Cambiando el destino: Capítulo IX (Parte 3)

3803 Words
—Mi madre prepara estos ricos bocaditos para ganar algo de dinero adicional los fines de semana, y yo le pedí que acomode unos cuantos, los más deliciosos que pueda disfrutar una linda niña. Aquí encuentras alfajorcitos de maicena, mazapanes, yemitas acarameladas, trufas y chocotejas de pecana. Espero que te gusten —Alejandra entrega el táper a Mariana, y mi niña mira con alegría los dulces que hay en él, ya que son sus favoritos. —Señora Alejandra, usted es un ángel —empieza a decir Mariana mirando fijamente a Alejandra—. Además de tener mucha paciencia y haberme hecho como siete peinados antes del que elegí, me regala mis dulces favoritos. En verdad, si Diosito me concede un milagro, yo le pediría que usted sea mi mamá. Mariana se acerca a Alejandra y se aferra a la cintura de esta. Mi niña está llorando, lo sé porque cuando se pega a alguien, enterrando su carita en el cuerpo de aquel a quien abraza, es porque no quiere que la vean derramando sus lagrimitas. El labio inferior de Alejandra tiembla; está haciendo un gran esfuerzo para no llorar, pero la tristeza que debe sentir por percibir la soledad de mi hija es tanta que se deja vencer y empieza a llorar. En un momento, sin dejar de acariciar la cabeza y espalda de mi hija, me mira y me pide «perdón», de seguro piensa que ella es la culpable de las lágrimas de mi niña, pero no es así, la única responsable de toda la tristeza de mi hija es Olga. Mi hermano me codea, lo miro y me dice: «Tu pañuelo». Recuerdo en qué bolsillo de mi pantalón lo llevo, lo saco y se lo cedo a Alejandra, quien lo acepta agradecida. Tras secar sus lágrimas, separa su cuerpo del de mi hija y se coloca en cuclillas, para estar al mismo tamaño que Mariana. —Marianita, no conocí a tu mamita, pero si ella en algún momento te hizo sentir no amada, quizá lo hizo sin querer. Nuestros padres son seres humanos, se pueden equivocar y terminar haciendo o diciendo cosas de las que luego se arrepienten. Tu mamita no tuvo tiempo de arrepentirse porque Nuestro Señor se la llevó prontito, pero estoy segura que, si hubiera tenido más tiempo de vida, ella se habría dado cuenta del error que cometió al hacerte sentir que no te amaba —Alejandra voltea mi pañuelo y limpia las lágrimas de mi hija. »Marianita, es hora de que sueltes toda la tristeza que guardas en tu interior. A mí me da mucha pena que, siendo una niña tan linda y amada por tu papito y familia, seas una niña triste por el recuerdo del desamor de tu madre. No sufras por lo que no tienes, mi niña bonita, más bien disfruta el inmenso amor que Dios te da a través de tu papito y familia. El peor error que puedes cometer es ir por la vida lamentando lo que no tienes cuando hay tanto por lo que puedes agradecer y gozar. Yo no soy tu mamá ni lo seré, pero soy tu amiga, y cuando necesites que te haga un bonito peinado o que mi mamá te prepare tus bocaditos favoritos, ya sabes dónde vivo y trabajo, así que siempre puedes buscarme, que yo estaré dispuesta a apoyarte». Mi hija se aferra una segunda vez a Alejandra, a su cuello. La amiga adulta de Marina le dice algo, y mi niña ríe. Tras dejar el gesto de cariño, ambas se ayudan a secarse las lágrimas, acomodan sus faldas, y voltean a sonreírnos a Fernando y a mí. Mi hermano se acerca a mi hija para elevarla y terminar encerrándola entre sus brazos, y yo aprovecho para agradecerle a Alejandra por las palabras de consuelo que entregó a mi hija. —No hay nada que agradecer, ingeniero. Yo no sé lo difícil que debe ser crecer sin una madre, pero sé lo difícil que es crecer sin un padre porque lo vivo con mis hijos. Ellos aún están pequeños, pero la falta que les hace no contar con la presencia de su padre en sus vidas es grande. Además de que Marianita es una niña encantadora, como madre, no puedo dejar pasar la oportunidad de confortar el corazón triste de una criaturita tierna como lo es ella. Sepa que siempre podrá contar conmigo para apoyar a Mariana en lo que necesite. La conversación con Alejandra se ve interrumpida por otra vendedora que llega para reemplazarla en el puesto. Ahí aprovecha para comentarme que hoy es el cumpleaños de su hermano David, el que cuida el pequeño jardín en el frontis de su casa, y por ello pidió salir unas horas antes porque tiene que llegar a ayudar a preparar la comida que degustarán en familia durante la cena, ya que sus hermanas llegarán con sus hijos a sumarse a ellos para celebrar juntos. —Papito mío, tengo hambre, ¿me llevas a almorzar rico pollito gringo? —de seguro Fernando le ha dicho a mi hija que me pida llevarla al KFC porque él es el único que llama “pollito gringo” a la comida que sirven en ese restaurante de comida rápida—. Señora Alejandra, ¿puede acompañarnos? No se preocupe que papito mío paga —ni siquiera cumple los siete años y ya me trata como su billetera. —Justo le estaba explicando a tu papito que hoy salgo temprano del trabajo porque es el cumpleaños de uno de mis hermanos y debo ayudar a mi madre a preparar la cena que vamos a compartir en familia, ya que mis hermanas mayores llegarán con sus hijos a mi casa. —No sea malita, señora Alejandra, y almuerce con nosotros; luego la llevamos a su casa —insiste Mariana. —Señorita Alejandra, será solo una hora. Además, luego mi hermano la lleva a su casa, lo que es un tercio del tiempo en el transporte público. Los otros dos tercios cédanoslos para disfrutar de su compañía durante el almuerzo —la intervención de Fernando convence a Alejandra, así que acepta la invitación de Mariana. —Tío Fer, ¿por qué llamas a la señora Alejandra señorita si ella ya tiene hijitos, los pequeños Javier y Ernesto? —escucho que mi hija pregunta a mi hermano, quien la lleva cargada en brazos. —Porque le llevo doce años, así que ella es prácticamente una niña —comenta mi hermano con un tono de humor que Mariana no identifica. —Entonces, para ti, ¿yo también soy una señorita? —mi niña y su inocencia. —¡Por supuesto! Tú eres la señorita Mariana. Mi hermano se aleja mientras juega con mi hija. Alejandra y yo caminamos varios metros atrás, lo que permite que ella me comente algo que no esperaba que lo hiciera en este momento. —El teniente primero Bertolotto me llama señorita porque conoce la verdad que trato de ocultar en el trabajo, pero que cada día que pasa está a punto de descubrirse —ella camina mirando al suelo. Yo la acompaño, escuchado atento. »Sus hermanos son muy cercanos a mi padrino, quien fue jefe de ellos por varios años allá, en Paita. Así fue que mi padrino le confío al teniente primero Fernando lo que ocurrió conmigo, para que me dé una mano si llegara a necesitarla». —Algo me comentó mi hermano. Disculpe que lo haya hecho, solo que llamó mi atención el que esté trabajando cuando está casada y con alguien que debería cuidar bien de usted y de sus hijos —indico para que no piense que Fernando es un chismoso. —No se preocupe, ingeniero. Su hermano y cuñada, la señora Sandra, son muy amables, y en el poco tiempo que los conozco, estoy segura que son personas nobles, muy buenas. Estoy separada de mi esposo hace dos años y seis meses. Yo fui quien decidió terminar la relación abandonándolo. Me retiré de la que era nuestra casa en Lamas, San Martín, porque él me hirió demasiado. Cuando lo conocí, él se mostró como una buena persona, alguien que me amaba, pero la verdad era otra. Terminó siendo alguien completamente diferente de quien me enamoré, por lo que tuve que dejarlo. Javier había cumplido el año de nacido y yo estaba embarazada de Ernesto, a quien él no quería, por lo que intentó obligarme a abortar haciéndome beber unas infusiones de hierbas que harían que pierda a mi bebé. Ahí supe que él era en verdad malo. Aguanté golpes; necesidades porque se gastaba el dinero en alcohol; faltas de respeto porque en mi cara se paseaba con otras mujeres, besándolas y acariciándolas sin decoro, pero lo que nunca le iba a permitir es que le haga daño a uno de mis hijos. Esa fue la gota que derramó el vaso. La determinación se siente en la voz de Alejandra. Ella revive el pasado cada vez que narra su historia. Ella es fuerte, decidida, valiente, capaz de acabar con el mundo si alguien intenta dañar lo que ama; es admirable. —La madre de