime a saludarla para empezar una amena charla que termine llevándonos a algo más. Mariana, quien no ha dejado de hablar ni un día de su cita de amigas con Alejandra, me pide apurarnos para ir al club. Yo la calmo diciéndole que, por llegar más temprano, su entrenamiento no comenzará antes y el momento de verse con Alejandra a darse pronto. Mi hija entiende el punto y decide seguir el horario establecido, por lo que yo puedo disfrutar de verla divertirse practicando tenis, deporte que es su pasión. Cuando ya llega la hora de que se vaya a las duchas, recibo la ayuda desinteresada de un par de niñas mayores que mi Mariana, sobrinas de mi amigo Pablo, quienes me llaman tío por la amistad de años que tenemos. Sheyla de catorce años y Gabriela de once se encargan de supervisar el baño de mi hija, así como de ayudarla a vestirse y calzarse. —Papito mío, hay que traerles unos recuerdos lindos de nuestro viaje a Iquitos a mis nuevas amigas mayores, ya que me han hecho sentir como si tuviera hermanas y yo fuera la más chiquita —comenta mi hija, y yo afirmo que así será. Llegando al Bazar Naval, Mariana empieza a sentirse emocionada por volverse a encontrar con Alejandra. Mi niña me ha hecho prometerle que le compraré todos los accesorios para cabello que su nueva amiga le recomiende. Yo, con tal de verla feliz, le respondo afirmativamente. Mientras caminamos por el estacionamiento, busco a Fernando y a Sandra. Ambos me prometieron que llegarían antes de la hora pactada para ingresar a mi lado, sirviéndome de apoyo moral, pero los dos brillan por su ausencia. Sin poder retener a mi hija a las afueras del comercio porque ella ya quiere encontrarse con Alejandra y descubrir la dulce sorpresa con la que prometió esperarla, ingreso pidiéndole a Dios que hable por mí. Como mi visita del sábado de la semana pasada fue la primera, no recuerdo muy bien cuál pasillo tomar para llegar a la Sección Niños, pero al encontrarme con Frank, el joven vendedor de la Sección Calzado que me atendió, consigo que él me guíe hasta donde está Alejandra. Mientras voy acercándome a ella, siento que estoy flotando, como si el duro suelo de cemento y loseta se volviera una gran nube. Ella viste el uniforme de siempre, correctamente puesto, con su cabello bien recogido en un prolijo moño. Luce poco maquillaje, uno muy básico, y su calzado, cómodo para soportar las horas que pasa parada y yendo de aquí para acá. Toda su vestimenta la muestra tal y como es ella: bella y natural. —¡Señora Alejandra! —grita Mariana cuando logra ver a su amiga y mi interés romántico. —¡Bella Marianita! —exclama Alejandra dejando el peluche que tenía en sus manos y pensaba acomodar en un exhibidor para acercarse a mi hija y recibirla con un abrazo. Pareciera que ambas se conocen de toda una vida, pero la verdad es que solo se han visto y conversado una vez. —Señora Alejandra, he venido con papito mío —indica mi hija, y me queda mirando mientras espera que salude a su amiga adulta, pero yo estoy embobado por la belleza, naturalidad, pulcritud y decoro de esta—. Papito mío, no seas malcriado y saluda a mi amiga, la señora Alejandra —escucho que mi hija me regaña tratando de no llamar la atención, pero su amiga adulta logra escucharla y trata de no reír, cosa que no logra porque noto que se tapa parte de la cara con una mano para no evidenciar que el comportamiento de mi hija la divierte. —Perdón, es que venía pensando en algo del trabajo y me perdí —comento para ocultar la verdad—. Buenos días, señora Alejandra —saludo, y extiendo mi mano. —Buenos días, ingeniero Bertolotto —responde Alejandra a la vez que toma mi mano. Su tacto es cálido y algo áspero: es la mano de una madre que cuida de sus hijos y trabaja a la vez—. Gracias por traer a mi pequeña amiga a mi trabajo —la sinceridad en su sonrisa me alegra tanto que mi corazón empieza a latir acelerado. —Si no lo hago, me deja de hablar por un año, o más —susurro mi broma para que Mariana no me escuche. Alejandra ríe, y yo amo escuchar el dulce ruido que hace al demostrar alegría. —Señora Alejandra, ¿qué es lo primero que haremos? —pregunta mi niña impaciente. —Cepillaré tu lindo cabello para deshacer cualquier enredo, y luego lo peinaré suavemente, haciendo un bonito moño que espero que te guste —explica Alejandra centrándose en mi niña. —Señora Alejandra, había pensado en la posibilidad de que probemos varios peinados antes de elegir el que más me guste —comenta Mariana mientras hace un puchero. —Está bien. Entonces, primero te haré algunos peinados de media cola y cola elevada, los cuales adornaremos con algunos accesorios. Luego te haré una bonita trenza, y al final un moño. El que más te guste será con el que regreses a casa. Alejandra se enfoca en mi hija, por lo que yo desaparezco. En un primer momento, me sentí desplazado por Mariana, pero el adulto que soy comprende que esta cita era entre ellas, no conmigo; yo solo he sido el responsable de acercarlas al traer a mi hija. Cuando me doy cuenta que haber sido excluido de la diversión de ambas me sirve para observar el comportamiento de ellas al interactuar, desaparece el poco resentimiento que nació al sentirme relegado. Sonrío al darme cuenta que Alejandra no está actuando, no simula interés en mi hija para llamar mi atención, sino que en verdad está enfocada en mi niña, en escucharla, atenderla y sacarle una sonrisa. Mariana disfruta el momento porque ella gusta que la peinen, por eso siempre le pide a mi hermana que le haga un peinado distinto cada día para ir al colegio, cosa que Elena realiza sin problema alguno porque con Sarita, su hija mayor, ha practicado bastante cuando ella era una niña de la edad de mi hija. Sin embargo, las veces que mi hermana no ha podido atender a mi princesa por estar enferma o haber viajado por algún tema especial, mi madre no es capaz de peinar los cabellos de Mariana con la misma creatividad, ya que doña Elena no es de demostrar su amor con esa clase de detalles. Completamente enamorado de la escena que me presenta la interacción entre mi hija y Alejandra, pierdo la noción de tiempo y espacio, y me dejo llevar por los sentimientos que nacen en mí, donde el amor es el que dirige a los demás. «Qué te costaba ser cariñosa con tu hija, preocuparte con ella al ser capaz de verte en su carita. Eso, el no ser capaz de amar a lo que nació de ti es lo que en verdad te calificaba como una mala persona», pienso mientras el recuerdo de Olga despreciando a mi hija llega, y al ver lo dulce y amable que es una completa extraña con mi niña, hace que cuestione aún más la actitud de aquella que fue mi esposa. Sonrío cuando me doy cuenta que la reflexión que acabo de hacer no me ha llenado de tristeza, sino que más bien me alegra porque pude toparme en mi camino a una persona buena, capaz de prodigar amor a unos desconocidos, como somos Mariana y yo para Alejandra. No hay duda que solo podemos dar lo que tenemos, y esta bella mujer que llama mi atención lo que tiene en abundancia es amor. —¿Disfrutando la vista? —Fernando interrumpe mi momento con su comentario, y yo sonrío porque me alegra verlo. —Se siente bonito aquí —y señalo mi pecho, donde está mi corazón— cuando veo que alguien que no forma parte de mi familia es amable y cariñoso con mi hija. —Te entiendo. A mí también me pasa lo mismo. Es que amamos tanto a nuestros hijos que llegamos a valorar muchísimo las expresiones de cariño que los demás tienen con ellos —Fernando, para todo lo atolondrado que es, es un buen esposo y mejor papá. Es cierto que tuvo un buen ejemplo a seguir, pero considero que ha superado a papá en ese aspecto. —¿Y Sandra? ¿Dónde están mis sobrinos? —pregunto mientras giro para buscarlos con la mirada. —Su hermana Janet ha llegado de Piura junto con su prometido, el español —a mi hermano no le cae Iñaki, el futuro cuñado de Sandra, porque dice que es de esas personas que se sienten superiores al resto, mirando por sobre el hombro a los demás, por eso que nunca pronuncia su nombre y solo se refiere a él despectivamente por su gentilicio—, por eso no pude llegar antes, como te había prometido, y, definitivamente, tu cuñada favorita y mis hijos no van a poder venir. —Entonces, gracias por escaparte y estar aquí conmigo —digo, y Fernando se encarga de revolotear mi cabello, como lo hacía cuando era un niño de seis años y él un púber de doce. —No hay nada que agradecer. Igual Sandra y Janet saben que no paso, ni con cañita, al español ese, así que ambas me dieron permiso para venir —me divierte cada vez que Fernando comenta que su esposa o alguna mujer de su familia política le