Reconociendo a mi hijo: Capítulo X (Parte 2)

4353 Words
La mañana siguiente, cuando ya estoy en el trabajo, el arquitecto Redondo me llama a su oficina para comentarme lo que ha podido averiguar al confrontar a su socio, el poderoso Ernst Zimmermann. Efectivamente, el socio alemán no sabía la verdad, tanto su hermana como cuñado lo han engañado. Al enterarse de lo que fue capaz de hacer mi progenitor, lamentó haber difundido la mentira al contarle a Redondo la versión que inventaron para poner a Hermann Schwarz como un hombre sufrido que se equivocó, cuya intención no fue perder a un hijo. Sin embargo, Zimmermann aún apoya el plan de contactarme para convencerme a que me someta a la prueba de compatibilidad y, de ser el caso, donar parte de mi hígado para salvar la vida de Devin, «quien efectivamente está como está por un abuso de estupefacientes, los cuales acabaron con su hígado más rápido que con su cerebro», según lo que me comentó el arquitecto. —¿Y el Sr. Zimmermann apoya que a mí se me someta a pruebas y una cirugía que pondría en riesgo mi vida por un vicioso? —pregunto indignado. —Ernst tiene un hijo que está metido en drogas. Aunque no es un secreto que su hijo está completamente sumergido en ese mundo, nadie habla de ello porque mi socio ha sabido cerrar las bocas de quienes se atrevieron a hablar de su desgracia. Por lo que pude averiguar, su hijo fue quien metió en drogas a su sobrino, y ante los reclamos de su hermana, este quiere salvarle la vida al sobrino, para de alguna manera no meter en más problemas a su hijo —el arquitecto se queda en silencio, y por un momento pienso que no tiene más que comentar, pero al notar que está dudando, creo que hay algo más que decir, pero se está debatiendo si debe o no hacerlo. —Arquitecto, dígame aquello que está pensando que es mejor callar —el hombre que empiezo admirar, no solo por su talento como profesional, sino por la calidad de ser humano que me está demostrando que es, me mira y termina comentándome lo que quería guardarse para evitar que sienta miedo. —Ernst no duda en facilitarle a Hermann Schwarz la cantidad de dinero que sea necesaria para que pueda asegurar que te hagas la prueba de compatibilidad y que te lleven a Alemania con tal de salvar la vida de Devin. Ahora sí creo que es momento de pensar seriamente en andar con cuidado, Mateo. Los siguientes días pasan y no tengo noticias de Hermann Schwarz, hasta que llega el fin de semana. Es sábado y me encuentro con Eliana y Sebastián en la fiesta de cumpleaños del hijo menor de Ángel y Barbarita. La celebración se da en un reconocido restaurante de comida rápida, y mientras los anfitriones hacen que los niños bailen junto a las madres que los cargan en brazos, veo que Hermann Schwarz ingresa junto a dos hombres que lucen amenazantes. Sin que Eliana lo note, me muevo hacia donde está este tipo, quien sonríe con aires de superioridad al ver que me acerco a él. —Vaya, ha sido difícil encontrar el espacio adecuado para acercarme nuevamente a ti, pero me alegra ver que entiendes lo peligroso que resultaría para tu familia si no haces las cosas como yo quiero que las hagas —en este momento me hierve la sangre al imaginarme lo patán y brabucón que habría sido con mi madre cuando le confesó que estaba embarazada. —Si me acerco es para evitar que se inicie un tiroteo —suelto tratando de demostrar que sus palabras no me han afectado. Él y sus hombres, que también son alemanes o entienden el idioma, han empezado a buscar con la mirada a los supuestos protectores que cuidan de mí y mi familia, y cuando se encuentran con uno de los hombres de Aleksandr, el cual enseña el arma que trae consigo sin que los demás en el restaurante se den cuenta, la expresión de superioridad desaparece del rostro de Hermann Schwarz—. Sé el motivo que ha hecho que me busques, pero te diré que no estoy dispuesto a ayudar a tu hijo. No hay nada que nos una o que me ponga en deuda contigo o con tu hijo. —Veo que eres padre, ¿qué sentirías al ver a tu primogénito morir? —suelta sin pensar que su primogénito en verdad soy yo, ya que Devin nació dos años después de mi alumbramiento. —Creo en Dios, por lo que me someto a su voluntad. Si el destino de mi hijo es morir, lo único que me queda es acompañarlo en su agonía y aceptar el dolor que me toca al tener que enterrar a quien debió enterrarme a mí. Lo que acabo de decir no lo hago sin pensar. Desde que me enteré de la situación que este hombre vive con su hijo, he reflexionado mucho sobre lo que yo haría al estar en su lugar, si sería capaz de buscar al padre de Sebastián para exigirle que se haga la prueba de compatibilidad y done el órgano que salvaría a mi hijo de una muerte segura; y la respuesta es que no lo haría. No es por orgullo que no buscaría a quien desde un principio le negó a Sebastián todo lo que un padre tiene para ofrecer a un hijo, sino que considero que no perdería el tiempo buscando y amenazando a prácticamente un extraño, para obligarlo a hacer algo que no le nació nunca, que es amar y cuidar de Sebastián, cuando lo que debo hacer es estar al lado de mi hijo para ayudarle a superar el dolor que consigo trae la enfermedad y la muerte. Madurar es darse cuenta que hay batallas que no se deben luchar, que lo mejor es estar al lado de quien se ama y está sufriendo en vez de buscar hacer justicia u obtener venganza. —Eres un grandísimo mentiroso —escupe con rencor. —No, no me acuses de ser lo que tú eres. A mí mi madre me crio bien. Ella hizo un trabajo espectacular conmigo al enseñarme que mentir es lo peor que puedo hacer porque, además de herir a inocentes, me hago daño a mí mismo. Ahora vete con tus matones a sufrir a otra parte porque de mí no obtendrás nada —digo y estoy a punto de dar media vuelta, pero recuerdo lo que Hanna Zimmermann me dijo cuando le pedí que se retire de la habitación donde mi madre moría—. Ah, y dile a tu mujer que, si su hijo se está muriendo padeciendo mucho dolor, es porque se lo merece al ser un pecador. Schwarz intenta acercarse a mí para golpearme por el mensaje que acabo de dejar para su mujer, pero los hombres que lo acompañan lo detienen cuando se dan cuenta que en el local donde estamos hay seis hombres armados dispuestos a dispararles, por lo que no tendrían oportunidad de salir ilesos. —No estoy solo. Yo también tengo gente muy poderosa que es mi familia —suelto para que quede advertido, y me retiro para regresar a disfrutar de la fiesta de cumpleaños. El siguiente martes, cuando estoy llegando a la constructora, en Recepción me avisan que el Arquitecto Redondo quiere que antes de ir a mi mesa de trabajo, me presente en su oficina. De inmediato tomo el ascensor hacia el último piso, y al aparecerme enfrente de su asistente, este me hace pasar a la oficina de la Dirección General. Al ingresar, veo que el arquitecto no está solo, con él está una mujer que al detallar en su rostro reconozco como Hanna Zimmermann. Esa mujer no es ni la sombra de aquella que muy altaneramente llegó a la habitación donde agonizaba mi madre para increparle lo que no debía. Su mirada dista mucho de la que me ofreció la primera vez que me vio, una llena de soberbia y rencor. Ahora me mira con humildad, con lamento, rogándome que la escuche y acepte lo que ya sé que quiere pedirme. —Mateo, ella es Hanna Zimmermann —como me lo imaginaba, no adoptó el apellido Schwarz porque le conviene más ser reconocida como la hermana de Ernst que como la esposa de Hermann—, y si he permitido que ingrese a la constructora para que hable contigo es porque me ha demostrado que quiere pedir tu ayuda como una madre lo haría. Lo indicado por el arquitecto Redondo hace que deje a un lado el desagradable recuerdo que tengo de esta mujer, y con un gesto de mi mano, la invito a sentarse en una de las sillas enfrente del escritorio del máximo jefe de este lugar. Yo tomo la otra y cambio su posición para quedar enfrente de la mujer que ha viajado desde tan lejos, dejando a su hijo enfermo bajo el cuidado de terceros para intentar convencerme de salvarle la vida. —Antes que nada, quiero pedirte que me perdones por lo que hice cuando me enteré que tu madre estaba hospitalizada en el pabellón de Oncología del nosocomio donde realizaba labor social. La historia que me contó Hermann es completamente distinta de la que Manuel —así se llama el arquitecto Redondo— se enteró de tu propia boca y luego relató a mi hermano. Si bien mi marido es el culpable de que en mí crezca rencor hacia tu madre, nunca debí presentarme ante ella para decirle todo lo que le dije, más cuando ella estaba muriendo y tú te quedabas solo… El llanto interrumpe a Hanna Zimmermann. Yo solo la miro mientras su pedido de perdón revive lo que sentí cuando escuché a mi madre llorar por lo que la mujer que tengo enfrente le dijo esa tarde que se atrevió a recriminarle por cosas que nunca hizo, ya que ella fue una víctima del poco hombre que es Hermann Schwarz. Tras limpiarse la pena, una que siento sincera, continúa hablando. —Mi hijo Devin está muriendo. Sé muy bien que él se ha ganado lo que padece, ya que fue su propia decisión lo que lo llevó a enfermar gravemente y estar al borde de la muerte, pero mi amor de madre hace que quiera verlo salir airoso de esta situación tan difícil, para que tenga una nueva oportunidad de vivir, de enmendar su camino. De haber encontrado entre nuestros familiares y amigos alguien compatible a mi hijo, ten por seguro que no hubiera aceptado la propuesta de Hermann de buscarte. Saber que fue él, el miserable patán que causó tanto daño a mi madre por todo lo que le hizo, y a mí por lo que me negó, quien se atrevió a acordarse de que existo solo para obtener provecho de la relación sanguínea que no puedo negar, hace que aparezca en mí rencor hacia ese hombre. —Señora, que perdone lo que le hizo a mi madre cuando ella moría, además de que la acusó de algo que nunca hizo, es algo que no va a obtener hoy. Ni mi madre ni yo movimos un dedo para contactar a su esposo, aunque yo me estaba quedando solo al irse ella para siempre. Mi madre y yo siempre supimos que no nos estábamos perdiendo de nada valioso al no tenerlo en nuestras vidas, y ahora que he podido conocerlo, escuchar de lo que ha sido capaz al querer librarse de culpa sobre lo que le hizo a mi madre al cambiar la versión de los hechos a su conveniencia, reafirmo que no perdí nada el día que él se desentendió de mi madre y de mí —lo que acabo de decir hace que Hanna Zimmermann se encoja de hombros y deje de mirarme a los ojos por sentirse avergonzada—. Sobre la ayuda que no me ha pedido para su hijo, pero sé que necesitan de mí porque guardan la esperanza de que yo sea compatible con él, algo que dudo porque solo tenemos en común los genes de un progenitor, me tengo que negar —Hanna Zimmermann empieza nuevamente a llorar, pero ahora hace algo que no me esperaba. —Por favor, ¡Mateo ayuda a mi hijo! —ruega la esposa de mi progenitor a la vez que deja su silla y se arrodilla ante mí. Soy consciente que esta mujer dañó a mi madre en sus últimos días de vida, pero tampoco quería verla humillada de esta manera. —Señora, por favor, párese —le pido sin tener la mínima intención de tocarla. —Por favor, salva a mi hijo. Eres padre, así que sabes todo lo que sufro al ver a Devin desvaneciéndose cuando apenas ha cumplido los veintidós años —por lo que acaba de decir, la imagen de Sebastián llorando cuando estaba internado en cuidados intensivos llega a mí, y hace que responda con total sinceridad. —Porque tengo un hijo es que no puedo ayudar al suyo —digo y la esposa de mi progenitor me mira con una enorme tristeza, una que se convierte en lágrimas—. Supongamos que soy compatible. Tendría que someterme a una cirugía. Ese procedimiento siempre tiene un porcentaje de error. Porque tengo un hijo no puedo arriesgarme a no salir de quirófano. Lo siento, pero por mi hijo es que debo decir no. El sollozo de Hanna Zimmermann retumbaba en la oficina del arquitecto Redondo. Él miraba con profundo pesar a la mujer que estaba postrada a mis pies, aquella que empezaba a darse por vencida, ya que yo era su última esperanza. En eso, el recuerdo de mi madre diciéndome que es de un buen ser humano ayudar a quien lo necesita, y que no debemos reparar en quién es la persona que podemos ayudar, hace que el pecho me duela. Mi madre siempre fue buena; ella no se merecía que jugaran con ella, que la abandonaran, que la repudiaran, que la culparan por algo que no hizo porque ella fue engañada, burlada. Sin embargo, ella nunca perdió la esperanza en la humanidad y me enseñó que, por más que tengamos carencias, podemos ayudar porque siempre habrá alguien que está pasando por una situación peor que la que vivimos. «Mamá, tengo miedo. Ahora tengo a Eliana y a Sebastián, y no los quiero dejar solos», pienso al imaginarme que el recuerdo de ella educándome en la generosidad, en la solidaridad, ha llegado a mí porque ella lo ha sacado del archivo de mi memoria y lo ha puesto en mi mente. En algún momento, deseé morir para irme con ella, pero ahora lo que más quiero es vivir, por lo que ahora es el miedo a ser el donante que tanto esperan y tener que ser sometido a cirugía lo que me frena a querer ayudar. «Ya no hay deseo de hacerle pagar a nadie por el daño que te hicieron, solo no quiero morir y dejar desamparada a mi familia, a quienes amo y me aman incondicionalmente», pienso, como si estuviera sosteniendo un diálogo con mi madre. Y, aunque no escucho una respuesta, el recuerdo de ella muriendo, llega a mí. Lo último que me dijo, antes de que cayera en coma por el dolor que sentía, hasta que sus signos vitales desaparecieron, se reproduce en mi mente: «Mateo, yo me voy, pero te prometo que seguiré cuidando de ti. Sé que Dios ha perdonado todos mis pecados, y por ello me concederá un último deseo, y lo que le pido es que me deje permanecer a tu lado como tu ángel guardián. Yo seguiré siendo tu madre, más allá de la muerte, y solo me iré por completo cuando sepa que tú ya no me necesitas más». —Está bien, acepto someterme a la prueba de compatibilidad —digo tratando de no llorar. Ahora estoy muy conmovido al creer firmemente que mi madre ha encontrado la manera de comunicarse conmigo y corregir el error que estaba a punto de cometer al negarme en ayudar a quien lo necesita. —¡¿Es en serio?! —pregunta Hanna Zimmermann sin creer lo que acaba de escuchar. —Sí. Me someteré a la prueba de compatibilidad, y si resulto ser el donante que esperan, no dudaré en entregar parte de mi hígado para que Devin sane. Hanna Zimmermann deja el suelo como puede, ya que yo no atino a ayudarla, solo me quedo ahí, sentado mirando como esa mujer se llena de alegría, se acerca a mí, me abraza, y vuelvo a sentir la calidez en el gesto amoroso de una madre. Ella no será la mía, pero al final es una madre que está luchando por salvar a su hijo. —Pero tengo condiciones —digo y ella me pide que se las diga—. Quiero que, de ser el donante, cuiden de mí antes, durante y después de la cirugía como si de uno de sus hijos se tratara. —De ser compatible con Devin, no dudes que serás para mí un nuevo hijo porque el que nació de mí renacerá gracias a ti —la sinceridad es palpable en las palabras de Hanna Zimmerman. —No quiero volver a ver a Hermann Schwarz. Manténgalo lejos de mí. Ese hombre no es bueno, y si sabe lo que le conviene, debería alejarse de él. A usted le ha hecho tanto daño como se lo hizo a mi madre —el arquitecto Redondo apoya lo que digo porque los errores cometidos contra mi madre y en mi contra se deben a las mentiras de ese tipo. —No te preocupes, que a Hermann no se acercará a ti nunca más —asegura tajantemente Hanna Zimmermann—. Y sobre tu recomendación, te prometo que lo voy a pensar. Cuando llego a casa y le cuento a Eliana que decidí ayudar a Devin Schwarz, ella no me reprocha nada, solo me abraza y me dice que me apoya en todo lo que yo decida. Tras contarle a nuestros amigos que acepté someterme a la prueba de compatibilidad para saber si puedo ser el donante que ayude a salvar una vida, ellos no critican mi decisión, pero Aleksandr se ofrece ir conmigo a Alemania, si resulto ser el donante, para asegurarse que cumplan con las condiciones que indiqué, cosa que agradezco a mi amigo, a mi hermano, porque somos familia. Tras la prueba de compatibilidad, lo que era improbable, porque somos medio hermanos, resulta real: soy el donante que salvará la vida de Devin. Ernst Zimmermann dispone de todo lo necesario para mi traslado a Berlín. El arquitecto Redondo me ofrece una licencia con goce de haberes, ya que su socio alemán será quien pague mi salario mientras estoy en Alemania y me recupero de la cirugía. Olena propone que Eliana y Sebastián viajen conmigo, ya que mi novia quiere cuidar de mí mientras me recupero y puedo viajar de regreso. Yo acepto complacido, y Ernst Zimmermann no tiene ningún problema de costear el traslado y estadía de mi familia, así como la de Aleksandr, quien ya se contactó con aquel que fuera su jefe en Alemania hace varios años atrás, para asegurar que lo que me han prometido se cumplirá. El dinero de Zimmermann hace que Eliana reciba la visa en menos de tres días, ya que es la única de los cuatro que no tiene pasaporte europeo, porque Sebastián, al ser mi hijo legalmente, también cuenta con nacionalidad alemana. Dos días después de llegar a Berlín, me hacen las pruebas prequirúrgicas, y tres días después, me someten a la cirugía. Antes de la cirugía, conozco a Devin. Él había pedido conocerme. Yo no había tomado en cuenta hacer ese pedido porque prefiero no generar lazos de ningún tipo con mi medio hermano, algo que él me hizo notar que será imposible porque al darle parte de mi hígado, estaremos unidos de alguna manera. Ver lo deteriorado que luce, reafirma que hago bien en ayudarle. Si bien es cierto que por su mal comportamiento que está en esta situación, mamá me enseñó que se ayuda sin juzgar, y eso es lo que hago. Cuando despierto en la sala de recuperación, los médicos me aseguran que todo está bien conmigo, que solo debo seguir las pautas que ellos dejan para que mi recuperación se dé satisfactoriamente, y que, si todo va bien, en seis semanas estaré apto para viajar de regreso. Al día siguiente, recibo la noticia de que Devin también salió bien de la cirugía, y que es solo cuestión de tiempo para saber si su cuerpo acepta o rechaza la parte de hígado que le doné. Los días pasan, y yo me siento cada vez más fuerte, recuperado, aunque a veces me canso más de la cuenta. Devin también va superando el cuadro de insuficiencia hepática que le habían diagnosticado, y el progreso que tiene es muestra de que el trasplante resultó exitoso. Solo falta una semana para que oficialmente me den el alta y pueda viajar junto a mi familia, ya que Aleksandr, al ver que todo salió bien y sí cumplirían con mis condiciones, regresó hace tres semanas, ya que no podía mantenerse alejado por más tiempo de las responsabilidades en sus negocios y de su familia. Al no conocer a nadie, nos parece extraño escuchar el timbre, ya que el día anterior habían llevado el mercado para que Eliana prepare la dieta especial que debo seguir. Cuando mi novia abre la puerta, Hanna Zimmermann es quien ha llegado de visita con dos adolescentes muy parecidos a ella. Sus hijos menores, Greta, de dieciocho años, y Maximiliam, de catorce, querían conocerme. Los dos adolescentes me agradecen por haber salvado la vida de su hermano mayor. La verdad es que no quiero tener que socializar con ellos. Ellos no tienen la culpa de nada, al igual que Devin, pero no quiero que se hagan la idea de que estoy interesado en mantener algún tipo de relación con ellos. Aquel ser que hace posible que entre nosotros exista un lazo de parentesco, no es mi persona favorita, por lo que no quiero que, a través de ellos, Hermann Schwarz pretenda acercarse a mí o a mi familia. Sin embargo, ver cómo tratan a Sebastián, quien ríe mientras juega con el menor de ellos, esos dos logran que baje la guardia y quiera confraternizar, pero siempre poniendo mis condiciones. —No te preocupes, mamá ya nos explicó todo lo que ha sucedido con papá —dice Greta, a la par que un rastro de tristeza aparece en su rostro, mientras habla a solas conmigo porque Hanna y Maximiliam están con Eliana y Sebastián en la cocina—. Papá no hizo las cosas bien, dijo muchas mentiras, por eso, y otros motivos más, mamá le ha pedido el divorcio —yo solo escucho callado lo que Greta comenta—. Todo este tiempo, papá ha engañado a mamá con varias mujeres. El caso de tu mamá no fue el primero, pero sí el más trágico porque quedó embarazada. Él nunca fue sincero con mamá, y ella le perdonaba las infidelidades porque también tenía problemas de autoestima que ahora es capaz de aceptar, y por eso puede dejarlo ir. —Siento mucho que su familia se desmorone —digo porque un divorcio siempre va a afectar a los hijos—. No te preocupes, es mejor así —responde Greta mientras suelta un suspiro—. Mamá se merece respeto, algo que papá nunca le dio, y nosotros estaremos mejor con una madre feliz, así que, estaremos bien. Tras quedar complacidos con unos de los postres que Eliana preparó y dejar exhausto a Sebastián por tanto jugar, la visita de esta tarde se retira. Ellos prometen ir al aeropuerto a despedirnos, y lo hacen, así como yo fui a despedirme de Devin antes de regresar a mi vida como la conozco. Ya en casa, sigo con la recuperación, haciendo todo lo que los médicos indicaron. Sin que lo espere, recibimos una videollamada de Greta a los pocos días de regresar a nuestro apartamento. Ella es la promotora de esta comunicación, en la que también participan Maximiliam, Hanna y Devin. Los cuatro conversan conmigo en perfecto alemán, mientras que con Eliana hacen el esfuerzo de hablar español, cuyo dominio es de un hablante de nivel intermedio, nada mal para haber estudiado el idioma solo en la escuela. Ellos se preocupan de mi recuperación, y Maximiliam directamente pregunta si yo me preocupo por la recuperación de Devin. En este momento, no sé qué decir. A veces quiero dejar el distanciamiento que me he autoimpuesto, pero temo salir herido si me relaciono afectivamente con ellos, y de eso se ha dado cuenta Greta. —Mateo, disculpa a Maximiliam, él aún es muy joven para entender lo que sientes con respecto a nosotros. No te preocupes, tómate tu tiempo, pero permítenos mantenernos en comunicación contigo. De nuestra parte, nosotros te consideramos nuestro hermano mayor y mamá te ve como un hijo más al haber salvado la vida de Devin. Sé que para ti es más difícil considerarnos tus hermanos, vernos como tu familia, pero haremos lo posible para probarte que somos diferentes a nuestro padre, que nosotros no te vamos a engañar, a mentir, y luego abandonar. Nos ganaremos tu confianza, y así Sebastián tendrá tíos de sangre y Eliana cuñados. Nosotros estamos para cuidar de ti, así como tú cuidaste de Devin al donarle parte de tu hígado, como el hermano mayor que eres. Lo dicho por Greta cala en mi corazón, de ahí que, cuando llega la hora de dormir, me acuesto con una sonrisa en mi rostro al pensar que, por un simple acto de bondad, al poner en práctica la generosidad y la solidaridad, conseguí los hermanos que nunca pensé que tendría, y el agradecimiento de una mujer que me ha demostrado sincero arrepentimiento por lo que alguna vez hizo en contra de mi madre. El tiempo será quien tenga la última palabra en esto.
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