Reconociendo a mi hijo: Capítulo I (Parte 2)

3480 Words
Trato de dormir, pero no puedo. El pensar que debo alejarme de Eliana hace que la ansiedad aparezca y que el aire me falte. En eso, el enojo llega y tengo la necesidad de golpear algo, así que me visto y salgo a la calle para ir al gimnasio cercano que funciona veinticuatro horas. Pago por el derecho de uso de sus instalaciones por un día y me dirijo hacia donde están los sacos de boxeo. Con los guantes puestos empiezo a soltar la ira que siento porque debo dejar ir a alguien que quiero, como pasó con mi madre, por quien no pude hacer nada al ser un simple crío. Lanzo golpes desordenadamente, lo único que quiero es que todo esto que me aprieta el pecho salga de una buena vez. - Si sigues golpeando así, vas a terminar haciéndote daño en las muñecas –escucho decir a una voz que reconozco. Es Pablo, el policía que vive en mi edificio un par de pisos más arriba-. Si te sientes tenso, mejor comienza a patear el saco, así tus manos no corren peligro –me enseña cómo hacerlo y empiezo a patear con toda mi fuerza. - Gracias por la recomendación –suelto casi sin aire porque los últimos diez minutos he estado saltando lo más rápido que podía para patear con toda mi fuerza el saco. - No hay de qué, para eso estamos –dice Pablo mirándome fijo, queriendo descubrir qué me sucede-. Es una mujer, ¿o me equivoco? –dice dejando de observarme para empezar a sacarse los guantes de boxeo. - ¿Se nota mucho? –pregunto tratando aún de normalizar mi respiración. - Digamos que, a tu edad, que una mujer te deje o te sea infiel es lo más probable que te esté molestando y provoque esa reacción. - Lo raro, en mi caso, es que ella no me está dejando ni me es infiel porque nosotros no somos nada –digo con rabia mientras comienzo a sacarme los guantes de boxeo. - Por la rabia con la que hablas diría que me estás mintiendo porque me parece que la situación te supera al ustedes haber llegado a ser muy íntimos –carajo, o soy un libro abierto o Pablo tiene la capacidad de leer a las personas. - Si te cuento lo que me pasa, ¿me das un consejo? –el policía sonríe ante mi comentario y asiente con la cabeza. Dejamos el gimnasio y caminamos un par de cuadras hacia nuestro edificio. En la ruta encontramos una cafetería que también funciona veinticuatro horas. Parece que Pablo viene muy seguido porque las meseras y personal de cocina de turno lo saludan como si lo estuvieran esperando. «¿Lo de siempre, Pablo?», pregunta la camarera que nos atiende, y él asiente con la cabeza, luego me mira y me pregunta qué voy a pedir, hace hincapié en que él invita. «Solo un té verde, por favor», digo recordando que pasan de la 1 am y no tengo costumbre de estar comiendo a esta hora, aunque tampoco suelo ejercitarme tan tarde, ¿o es tan temprano? «Tráele lo mismo que a mí más su té verde», concluye Pablo y la señora que nos atiende se va. - Después de cómo has golpeado el saco debes consumir proteína –suelta Pablo observándome serio. - Si como, no voy a poder dormir –digo y él ríe. - Después de cómo has golpeado el saco, dudo mucho que te den ganas de dormir pronto. La adrenalina ya se ha segregado, y para que desaparezca de tu cuerpo van a pasar algunas horas. Si duermes, lo harás a eso de las 6 am, así que te conviene comer algo para cuando el sueño llegue a ti puedas dormir tranquilo al no tener hambre. Después de unos minutos, la mesera llega con dos platos grandes de panqueques, los cuales están hechos a base de avena y plátano, además que traen fruta; también hay un sándwich de pollo con apio hecho con pan proteico, y un batido que Pablo confirma que es de leche descremada con un suplemento que la cafetería ofrece a los usuarios del gimnasio. Pablo empieza a comer, y yo lo imito. La comida en verdad estaba deliciosa, y comí con unas ganas enormes, como si no lo hubiera hecho en días. Al final llega mi té verde, y me rio al tomarlo después de todo lo que comí. - Ahora que estamos con la barriga llena, podemos hablar de lo que te tiene así –dice Pablo, y con su mano derecha me hace un ademán que me invita a empezar a contarle lo que me está alterando de tal manera que llegué al gimnasio de madrugada. - Hace siete meses conocí a una chica en mi trabajo. Desde que la vi llamó mi atención su físico: es relativamente alta, fácil que llega al 1.70 m, de piel tostada, una hermosa mestiza porque sus ojos son almendrados de color miel y su cabello castaño oscuro tiene suaves ondas que lo hacen ver bonito cuando lo lleva suelto. La forma de su cuerpo es casi perfecta, si no fuera porque camina de una manera tan peculiar, y sé que lo hace para que no se den cuenta de las provocativas caderas y ese hermoso culo que tiene y me vuelve loco. Su cuello largo hace que mi mirada descienda hacia sus pechos, que no son tan grandes, pero lucen bien y en proporción para esa pequeña cintura que adoro cuando tengo la oportunidad de prenderme de ella. Y sus labios, no te imaginas cuántas veces me he perdido mirándolos al maravillarme que sean tan carnosos, rojos y húmedos. Sus finas facciones hacen que tenga memorizada su sonrisa y que sea capaz de dibujarla a la perfección sin inconvenientes. - Ok, ya entendí, ella es una diosa y tú estás embobado y a sus pies –me interrumpió Pablo burlándose de mí. Y lo entiendo, he gastado bastante tiempo dando una detallada descripción de Eliana. - Bueno, sigo –digo algo apenado porque de seguro soné como un imbécil que se dejó deslumbrar, pero igual continúo con el relato-. Cuando ella llegó al hotel para trabajar en el Área de Cocina como una lavaplatos, logré conocerla porque fui quien la ayudó a encontrar el camino por dónde debía ir para encontrar la oficina del jefe de esa área. Mi trabajo es de anfitrión, y como la vi desorientada le ofrecí mi ayuda. Ella me sonrió tímidamente y me indicó que estaba buscando a quien es el jefe de Cocina, el chef del restaurante del hotel. Me ofrecí a llevarla, lo hice, y me quedé por ahí cerca para escuchar lo que quería con ese tipo. Poco tiempo después salió de la oficina junto al jefe del área, y él anunció que ella sería la nueva lavaplatos. De inmediato le entregó un uniforme y le pidió que comience a trabajar. Caminé detrás de ella para felicitarla por conseguir el empleo y le dije que en el transcurso de la mañana de seguro la llamarían para que vaya a Recursos Humanos a firmar su contrato. Ella me sonrió ya no tan nerviosa como lo hizo cuando la encontré confundida por la Recepción del hotel y bromeó diciéndome que esperaba encontrarme nuevamente para que la ayude a llegar a la oficina donde debía firmar su contrato. Eso me gustó, y le dije que anotara mi número, que me envíe un mensaje para acompañarla cuando le avisaran que debía subir. »Y así fue, ella me envió un mensaje, yo fui por ella, la acompañé y me quedé esperando sin que nadie me vea, hasta que salió sonriendo tan feliz que en ese momento supe que era ella a quien quería en mi vida, claro que eso me doy cuenta ahora porque en ese instante solo la vi demasiado bonita y atractiva, pero no para tener algo serio, tú sabes cómo somos los hombres a la hora de pensar si debemos o no tomar en serio algo o a alguien. - ¿Te refiere a que dudamos o no nos damos cuenta de lo que en realidad queremos? -pregunta Pablo con una sonrisa de autosuficiencia que me provoca golpearle la cara, pero él está en lo correcto. - Exacto. Desde ese día empecé a buscarla, a crear momentos en que pudiera toparme con ella en el hotel para conversar, y poco a poco la confianza creció. Una tarde la esperaba después de mi turno para hacerle la conversación y probar si me dejaba acompañarla hasta su casa y así empezar a conocer más sobre ella. Cuando salió de la Cocina, me sonrió, y antes de que pudiera preguntarle si la podía acompañar hasta su casa, ella me comentó que le habían asegurado que desde la azotea del hotel se tenía una hermosa vista de la ciudad, ya que el edificio tiene cuarenta pisos y la azotea sería el piso cuarenta y uno. Confirmé lo que le habían dicho y ella me dijo que quería ir hasta ahí para ver la ciudad desde un punto de vista diferente. Le dije que no había problema, como empleados podemos hacerlo, así que tomamos el ascensor para el personal y llegamos hasta la azotea. »Ella quedó maravillada del paisaje y yo quedé maravillado de verla así de feliz. Apoyados en el borde de la azotea, empezamos a conversar del trabajo, luego le conté de mis estudios y cuando quería preguntarle sobre su vida, me dijo que tenía que irse. Le dije que no tenía problema alguno en acompañarla, y la vi nerviosa, pero ese detalle que ahora recuerdo se me olvidó porque ella hizo algo que no me esperaba: me besó. Ese beso fue el mejor que me han dado en mi vida, por lo que de inmediato se encendió en mí las ganas de cogérmela y no soltarla. »Fue tan grato lo que sentí que no pensé cuando bajé mis manos hasta sus glúteos y la atraje hacia mí, de tal manera que mi paquete rozaba descaradamente su monte de venus. Te aseguro que por un segundo pensé que en mi cara se estamparía alguna de sus manos, pero no, ella respondió mi osado tacto de la misma manera, y empezó a moverse sobre mi erección. Fue ahí, en el cuarto de limpieza de la azotea, donde estuvimos por primera vez. No nos dijimos nada, solo empecé a desnudarla y ella no se negó. Cuando terminamos, estaba tan cansado, pero feliz que me quedé dormido por unos minutos con una sonrisa en el rostro. Al despertar, ella ya se había ido. - ¿Y qué sentiste cuando te viste solo? –pregunta Pablo volviéndome a interrumpir. - Creo que fue tristeza. De alguna manera esperaba que tras vestirnos ella quisiera que la acompañe a su casa o acepte ir a la mía. Estaba dispuesto a faltar a clases con tal de conocerla mejor, pero ella ya no estaba ahí. Empecé a llamarla por teléfono, y no contestó. Creo que por mi insistencia me envió un mensaje disculpándose de lo ocurrido, que debió dejarme ahí, dormido, al hacérsele tarde. Los días siguientes ella estuvo evitándome, hasta que la embosqué en uno de los almacenes donde guardan menaje y utensilios de cocina. Ella lucía apenada y yo estaba molesto porque no entendía su actitud. Al reclamarle el por qué me estaba ignorando y evitando, me dijo que no sabía cómo hablarme después de haber cogido, ya que ella no se comportaba de esa manera, que fue la primera vez que tuvo sexo con prácticamente un desconocido. »En ese momento la disculpé porque sentí que estaba siendo sincera y que ella no solía permitir que un casi extraño le baje las bragas. Sin embargo, estar con ella fue tan delicioso que empecé a decirle lo que me hizo sentir y quise saber qué fue lo que ella sintió. Al confirmarme que también se sintió muy complacida, me acerqué lo suficiente para besarla, y cuando entro en razón ya estaba con los pantalones abajo, ella completamente desnuda, con la espalda contra la pared, sus piernas rodeando mi cintura y yo sosteniendo su peso con mis brazos y caderas porque ya estaba dentro de ella. - Y han estado en ese plan hasta hace poco, me imagino –comentó Pablo y yo confirmé al mover afirmativamente mi cabeza-. ¿Y qué fue lo que pasó para que estés así de iracundo y triste a la vez? - Después de seis meses en este plan, de satisfacernos en los escondites que hemos encontrado en el hotel, quise invitarla a cenar para conocernos más, y ya que nos llevamos tan bien en el sexo, quizá podamos entablar una relación que pueda continuar y crecer con los años y ser compañeros –digo y Pablo me mira de una manera como diciéndome: «Pero ¿qué dices, idiota?»-. No me digas nada que tu cara ya me lo dijo todo. - No soy nadie para criticarte, pero como que muy femenino tu pensamiento a futuro –dice Pablo y se mata de risa-. Disculpa, Mateo, no fue mi intención, pero, carajo, si te has enamorado lo más normal es que quieras vivir por siempre al lado de esa mujer. No tiene nada de malo, solo que escucharte cómo te expresabas sobre tu deseo que ella se quede siendo alguien importante en tu vida, me sacó de onda porque eres aún muy joven para plantearte una relación a tan largo plazo. - Lo sé, por eso no se lo dije antes, y la verdad es que no quería decírselo, pero que ella me diga que no era necesario que nos viéramos fuera del hotel para hacer lo que hacemos, me jodió y terminé diciéndole que quería algo serio con ella, para que al final ella me diga que solo entre nosotros podía haber sexo y de la manera clandestina como lo tenemos, que si quiero algo más, no se pude, y que no nos hagamos más problemas porque esto que tenemos se puede acabar; yo me busco a otra y ella a otro, y listo –recordar lo que me dijo hace que la sangre me hierva de cólera y a la vez los ojos se me llenen de lágrimas. - La amas, por eso reaccionas así –dice Pablo y yo niego con la cabeza. - No puedo creer que esto me esté pasando. Es la primera vez que me enamoro y ella no me quiere dar una oportunidad -digo empezando a sentir impotencia por no saber qué hacer para remediar lo que Eliana me dijo. - Tranquilo, Mateo. Puede ser que su vida no sea tan buena que digamos y más que nada se está protegiendo o te protege a ti –lo que acaba de decir Pablo no tiene sentido para mí y se lo hago saber al mirarlo con extrañeza-. ¿Sabes si estudia? ¿El motivo por el cual trabaja lavando platos en un hotel? - No estudia y trabaja para sobrevivir –escucharme decir esto hace que entienda el punto de Pablo. - No conoces los retos que ella puede tener en su vida y que la llevan a no querer complicarla más –empieza a decir Pablo y yo presto atención a lo que dice-. El amor a veces puede empeorar las cosas cuando tu vida no es sencilla. Quizá un amor del pasado la ha herido y aún no sana, tiene miedo de que la vuelvan a engañar o quizá su familia no es la más adecuada para ser presentada y no quiere que un muchacho como tú, de buena presencia, que está a punto de terminar su carrera, que habla tres lenguas y trabaja haciendo una labor mucho mejor que la suya en el hotel, se vea expuesto a una realidad que de seguro no es muy alentadora. No te atormentes pensando que ella puede ser una mala mujer que está jugando contigo. A veces una vida difícil hace que las personas no quieran intentar que algo bueno y bonito forme parte de su día a día para no terminar malográndolo. Las palabras de Pablo calan muy profundo en mí. Él aún es joven, con sus treinta y cuatro años, pero todo lo que ha tenido que ver y experimentar por la labor que realiza ha debido darle sabiduría sobre estas cosas. Al preguntarle cómo puede saber tanto de la vida, me comentó una anécdota que le sucedió a los veintiún años, durante su primer año como policía. Él y su compañero, un hombre quince años mayor, estaban persiguiendo a un carterista que acababa de asaltar a una mujer, quitándole el bolso. El ladrón aparentaba menos edad de la que realmente tenía, así como un muy mal aspecto. Pablo, al ser más joven y estar en mejor condición física, logró llegar primero a donde el delincuente estaba dirigiéndose. Era una casucha en el barrio pobre cercano a la Plaza de Armas de la ciudad, lugar donde ocurrió el atraco. Al ingresar rompiendo la puerta y haciendo mucho ruido, llegó a ver a una anciana y una mujer embarazada. El muchacho había estado robando porque lo que sacaba por las horas de trabajo cargando bultos en el Mercado de Frutas no le generaba lo necesario para costear el valor de las medicinas que necesitaba la anciana. La mujer embarazada lloraba porque pronto nacería su hijo, el cual no conocería al padre porque la policía se lo llevaría y al poner una denuncia contra él pasaría varios años encerrado. Pablo cuenta que le dio mucha lástima el ladrón porque era alguien como de su edad y estaba viviendo una situación difícil que él nunca padeció. Al no saber qué hacer, si dejarlo ir o apresarlo, perdió tiempo y llegó su compañero. El policía veterano le pidió al ladrón que le devuelva la cartera, y al haberlo reconoció como uno de los estibadores del mercado de frutas que hace unos días atrás estuvieron exigiendo mejoras salariales, entendió que la situación que vivía lo empujó a delinquir. Al final el policía le dio una oportunidad al decir que no pudieron atrapar al ladrón, que solo consiguieron recuperar la cartera porque el delincuente la soltó durante la persecución. Pablo estuvo tan impactado por ese caso que al día siguiente regresó con dinero para comprar las medicinas que faltaban para el tratamiento de la anciana, que era la abuela del ladrón y quien lo crio a falta de sus padres dedicados a los vicios. Ese gesto hizo posible que ese muchacho volviera a creer en las personas, en que su esperanza y fe crecieran, así que se dedicó a trabajar más duro y a pensar en pequeños negocios que le permitan ganarse un extra. Con el paso del tiempo, ese muchacho logró ser un comerciante en el Mercado de Frutas y ahora, a sus treinta y seis años, es uno de los comerciantes mayoristas que lideran en ese mercado. Pablo terminó haciéndose muy amigo de él y aceptó ser el padrino del bebé que la joven embarazada, que resultó ser la pareja del muchacho, estaba esperando. - No todo el que delinque lo hace porque es ocioso y quiere ganarse la vida fácil. Hay gente que intenta hacer las cosas bien, pero como que la vida se aferra a querer golpearlos más fuerte cada vez y terminan cediendo a lo delictivo porque es un ser a quien aman el que corre peligro si no se cuenta con el billete necesario. Asimismo, la muchacha de quien estás enamorado no necesariamente es una tramposa que solo quiere burlarse de ti. Ella puede estar llevando una vida que es consciente que no es para ti, y por ello te aleja, pero, a la vez, no quiere tenerte por completo distante de ella, por lo que acepta el sexo a escondidas; al menos eso la debe hacer feliz y sentirse especial –la reflexión de Pablo me toca en lo más profundo, en especial esa parte que mencionó narrando la anécdota, que a veces las personas necesitamos una muestra de humanidad de un extraño para recuperar la fe y la esperanza, y así continuar con más ánimo buscando otras posibilidades para vivir con dignidad y siguiendo un camino de bien. - Entonces, me aconsejas insistir –digo y él niega con la cabeza. - Te aconsejo que no pienses mal de ella y que te alejes –esa parte de alejarme no la entendí-. Sí, aléjate. Si a ella le interesas, irá a buscarte. Cuando una persona tiene una vida triste, no puede andar mucho tiempo lejos de aquello que la hace sonreír. Y, eso sí, si ella te busca, no te hagas el difícil ni el orgulloso, ahí sí insiste hasta saber qué es lo que la detiene para ser feliz contigo.
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