autorizaron para hacer tal o cual cosa cuando todos sabemos que él es un alma libre que no se deja enjaular por nadie. —Oye, ¿no le habrás contado a Janet de mi interés por Alejandra? —pregunto mirando a mi hermano con cara de amenaza. —¡Claro que no! Sandra le dijo que tenía que ir al bazar porque estaba a la espera de que lleguen unos productos que quiero regalarle a mamá, ya que su cumpleaños se acerca. Eso me hizo recordar que me estaba olvidando del ¡natalicio de mi sacrosanta madre!, así que, en verdad, voy a aprovechar esta visita al bazar para mirar y ver posibles opciones de regalo para ella —Fernando es cariñoso y atento con quienes ama, pero malísimo para recordar las fechas especiales. Al acercarnos donde Alejandra está peinando a Mariana, Fernando saluda a ambas y yo aviso que estaré con él viendo opciones de regalo para mi madre. Mariana me dice que ya tiene el regalo de su abuela, que lito Braulio le ayudó con ello, y Alejandra nos comenta que han llegado productos desde Europa a la Sección de Perfumería y Accesorios, así como una serie de adornos tallados en cristal, cosa que nos interesa a mi hermano y a mí porque mamá ama coleccionar cristal. —¿Y qué tal vas con tu propósito de enmendar tu vida? —me pregunta mi hermano mientras estamos mirando los adornos tallados en cristal que a mi madre volverían loca. —Viento en popa, hermano —utilizo esta frase que en el trabajo de Fernando significa que el viento sopla a la misma dirección que se dirige el navío, pero que en el argot coloquial quiere decir que todo está yendo con buena suerte—. Las dudas que tenía sobre lo que conversamos el miércoles camino a tu casa, ya las despejé. —¿Cómo así? ¡No me digas que conversaste con papá de ese asunto! —la cara de Fernando era un poema al terror. —¡No! Un buen amigo del trabajo, alguien que siempre supo escucharme y aconsejarme cuando la pasaba mal por vivir con Olga, me dijo lo que necesitaba saber para desligarme por completo de mi gusto por las mujeres libertinas —sonrío al recordar lo aliviado que me sentí al entender que sexo y matrimonio no son dos temas contrarios. —Ese amigo consérvalo para siempre. En estos tiempos, es difícil encontrar personas que sepan escuchar y tengan la suficiente sapiencia y seriedad para dar un buen consejo. Tras encontrar un set de colección de quince piezas de cristal que en una semana llega al Bazar Naval, Fernando paga el valor por uno y lo reserva para que sea el regalo de mamá por su cumpleaños. En mi caso, yo ya había encargado el detalle para ella en una joyería ubicada en la zona comercial de San Isidro, así que no compro nada. Cuando regresamos a la Sección Niños, Mariana luce hermosa con un precioso moño ataviado con accesorios que simulan flores adornando su cabello. Mi niña es bella, pero con su cabello arreglado, su belleza se intensifica aún más. —¡Papito mío! —me llamada emocionada mi princesa—. ¡Mira cuán bonita estoy! La señora Alejandra es mejor peinando que tía Elena y mi lita. —¡Estás más hermosa de lo que ya eres, Marianita! —comenta Fernando con alegría, y eso hace que mi hija se emocione más de lo que ya está. —¿Verdad que sí, tío Fer? —pregunta mi niña, y mi hermano confirma—. Señora Alejandra, yo sería muy afortunada si tuviera una mamá como usted, habilidosa y tierna que sea capaz de cepillar mi cabello con cuidado y peinarme con destreza. Así, llegaría todos los días al colegio con un peinado nuevo. Alejandra le sonríe a Mariana, pero es notorio un rasgo de tristeza en su mirada. La mujer que me interesa se acerca a mi hija y la abraza. Mariana no se esperaba el gesto, por lo que tarda segundos en responder la muestra de cariño de Alejandra. Ver a las dos fusionadas en un abrazo, una sonrisa instintiva se marca en mi rostro, pero ver unas lágrimas cayendo de los ojos de la amiga adulta de mi hija me preocupa, por lo que miro a mi hermano, quien también está algo sorprendido por lo que vemos. Sin que mi hija se dé cuenta, Alejandra limpia las lágrimas, y al separarse de Mariana le comenta que llegó el momento de entregarle el detalle dulce que le prometió. Detrás del mostrador de la Sección Niños, Alejandra saca un táper, que al abrir deja ver y oler los maravillosos bocaditos de té que contiene.
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