—Pensé que cuando me tuvieras enfrente de ti me llenarías de preguntas —agrega minutos después, rompiendo el silencio en el que nos quedamos, ya que, cuando volvió a pronunciar su nombre y agregó la relación sanguínea que tiene conmigo, yo solo pude quedarme callado, analizando de manera rápida lo que siento al tener enfrente a quien abandonó a mi madre, conmigo en su vientre, siendo aún ella una menor de edad, cosa que desencadenó una serie de infortunios que terminaron cuando ella murió.
—¿Y qué podría preguntar? —cuestiono sin soltar a mis emociones, con la expresión más fría que alguna vez marcó mi rostro. Noto que lo que acabo de decir lo deja sin opción a réplica. Sin embargo, es un hombre que me lleva varios años de ventaja, más vivido y con mayor malicia de la que yo poseo, por lo que no demora mucho en soltar su respuesta.
—Creo que más que preguntas, serían reproches los que tendrías para mí —dice agregando una sonrisita nerviosa a la que acompaña una mirada llena de lamento. Por un momento, mi niño interior se emociona al pensar que su padre apareció para cuidar de él, para protegerlo, como debió ser, pero hay algo que me dice que no le crea, que, así como engañó a mi madre, ha regresado del pasado para, ahora, engañarme a mí.
—La verdad es que no tengo nada que reprochar —suelto mostrando desinterés, tanto así que termino metiendo mis manos en los bolsillos de mi pantalón—. Lo pasado enterrado está.
Lo que acabo de decir hace que ahora sea él quien se acoge al silencio. Yo solo lo miro tratando de descubrir sus intenciones. Lo que sea que lo haya llevado a buscarme, no está relacionado con algún cargo de conciencia porque, si fuera así, no habría llegado a mi trabajo para dejarse ver como el hombre arrepentido de no haber tenido corazón cuando, sin reparos, abandonó a su amante menor de edad embarazada.
—Me alegra escuchar que eres un hombre que no guarda rencor. Tu madre y su familia hicieron un gran trabajo al criarte —que haga este comentario sí me molesta, y mucho, porque mi madre ya no está, porque no hubo una familia donde apoyarse, porque no sé si lo dicho es por ignorancia o con ironía.
—Por lo que acaba de decir, me doy cuenta que desconoce el futuro que le deparó a mi madre su abandono —suelto sacando las manos de los bolsillos y respirando hondo para aguantar las ganas de romperle la cara.
—La verdad es que cuando terminó el año escolar, yo no volví a saber más de tu madre —dice sin mirarme a la cara, enfocando la mirada en el suelo del salón donde nos encontramos—. Imagino que le fue bien en la vida porque hizo lo correcto: tenerte en vez de abortarte, como se lo propuse —río, y estoy a punto de desatar toda mi ira contra él, pero la llegada del arquitecto Redondo evita que me equivoque al reaccionar con violencia.
—¡Mateo, qué gusto verte, muchacho! —escucho la voz del director general de la constructora y me veo obligado a relajar el cuerpo.
—Buenos días, arquitecto —saludo extendiendo la mano derecha, ya que el máximo jefe de la constructora se acercó hacia donde estábamos mi progenitor y yo. Después de recibir mi saludo al apretar cordialmente mi mano, el director general de la constructora da luces sobre el por qué mandó a llamarme.
—El Sr. Schwarz es cuñado de mi socio de la sucursal en Alemania —inicia así su comentario el arquitecto Redondo—, por lo que se me ha confiado los pormenores de lo que le ha traído a nuestro país y la relación que tiene contigo —miro atento al arquitecto, a quien no he tratado mucho, pero sí lo suficiente para saber que en este momento me observa con la intención de analizar lo que causa en mí sus palabras.
»El error es algo con lo que nacemos los humanos, por eso hay quienes llegan a esta vida con defectos físicos que los llevan a desarrollarse de manera diferente de lo que conocemos como normal. Dicho esto, quiero que sepas, Mateo, que mi intención siempre va a ser el apoyarte porque, en la historia de tus padres, tú eres un inocente—las palabras del arquitecto estaban logrando que algo en mí se ablande, pero lo que dice después, me hizo ver que él no conocía la verdad de la historia que le contaron—. Tu madre nunca debió alejarte de tu padre, su familia nunca debió amenazar al Sr. Schwarz para evitar que te conozca y se fortalezca una relación entre ustedes. A veces, el orgullo hace que tomemos malas decisiones, y fue el orgullo de tu madre y de su familia lo que impidió que tú seas reconocido por tu padre y tengas su apellido».
No dejo que el arquitecto Redondo continúe su discurso al empezar a reír a carcajadas. La interrupción lo sorprende, haciendo que me ofrezca una mirada completamente llena de duda. Sé que, en este momento, por mi reacción, el máximo jefe de la empresa donde trabajo está pensando que hizo mal en contratarme porque no soy quien él pensaba, pero reírme como si hubiera enloquecido es lo único que se me ocurre para ganar los segundos que necesito para acomodar mis ideas y contarle la verdad a quien sé que ha sido engañado. Ahora comprendo que este hombre ha llegado desde Alemania con el propósito de acercárseme porque algo requiere de mí, por lo que es capaz de mentir con tal de conseguir lo que quiere.
—Disculpe mi reacción, arquitecto, pero lo que acaba de comentar sobre mi madre, su familia y cómo eso pudo afectar la relación padre-hijo con mi progenitor es para reírse —digo y Redondo me mira con una enorme duda, mientras que Hermann Schwarz me dedica toda su ira porque sabe que empezaré a contar la verdad de lo que ocurrió entre él y mi madre—. Arquitecto, usted ha sido engañado —suelto y el jefe de la constructora mira desconcertado a mi progenitor—, mi madre no se alejó de quien ha llegado señalándose como mi progenitor. Mi madre era una joven de diecisiete años que se enamoró de su profesor, un hombre diez años mayor, quien no dudó en enamorarla y seducirla siendo ella una menor de edad, siendo él un hombre prohibido por el compromiso formal que sostenía con una mujer de edad más cercana a la suya. Cuando él se entera que mi madre estaba embarazada, la invita a abortar porque él no se hará cargo de ese hijo ni formalizará una relación con ella, ya que no iba a dejar a la novia que tenía, por lo que mi madre fue abandonada por el hombre que ella amaba. Adicional a la desventura amorosa, mi madre también sufrió el rechazo de mis abuelos, por lo que sus padres la echaron de casa después de terminar el año escolar.
»Mi madre no quiso abortarme. Se enamoró de quien no se merecía el amor puro y sincero que ella le ofreció, y, aunque el mundo se puso en su contra, ella fue valiente y se hizo de mí. La ayuda que el Estado alemán entrega a los casos sociales como el de mi madre fue lo que a ella le permitió terminar la gestación en un espacio seguro al ser acogida en una casa hogar para adolescentes embarazadas, y luego, ella pudo salir adelante gracias al trabajo que le consiguieron y al subsidio que le entregaban. Asimismo, mi tío, el único familiar que no repudió a mi madre, también le ayudaba, no con mucho, porque como ella, él apenas era un muchacho dos años mayor que la hermana que cayó en desgracia; pero él no pudo ser su apoyo por mucho tiempo, ya que cinco años después de mi nacimiento, él fallece.
»Tras terminar la escuela y graduarse, nunca más supo del hombre que está sentado a mi izquierda, y es por eso que yo recibo el nombre que ella eligió para mí y el apellido que era suyo. Yo no me apellido Meyer por el orgullo de mi madre, yo me apellido Meyer por el abandono de mi progenitor. Y sobre que los humanos estamos relacionados con el error, sí, es verdad, pero mentir y sacar provecho de otros, no califica como error, sino como un acto de pura maldad».
Mientras defendía el honor de mi madre al narrar la verdad de los hechos, Redondo observaba a Hermann Schwarz, percatándose de la dura mirada que me entregaba al estar evidenciando la clase de ser humano que es. Sin querer, suelto un par de lágrimas cuando termino de hablar, las cuales me seco de inmediato al sentirlas recorrer mis mejillas. El arquitecto no es tonto, es un hombre que empieza los sesentas, por lo que ha tenido suficiente tiempo de vida para conocer lo que son capaces de hacer los seres humanos cuando quieren conseguir algo, y con lo que acabo de decir, se está dando cuenta que mi progenitor es capaz de mentir con tal de obtener de mí lo que necesita, que debe ser muy importante para que se haya atrevido a buscarme.
—Redondo, eso no es verdad —es lo único que dice mi progenitor cuando callo, pero la ira en su mirada lo delata.
—Mateo, ¿puedes llamar a tu madre para que reafirme lo que acabas de narrar? —pregunta el arquitecto.
—No —mi respuesta tajante hace que el arquitecto preste completa atención en mí—. Pronto mi madre cumplirá diez años de haber fallecido —Hermann Schwarz me mira como si no pudiera creer lo que acabo de comentar.
—Eso es mentira —escucho que dice mi progenitor—. El investigador me confirmó que tú y tu madre migraron juntos.
—Pues, eso sí es una mentira —respondo manteniéndome en calma porque sé que pude desenmascararlo—. Dejo Alemania a los dieciocho años, completamente solo. Después de salir de la casa hogar donde me acogieron a los catorce años tras la muerte de mamá, intenté hacer mi vida y progresar, pero no podía avanzar porque encontrarme en las calles que una vez caminé con ella tomándome de la mano, me dolía demasiado. Así fue que crucé el océano y vine al país donde mi madre nació, buscando aquí un recuerdo más feliz, cuando ella era una pequeña niña que desconocía todo lo que sufriría por haberse enamorado de quien no debía.
Redondo me mira consternado, lamentando esa parte de mi vida que no pudo conocer al leer mi currículum. Y cuando enfoca su mirada sobre Hermann Schwarz, el entrecejo fruncido manifiesta que el aprecio que sentía por el alemán cuando este llegó a las instalaciones de la constructora muy temprano por la mañana, ha desaparecido. El arquitecto llama a su asistente por el intercomunicador sobre su escritorio, y se dispone a hablar.
—Hermann Schwarz, te pido que te retires de las instalaciones de mi compañía —dice el arquitecto mientras cuelga el auricular del intercomunicador y su asistente ingresa al salón de juntas—. Has venido cargando un enorme saco de mentiras, por lo que no puedo ayudarte —con esas palabras, el arquitecto Redondo estaba poniendo fin a la visita del alemán.
—Esto no va a ser del agrado de Ernst —menciona mi progenitor con un tono de voz lleno de ira.
—Si Ernst Zimmermann ha sido engañado por ti, entenderá mi proceder cuando le diga la verdad de lo ocurrido entre la madre de Mateo y tú, pero si él es parte de la mentira, esta es la oportunidad perfecta para deshacerme de una sociedad que no me conviene a largo plazo, ya que no puedo tener como socio a alguien sin principios.
A Hermann Schwarz no le queda de otra que retirarse siendo escoltado por el asistente de Redondo. La mirada que el alemán me deja cuando se está yendo es una repleta de resentimiento. Que yo sepa, no le he hecho nada a este sujeto para que guarde en mi contra algún tipo de rencor, por lo que me quedo tranquilo al tener la conciencia limpia.
—Mil disculpas, Mateo. Desconocía por completo la verdad de lo ocurrido con tu madre. Creí la historia que me contó mi socio alemán porque pienso que es un buen hombre, ya que no puedo creer lo contrario hasta que lo enfrente y sepa si él también fue engañado o es parte de, lo que ahora pienso, la emboscada que quisieron hacerte con mi ayuda —lo dicho por el arquitecto me preocupa porque qué podría querer de mí Hermann Schwarz.
—Arquitecto, ¿por qué dice que quieren emboscarme? —pregunto sin sospecha alguna.
—La novia que tenía Hermann Schwarz es Hanna Zimmermann, la hermana menor de quien hasta ahora es mi socio en Alemania. Del matrimonio, nacieron tres hijos. El mayor, Devin, tiene una insuficiencia hepática seria, por lo que necesita un donante de hígado para someterlo a cirugía y salvar su vida. Ninguno en su familia es compatible, y han buscado entre los amigos, pero sin éxito, y ahí fue que el recuerdo sobre ti llegó. Tu padre, aunque creo que lo mejor es llamarlo como lo nombraste: tu progenitor, habló por primera vez de ti a su familia política, haciendo que Ernst empiece a buscarte. Los últimos seis meses se la han pasado indagando sobre el paradero de tu madre porque necesitaban saber si ella abortó o no. Al enterarse que naciste y obtener tu nombre, encontrarte fue más fácil porque a Ernst le compartí tu currículum —se me hizo inevitable mirar al arquitecto con ganas de saber por qué compartió mi información profesional con su socio alemán— porque, al ser alemán, estaba vislumbrando la idea de, tras pasar un tiempo en la constructora, promoverte a arquitecto junior asociado, y que vayas a trabajar con mi socio, encargándote de mis asuntos en la sucursal de Alemania. Ellos quieren que te sometas a las pruebas de compatibilidad para saber si puedes donar parte de tu hígado a Devin.
—Entiendo, pero por qué habla de una emboscada —insistí en ese tema.
—Por las mentiras que utilizaron para llegar a ti. Ya oíste la historia que me contaron sobre el distanciamiento con tu padre, y de alguna manera pretendieron involucrarme en esto para generar presión en ti, que accedas a lo que ellos quieren con tal de no perder tu trabajo, ya que Ernst me pidió que, si te negabas a colaborar con ellos, rompa el contrato que firmaste con la constructora. Ahora, que sé la verdad, no entiendo cómo pudieron imaginar que no serías capaz de decir la verdad y desenmascararlos —comenta el arquitecto tratando de encontrar sentido a las pretensiones de los Zimmermann y de Hermann Schwarz.
—Me parece que, más bien, pensaron que usted no sería capaz de creer en mí y desconfiar de ellos —ante lo dicho, el arquitecto asiente con la cabeza.
—No contaron con que las dos únicas veces que hemos conversado han sido suficientes para darme cuenta que no eres de los que usan su imaginación para mentir, sino para aportar creativamente en los proyectos donde participas —comenta la máxima autoridad de la constructora donde trabajo, y yo sonrío ante el comentario—. Sin embargo, se me hace difícil creer que Ernst haya sido capaz de mentirme. De seguro Schwarz los tiene engañados.
—Arquitecto, no pretendo destruir el concepto que usted tiene de los Zimmermann, pero Hanna Zimmermann sí sabía de mí —me dispongo a explicar con sumo detalle un recuerdo que ha llegado desde mi memoria—. Un mes antes que fallezca mamá, tuve que internarla en el hospital porque ella empeoró y yo no podía darle calidad de vida. Porque ella me pedía que no deje de estudiar es que seguía yendo a la escuela, pero ni bien terminaban las clases, corría hacia el hospital, donde prácticamente me había mudado porque ahí pasaba la tarde, dormía y me aseaba temprano para nuevamente ir a la escuela.
»Una tarde que regresaba a encargarme del cuidado de mi madre, me detengo antes de ingresar a la habitación para amarrar los pasadores de mis zapatos deportivos, y fue ahí que oí a una mujer hablando con mi madre, pero lo hacía utilizando un tono de voz prepotente. Lo que alcancé escuchar fue a esa mujer diciéndole a mi madre que se tenía bien merecido estar muriendo con una enfermedad que le causaba mucho dolor, ya que ese era su castigo por intentar destruir la relación que tenía con un tal Hermann, que ahora entiendo que se refería al tipo que acaba de irse. Al escuchar que mi madre lloraba, ingresé de inmediato para echar a esa mujer, quien al verme se quedó callada. Yo tenía catorce años, pero no era un debilucho ni un pequeñito a quien podrían maltratar, y estaba decidido a defender a mi madre de todo aquel que quisiera herirla más de lo que ya estaba. Antes de irse, esa mujer me dijo: «Tu madre es una pecadora», y yo le dije que se vaya de inmediato, porque al ser el hijo de una pecadora podría alzar la mano en contra de ella, y no sentiría remordimiento alguno. Mamá estaba mal, así que no pregunté quién era esa mujer, pero me dijo que era la esposa de mi padre, y tras conocer por qué mi madre fue abandonada, deduje que esa mujer había sido la novia de mi progenitor, aquella a la que engañaba cuando decidió jugar con mi madre.
—¿Y cómo dio Hanna con tu madre? —la pregunta del arquitecto hace que me sumerja aún más en mis recuerdos.
—Esa mujer formaba parte de un grupo de ayuda a los pacientes terminales. Supongo que en algún momento se habría enterado por su cuenta o por el mismo Schwarz sobre la existencia de mi madre, y al conocer su nombre, tras encontrarlo en la lista de los pacientes que estaban muriendo, fue a verla. Esa fue la única vez que vi a esa mujer en el pabellón donde estaba hospitalizada mamá, y lo ocurrido esa tarde no se lo comenté a ninguna de las enfermeras o médicos —hacer memoria sobre ese hecho, hace que la tristeza aparezca en mí, notándose en mi mirada.
—Mateo, tu madre fue una gran mujer, eso nunca lo dudes. Si Hanna sabía de tu existencia, quiere decir que en verdad Ernst no sabe la verdad y está siendo utilizado por ella y su marido para que él provea el dinero que necesitaban para encontrarte y salvar la vida de su hijo. Al darme cuenta que Hermann Schwarz y Hanna son capaces de enlazar una mentira tras otra, sospecho que las condiciones por las que Devin está tan enfermo puedan ser no tan santas, ya que alguna vez escuché que el muchacho había estado en drogas, pero creí que solo se trataba de un rumor, mas no la verdad. Ahora sospecho que el motivo por el cual Devin está tan mal sea por no haberse comportado como debía, y si es así, ten por seguro que yo no te voy a pedir que hagas a un lado todo el daño que le hicieron a tu madre y, por consiguiente, a ti para salvar la vida de quien no se merece tremendo sacrificio de tu parte. Por otro lado, te aconsejo que tengas mucho cuidado, no sabemos de lo que sería capaz Hermann Schwarz con tal de obligarte a hacerte la prueba de compatibilidad y donar, si es el caso, el hígado que su hijo necesita. De mi parte tienes todo mi apoyo, y no me va a temblar la mano si debo ir en contra de los familiares de Ernst por defender lo que es justo -las últimas palabras del arquitecto me reconfortan.
—Gracias, arquitecto Redondo, por creer en mí y brindarme su apoyo —digo y, tomándolo por sorpresa, le doy un abrazo, algo que el máximo jefe de la constructora donde trabajo toma a bien.
Tras terminar la jornada laboral, decido llamar a Aleksandr para comentarle lo que ocurrió hoy por la mañana. Que el arquitecto Redondo me aconseje tener cuidado porque no sabemos de qué es capaz Hermann Schwarz, hace que quiera hablar con el gigante ucraniano para pedirle protección para Eliana y Sebastián, así como para los empleados del negocio de postres y sánguches, ya que cualquier cosa me puedo esperar de quien es capaz de mentir descaradamente con tal de obtener lo que quiere. Por mí no me preocupo porque estoy seguro que no irá en contra de mi integridad física, ya que me necesita sano, sin lesiones de ningún tipo. Aleksandr me avisa que está en el apartamento de Pablo, junto a Olena, ya que ahí se habían citado con la organizadora de bodas para tratar temas económicos de los planes que ya están bien avanzados sobre las nupcias de mi amigo policía y la rubia de ojos grises.
Antes de ir al apartamento de Pablo para hablar con mi amigo ucraniano, voy al mío; lleno de besos a mi amada novia y a mi hijo; dejó mi saco, maletín y llaves del auto, y me dispongo a subir al quinto piso con la excusa que me han invitado a ser testigo de lo bien que empiezan a llevarse el policía y el gigante ucraniano. Cuando llego al piso de Pablo, este me está esperando en la puerta con una enorme sonrisa porque Aleksandr cada día lo trata mejor, sin ese desprecio que había adoptado el hermano mayor de Olena tras enterarse que ella y el policía se daban una nueva oportunidad. Después de unos minutos de escuchar a la organizadora de bodas explicar los porcentajes de adelantos que debían entregar a cada proveedor, Aleksandr saca de uno de los bolsillos interiores de su chaqueta el talón de cheques que entrega a Olena para que se encargue de hacer los adelantos de dinero necesarios.
—Dime, Mateo, ¿qué es aquello que con suma urgencia debes conversar conmigo? —pregunta Aleksandr mientras enciende un cigarrillo al encontrarnos en el balcón de la habitación de Pablo. Procedo a contarle el encuentro que tuve con quien es un completo desconocido para mí y el por qué me ha buscado. Detallo las mentiras y el intento de manipular a quien es el máximo jefe en mi trabajo para que me presione, de alguna manera, y termine aceptando ayudarles—. ¿Temes por tu integridad? —es la primera pregunta que hace Aleksandr sin perder la calma en su voz y mirada.
—No, ellos me necesitan sano y salvo, por lo que temo por la integridad de Eliana, por la de Sebastián y de aquellos que trabajan con nosotros en el negocio de postres y sánguches. No vaya a ser que busquen presionarme atentando contra mi familia o quienes forman parte del equipo del emprendimiento de Eliana —Aleksandr asiente moviendo la cabeza al encontrar lógica en mis palabras.
—De acuerdo. Destacaré gente para que vigilen a tu novia, hijo y empleados mientras tú estás trabajando en la constructora. También voy a investigar sobre el tal Hermann Schwarz, para saber por dónde se mueve mientras está en la ciudad. Te aseguro que nada les pasará a los tuyos, quédate tranquilo. Y no te preocupes por pagarme por el servicio de protección que proveeré a tu familia y empleados; serás mi compadre, así que considérate mi familia, y a la familia se le apoya cuando nos necesita.
Más tranquilo después de haber hablado con Aleksandr, bajo al apartamento donde encuentro a Eliana terminando de poner la mesa para que cenemos los dos, ya que Sebastián acaba de devorar su plato lleno de verduras, huevos de codorniz y pollo. Mientras cenamos y Sebastián juega en el corral, mi novia, quien es muy intuitiva, me pregunta si algo ha sucedido en el trabajo.
—A ti nunca podré ocultarte nada —comento mientras sonrío, tratando de ocultar mi tristeza.
Que mi padre se presente ante mí esta mañana, me ha afectado, y mucho. Yo nunca pensé en buscarlo, en saber de él; ni siquiera me interesó conocer su nombre porque creí que, al saberlo, algún día la curiosidad podría aparecer y terminaría buscándolo, y eso no acabaría bien, al menos no para mí. Además, recordar cuando esa mujer, que ahora sé que se llama Hanna Zimmermann, o Schwarz, si adoptó el apellido de su marido, se acercó a mi madre a maltratarla más de lo que ya lo había hecho el infeliz con quien se casó, abrió la herida que pensé ya estaba cerrada, una que hace que quiera llorar como lo hacía cuando vivía solo, cuando no importaba guardarme la tristeza para no afectar a quienes me aman y les importo, ya que no tenía a nadie a mi lado. Eliana se da cuenta que estoy haciendo un gran esfuerzo por ocultar mis emociones, y ella, sabiendo que es la única que me puede ayudar a soltar lo que pretendo esconder, posa su cálida mano sobre la mía, y con ello, que es para mí como un permiso a poder expresarme sin limitaciones, suelto todas las lágrimas que se han acumulado en el transcurso de este día.
Mi novia me abraza, y yo me aferro con desesperación a ella. Empiezo a sollozar ocultando mi cara en su pecho, para así ahogar el ruido que produce mi dolor, uno que no quiero que llegue a los oídos de mi hijo porque no quiero que se asuste o entristezca. Él, que me recuerda a mí en una versión que solo tengo consciencia de ella a través de los vídeos de VHS que transformé a MP4 y veo cada año, cuando se cumple un año más del fallecimiento de mi madre, no puede enterarse que aquel que tanto daño me hizo con su ausencia, ha aparecido en nuestras vidas con malas intenciones, porque quien es capaz de mentir al hablar pestes de los muertos, es capaz de todo. Tras soltar lo que había tratado de ahogar en mi interior, sin éxito alguno, empiezo a contarle a Eliana lo que ocurrió a horas de la mañana; sobre mi preocupación por el bienestar de ella, de nuestro hijo, de quienes trabajan en el negocio; de mi conversación con Aleksandr y su oferta de protección gratuita porque nos considera familia.
—Dentro de todo lo malo que ocurrió hoy, hay cosas buenas que rescatar: te has enterado que el máximo jefe de tu trabajo te aprecia y reconoce tus capacidades al haberte pensado como el futuro arquitecto junior asociado encargado de sus negocios en Alemania y que Aleksandr nos considera familia —un motivo más para amar a Eliana es que ella, aunque para sí misma no es muy positiva que digamos, sí lo es cuando se refiere a mí u otra persona.
—Ahora que lo mencionas, sí, tienes razón —digo mientras termino de limpiar mi nariz.
—Mateo, ¿has pensado en cómo reaccionarás si ese hombre te vuelve a buscar? —pregunta Eliana mientras deja suaves caricias sobre mis cabellos.
—De eso también hablé con Aleksandr. Él, que sabe cómo tratar a los delincuentes, me recomendó que nunca debo mostrar miedo ante esa gente que es capaz de todo con tal de obtener lo que quiere. Además, con la protección que nuestro amigo ucraniano proveerá para ti, Sebastián y el equipo que trabaja contigo, miedo es algo que no tengo ni tendré ante lo que ese sujeto pueda hacer —afirmo al sentirme completamente seguro de que mi familia y empleados del negocio no corren peligro.
—Mateo, ¿y qué tal si planea secuestrarte? —lo que dice Eliana hace que suelte una carcajada, ante lo cual, Sebastián también empieza a reír haciendo mucho ruido.
—No te preocupes, amor, ese hombre no tendrá oportunidad para estar enfrente de mí y hablarme como lo hizo por la mañana. Quédate tranquila, que ya entendió que de mí no obtendrá lo que necesita.