Cambiando el destino: Capítulo I (Parte1)

4886 Words
Son las 6:40 p. m. cuando de Recepción avisan que mi padre ha venido por mí. De milagro me ha encontrado aún en la oficina porque me tuve que quedar ordenando unos planos que saqué de los archivos para analizar las reestructuraciones que se van a realizar en el edificio del Ministerio de Economía y Finanzas. Como aún no me consideran un ingeniero civil, porque me falta los últimos dos semestres para graduarme, tareas como buscar planos en el Archivo y regresarlos a su respectivo lugar son las que ocupan mis horas de este verano en las instalaciones de la constructora Graña y Montero. —Braulio, el coronel dice que te apures —me avisa don César, el encargado del Archivo—. Muchacho, no es por alarmarte, pero parece que algo malo ha ocurrido. —¿Mariana? —suelto de inmediato, pensando que algo le ha podido pasar a mi hijita. —No lo sé, pero creo que es algo grave porque Julia, de Recepción, me dice que tu padre luce nervioso. Guardo los dos últimos planos que faltaban y salgo corriendo del Archivo para ir por mis cosas. Tomo mi saco y mi maletín, y me apresuro hacia el ascensor. Ya en el primer piso camino rápido para llegar a Recepción, donde la muy amable señora Julia me espera con el libro de asistencia abierto en la página donde debo firmar la salida. Me sonríe con una pena en la mirada que no comprendo, y salgo hacia la calle. Reconozco el auto de mi padre, que está siendo manejado por Pedro, el chofer que le ha otorgado la Policía Nacional por el cargo que ostenta como director de la Escuela de Oficiales, y subo al ver que la puerta se abre desde adentro del vehículo. —Buenas noches, padre. Disculpa la demora, pero no esperaba que vinieras por mí —digo mientras Pedro pone en marcha a la máquina y yo observo el rostro del coronel Bertolotto, mi padre, tratando de descifrar por qué ha venido a verme al trabajo. —Braulio, tienes que ser fuerte —es lo primero que dice, sin mirarme, con el rostro serio, demasiado serio, señal de que algo malo ha ocurrido. —Dime que mi hija está bien —suelto de inmediato con un tono de súplica en mi voz. Mi mayor miedo es que a mi niña le haya ocurrido algo malo. —Mariana está bien. Está en casa, con tu madre, como la dejaste antes de venir a trabajar. Cada mañana, cuando Olga, la madre de mi hija, no está “disponible” para cuidar de ella, llevo a mi niña a casa de mis padres, que me queda camino al trabajo, y la dejo al cuidado de mi madre y de mi hermana Elena, quien enviudó el año pasado y regresó a la casa paternal junto a sus hijos Sara y Efraín. —Entonces, ¿por qué me dices que tengo que ser fuerte? —si algo hubiera pasado a alguno de mis hermanos o a mamá, mi padre no estaría aquí, así que no se me ocurre lo que ha sucedido. —Por la tarde, Olga llegó a Emergencias del Hospital de la Policía Nacional —por unos segundos se mantiene callado, y yo quedo a la espera que concluya lo que tenga que decir—‍. El choque de un camión contra un bus de pasajeros en la carretera al sur ocasionó un gran accidente de tránsito. Uno de los autos afectados salió de la carretera y dio varias vueltas de campana. Olga iba en ese auto sin el cinturón de seguridad puesto, por lo que, de los dos ocupantes, ella está grave. —¿Quién es el otro ocupante? —pregunto inocentemente, esperando que sea un familiar de mi esposa. —Ramiro Reyes, el hijo de Vanko Reyes, a quien conocen como el rey de los gitanos. Tenía dieciocho años cuando conocí a Olga. Ese año estaba en mi “año sabático” obligado por la Huelga General de Educación a la que se habían acogido las universidades nacionales, incluida la Universidad Nacional de Ingeniería, la UNI, donde había ingresado con el mejor puntaje general, por lo que debía esperar que se levante la huelga para iniciar mi primer año de estudio en la carrera de Ingeniería Civil. Como ya había ingresado a la universidad, tenía tiempo de sobra para perder, a diferencia de mis amigos del colegio, quienes solo uno, además de mí, podía estar tranquilo al haber pasado el examen para Medicina de la San Marcos. El resto de nuestros compañeros debían seguir estudiando los balotarios para el examen de admisión del próximo año. Así que, sin más que hacer, mi padre, a quien nunca le gustó que sus hijos estén sin hacer nada porque decía que estar ocioso era fuente de vicios, me consiguió un trabajo en el Ministerio del Interior, llevando y trayendo documentación, lo cual no implicaba un gran esfuerzo mental, pero sí físico porque siempre debía correr con abultados libros de un lugar a otro del ministerio. Al salir del trabajo a las 6 p. m., me la pasaba con mis amigos, quienes a esa hora salían de sus casas para tomar aire después de estudiar todo el día. A veces ellos iban a alguna fiesta el fin de semana, y fue justo en la primera a la que fui donde conocí a Olga. Ella era seis años mayor que yo y muy bella. Siempre vestía bien y lucía impecable, parecía una modelo de los programas de televisión que aún veíamos en blanco y n***o porque la tele a color apareció apenas el año pasado, en 1979, y cuando la conocí era 1974. Olga era alegre; le gustaba bailar; sabía tomar, fumar, y la forma en que maquillaba sus ojos le daba un poder hipnotizador, o así lo creía. Yo era muy joven para una mujer de veinticuatro años, o eso me imaginaba, pero al ser el más alto de mis amigos y mantener el físico atlético que obtuve en los años de estudio en el colegio militar, llamé su atención. La noche que la conocí, yo estaba parado, rodeado por mis amigos, en una esquina de la sala de Paco Sisniegas, el anfitrión de la fiesta, probando por primera vez un trago que mezclaba ron con Coca-Cola. En verdad, estaba probando por primera vez en toda mi vida un trago, por lo que me supo horrible. —Aguanta, no pongas cara de culo —me recomendó Pablo Santivañez, uno de mis amigos desde la primaria, que conocía un poco más que yo de fiestas porque esa ya era la quinta a la que iba. —Pero esta mierda sabe horrible. Además, siento que me quema el estómago —me quejé sin poder evitar sentir asco. —Acostúmbrate, Braulio. Es de hombres saber tomar alcohol —señaló Mario Castro, otro de mis compañeros de colegio—. Mi viejo toma todos los viernes por la noche con sus amigos un trago que se llama whisky on the rocks, el cual es tan amargo como el hercampuri que mi vieja me dio para que mi hígado se fortalezca después de la hepatitis. —¿Y cuándo probaste esa mierda “onderoc”? —preguntó Pepe Aquino, sin poder copiar el perfecto inglés de Mario. —La semana pasada, cuando la reunión de mi viejo con sus amigos fue en mi casa. Mi hermano Manuel preparó uno para mí, ya que, según él, ya tengo edad para empezar a conocer de tragos y licores finos. Pero preferiría quedarme completamente ignorante. El whisky es muy amargo y quema mucho. —¡Atención! —soltó de la nada César López-Torres—. Mujeres con tetas grandes y diminutas minifaldas se acercan. Cuando volteo para ver a quiénes César se refería, veo a Olga y dos de sus amigas caminando hacia donde estaba con mis amigos. En ese momento, no conocía su nombre, solo que era la chica más linda de toda la fiesta. Ella era prima de la prometida de Paco Sisniegas, por lo que era como una anfitriona más de la velada nocturna. En esa fiesta, nosotros éramos los más jóvenes. Paco era ocho años mayor que nosotros, pero nos dejó entrar a la fiesta porque el hermano de Mario, Manuel, era su mejor amigo, y ambos creían que era necesario que aprendamos más sobre la vida nocturna, pero de una manera sana y segura, de ahí que nos sumamos a la fiesta bajo el amparo de Paco y Manuel. —Hola, soy Olga —se presentó, y al oír su voz pensé que así debía escucharse la voz de un ángel cuando habla. Lo gracioso es que nunca había escuchado a uno, y ahora creo que así es como suena la voz de un demonio—. Ellas son mis amigas Nadia y Tamara. —Hola, Olga, Nadia y Tamara. Soy Mario —mi amigo era el mayor de todos por cumplir años en marzo, y, por ende, una especie de líder en el grupo, aunque para ese entonces, mediados de octubre, todos ya habíamos cumplido los dieciocho años—, y ellos son mis amigos, Pepe, César, Pablo y Braulio —nos presentó en orden de edad. Yo no podía mirar a las chicas. Estaba muy nervioso, por lo que me la pasé mirando el vaso con ron y Coca-Cola que tenía en la mano. La verdad es que yo no era así de tímido, ya que, desde los catorce años hasta que terminé el colegio, he sido el chambelán de las hijas de las amigas de mi madre y de las hijas de varios oficiales del Ejército y Policía Nacional. Al estudiar en el colegio militar y tener buena apariencia, siempre me pedían que vaya a los quinceañeros con mi uniforme para que sea la pareja de la quinceañera y baile con ella el vals, por lo que, desde chico, sé lo que es tener a una mujer cerca, tomándola por la cintura y mirándola a los ojos. Sin embargo, ya desde ese primer momento, la presencia de Olga me intimidó. —Hola, Braulio —dijo Olga, y yo levanté la cabeza porque, si no la miraba a la cara, todos habrían pensado que era un malcriado—. ¿Sabes bailar? —yo solo asentí con un movimiento de cabeza—. ¿Me acompañas? Sentía los sutiles empujones de mis amigos sobre mi espalda, mientras Olga me ofrecía una sonrisa que ahora puedo calificar de coqueta, mas en ese momento la creí amable y dulce. Volví a asentir con un movimiento de cabeza y, como lo había hecho decenas de veces con las quinceañeras, ofrecí mi mano para ir juntos al centro de la sala de la casa de Paco. Sin embargo, esa vez yo no guiaba a la dama con la que compartiría una pieza, sino fue ella la que me arrastró hacia la pista de baile. Olga entrelazó sus dedos con los míos en un agarre posesivo que nunca había sentido, y al bajar mi mano con la suya, caminó dando largas zancadas. Ella era alta, 1.72‍ m, y con los tacones que llevaba fácil superaba el 1.80 m. Yo medía 1.89 m, por lo que siempre he sido más alto que ella, pero en ese entonces me sentía un enano. Cuando llegamos al centro de la sala, se escuchaba una canción de The Beatles que, por más esfuerzo que haga, no logro recordar. Lo que llega de ese primer baile desde mi memoria son los movimientos provocadores y coquetos de Olga; la idea que tenía que en cualquier momento se le iba a ver más de lo debido por la corta minifalda; que su sonrisa era luminosa y angelical, y que ella y yo lucíamos de maravilla bailando. Cuando la música movida acabó, se dejó oír Sabor a nada, de Palito Ortega. «Toma mi cintura, Braulio, aún quiero bailar contigo», dijo Olga cuando me quedé congelado enfrente de ella al escuchar las notas de la balada. Aún nervioso, rodeé su cintura con mi brazo izquierdo y con el derecho tomé su mano. Ella se pegó a mi cuerpo mucho más de lo que alguna quinceañera lo hizo, y ahora soy capaz de entender la diferencia entre las jovencitas a quienes acompañé durante su fiesta rosa y Olga. Ellas eran jovencitas virginales que desconocían el contacto físico entre hombre y mujer; estaban alegres e ilusionadas con la idea de lucir su primer vestido y calzado de mujer, un sutil maquillaje y joyería que fuera más que sus aretes de bombita de cuando nacieron y le hicieron los orificios en la oreja; ellas eran quienes lucían nerviosas y sumisas ante mi presencia, la de un jovencito muy alto, de agradable apariencia y uniformado. En cambio, Olga era una mujer experimentada a la que solo se acercó al niño más guapo de ese grupo para divertirse con él al verlo nervioso, dudando de qué debía hacer al no haber tenido ni una enamoradita de besos y caricias, ya que, cuando la conocí, yo aún era un inocente niño que nunca había estado con una mujer de manera íntima. Esa noche, después de ese primer baile, no recuerdo bien cómo terminé en una de las habitaciones de la casa de Paco Sisniegas; desnudo, y con Olga sobre mí. Lo que sí recuerdo son el calor de sus besos, sentir mi piel ardiendo y el deseo de tocar todo rincón del cuerpo de Olga. La firmeza de sus pechos, lo sedoso que era su vientre, la fuerza con que presionaba mis caderas con sus muslos y las marcas de sus uñas sobre mi espalda las recuerdo bien. Esa noche, yo me hice hombre con Olga. Ella me mostró una realidad que no debí conocer así, desprevenidamente, sin consciencia de lo que ocurría. Ahora entiendo que mejor hubiera sido declararme a Susana Figallo, quien era de mi edad y la chica que me había gustado por los últimos tres años, e ir dando con ella cada paso hasta llegar juntos a un descubrimiento s****l lleno de amor, y no de solo lujuria, lo que empecé a sentir al iniciar con Olga una relación casi a escondidas. Para los chicos de mi edad, que haya perdido mi virginidad con una mujer sabida y no una inexperta niña significó que me había convertido en un hombre y el líder del grupo. Mario no tuvo ningún problema en cederme su lugar, ya que reconocía que yo ya estaba por encima de ellos, quienes no tenían enamorada y apenas habían dado besos con la boca cerrada a alguna niña en el lado oscuro de un jardín durante un quinceañero. Mis amigos me pedían que les cuente con sumo detalle lo que era tener una mujer desnuda pegada al cuerpo, lo que era acomodarme entre sus piernas y penetrarla. Al principio, a mí me daba vergüenza hablar de esas cosas con ellos, más cuando no me acordaba bien de cómo llegué a estar desnudo sobre una cama con Olga, pero al pasar los meses y hacerse más frecuentes nuestros encuentros íntimos, ya era capaz de explicarles cómo funciona el cuerpo de un hombre cuando se copula y la sensación de éxtasis que se experimenta al llegar al clímax con la eyaculación. Mis amigos y aquellos que formaban parte del círculo cercano de Olga conocían de nuestra relación, una que era muy carnal. Sin embargo, mi familia no sabía que yo salía con una mujer seis años mayor. Yo era el sexto de siete hijos, y mis hermanos mayores no formaban parte del círculo social de Olga. Elena, mi hermana mayor, me llevaba ocho años y se había casado a los veinte con un hombre doce años mayor que ella, por lo que, cuando yo estaba iniciando mi vida s****l con Olga, Elena estaba muy ocupada hirviendo los pañales de mi sobrino Efraín, quien había nacido por esas fechas. Mis hermanos Fernando y Julio, los gemelos, tenían seis años más que yo y eran oficiales de la Marina, y estaban destacados en Paita desde 1972, cuando salieron de la Escuela de Oficiales de esa armada. Fiorella y Lorena eran cinco y tres años mayores que yo, respectivamente, y estaban completamente alejadas de la vida mundana al haber elegido seguir el camino de Dios y tomar los hábitos religiosos cuando cada una terminó el colegio, así que las dos estaban en diferentes conventos en España cuando yo me perdía en el pecado de la lujuria llevado de la mano de Olga. Y Cecilia, la menor de mis hermanos, apenas tenía catorce años, por lo que ella permanecía en casa, bien resguardada por mamá. Una noche, mientras cenábamos en familia mis padres con Cecilia y yo, los únicos hijos que quedábamos en casa, mamá comentó la desgracia que había marcado a la familia Alarcón que vivía una cuadra antes de la nuestra. Resulta que el hijo mayor había sacado embarazada a la enamorada, una mujer cuatro años mayor que él. El hijo de los Alarcón tenía veinte años y estaba estudiando Economía en San Marcos, y la enamorada, a quien nadie conocía, era una muchacha que trabajaba en una tienda por departamento como vendedora. Él la había conocido un día que acompañó a unos amigos a comprar regalos para sus enamoradas, y ahí empezaron a platicar; el regresó un par de veces más porque le había llamado la atención la forma tan directa y cálida que la vendedora lo había tratado, y sin más, empezaron a salir. Ocho meses después, la mujer estaba embarazada. —A todas luces se nota que la finalidad de esa mujer era salir embarazada para atrapar a un muchachito de buena familia que le saque de la miseria porque, a diferencia de nosotros, que vivimos en San Isidro, esa vendedora vive en Barrios Altos, en una de esas quintas de mala muerte —comentó mamá con un notorio desprecio marcado en la voz. —Entonces, lo malo de esa muchacha es que sea pobre y no mayor que Luca Alarcón —dije, y traté de parecer lo menos interesado posible en el tema de conversación. —Braulio, hijito, una mujer nunca puede ser mayor que un hombre en una relación, sino al revés. El hombre tiene que ser mayor porque debe tener experiencia para saber guiar a la señorita con la que inicia una relación formal que concluye con el matrimonio —indicó mi madre con algo de molestia en la voz. —¿Para que la guie a qué? —preguntó mi hermana, ignorante de tantas cosas por su corta edad. —Al matrimonio, hijita —responde mi padre mirando con regaño a mamá por hablar de más delante de mi hermana, quien aún era una niña. —Dios se apiade de mí y proteja a mi Fernando, Julio y Braulio de alguna mujer mayor que los quiera vivir y aprovecharse de ellos —mamá seguía hablando sin importarle la cara de pocos amigos que ponía papá porque Cecilia estaba presente en la mesa—. Esas mujerzuelas solo están en la espera de que un jovencito decente, de futuro prometedor y buena familia caiga en sus redes para que las saquen de la pobreza y las hagan señoras, cuando en realidad son unas p… —¡Elena! —eleva la voz papá llamando la atención de mamá al pronunciar su nombre. —Lo siento, Braulio —dijo mamá apenada—. Debes comprenderme, soy madre de tres guapos muchachos a quienes amo con todo mi corazón, por lo que me daría mucha pena que uno de ellos pueda tener una vida miserable al lado de una aprovechada solo porque esta supo verle la cara por ser inocentes en tantas cosas. Después de esa cena, me quedó claro que a mamá no le gustaba para nada la idea de que un hombre salga con una mujer mayor, así que nadie de mi familia podía enterarse de mi relación con Olga. Aunque llamar “relación” a lo que teníamos era exagerado, puesto que solo la veía uno que otro sábado que nos encontrábamos en una fiesta de sus amigos, y más que socializar con sus más cercanos allegados, nos la pasábamos follando como locos. De lunes a viernes y los domingos no sabía nada de ella. Su casa no estaba cerca de la mía, ya que ella vivía en Santa Beatriz, una urbanización en la periferia del Centro de Lima, por las instalaciones del Canal 4. Eso me quedaba como a unas treinta cuadras, y yo no tenía auto ni mucho dinero por esas fechas. Aunque trabajaba, siempre andaba con las justas, ya que era mi padre quien administraba mi salario, por lo que no me alcanzaba para ir hasta su casa. Y tampoco podía hablarle por teléfono, puesto que en su casa no tenía uno. Y debí darme cuenta que con Olga había algo que no cuadraba bien porque ella lucía ropa, calzado, joyas y maquillaje demasiados caros para la zona donde vivía y los lujos que no tenía en casa. Aunque era bonita la urbanización, vivir en Santa Beatriz no era lo mismo que vivir en San Isidro, y que no tuviera teléfono en su domicilio era algo raro, puesto que todos mis conocidos de mediano nivel socioeconómico aparecían sus apellidos y direcciones en la guía telefónica. Además, no sabía qué hacía Olga durante la semana, si trabajaba y en qué, ya que no tenía edad para estar estudiando. Ella no me comentaba nada de su vida durante nuestros encuentros, por lo que era yo quien me la pasaba contándole sobre mi trabajo en el Ministerio del Interior. —Mi tío trabaja ahí, en el Ministerio del Interior —me dijo en una oportunidad después de haber tenido el mejor sexo que hasta ese momento conocía—. Es el edecán del ministro. —¿Tu tío es el mayor Salinas? —pregunté sonriendo porque me gustó saber que conocía a alguien de su familia. —Sí. Es primo hermano de mi madre por el lado materno, por eso no tenemos un apellido que nos relacione como familia —se excusó mientras empezaba a moverse para quedar sobre mí—. Pero dejemos de hablar de mi tío y tu trabajo, que las horas pasan rápido y yo quiero más de ti —y así siempre fue con Olga, solo sexo y no más. Cuando empecé con mis estudios en la UNI, pasé varias semanas sin ver ni saber de Olga. Aunque Paco Sisniegas me pasaba la voz de alguna fiesta donde ella me esperaría, yo no podía ir por algún trabajo que ocupaba mi fin de semana, por lo que le pedía a Mario que le dé mis excusas del por qué no podía verla. Hasta llegué a escribirle cartas que entregaba a mi amigo con la finalidad de que se las diera a Olga, y la siguiente semana esperaba que él me entregara alguna de parte de ella, pero eso nunca sucedió. —Quizá sea que ella no es de esas cosas, Braulio, de escribir cartas. Pero sí es de hablar mucho, y me pidió que te diga que te extraña. Ella se la pasó diciéndome lo difícil que se le hace el no verte como antes, que lamenta no tener cómo comunicarse contigo a diario. Ella en verdad te ama, amigo —decía Mario cuando le pregunté por la carta que esperé, pero al convencerme su relato, me mantuve en calma, sabiendo que para ella era difícil como para mí el no poder estar juntos. Cuando terminó el primer semestre de la universidad, pude ir a una fiesta en la que supuestamente me encontraría con Olga, pero ella no llegó. Me la pasé esperándola a las afueras de la casa de Marcos Peña, el novio de su amiga Nadia y el anfitrión de esa noche, pero Olga nunca llegó. Cuando le pregunté a sus amigas por ella, tanto Nadia como Tamara me aseguraron que ella había quedado en que vendría a la fiesta y que no sabían qué había impedido que llegara. La semana siguiente, como estaba de vacaciones por Fiestas Patrias y a la espera del inicio del segundo semestre, me fui caminando hasta Santa Beatriz para buscar la dirección que me había dado, pero nunca di con su casa. Más bien, sí di con la dirección, pero no era su casa, sino la de otra familia donde nadie conocía a Olga Linares. Ya en agosto, la pude ver en una fiesta en la nueva casa de Paco Sisniegas, quien ya se había casado con la prima de Olga y estaba estrenando la propiedad que fue el regalo de bodas de sus padres. Ella me explicó que no pudo ir a la fiesta donde nos volveríamos a ver después de largos meses sin encontrarnos porque su abuela había sufrido una descompensación y estuvo acompañando a su madre en el hospital. Olga no tenía padre. Este había sido uno de esos tipos que se fue a comprar cigarros y nunca más volvió, por lo que ella quedó sola con su madre cuando tenía cinco años, y ambas se fueron a vivir con sus abuelos. Para ese entonces, su abuelo ya había fallecido, y su abuela empezaba a tener una muy mala condición de salud. Tras escuchar lo que me narró, yo solo la quise consolar, puesto que en su mirada había mucha tristeza y miedo cuando me comentó lo que había ocurrido a su abuela, olvidándome del reclamo que quise hacerle cuando descubrí que la dirección que me dio como su domicilio en realidad no lo era. Al comenzar un nuevo semestre en la universidad, los encuentros con Olga volvieron a distanciarse. Por medio de Mario intenté varias veces comunicarme con ella al tratar que mi amigo entregue las cartas que escribía para ella, pero cuando veía a Mario durante la semana, me devolvía la carta, enterándome que Olga no había ido a la fiesta. Pasaron varias semanas que se hicieron meses, y cuando llegó fin de año, la pude volver a ver. Para las fiestas de fin de año de 1975, mis padres decidieron que iríamos a la celebración de Año Nuevo que organiza la Asociación de descendientes italianos en Perú, puesto que los Bertolotto y los Bianchi —familia por el lado de mi madre— descendemos de inmigrantes italianos, y ahí me encontré con Olga. Olga no era descendiente de italianos por ningún lado de su árbol familiar, pero al enterarse por Manuel, el hermano de Mario, que mi familia asistiría a la fiesta de Año Nuevo de los italianos —como se le conoce en Lima—, ella buscó la forma de ingresar al local, pidiéndole a su amiga Sofía Tassara que la considere como su invitada. Cuando la vi entre la multitud, en automático una brillante sonrisa apareció en mi rostro. Olga lucía esa noche maravillosa en un lindo vestido rojo, el cual la hacía lucir más bella de lo que ya era. Yo no podía acercarme de la nada a ella, por lo que solo estuve mirándola de vez en cuando mientras debía permanecer en la mesa de mi familia, a la cual se había sumado mi hermana Elena con su esposo e hijos —quienes se retirarían después del saludo tras las doce campanadas— y mis hermanos Fernando y Julio luciendo sus muy llamativos uniformes de gala como oficiales de la Marina del Perú. Al dar las doce y empezar a saludarnos por la llegada del nuevo año, pude llegar hasta donde estaba Olga y escabullirnos hacia un lado silencioso y algo oscuro del jardín. Allí, le di un apasionado beso por todos los que no pude darle, y copulamos apoyados sobre un frondoso árbol que nos ocultaba de todos en la fiesta. Fueron solo minutos los que estuve dentro de ella; sintiendo un enorme placer porque habían pasado varios meses sin follar como siempre lo hacíamos; y lo excitante que fue tener sexo en un lugar abierto, donde se encontraban mis padres, sabiendo que podíamos ser descubiertos, aumentó mucho más el placer. Tras acomodar la falda de su vestido y subir el cierre de mi pantalón, nos despedimos y regresamos a la fiesta por separado, como si no nos conociéramos. Al regresar a la mesa donde estaba mi familia, mi madre me preguntó si había realizado mi deseo por año nuevo, y fue en ese momento cuando deseé algo me ahora me arrepiento: que Olga y yo pudiéramos vivir juntos, sin ocultar lo que sentíamos el uno por el otro. Durante el verano, papá volvió a buscarme un empleo de estación, para que no anduviera hecho el vago, puesto que aún no podía aplicar a una plaza en una constructora por tener solo dos semestres acabados de la carrera. Así que, en el verano de 1976, volví al Ministerio del Interior haciendo la misma tarea que realicé durante los meses que trabajé en 1974. Como sucedió en mi primera temporada laboral en ese ministerio, mi labor no implicaba gran esfuerzo mental y no necesitaba quedarme horas extras o llevarme trabajo a casa, por lo que, cuando daban las 6 p. m., era libre y me reunía con mis amigos.
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