Mariana era seis años mayor que yo. Tenía dieciocho años cuando la conocí, y ella me hizo creer que me amaba. Cuando me dijo que estaba embarazada, nos casamos, y al nacer Mariana, yo recién había cumplido veinte años. A esa edad, me enteré que todo lo que hubo entre nosotros fue mentira, que todo fue un plan para que ella no pierda a quien en verdad amaba, ya que necesitaba aparentar que no tendría nada más que ver con él, puesto que también estaba casado. Acercarse a mí y enamorarme, engatusarme con sus encantos y utilizarme fue su plan, uno que ejecutó desde la noche que nos conocimos. Ella hizo que me aleje de mi familia; que deje la vida a la que estaba acostumbrado; que crezca aceleradamente al hacerme completamente y único responsable de Mariana; que pierda mi valor como persona, como hombre, y que sea señalado como un cornudo cuando su infidelidad fue descubierta después de morir en un accidente de tránsito mientras regresaba de vivir un maravilloso fin de semana junto a su amante. A diferencia de usted, yo tuve más suerte porque ella falleció y quedé libre para rehacer mi vida; sin embargo, las marcas que dejó son permanentes, como la tristeza de mi hija porque mi niña recuerda el rostro de su madre cargado de desprecio y asco cuando la miraba o se refería a ella. Alejandra y yo no hablamos más hasta que llegamos al restaurante de comida rápida que sugirió Mariana. Mientras almorzamos, volvemos a interactuar al participar de la conversación que Fernando o mi hija inicia. Cuando llega la hora de llevar a Alejandra a su casa, mi hermano me sorprende al decirme que se irá con Mariana a la villa, para que mi hija conozca la casa donde vive con Sandra y sus hijos, además que quiere presentarla a Janet e Iñaki, para que vean cuán hermosa es su sobrina. Después de que Mariana se despida afectuosamente de Alejandra y le diga que compartirá los bocaditos con sus primitos Marcelo y Paulita, nos dirigimos a mi auto, que se quedó en el estacionamiento del Bazar Naval porque el restaurante de comida rápida está al frente. Ya camino a Lince, me animo a hablar, ya que siento incómodo el silencio a nuestro alrededor. —Señora Alejandra, disculpe si hice mal en contarle detalles de mi pasado. Si lo hice fue porque por primera vez me topo con alguien que, al igual que yo, se enamoró de quien no debía y sufrió de tal manera que las consecuencias aún afectan su vida —a partir de ahora en adelante, con Alejandra debo ser todo lo sincero que no soy con los demás. —Ingeniero, no se preocupe, le entiendo. Usted también ha sufrido, y por eso es capaz de comprender mis ganas por superarme y que la vida de mis hijos no se vea perturbada por la tristeza o el desamparo. —Completamente, señora Alejandra, pero lo que no logro entender es por qué sigue usando el apellido de casada. Entiendo que en el trabajo se complicado deshacerse de él porque ellos conocen su estado civil al acceder a sus documentos y los de sus hijos, pero ¿por qué presentarse como casada ante los extraños que puede conocer en plena calle?, como ocurrió el domingo pasado a la salida de la iglesia —sospecho la razón, pero prefiero que ella esclarezca mi duda. —La vida de una madre sola es dura, más si esta es joven y carece de poder económico. Hago uso de mi condición de mujer casada para evitarme que las personas hablen mal de mí o intenten sobrepasarse conmigo. Muchos son los que creen que, por tener veintiún años, dos hijos pequeños y carencias económicas, voy a sucumbir a sus ofrecimientos mal intencionados porque estoy sola, y no es así. Yo sé que soy una mujer digna, con un alto valor, y ningún desgraciado va a hacer que me convierta en una desvergonzada y pecadora. ¡Eso sí que no! —la determinación en ella se deja ver, además de en su voz, en sus puños que aprietan la tela de su falda. —Lleva trabajando dos años en el Bazar Naval, ¿alguien le ha faltado el respeto? —pregunto tratando de mantener la calma—. Por lo atenta, cariñosa y considerada que es con mi hija, tenga por seguro que la defenderé de quien quiera aprovecharse de usted. Tengo el poder de mis puños, el económico y contactos en la política para arruinar la vida de quien ose herirla. Así como mi hija puede contar con usted para lo que necesite, no dude que yo y mi familia estaremos para usted cuando lo requiera. Una oportuna luz roja hace que pueda mirarla a los ojos, ya que ella en todo este tiempo de plática me ha estado observando. —Ha habido oficiales que han intentado sobrepasarse, pero he podido librarme de ellos de manera rápida gracias al capitán de navío Guerrero, quien tiene a su cargo el bazar y es un gran amigo de mi padrino. Pero supe que sería una presa fácil para tanto sinvergüenza cuando nació Ernesto. Reposaba después de haber parido a mi segundo hijo en el Hospital de Policía, haciendo uso de mis derechos como esposa del infeliz con el que me casé, y al sospechar que estaba separada porque nunca llegué a una consulta ni al parto con mi esposo, el médico que me atendió, que ya ostentaba el grado de comandante asimilado, me propuso que sea su amante. Entre tantas cosas, me dijo que alquilaría un apartamento donde viviría con mis hijos, un lugar donde le recibiría cada vez que él pueda ir a visitarme —los ojos de Alejandra se llenan de lágrimas por el coraje que siente al recordar tan asquerosa propuesta de aquel que debió ser más profesional y compasivo con ella. —Dime el apellido de ese imbécil y haré que lo echen de la Sanidad de Policía —suelto lleno de rabia al ser capaz de sentir su dolor. Por primera vez la tuteo porque la siento cercana. —Ya no importa. Ya perdoné y no voy a volver a topármelo porque no pienso atenderme en ese hospital nunca más. Ahora hago uso de los servicios del Hospital Naval por ser empleada civil de la Mariana de Guerra —ella es noble, capaz de perdonar tremenda ofensa, pero yo no soy tan bueno como ella. —Tengo quien puede conseguirme el dato de ese tipo al encontrar tu historia clínica en el hospital, pero prefiero que tú me lo digas porque así sentirás que tuviste quien te defienda y ponga en su lugar al desgraciado ese. Las bocinas de los autos interrumpen nuestra conversación, retomo el viaje y no volvemos a mencionar palabra alguna hasta que llegamos a su casa. Cuando ella intenta abrir por sí misma la puerta del auto, la detengo tomando con firmeza, pero al mismo tiempo con suavidad, su mano. —Recuerda lo que Mariana te enseñó: a una dama, un caballero le abre la puerta del coche. Alejandra asiente moviendo la cabeza, y yo bajo del auto, lo rodeo y termino abriendo la puerta del copiloto. Camino a su lado hasta llegar a la puerta de su casa, desde la cual llega música bailable. —Debe ser mi hermano Pedro probando el sonido del equipo que le prestó un amigo para la reunión de esta noche—comenta nerviosa. Ahora sé el nombre de otro de sus hermanos. —Alejandra, permíteme ayudarte. Sé que ya han pasado dos años desde lo que ese miserable te propuso, pero no puedo dejar que ese cretino piense que puede ir por la vida acosando a mujeres vulnerables. Lo mismo que tú sentiste por culpa de ese tipo, otra mujer puede estar sufriendo en estos momentos. Alguien debe detenerlo, permíteme que sea yo quien lo haga, por ti y por las demás —ella me mira apenada y dolida a la vez por el recuerdo. —Comandante Sanidad PNP Gustavo Benítez —dice en un susurro. —Gracias por ser valiente —le digo mientras pienso rápido porque ya no sé cómo continuar la conversación. Sin más, un pensamiento se hace fuerte y termina obligándome a ser sincero con ella—. A partir de ahora, no dudes en contarme si alguien te está acosando. Permíteme ayudarte, siendo la persona que te respalde y defienda de los miserables que se acerquen a ti con malas intenciones —por unos segundos me quedo callado, pero lo que debo confesar es inevitable—. Me gustas, Alejandra, y no quiero que vivas angustiada ni con miedo por culpa de quienes no tienen escrúpulos ni decencia. —Ingeniero, creo que está confundido —comenta sonriendo con timidez—. De seguro me dice estas cosas porque trato con cariño a Marianita, pero mi cariño para su hija es natural, yo soy así, no se obligue a sentir por mí algo que no quiere solo para hacer feliz a su hija. Yo puedo ser la amiga de Marianita por siempre, sin que usted se sienta comprometido de ninguna forma conmigo. —Alejandra, la que está confundida eres tú —digo y me acerco a ella, tomo delicadamente su barbilla y elevo su mirada para que se fusione con la mía—. Nada de lo tú provocas en mí y quiero hacer por ti nace del cariño que le ofreces a mi hija. Antes de que entre tú y Mariana nazca la amistad, en mí ya se había despertado el interés por ti. Eres bella, física y espiritualmente; una mujer de buenos sentimientos, con valores y principios bien definidos, por lo que tienes bien claro lo que es correcto y lo que no lo es; valiente, decidida, luchadora. Tienes tantas cualidades que cualquier hombre se fijaría en ti, ¿por qué yo no lo haría? —Porque usted es un señor ingeniero, hijo de una familia bien. Yo no pertenezco a su círculo social, no estoy a su nivel —la voz no le tiembla al hablar, pero las lágrimas que caen de sus ojos dejan ver que ella sufre al decirme esta verdad que, si yo no hubiera padecido lo que viví con Olga, podría espantarme. —Nuestros apellidos y dónde vivimos no nos definen. Son los sentimientos que tenemos y somos capaces de entregar a los demás lo que nos presentan y demuestran el tipo de personas que somos. Yo no quiero en mi vida una señorita de buena familia que solo se dedique a ir al club los fines de semana, donde se encuentre con mi madre y hermanas en las actividades sociales que frecuentan. Yo quiero en mi vida una mujer que sea capaz de comprender mis miedos e inseguridades en la relación y que sea capaz de aliviarlos con su sinceridad, fidelidad, respeto y amor, así como quiero a una mujer bella, a quien me provoque besar y abrazar —sin pensarlo, mi pulgar roza su labio inferior, y una corriente eléctrica invade mi cuerpo. Es la señal de que ella despierta en mí el deseo sin tener que ofrecerse con descaro, y eso me gusta. »Este miércoles viajo a Iquitos con Mariana. Vamos a visitar a mi hermano Julio, el gemelo menor, y a su familia por las cortas vacaciones que me han concedido en el trabajo. Regresamos el domingo, y me gustaría que saliéramos los dos juntos a nuestros hijos para pasear y cenar. Permíteme conocerte y presentarme ante ti tal y como soy. Creo que antes de anticiparnos a iniciar cualquier relación, es primordial que sepamos lo que el otro puede ofrecer; así, sabremos si somos lo que necesitamos y queremos para ser felices en nuestras vidas. Además, creo que es importante que nuestros hijos se conozcan y ver si se llevan bien, ya que la felicidad de nuestros pequeños es esencial para nosotros. Solo te pido que me des una oportunidad, y si no soy quien quieres para rehacer tu vida, solo tienes que decírmelo y desaparezco». Mi corazón late agitado. En ningún momento he tomado aire mientras decía todo lo que acabo de soltar. Ella ya no llora, solo me mira con una expresión que no sé si de sorpresa o temor, ya que sus ojos están más abiertos de lo normal y no se mueve, como que ha quedado petrificada. —Te esperamos junto a Mariana a las 5 p. m. del próximo domingo —lo que acaba de decir hace que sonría echo un tonto. Retiro mi mano de su barbilla, miro a cualquier lado sonriendo como un desquiciado porque mi alegría ha llegado a un nivel demasiado alto, pero al darme cuenta que la retengo fuera de su casa cuando ella debe sumarse a los suyos para preparar la celebración por el cumpleaños de su hermano, vuelvo a mis cabales y me despido de Alejandra. —Gracias. Nos vemos en una semana —al no saber si ofrecerle mi mano o no, solo me arriesgo a dejar un beso en su mejilla derecha, uno que suelto rápido, y me siento como si fuera un niño cometiendo una travesura porque juro que no hay mala intención en mí—. Felicidades para tu hermano David. Espero que se diviertan por la noche. Termino diciendo antes de subir a mi auto, encender el motor y dar marcha mientras agito mi mano para decir «hasta pronto». Alejandra hace el mismo gesto, y parece que ha regresado a la vida al empezar a sonreír. Voy a marcar esta fecha en mi calendario porque hoy inicia nuestra historia juntos.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD