Reconociendo a mi hijo: Capítulo XII (Parte 3)

3528 Words
—Definitivamente, es para nosotros un orgullo que seas nuestro hermano —dice Devin después que termino de narrar la historia de cómo Sebastián terminó siendo mi hijo. —Solo hice lo que el corazón me dictó que debía hacer —agrego mientras termino de secar los vasos. —Así como pasó cuando aceptaste hacerte la prueba de compatibilidad y ser el donador que salvó a Devin —comenta Greta, y los cuatro sonreímos. —Se podría decir que sí —digo mientras les ofrezco unas galletas de avena que Eliana no invitó durante el desayuno porque sabe que son mis favoritas, y las guarda solo para mí. —No cabe duda que mamá tiene razón cuando afirma que tu madre debió ser una mujer espectacular para haber hecho de ti, en tan poco tiempo, un ser humano tan bondadoso —lo dicho por Maximiliam hace que los ojos se me llenen de lágrimas al recordar a mi madre. Ella era tan joven, pero todo lo que sufrió la hizo madurar y ser una persona increíble, por lo que depositó en mí mensajes llenos de verdad, de lo importante que es ser empático, considerado, generoso, solidario, bondadoso. Desde que ella se fue, yo solo actúo recordando lo que ella me decía y yo veía que hacía, porque la palabra es nada si no se convierte en acción. —Pero con ese tal Ernesto Castro no se te ocurra ser bueno. Ese tipo hizo la peor cobardía que un hombre puede hacer: abandonar a su hijo no nato —de mis tres hermanos, Greta es la más crítica contra su padre, y al sentir que Ernesto Castro es tan parecido a Hermann Schwarz, eso hace que le desagrade por completo ese tipo. Devin vuelve a llamar a Fabio Lavalle para darle los pormenores de lo ocurrido esta mañana, incluido lo que ocurrió cuando no me encontraba en casa. Eliana nos comentó que abrió la puerta creyendo que éramos nosotros que nos había olvidado la llave. La impresión que tuvo al ver enfrente de ella a quien le juró que la amaba y no dudó en abandonarla, con tal de casarse con otra mujer que le aseguraba una mejor vida, fue tanta que Eliana retrocedió, queriendo alejarse de él, lo que aprovechó este miserable para ingresar a mi casa junto con su mujer. Él le preguntó de inmediato por el paradero de Sebastián, que había venido para llevárselo. Ella le dijo que en esta casa no había ningún hijo suyo, que se largara, pero Laura Lavalle la amenazó diciéndole que conseguiría que un juez nos obligue a entregarles a Sebastián porque al ser hijo de su esposo, era hijo de ella. Fabio Lavalle le explica a Devin que su hermana no ha podido tener hijos en los doce años que tiene de matrimonio con Ernesto Castro, y que, a sus cuarenta y seis años, los médicos le habían dicho que ya es imposible que pueda concebir. Es por eso que empezaron a buscar a Eliana al recordar ese infeliz que ella estaba embarazada cuando desapareció de la ciudad donde vivían en el interior del país. Castro pudo dar con nosotros y saber de Sebastián porque cuando nos casamos, mi inocente Eliana se comunicó con su madre para contarle que había conocido a un buen hombre que había firmado a su hijo y la había hecho su esposa; que estaba estudiando a la par que había iniciado un pequeño negocio de postres y sánguches con lo que ayudaba a su esposo que trabajaba como arquitecto. Eliana lo que quería con esa llamada era obtener la aprobación de su madre, recuperar el amor que le quitaron cuando se enteraron que había quedado embarazada y fue abandonada. Sin embargo, la madre de mi esposa se burló de ella y hasta de mí, calificándome como un «perfecto imbécil al firmar hijo ajeno», y colgó el teléfono después de decirle que no los vuelva a llamar para contarle mentiras «porque a una inútil como tú, no le puede pasar nada bueno». Después de esa llamada, Eliana nunca más volvió a mencionar a la que fue su familia durante los primeros diecinueve años de su vida, y nosotros pensamos que ese lado del pasado se quedaría en el olvido al no estar interesados en conocer a la familia que había iniciado a mi lado, sin saber que la información que le había facilitado a su madre terminaría llegando a los oídos de Ernesto Castro. Este tipo regresó a la ciudad de donde provenía y sostuvo su romance con Eliana para averiguar dónde podía estar ella. Al encontrarse con el hermano de mi esposa, Castro lo invitó a tomar unas cervezas para desatar la lengua de aquel mal hermano mayor. Cuando ya estaba bastante alcoholizado, el hermano de Eliana le comentó a Castro con tono de burla lo que había ocurrido con su hermana, que la habían echado de la casa porque salió con su domingo siete; que meses después llamó para contar que tuvo un hijo varón al que le puso Sebastián; que había conocido a un buen hombre que reconoció el niño como suyo, y que se casó con ella, historia que el hermano de Eliana calificó como «cuento de hadas», pero que para Castro, quien sabe que mi Eliana es incapaz de mentir, era la verdad que le serviría para dar con el paradero de nuestra familia. Por lo que Eliana comentó sobre lo que estudiaba y dónde, Castro pudo dar con ella al visitar el instituto donde se graduó, y al enterarse que para ese centro de estudios ella es una exalumna destacada al ser la dueña del negocio más grande de panadería y pastelería en la capital, fue fácil encontrarla. Tras mandar a que la sigan, Castro dio con la dirección de esta casa, y esta mañana, ese tipo llegó con su mujer muy temprano con la intención de tomarnos por sorpresa e iniciar un cisma en nuestra familia al sospechar que mi hijo no sabía la verdad de su origen. —Herr Lavalle, quiero a su hermana y cuñado lejos de mi hermano, cuñada y sobrinos, sino me veré obligado a deshacer la sociedad que tenemos —Devin es tajante a la hora de indicar a Fabio Lavalle lo que pasará si no hace lo necesario para que Ernesto Castro y Laura Lavalle nos deje de molestar. —Pero señor Zimmermann, romper nuestra sociedad porque Ernesto quiere reconocer a su hijo y criarlo es una tontería —las palabras de Fabio Lavalle hacen que Devin se dé cuenta de la clase de persona que es, una que pone el dinero por encima de la familia. —Herr Lavalle, lo que acaba de decir lo ha pintado de cuerpo entero. Para los Zimmermann, la familia está por encima de un negocio, del dinero. Veo que no es conveniente para mi familia que nos relacionen con los Lavalle, más cuando eso puedo afectar a la imagen de nuestro grupo empresarial —Devin habla como si estuviera leyendo lo que tiene que decir, como si ya hubiera anticipado la situación y conoce lo que debe decir. —Disculpe, señor Zimmermann, quizá no he sabido cómo expresarme —el nerviosismo de Fabio Lavalle se nota en su tono de voz. Se ha dado cuenta que para mi hermano es más valioso la familia que hacer negocios con ellos—. La situación del matrimonio de mi hermana es incierta, ya que su esposo le exige tener un hijo, y como recordó que tuvo uno en su juventud, ahora ve a ese niño como el único recurso que tiene para hacer su sueño realidad: el de ser padre y ampliar su familia al lado de mi hermana. —Herr Lavalle, Ernesto Castro abandonó a su hijo antes de nacer por casarse con su hermana. Mi hermano ha reconocido legalmente a este menor de edad cuando era apenas un bebé por el amor que le tiene a él y a su madre. Siendo jóvenes, mi hermano y mi cuñada se casan y forman una familia la cual han sacado adelante con mucho amor, dedicación y comprensión; y ahora, Ernesto Castro y su hermana creen que tienen el derecho de venir y destruir la paz y unidad de esta familia al pretender llevarse a mi sobrino Sebastián —Devin enfatiza en las últimas tres palabras, para que le quede claro a Fabio Lavalle lo que mi niño es para el futuro líder de los Zimmermann—. Si usted y su padre avalan que su hermana y cuñado intenten quitarnos a Sebastián, yo les quitaré la sociedad que tenemos y los declararé mis enemigos personales, por lo que no descansaré en perjudicarlos. Sean mis amigos, y les entregaré el mundo, pero si deciden ser mis enemigos al quitarme a mi sobrino Sebastián, acabaré con el legado de tres generaciones de su familia. Un muy nervioso Fabio Lavalle indica que hablará con su padre y que devolverá la llamada. Media hora después, mientras estamos riendo por las ocurrencias de mi hermosa niña Camelia, el celular de Devin suena alertándolo de la llamada de los Lavalle. Franco Lavalle, jefe de la familia y máxima autoridad del corporativo, regaña a Devin por la ligereza con la que a amenazado a su hijo al afirmar que, si no hacen algo para evitar que Ernesto Castro y Laura Lavalle hagan realidad las amenazas que nos dejaron por la mañana, mi hermano terminará la sociedad que apenas semanas atrás han sellado con la firma de un contrato. —En este momento voy a llamar a Ernst, quien de seguro no tiene conocimiento de lo que tú pretendes hacer en contra de nosotros —señala Franco Lavalle, ante lo cual Devin indica que esperará que lo conecten a la llamada con su tío Ernst. —Devin, ¿qué está ocurriendo? -se escucha la voz de Ernst Zimmermann hablando en inglés, idioma que utilizan los Lavalle para comunicarse con el líder del grupo empresarial alemán—. ¿Por qué Franco Lavalle me pide que te saque de las negociaciones con su corporación? —Porque le estoy exigiendo que controle a su hija y yerno, quienes se han atrevido a venir a la casa de mi hermano Mateo para amenazar a Eliana de que le quitarán a Sebastián —Devin empieza a explicar el origen de mi amado hijo mayor a su tío, quien escucha en completo silencio. —Por Dios, Ernst, tu sobrino pretende hacer arder Troya por un muchacho que ni siquiera es de tu sangre, ya que he averiguado que Mateo Meyer es medio hermano de los hijos de tu hermana por parte de tu funesto excuñado —agrega de inmediato Franco Lavalle cuando Devin dejó de narrar lo sucedido hoy, a tempranas horas de la mañana. —Eso mismo te pregunto, Franco, ¿perderías una millonaria sociedad por aceptar en tu familia a un niño que no tiene ni una gota de tu sangre? —el cuestionamiento que acaba de hacer Ernst Zimmermann ha dejado balbuceando a Franco Lavalle. —Mi hija cree que aceptando a ese niño puede evitar que su matrimonio colapse, y yo quiero la felicidad de mi hija —argumenta Franco Lavalle. —Tu hijo y tú ven a tu yerno como un inservible al cual tienen que mantener trabajando con ustedes solo para hacer feliz a tu hija, pero ¿vale la pena mantener a un mal elemento en tu corporativo solo para asegurar lo que tu hija piensa que la hace feliz? Cuando me deshice de Hermann Schwarz, tras divorciarse de mi querida hermana Hanna, la productividad de mis negocios creció un 15 % en el corto plazo. Ese tipo, además de ser un mal sujeto, era una piedra en el zapato que no nos dejaba avanzar con la velocidad requerida. Creo que el tal Ernesto Castro es tu piedra en el zapato, y deberías deshacerte de ella —el consejo que deja Ernst Zimmermann enmudece a Franco Lavalle por unos segundos. —Ernst, ¿apoyas a tu sobrino Devin en su decisión de disolver la sociedad si no prohíbo a mi hija y yerno que busquen la tenencia del niño llamado Sebastián Meyer? —pregunta Franco Lavalle escuchándose no tan seguro como estaba cuando empezó la llamada. —Sí —la respuesta afirmativa de Ernst Zimmermann deja mudo a Franco Lavalle, pero lo que dice a continuación me toma por sorpresa—. Mateo no tendrá mi sangre, pero lo considero parte de mi familia, así como a su hijo. Si tu hija y yerno nos quieren quitar a Sebastián, dejaremos de ser socios para convertirnos en enemigos. Y a Devin le tienes que temer; conoces todo lo capaz y hábil que es, así que no dudes que podrá dañar gravemente a tu corporativo si se lo propone. Por la tarde, un abogado representante de una reconocida notaría nos visita en casa. Es sábado, así que nos toma por sorpresa su llegada. El hombre de leyes nos comenta que su presencia se debe a que Ernesto Castro y Laura Lavalle nos quieren hacer llegar el compromiso que han firmado por su libre deseo de renunciar sobre todo derecho y deber que puedan tener con Sebastián ante la posibilidad de que Castro sea el padre biológico de mi niño. El abogado nos asegura que con este documento podemos quedar tranquilos de que no habrá ningún intento en el futuro de querer retomar las intenciones de pelear por la patria potestad de Sebastián, puesto que Castro como su mujer, desisten de toda acción legal para siempre. Cuando el abogado se retira, el nombre de Fabio Lavalle aparece en la pantalla del celular de Devin. El hijo mayor de esa poderosa familia pide las disculpas del caso, así como solicita que lo excusen por no haberse presentado personalmente en nuestra casa para hacernos llegar las buenas intenciones de su familia para con nosotros, pero ya tenía programado una salida familiar a la que no ha estado prestando la debida atención por solucionar el impase originado por su hermana y cuñado. Devin acepta sus disculpas y lo invita a comunicar el propósito de su llamada. —Devin Zimmermann, el abogado ya les habrá explicado que tanto mi hermana como mi cuñado no los volverá a molestar por el asunto con tu sobrino, por lo que esperamos que nuestras relaciones comerciales sigan en pie y se puedan desarrollar sin inconvenientes —se nota que a los Lavalle les interesa mucho el dinero. —Pondré todo de mi parte para que así sea —responde mi hermano con ese tono bajo de voz que lo caracteriza. —Entonces, ¿dejamos en el pasado este desagradable suceso? —imagino lo temible que debe ser tener a Devin como enemigo en los negocios, sino los Lavalle no estarían tan pendientes de solucionar este problema. —Así parece. Entre los Zimmermann y los Lavalle todo estará bien si respetan a nuestra familia; y recuerden que los Meyer Carillo son parte de nuestra familia. Una semana después, el día que celebramos diez años de feliz matrimonio, despierto a Eliana con un beso y doy la señal a Sebastián de ingresar a nuestra habitación junto con sus hermanos, tíos y abuela de cariño para que todos juntos le demos la sorpresa a mi amada esposa. Ella empieza a llorar al sentirse conmovida por el detalle que hemos preparado, ya que acabamos de decirle todo el itinerario de lo que hemos planeado: reconfirmación de nuestros votos en la iglesia donde nos casamos; fiesta de celebración con la familia y amigos, incluidos los empleados de la panadería-pastelería, y nuestro viaje de bodas, aquel que no tuvimos. En la iglesia, cuando el Padre Juan nos entrega el micrófono para dejar unas palabras a quienes nos acompañan a celebrar diez años de feliz matrimonio, Eliana y yo aprovechamos en agradecer la existencia de mis hermanos y de Hanna en nuestras vidas. Sin dar mayores detalles, que solo nuestros amigos ucranianos y Pablo saben, damos gracias a quienes llegaron del otro lado del planeta y nos ayudaron tras aceptarnos tal y como somos. Este mensaje, poco claro para la mayoría de nuestros invitados, hace llorar a Greta y a Hanna, así como llena de un brillo cristalino los ojos de Devin y Maximiliam. La fiesta se desarrolla con toda la alegría que nos da el saber que podemos vivir tranquilos, sin preocuparnos que el pasado nos afecte. Sin embargo, cuando todos estamos bailando, Sebastián está sentado en la mesa familiar, mirándonos con una sonrisa por cómo nos estamos divirtiendo. Al ver a mi hijo solo, dejo la pista de baile para ir a sentarme a su lado. Cuando le pregunto por qué no se suma a nosotros, él me dice que, al vernos tan felices, quiso alejarse para contemplarnos y grabar en su memoria nuestras sonrisas y felicidad. —Nuestra felicidad no está completa si tú no te diviertes con nosotros —agrego ante lo que acaba de decir. Desde que recibimos la inesperada visita de Ernesto Castro y Laura Lavalle, descubriendo Sebastián que no es mi hijo biológico, lo he notado algo distante cuando la familia se reúne. —Papá, ¿qué hizo que me reconocieras como tu hijo cuando no lo soy? —pregunta, y me toma por sorpresa, pero el recuerdo de verlo en cuidados intensivos siendo un pequeñito de diez meses llega a mí, y sé lo que debo decirle. —El saber que podía cuidar de ti y protegerte —Sebastián me mira atento a lo que tengo que decirle—. Sé que era muy joven cuando te conocí y que no tenía ninguna obligación contigo ni con tu madre; que pude haber dado media vuelta y alejarme de ustedes porque el amor que me podían ofrecer implicaba para mí asumir una gran responsabilidad para la edad que tenía. Sin embargo, verme reflejado en ti hizo que me llene de valentía y seguridad, por lo que no dudé cuando ofrecí a tu madre estabilidad económica y emocional, además de la oportunidad de ser una familia. Se podría decir que tú fuiste quien consiguió que me decida a insistir una vez más con tu madre, después de que ella ya me había rechazado. —Papá, ¿me amas? —la voz de mi hijo se quiebra, y eso hace que los ojos se me llenen de lágrimas porque he sentido su inseguridad. —Incondicionalmente. Y es por eso que estoy dispuesto a luchar por ti, para que seas feliz y evitar hasta el más mínimo intento de quien sea que quiera alejarte de mí. Tú eres parte fundamental de esta familia, y sin ti no podríamos ser felices —cuando termino de hablar, seco una de las lágrimas que ya caen por las mejillas de mi niño. —Gracias por haber sido capaz de sentir mi deseo de ser amado, así como mis ganas de amar —‍comenta Sebastián, y mi corazón late agitado por la alegría de escuchar a mi hijo hablar tan bonito—. Si desde que nos conocimos te llamé «papá», es porque yo estaba a la espera de aquella persona que estuviera dispuesta a ser mi padre, y qué bueno que llegaste a mi vida cuando era un bebé. Los mejores recuerdos que guardo son contigo, papá, y espero que así sea hasta el día que nos tengamos que decir adiós porque la muerte es parte de la vida. Abrazo a mi hijo, y no puedo evitar derramar unas lágrimas por lo que acaba de decir. En estos casi doce años que nos conocemos, Sebastián nunca había sido tan directo sobre sus sentimientos hacia mí. Si bien es cierto que mi hijo es cariñoso y desde bebé siempre ha gustado de compartir tiempo conmigo, recién es capaz de expresar mejor lo que siente por mí. De seguro él sentía que entre nosotros hay algo muy especial que nos une, algo que supera a toda relación sanguínea porque está basada en la voluntad y no en la obligación, pero no era capaz de identificarlo porque desconocía la verdad de su origen. Mi decisión de amarlo hace que nuestra relación sea única y especial, y la decisión de él al aceptarme como su padre, hace mucho más genuino lo que existe entre nosotros. —Así como soy capaz de amar a tu madre después de la muerte, a ti soy capaz de reconocerte como mi hijo en cualquier otra vida, así que no dudes que sea capaz de pasarme la eternidad buscándote solo para hacerte mi hijo una vez más —deja el abrazo y me sonríe de la misma manera que lo ha hecho desde que lo conocí siendo un bebé. Eliana y Greta llegan a la mesa y nos invitan a bailar con ellas. Mientras Sebastián sigue el compás de Eliana, yo intento enseñarle a Greta a moverse siguiendo el ritmo de la salsa. Entre risas nos olvidamos de las dudas que se originaron por el repentino regreso del pasado, y, como si no hubiera sucedido nada, volvemos a ser los inseparables padre e hijo que la vida juntó. FIN
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