Reconociendo a mi hijo: Capítulo XII (Parte 2)

3518 Words
—Aquí no hay ningún niño apellidado Castro Lavalle, por lo que no tenemos a su hijo —la voz de Devin suena imponente. Él tiene la voz gruesa y siempre habla en un tono muy bajo, pero ahora que ha hablado en un muy buen español, ese acento extranjero, más su particular tono de voz han hecho que suene amenazador. Cuando volteo a mirar a mis hermanos, los tres expresan facialmente tal frialdad, que parece que de sus azules ojos salen estacas de hielo con intenciones mortales. —No te entrometas en asuntos que no son tuyos, extranjero —dice este tipo, y, que se atreva a hablarle de esa manera despectiva a mi hermano, me enfurece. —Mi hermano es parte de mi familia, los que sobran son ustedes. Como jefe de familia y dueño de esta propiedad, no los he invitado a que pongan un pie en ella, así que les pediré educadamente que se retiren; si no lo hacen, absténganse a las consecuencias —digo con toda la intención de partirle la cara al imbécil este que cree que está en todo su derecho de venir, plantarse enfrente de mí y exigir llevarse a Sebastián. En eso recuerdo que Eliana estaba muy nerviosa y llorando cuando llegamos, y al imaginarme que estos dos pudieron decirle algo hiriente a mi esposa, siento como la ira calienta mi sangre y quiero romperle toda su madre a este infeliz—. ¡¿Qué le dijeron a mi esposa para que ella me reciba nerviosa y llorando?! —exijo a la pareja, y veo que la mujer se asusta un poco, pero el idiota de Castro se sonríe burlonamente. —Solo le dije a Eliana la verdad: que le quitaré a mi hijo —estoy a nada de querer cortar la distancia que existe entre Castro y yo para destrozar cada uno de sus huesos, pero Maximiliam pone su mano sobre mi hombro con intención de detenerme. Mi hermano menor ya se ha dado cuenta cuáles son mis intenciones, y no quiere que pise el palito de la provocación que el miserable de Ernesto Castro me ofrece, ya que sería un mal precedente que yo tenga antecedentes de comportamiento violento ante un posible pleito legal por la paternidad de Sebastián. —Señor Castro, lo escucho muy seguro de poder hacer lo que dice, sin considerar que mi hermano y mi cuñada no han retenido en esta propiedad familiar ningún hijo suyo —interviene Greta, quien es abogada, no especialista en temas de familia, pero abogada al fin—. En esta casa habitan los hijos de Mateo Meyer y Eliana Carrillo, niños que son tanto ciudadanos de este país como de Alemania, por lo que son ciudadanos de la Comunidad Europea por la doble nacionalidad de su padre, mi hermano aquí presente —Greta ha dado tantos pasos sean necesarios para terminar parada a mi costado—. Le sugiero que lo piense dos veces antes de hablar incoherencias, sino se puede ganar un buen pleito legal, no solo por las leyes de este país, sino por las de la Comunidad Europea y Alemania. —¿Creen que les tengo miedo solo porque son “alemanes”? —el tono despectivo al pronunciar la última palabra me molesta mucho—. Mi esposa es una Lavalle, pertenece a una de las familias multimillonarias de este país, ¿qué podrían hacer un grupito de tipos apellidados Meyer? —Castro no tiene ni idea del real apellido de mis hermanos. —Solo porque es un grandísimo ignorante seré bueno y le diré a quiénes se va a enfrentar si pretende hacer realidad sus amenazas —Devin ha empezado a caminar con las manos en los bolsillos de su pantalón, dirigiéndose hasta donde está Ernesto Castro, a solo un par de pasos de distancia de él y su esposa—. Quienes lo ubicaremos en el lugar que se merece somo los Zimmermann. Si sabe lo que le conviene, es mejor que dé media vuelta y no regrese más a fastidiar la calma de este hogar. Mis hermanos abandonaron el apellido de su progenitor para adoptar el de Hanna cuando el divorcio de sus padres terminó. Ellos fueron reconocidos como Zimmermann y protegidos por su tío Ernst. Al mostrar una excelente mejoría tras cumplir el cuarto mes desde que se realizó el trasplante de hígado, Devin retomó sus estudios inconclusos de la preparatoria y luego continuó con los universitarios; en cinco años había terminado con ocho años de preparación académica, ya que hizo hasta la especialidad de Economía. Ahora es la mano derecha de su tío Ernst y el promotor de la expansión de los negocios de los Zimmermann en América. Las caras de duda de Ernesto Castro y Laura Lavalle se deben a que ellos conocen muy bien quiénes son los Zimmermann. Hace unas semanas atrás salió en las noticias que el Corporativo Lavalle ampliaría sus negocios al ingresar al mercado de productos de limpieza y cuidado personal gracias a la sociedad estratégica con un acaudalado grupo empresarial alemán que está expandiendo operaciones por diferentes países americanos. En ese momento, cuando vi la noticia, no presté mayor atención debido a que el apellido Lavalle no lo relacionaba con aquel hombre que abandonó a Eliana cuando esta quedó embarazada de Sebastián; solo me alegré por Devin, quien me había comentado lo que estaba consiguiendo para tener la excusa perfecta de venir a visitarme cada vez más seguido. —¡Ja, ja, ja, ja! —reían escandalosamente Castro y Lavalle ante lo mencionado por Devin. Ellos no conocían al sobrino de Ernst Zimmermann, con quien el padre y el hermano de la mujer de Castro estaban haciendo negocios y habían creado la sociedad. Con la calma que caracteriza a Devin desde que se recuperó y volvió a ser el joven inteligente, habilidoso y calculador para los negocios, toma su celular y marca un número que le contesta al segundo timbrado. Mi hermano activa el altavoz y empieza a hablar. —Herr Lavalle, ¿usted tiene una hermana llamada Laura? —la pregunta que hace Devin hace que Castro y su mujer dejen de reír a carcajadas. —Sí, Señor Zimmermann. ¿Quién le ha comentado sobre Laura? —se escucha decir desde el celular de Devin. Asumo que la voz es reconocida por la pareja, ya que la expresión de burla desaparece de sus rostros. —Me encuentro en su país, visitando a mi hermano, Mateo Meyer, de quien alguna vez le hablé a usted y a su padre. Resulta que un tal Ernesto Castro, acompañado por su esposa, Laura Lavalle, ha llegado muy temprano a molestar la paz de la familia de mi hermano mayor. ¿Usted sabe algo del asunto que hace que esta pareja se atreva a perturbar la calma de una joven familia, que resulta ser parte de la mía? La mirada llena de enojo que Devin ofrecía a ese atrevido par hace que Castro y su mujer intercambien miradas temerosas, pero cuando el hombre al otro lado de la línea le pide a Devin que permita que su hermana escuche lo que tiene que decir, el terror se deja ver claramente en las expresiones faciales de estos dos. —Laura, ¡¿qué diablos haces con el bueno para nada de tu marido en la propiedad del hermano mayor del Señor Devin Zimmermann?! —la exigencia y regaño en la voz que salía del celular asusta a la mujer de Castro, mientras que este aprieta los puños y la mandíbula porque acaba de darse cuenta que no pueda hacer lo que le da la gana al estar enfrentando a una familia protegida por aquellos con mayor poder que los Lavalle. —Fabio, hermanito mayor, yo… —Laura Lavalle calla al no saber cómo excusarse ante el regaño de su hermano. —Retírate de la casa del arquitecto Meyer, y lleva contigo a la marioneta que tienes por marido. Con ustedes hablaré seriamente después de escuchar al señor Devin Zimmermann —la orden que deja Fabio Lavalle, primogénito de la acaudalada familia, es de inmediato ejecutada por su hermana, pero como que Castro se rehúsa a obedecer. —Yo de ti, hago caso sin objetar —escucho la voz de Maximiliam recomendando a Ernesto Castro, a quien el orgullo le está aconsejando mal, que siga lo indicado por su cuñado, quien ha dejado bien claro que Castro no es de su agrado. —Ernesto, por favor, ¡vámonos! —la súplica de su mujer funciona, y los dos se suben al auto y se van. —Gracias —es lo único que atino a decir cuando me quedo a solas con mis hermanos. —Mateo, ¿por qué no nos confesaste la verdad del origen de Sebastián? ¿Acaso no confías en nosotros? —pregunta Greta con un tono de voz sentido por la pena. —Por favor, no pienses eso —respondo de inmediato mirando con amor a mis hermanos, abrazando a Greta, cuyos ojos se han llenado de lágrimas al pensar que nunca avanzamos en nuestra relación fraternal—. A él lo conocí cuando apenas tenía diez meses de nacido, y lo amé al sentirme identificado con él, un niño cuyo padre lo había abandonado, tal como ocurrió conmigo. Si no les conté la verdad sobre el origen de mi hijo fue porque desde que lo reconocí como mío, ya que solo la firma de Eliana aparecía en su partida de nacimiento, lo siento tan mío que nunca he hablado con alguien sobre el hecho de que en verdad Sebastián no tiene mi sangre, mis genes —los tres me miran con algo de pena en la mirada—. Perdón por no haberles comentado esa parte de mi vida. —Tranquilo, hermano mayor —dice Maximiliam mientras coloca una de sus manos sobre mi hombro y da un apretón, señal de que me entiende y quiere consolarme—. De seguro creíste que su padre nunca lo buscaría, por lo que no viste necesario explicar ese detalle a quienes llegamos después a tu vida. —Mateo, yo solo sé que eres para Sebastián el padre que nunca tuviste. Es más, eres para él el padre que nosotros nunca tuvimos, y eso que vivimos por años con aquel que nos engendró —las palabras de Devin me hacen sonreír con timidez, ya que siento que tengo el apoyo de los tres, y eso es importante para mí—. Si es necesario que anule la sociedad que hemos firmado con la Corporación Lavalle para que Ernesto Castro te deje en paz, no dudes que hablo con mi tío Ernst y le sugiero dejar sin efecto el trato que tenemos con esa familia. Ellos pierden más que nosotros si deshacemos la sociedad. —¿Crees que tu tío Ernst aceptaría perder un buen negocio por mantener la paz y unión de mi familia? —pregunto con la esperanza de que la respuesta sea afirmativa. —Mateo, mi tío Ernst nunca te lo dijo, pero él está comprometido contigo de por vida. Al donarme parte de tu hígado, no solo salvaste mi vida, la del primogénito de su querida hermana, sino que de alguna manera evitaste que su hijo cargue con la culpa de mi muerte al haber sido quien me introdujo en las drogas. Ten por seguro que él protegerá a tu familia. Tras escuchar a Devin, me abrazo a él para agradecerle. Maximiliam y Greta se unen a nuestra muestra de cariño, y una vez más agradezco que ellos y Hanna formen parte de mi vida. Al recordar el nerviosismo de Eliana y la duda en Sebastián, dejo súbitamente el abrazo y corro hacia mi casa, seguido de mis hermanos. El primer piso está en silencio, por lo que subo al segundo, y al escuchar el llanto suplicante de Eliana, camino apurado hacia donde ella está, encontrándola arrodillada enfrente de la puerta de la habitación de Sebastián, mientras Hanna carga en brazos a Camelia. Eliana suplica a nuestro hijo mayor que le abra la puerta. Él se ha encerrado después de haber escuchado que su verdadero padre había llegado para reclamarlo y llevárselo consigo. —Mateo, ¡no quiero perder a mi hijo! —me dice desesperada Eliana. Yo la abrazo y trato de consolarla. —No, amor, nadie nos quitará a Sebastián —le digo, pero ella niega moviendo la cabeza. —Mi hijo me va a odiar porque tú no eres su verdadero padre —el miedo hace que Eliana hable sin pensar. —Nuestro niño es noble, de corazón puro, jamás sería capaz de odiarte. Eres una buena madre y él te ama —digo mientras proveo de caricias su espalda—. Deja que hable con él, vas a ver que lo que temes no es real. Eliana me suelta, y camino hacia la puerta de Sebastián. Doy tres golpes, siguiendo el patrón de nuestra clave secreta, y mi hijo quita el cerrojo. Entiendo que debo entrar solo, así que empujo lo suficiente para poder pasar y cierro la puerta detrás de mí. Sebastián está sentado sobre su cama, abrazado a sus piernas, con las rodillas pegadas a su pecho. Sus ojos rojos y su cara brillosa por las lágrimas son la muestra de que ha llorado mucho. Yo me siento enfrente de él, y comienzo a hablar. —Sebastián, antes que empiece a narrarte la historia de tu verdadero origen, quiero que sepas que mi amor por ti es incondicional. Tú eres mi hijo mayor, mi primogénito, y eso es algo que nunca cambiará —digo mirándolo a la cara, aunque él prefiere ocultarse al pegar la frente a sus rodillas. Con una mano toco uno de sus pies que viste calcetas, para hacer contacto y romper la distancia que por primera vez siento entre nosotros—. Por favor, no pienses mal de mamá. Ella fue una víctima a la que abandonaron y repudiaron, pero a la vez siempre fue muy valiente, por lo que no dudó en alejarse de quienes la lastimaban para que tú nacieras sin saber lo que es el maltrato… —No necesito saber nada de eso —escucharlo hablar hace que corte de súbito mi discurso—. Yo no pienso mal de mamá, a ella la amo. —Entonces, ¿por qué te has encerrado en tu habitación? —pregunto con una voz suave, para que mi hijo sepa que no lo critico, solo quiero saber lo que está sintiendo para comprenderlo mejor. —Porque no quiero que me alejen de ustedes —la voz de Sebastián se quiebra y noto como aprieta más las piernas con los brazos—. Ver llorar a mamá de la forma como lo hacía me asustó mucho. Ella le dijo a la großmutter que la esposa de ese hombre tiene mucho dinero y poder, que va a hacer que un juez dictamine que me debo ir con ellos, para que sea el hijo de esa señora, y yo no quiero que me alejen de mamá, de ti, de mis hermanos. Por eso me encerré en mi habitación, para que no puedan llevarme en contra de mi voluntad. Eliana malinterpretó la reacción de Sebastián. Él se soltó del agarre de su madre, no porque la odie al enterarse que yo no soy su verdadero padre, sino porque quería esconderse, evitar de alguna manera que lo obliguen a irse, a dejar a su familia. El miedo de Eliana solo hizo que Sebastián piense que es posible que el hombre que lo engendró y la esposa de este se lo puedan llevar, de ahí que mi hijo trató de huir a donde él piensa que nadie lo alcanzará. —Nadie te alejará de nosotros, Sebastián —le aseguro mientras me acerco más a él para abrazarlo. —¿Estás seguro, papá? —escucharlo que aún me llama «papá» me reconforta porque pensé que dejaría de hacerlo al descubrir que yo no soy quien lo engendró—. Yo sé que eres muy fuerte y puedes ganarle a cualquiera en una pelea, hasta al tío Aleksandr —el amor que mi hijo tiene para mí hace que me vea invencible—, pero un juez, eso es algo diferente. Podría ordenar que te encarcelen junto a mamá si no me voy con ese hombre y su esposa; y si sucede eso, ¿qué será de mis hermanos? —mi niño teme que destruyan a su familia, que nos quiten la paz en la que vivimos y somos felices. —Sebastián, ¿confías en mí? —pregunto, y él deja de esconder su rostro para mirarme con sus ojos llorosos, a la vez que mueve la cabeza afirmativamente—. Pues créeme cuando te digo que nuestra familia es más poderosa que la de la esposa de ese hombre —empiezo a contarle cómo su tío Devin hizo que esos dos se vayan cuando llamó al hermano mayor de Laura Lavalle, quien acaba de firmar una sociedad con el corporativo de los Zimmermann, donde mi niño sabe que su tío es pieza fundamental al ser un economista muy inteligente y habilidoso. —Entonces, ¿el tío Devin puede hacer que ese señor y su esposa no regresen a molestarnos? —pregunta con el rostro lleno de ilusión contenida. —Así es. Tu tío Devin no permitirá que te alejen de nosotros, así como tampoco lo permitiremos tu madre y yo. Eres pieza fundamental de esta familia; tu amor nos nutre y fortalece —le digo a mi amado pequeño, quien cada día está más grande. Deja la postura que había adoptado por el miedo, y me abraza. —Gracias, papá —en su voz noto que la alegría se escucha nuevamente, y eso me tranquiliza—‍. A mí no me importa lo que pasó. Algún día te pediré a ti y a mamá que me cuenten los detalles de lo ocurrido con ese señor, pero ese día no es hoy porque ahora es cuando debemos defendernos de quienes nos quieren separar. Mi niño, tan maduro e inteligente, suelta el abrazo, salta de la cama, se pone los zapatos deportivos lo más rápido que puede y sale de su habitación. Como abrió la puerta de par en par, veo mientras camino hacia la salida que se abraza a su madre, quien no quiso dejar de hacer guardia enfrente de la habitación de Sebastián. Eliana llora mientras aprieta a nuestro hijo como queriendo ocultarlo dentro de su pecho, para que nadie se atreva a quitárselo. Ese desgraciado de Ernesto Castro va a pagar por cada lágrima que ha hecho que mi esposa derrame este día. Tras soltar a su madre, Sebastián se abraza a Devin, le agradece haber defendido a su familia y que no permita que lo alejen de quienes ama. Mi hermano sonríe mientras escucha a Sebastián hablarle en alemán, idioma que mi hijo practica a diario porque su sueño es ir a Alemania y estudiar en la misma universidad donde su tío Maximiliam obtuvo su grado de ingeniero informático. Devin le asegura que no volverán a fastidiarnos, que de eso se encarga él. Luego Sebastián se abraza a Greta, a Maximiliam y a Hanna, a quien le agradece por tener hijos tan buenos que lo aman. Después de recuperar nuestra paz, voy por los gemelos, quienes siguen durmiendo plácidamente. A estos niños nada los despierta. El mundo podría estar cayéndose a pedazos, pero ellos seguirían durmiendo sin hacerse complicaciones. Tras despertarlos con suaves caricias de pañuelos húmedos para limpiarles las lagañas que tienen en los ojos, acceden sin problemas a que les cambie el pañal y de ropa. Cuando bajo con Patrick y Pavel, uno en cada brazo, todos ya están sentados en la mesa. Maximiliam me ayuda a acomodar a los gemelos en sus sillas. Mi hermano carga a Pavel, y tras reconocer a su tío, mi hijo empieza a sonreírle, mostrándole los pequeñitos dientes que ya luce su dentadura de año y nueve meses. Greta pide ocuparse de Patrick, quien de inmediato le sonríe y le pide un pedazo del pan que mi hermana come. Ella empieza a hablarle en alemán, y él le responde, ya que, en casa, Eliana habla a nuestros hijos en español y yo lo hago en alemán, por lo que Camelia y los gemelos se están haciendo bilingües sin ningún problema. Cuando terminamos de desayunar, voy a la cocina para lavar los trastes mientras Eliana y Hanna suben para asear a los gemelos, que terminaron hechos una mugre tras dejarlos comer con libertad. Sebastián toma de la mano a Camelia y sube con ella detrás de su madre y großmutter, para que ayuden a cambiarle el vestido a su hermana, ya que se lo ensució con mermelada. Mis hermanos están conmigo en la cocina, ayudándome a dejar todo limpio mientras escuchan el relato detallado de cómo Ernesto Castro abandonó a Eliana cuando quedó embarazada de Sebastián para casarse con Laura Lavalle, quien es diez años mayor que él.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD