Cambiando el destino: Capítulo I (Parte 2)

4614 Words
Yo esperaba poder reunirme con Olga durante la semana, pero no había forma de dar con ella, hasta que llegue el fin de semana. Alegando que su abuela estuvo enferma y debía cuidar de ella, no vi a Olga durante todo el mes de enero, y cuando nos volvimos a ver en febrero, algo en ella había cambiado. El sexo seguía siendo tan bueno como siempre, o diría que mejoró, ya que ella estaba más deseosa de mí que antes, exigiéndome aún más de lo que ya hacía, cosa que me encantó porque me hizo ponerme a prueba y comprender que, con el buen estado físico que tenía, podía darle mucho más de lo que la tenía acostumbrada. Una noche, me pidió cambiar de posición. Ella quería ir encima de mí toda la velada. Cuando le pregunté el motivo, ella me dijo que sus pechos le dolían, y cuando los toqué, además de escuchar su queja, los pude sentir más grandes, como hinchados. Esa noche, aunque disfruté mucho el movimiento de Olga encima de mí, me preocupó que ella tuviera esa incomodidad en sus pechos y que estos estuvieran más grandes. Al pensar que podía estar enferma, le propuse ir al médico el lunes. Ella aceptó porque de alguna manera también estaba preocupada, y fue así que acordamos que nos veríamos a un par de cuadras del ministerio a la hora de mi salida. Caminamos por una calle trasversal a la avenida y llegamos al edificio de consultorios médicos donde mi tío Aníbal Carpio —primo de mi padre por su lado materno— atendía. Mi tío era ginecólogo, y al tener Olga dolor en los pechos, se me ocurrió que lo mejor sería que un especialista como mi tío sea quien la ausculte. A ella no le parecía correcto, le daba vergüenza porque mi familia no sabía de nuestra relación, pero, sí ella estaba enferma, yo estaba resulto en hacer público lo nuestro con tal de que ella pueda ser atendida como debía ser y sanarla. Cuando ingresé al consultorio de mi tío con Olga, noté que él intentó no dejar ver que le disgustaba un poco verme ingresar con una mujer que se notaba mayor que yo, o eso fue lo que pensé porque en ese momento era incapaz de darme cuenta que lo menos criticable en Olga era su edad en contraste con la mía. Cuando le comenté que ella era mi enamorada, que éramos una pareja sexualmente activa y que ella tenía dolor en sus pechos, mi tío le pidió que vaya al baño, orine, se retire la ropa interior y que se ponga la bata que encontraría en el espacio de servicio higiénico. —¿Tus padres saben que estás saliendo con esta señorita? —preguntó mi tío Aníbal con la amabilidad que siempre lo ha caracterizado. —No. Mamá varias veces ha manifestado que un hombre no debe salir con una mujer mayor, y no quiero que vaya a ofender a Olga porque es seis años mayor que yo —comenté, y mi tío me miró serio y en silencio por unos segundos. —Creo que el problema no es que Olga sea seis años mayor que tú, sino que sabe cosas que tú no sabías hasta que la encontraste en tu camino, ¿o me equivoco? —la vergüenza llegó a mí ante lo pronunciado por mi tío—. ¿Ella ha sido tu primera mujer? —asentí sin mirar a mi tío Aníbal—. ¿Qué método anticonceptivo han estado usando? —ante esa pregunta lo miré asustado. Yo no sabía nada de métodos anticonceptivo, y esperaba que Olga sí lo supiera —Ninguno, pero imagino que Olga sí sabe, porque nosotros estamos juntos desde octubre de 1974, y ya es febrero de 1976. Si no supiera cuidarse, ya estaría embarazada —terminé de hablar y mi tío cerró los ojos y frunció los labios de tal manera que me ofreció un gesto de dolor, como si lo que le acababa de decir era algo muy malo. —Esperemos que Olga haya querido cuidarse —quise decir algo ante lo dicho por mi tío, pero no pude porque Olga salió del baño y mi tío debía pasar a revisarla. La asistente de mi tío ayudó a Olga a acomodarse en la camilla antes de que me tío la revise. Yo me quedé sentado enfrente del escritorio, por lo que solo pude escuchar las indicaciones que daba mi tío a su asistente mientras auscultaba a Olga. Cuando terminó mi tío de revisar a Olga, le pidió ir al baño para que se cambie y le indicó que al salir la asistente le tomaría una muestra de sangre que debía llevarse al laboratorio. —Braulio, por primera vez quisiera no ser tan buen médico y ser capaz de saber sin necesidad de los exámenes de laboratorio lo que sucede en el cuerpo de Olga —yo sudaba frío mientras escuchaba a mi tío—. Sobrino, ella está embarazada. En ese momento, una dualidad de emociones se mezcló en mí, haciéndome sentir incómodo porque no sabía claramente cómo debía reaccionar. Por un lado, sentía una inmensa alegría porque en Olga estaba creciendo un hijo mío, fruto de nuestro amor, y por otro, estaba que me moría de miedo al no saber qué debía hacer ante esta situación. Iba a ser padre, debía hacerme responsable de una personita que tendría mucho de mí y de ella. Debía trabajar y ganar dinero para mantener a mi familia, pero ¿cómo lo haría? En ese momento, aún tenía diecinueve años, puesto que tenía que esperar hasta agosto para cumplir los veinte; apenas iba a iniciar el tercer semestre de mi carrera, por lo que aún no podía trabajar ni como dibujante de planos o topógrafo. Y ante un rápido análisis de mi presente, el miedo ganó terreno a la alegría, y la sonrisa que quería manifestar cuando Olga saliera del baño, se convirtió en una fría seriedad que invadió mi rostro. Ya los dos sentados nuevamente enfrente de mi tío Aníbal, este le comentó a Olga lo mismo que me había indicado, pero como le habla un médico a su paciente y no con la familiaridad que utilizó conmigo. Olga no mostró mayor sorpresa, más bien indicó que era algo que sospechaba. Mi tío le preguntó si ella había estado cuidándose, cosa que ella afirmó. Ante la pregunta si había estado tomando algún medicamente entre noviembre y enero, ella afirmó que los primeros días de diciembre tomó antibióticos por diez días, ya que le había dado una gripe muy fuerte. Mi tío suspiró con resignación, y comentó que la ingesta de antibióticos hace posible que el efecto de los anticonceptivos se vea ralentizado, por lo que es posible que se dé un embarazo. A mi mente llegó el recuerdo de la follada que tuvimos apoyados sobre el árbol en la fiesta de Año Nuevo, y sonreí para mí, un gesto lleno de ironía, al pensar que ella quedó embarazada la vez en que solo la penetré una vez, cuando no me tomé mucho tiempo para que ella gozara, puesto que ni bien eyaculé terminamos el encuentro. «Me hubiera gustado engendrar a mi hijo con más amor, en un lugar más romántico. Él o ella será el hijo de la lujuria», pensé y seguí riéndome en silencio, mientras mi tío Aníbal le daba una receta a Olga, ya que debía tomar una serie de vitaminas, así como le indicaba restringir el tabaco, el alcohol, el café y automedicarse durante el embarazo, y la citó dentro de un mes. —¿No vas a decir nada? Llevamos caminando más de diez minutos desde que dejamos el consultorio de tu tío, y te has mantenido en silencio —exigió Olga. En ese momento yo iba haciendo un listado de todo lo que debía hacer para cuidar de ella y de mi hijo. —Disculpa, me perdí en mis pensamientos. No dudes que me haré cargo de ti y de nuestro hijo, como debe ser —solté para darle seguridad. —No esperaba menos de ti —soltó con un tono de voz que no me gustó, ya que lo sentí lleno de reclamo. Cuando observé su expresión facial, encontré enojo, algo que no me esperaba. —¿Por qué estás molesta? —pregunté preocupado, pensando que ella no había percibido mi sincera intención de hacerme cargo de todo. —No lo estoy —dijo cortante. Nos quedamos callados, caminando por un rato más, hasta que volvió a romper el silencio entre nosotros—. Braulio, ¿te vas a casar conmigo? —preguntó de repente. —No lo sé —dije sin pensar. —Entonces, este niño crecerá como yo crecí, sin un padre —escupió con una mezcla de tristeza y rabia que pude sentir. —No. Yo estaré presente en su vida y me haré cargo de todo lo que tiene que ver con él y contigo —solté con una postura firme. —Pero no te casarás conmigo. Seré una madre soltera y mi hijo no valdrá lo suficiente como para que te quedes a mi lado, siendo una familia —Olga empezó a llorar, pero más se sentía su enojo que su tristeza. —No lo digas así. Yo apenas tengo diecinueve años y no tengo muy claro lo que será de mi vida ahora que voy a ser padre. Apenas he empezado mi carrera, y el trabajo que tengo es temporal, más que nada me lo dieron por hacerle un favor a mi padre. Yo también tengo miedo, Olga —yo sí tenía miedo, pero Olga demostraba más ira que otra cosa. —Me equivoqué. No debí poner mis ojos en ti. Tú nunca serás mío y yo nunca seré tu esposa —en ese momento, pensé que esas palabras eran para mí, pero ahora entiendo que no me lo decía a mí, ella solo pensaba en voz alta. —Olga, por favor, tranquilízate. Yo solo necesito aclarar mis ideas y hablar con mi padre. Sé que puedo estudiar y trabajar a la vez. No será fácil, pero me esforzaré para lograr ser un buen padre, esposo y profesional. Yo no te voy a dejar sola —dije mirándola a los ojos llenos de lágrimas. Cuando enfocó la mirada en mi rostro, se calmó y empezó a llorar mientras escondía la cara al enterrarla sobre mi pecho. —Tengo miedo, Braulio. Qué va a ser de mí, de mi hijo. Me equivoqué, y lo siento mucho —‍esa fue la única parte de toda la conversación que en verdad se dirigió a mí, y ahora lo sé. Esa noche no pude dormir. Debía contarle a mi padre lo que me sucedía. Con él comparto más que el nombre, y siempre hemos sido muy unidos. Él suele correr alrededor del parque El Olivar antes de darse un baño con agua fría, desayunar y salir hacia el trabajo, por lo que a las 4:30‍ a. m. estoy esperándolo bajo las escaleras. —¿Sucede algo, hijo? No sueles despertar a esta hora —no respondí, pero creo que en la cara se me notaba que estaba metido en un serio problema, por lo que mi padre empezó a hablar con un tono de exigencia—. Dime en qué problema te has metido. —Salgamos de casa primero, por favor —le pedí sin poder mirarlo a la cara porque sabía que lo iba a decepcionar. —¿Ya estamos lo suficientemente alejados de la casa para que me digas qué es lo que sucede? —preguntó mi padre sonando demandante, y supe que había llegado el momento de decirle sobre el problema en que estaba metido. —Papá, embaracé a mi enamorada —solté sin más. La cara de mi padre se desfiguró por completo, luciendo una tristeza que nunca pensé que podía causarle. —¿Cómo? ¿Tenías enamorada? —me preguntó con los ojos llenos de tristeza que intentaba esconder en su voz. —Sí, desde octubre del año antepasado. —¿Susana Figallo? —preguntó mi padre por la muchacha por quien hace dos años atrás me la pasaba suspirando. —No. Se llama Olga, Olga Linares. Es sobrina del mayor Salinas. —¿La conociste mientras trabajabas en el ministerio el año que no pudiste empezar con los estudios en la universidad? —cada pregunta que hacía mi padre, me dolía mucho porque sentía que él estaba sacándome las cosas por cucharita, cuando debía contarle todo de paporreta. —No. La conocí en la primera fiesta que fui con Mario y los muchachos —dije, y mi padre solo asintió con un movimiento de cabeza—. Papá, Olga es seis años mayor que yo. Por eso no les conté a mamá ni a ti que estaba con enamorada porque de seguro mamá se oponía a nuestra relación. —Braulio, entiendo que no le podías contar a tu madre, pero a mí, ¿por qué no me contaste? —el reclamo de mi padre era válido porque entre nosotros nunca hubo secretos, hasta que conocí a Olga y todo con ella pasó tan rápido. —Porque… no sé. Ahora sé que no hablé con mi padre sobre mi relación con Olga porque me daba vergüenza contarle que perdí mi virginidad con una mujer que llevaba apenas horas de conocer, y que no me acordaba muy bien de cómo llegué a una habitación con ella porque estuve bebiendo, algo que él siempre me recomendó no hacer en casa ajena o en la calle, que, si quería aprender a tomar alcohol que lo hiciera en casa, bajo su consejo y supervisión. También me daba mucha pena tener que confesarle que con Olga despertó en mí la lujuria, y que lo único que hacía con ella era follar y follar, ya que nunca conocí más de ella que no fuera su cuerpo desnudo y las historias triste que generó la ausencia de su padre. Olga era una desconocida, y yo no me había dado cuenta de ello. Al no poder responderle, mi padre me dijo que hiciera la rutina de siempre antes de ir a trabajar, y así lo hice. Cuando ya estaba listo y salí de casa para dirigirme al Ministerio del Interior, mi padre me dijo que me suba al auto, que él me llevaría, y nos despedimos de mamá. En vez de llevarme al ministerio, fuimos a su trabajo en las instalaciones del Palacio Legislativo, ya que mi padre era comandante y el segundo al mando de la seguridad de ese edificio de gobierno. Desde su oficina, llamó a mi trabajo para informarles que me ausentaría el resto de la semana porque estaba enfermo, cosa que no cuestionaron porque yo nunca había puesto excusas para no asistir al trabajo y no dudaron de la palabra de mi padre. Encerrados en su oficina, me exigió que le contara todo, y así lo hice. No me guardé nada, hasta detallé lo que sentía cada vez que me acosté con Olga. Tras hablar sin parar por más de una hora, mi padre me dijo que lo que había experimentado era puro pecado y nada de amor, y después de decirme eso, empecé a llorar como si fuera un niño. Mi padre no era un creyente acérrimo, pero desde que dos de sus hijas decidieron tomar los hábitos y hacerse religiosas, en su vida estaba más presente Dios, por lo que escucharme narrar que mi relación con Olga se basaba en la calidad del sexo que teníamos, no fue muy grato que digamos. —Hubiera preferido que me dijeras que has embarazado a tu enamorada tras un corto período de mantener relaciones sexuales porque ninguno de los dos sabía lo que hacía, en vez que me cuentes todo lo que has hecho con la tal Olga, quien se nota que es hábil en el sexo y de quien tú no conoces nada sobre su vida —dijo mi papá, y yo quería enterrar la cara en el suelo. —Lo siento, papá —me excusé porque después de haber narrado mi historia con Olga, me había dado cuenta que lo dicho por mi padre era la más cruda verdad. Yo no sabía nada de ella, y terminamos enredados en una relación basada en lo carnal sin conocernos. —Hay que asegurarnos que en verdad está embarazada, así que hay que llevarla donde tu tío Aníbal —dijo papá y el teléfono sonó. Su asistente le informaba que el tío Aníbal lo llamaba. Después de hablar con mi tío, papá supo que ya había ido donde él y que los exámenes de laboratorio confirmaron lo que él había visto durante la revisión a Olga. —Hijo, tengo ganas de agarrarte a golpes —soltó mi padre tras colgar el teléfono. Las lágrimas empezaron a caer de sus ojos, algo que nunca vi, ni siquiera cuando mis abuelos murieron porque como policía, él era un hombre reacio a expresar sus sentimientos y que las emociones ganen a su calma. —¡Lo siento, papá! —dije empezando a llorar una vez más al sentía muy mal porque lo que hice sin pensar estaba haciendo sufrir a mi padre. —Braulio, te vas a tener que casar con Olga Linares y hacerte responsable de ella y del niño que espera —dijo mi padre y yo acepté en silencio—. Ahora, ¿cómo le contamos todo esto a tu madre? Primero tendré que coordinar con Aníbal una visita a casa, y ahí aprovechamos para contarle todo a tu madre. —¿Por qué tenemos que esperar que el tío Aníbal confirme su visita para contarle todo a mamá? —pregunté con mucha duda. —Porque tu tío puede auxiliar de inmediato a tu madre, por si le sucede algo al enterarse que pronto será abuela. Y papá no se equivocó. Mamá se desmayó después de escuchar que había embarazado a mi enamorada. Ella aún no conocía la edad de Olga y los pormenores de cómo inició y se manejó nuestra relación, y ya estaba sufriendo terriblemente mi madre por todo lo que ocasioné. Mi tío Aníbal le ayudó a regresar en sí y chequeó su presión arterial. Mi tía Paola, quien es la esposa de mi tío médico, ya estaba enterada de todo y se había quedado en la habitación de Cecilia, acompañando a mi hermana para que no se entere de lo que ocurría en la sala de la casa. —¡Por Dios! Mi hijo ha embarazado a una señorita de sociedad, ¡qué vergüenza! Braulio, ¿a qué familia pertenece la enamorada de nuestro hijo? Debemos acercarnos y expresar que lamentamos lo mal que se ha comportado nuestro hijo al haber hecho cosas que solo se hace cuando se está casado —dijo mamá mirando a papá, cuya expresión irónica dejó claro que ellos no esperaron a estar casados para consumar el amor que se tienen—. ¡Ay, Braulio! Entiendes muy bien a lo que me refiero. —Lo sé, Elena —dijo papá, y se mantuvo en silencio por unos largos segundos—. La enamorada de Braulio no es una jovencita de su edad, sino una señorita más madura que no forma parte de nuestro círculo social. El miércoles por la tarde, mientras yo estaba encerrado en mi habitación por una supuesta gripe que mi madre sospechaba que no existía y yo me aferraba a demostrar que sí estaba contagiado, mi padre recibió la visita del mayor Salinas en su oficina en el Palacio Legislativo. Al igual que yo hice, Olga había confesado a su madre y abuela que estaba embarazada, y al preguntarle quién era el padre de su hijo, ella dio mi nombre, por lo que su madre no dudó en llamar a su primo para que, al no tener un padre que haga respetar a Olga, se encargue de hablar con el padre oficial de policía de la pareja de su hija. Por el mayor Salinas es que mi padre se enteró que Olga en realidad vivía en Zárate, una urbanización relativamente nueva en el populoso distrito de San Juan de Lurigancho. Alguna vez ella sí vivió en Santa Beatriz, en la casa que fuera de sus abuelos maternos, pero tras morir el abuelo, la economía de las tres mujeres se vio muy afectada, por lo que se mudaron a la casa de una tía, hermana mayor de su madre, hace diez años atrás. Olga solo había terminado la secundaria en un colegio nacional y no había estudiado nada más porque «no había dinero y a ella no le daba la cabeza para más», palabras textuales del mayor Salinas. La ropa, calzado, joyas y maquillaje eran regalos que sus amigas le hacían, ya que algo que caracterizaba a Olga era su habilidad para caerle bien a todo el mundo y hacerse de muchos amigos que la apreciaban. —¡Braulio Jr.! ¡Yo te mato! —alzó la voz mamá, y caminó hacia la cocina, de donde salió corriendo hacia mí con una escoba en mano. Al verla tan molesta, no pude coordinar mis movimientos y tras pararme trastabillé con la alfombra de la sala, cayendo al suelo sin cuidado alguno. Mi padre detuvo a mamá al sujetarla por la cintura, elevándola un poco, pero las ganas que ella tenía de romperme el palo de la escoba en la cabeza hicieron que se esforzara por soltarse del agarre de mi padre, quien medía 1.85 m y pesaba 100 kg, contra los 1.52 m y 50 kg de mamá. —¡Elena, por favor, cálmate! —pedía mi padre tratando de no dañar a mi madre al tener que ejercer más fuerza de lo debido porque ella no entraba en razón. Mi madre era más fuerte de lo que se dejaba ver con esa delgada y pequeña apariencia. —Si nuestro hijo quería terminar con su vida como la conoce, debió decírmelo, y yo misma me encargaba de acabar con ella sin involucrar a ninguna mujerzuela —mamá estaba iracunda. Ahora entiendo que ella, como madre, podía visualizar lo que sería mi vida, y eso la llenaba de ira en vez de tristeza. Sabía que llorando no iba a conseguir nada. —¡Mamá, no hables así de Olga! Recuerda que es la madre de tu futuro nieto —dije, una vez más, sin pensar. —¡Si será tu hijo! —soltó mamá. Ella dejó la escoba y más calmada pidió a papá que la baje para poner los pies sobre el suelo—. ¿Tú te crees eso de que las amigas le regalan la ropa y todo lo que usa? ¡JA! Eso no es amistad, eso es un marido, o varios, que le cumple sus caprichos. —Mamá, Olga solo ha estado conmigo. Todos sus amigos nos veían juntos cuando nos encontrábamos en las fiestas —expliqué buscando que mi madre entienda que Olga no era una mala mujer. —Tendrás el nombre de tu padre, pero no heredaste su agudo olfato para desenmascarar a los mentirosos —dijo mamá, y yo me callé porque me sentí mal al ser comparado con papá, quien me miraba apenado por la situación que se había originado por mi culpa—. Esa mujer te ha utilizado como su tapadera. ¿Acaso crees que en verdad ella te ama y que solo ha estado contigo? ¡Eso que se lo crea su abuela! Ella debe estar enamorada de un hombre que le es prohibido, y a ti te ha utilizado para aparentar que está en una relación con un chico bien. De seguro ese hijo no es tuyo, y te lo quiere chantar. —Elena, las fechas coinciden con el tiempo de gestación que tiene la muchacha. Es hijo de Braulio —agregó mi tío Aníbal, pero de una se calló cuando mi madre lo miró con unos ojos inyectados de furia. —¿No hay otra forma más científica y exacta de demostrar que ese hijo no es de mi Braulio? —preguntó mamá a mi tío médico, y él negó moviendo la cabeza—. Bueno, esa gente lo que quiere es dinero. Digamos que el hijo es tuyo, por lo que se le pasará un monto mensual para que cubra los gastos por la gestación, y cuando el niño nazca, si se parece a ti, lo reconocerás y pagarás una manutención —mi madre, fría de frías, ya había señalado cómo enfrentaríamos el problema de mi paternidad. —No, Elena, así no se harán las cosas —intervino papá con un tono de voz que mamá conoce bien, que es cuando ha tomado una decisión y nadie le hará cambiar de opinión—. Braulio se casará con esa señorita, y se ocupará de ella y de su hijo. Se comportó como un adulto, pues que asuma las consecuencias como uno. —Eso no, Braulio. ¡Estás condenando a una vida miserable a nuestro hijo! —exclamó mamá empezando a llorar desesperada—. Él no puede dejar la universidad para trabajar y hacerse cargo de una buena para nada seis años mayor que él. —Nuestro hijo no dejará de estudiar. Quizá le tomará más tiempo terminar la universidad porque no podrá llevar la misma carga de asignaturas que el resto de sus compañeros, pero terminará la carrera a la par que será un buen padre y esposo —mi padre siempre fue un hombre riguroso que seguía al pie de la letra lo que decía las normas sociales, y esa no iba a ser la excepción. —¿Y esa mujerzuela será parte de nuestra familia? Nosotros, que tenemos hijas religiosas, ¿tendremos a una perdida como nuera? —mamá insultaba a Olga sin dejar de llorar. Estaba muy dolida, y yo lamentaba ser la causa de su sufrimiento. —No nos queda de otra, Elena. La muchacha es sobrina de Salinas, quien es edecán del ministro del Interior. Él apoya a su sobrina; ya te he dicho que fue a mi oficina a reclamar por ella, y yo no me voy a meter en problemas por evitar que mi hijo, quien fue suficientemente hombre para acostarse con ella cuanto quiso, tenga una vida sacrificada, como un joven de su edad y condición social no se espera ni merece cuando hace las cosas bien. Braulio se equivocó, y ahora tendrá que asumir las consecuencias. Dos meses después, cuando a Olga ya se le notaba ligeramente el embarazo, nos casamos. En la foto que nos tomamos fuera de la iglesia con nuestros invitados, por las caras de los miembros de mi familia, parecía que estaban asistiendo a mis funerales en vez de a mi boda, mientras que los familiares de Olga sonreían radiantemente. Mi madre no quiso mover ni un dedo para planificar la celebración de mi unión en matrimonio con la madre de mi hijo, por lo que la fiesta no se realizó en un finamente decorado salón ni se tuvo a los mejores proveedores de los servicios necesarios para ese tipo de eventos, como sí ocurrió el día que mi hermana Elena se casó. Para celebrar mi boda, el mayor Salinas ofreció el jardín posterior de su vivienda ubicada en la mejor zona del distrito de Lince, y ahí la familia de Olga se organizó para preparar la comida que ofrecimos a nuestros invitados. Solo mi padre y mi cuñado me acompañaron en la celebración, y quedó claro que los Bertolotto Bianchi no aceptaban a Olga como parte de nuestra familia.
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