Reconociendo a mi hijo: Capítulo II

4085 Words
Como dijo Pablo, a las 6 am estaba que caía de sueño y terminé durmiendo hasta pasado el mediodía. Fui a la universidad y regresé a mi apartamento sin ningún mensaje de Eliana en mi buzón. Al día siguiente, voy a trabajar a las 7 am, como siempre, y no hago ni el más mínimo intento de caminar hacia el Área de Cocina. No voy a negar que me cuesta el mantenerme alejado, pero así puedo concentrarme en mi trabajo y estar disponible para recibir las propinas que algunos clientes extranjeros me entregan antes de dejar el hotel en agradecimiento porque durante su estadía les ayudé mucho para comunicarse con otros empleados y pasar una buena temporada en la ciudad. Cuando llega la hora de irme a la universidad, miro hacia mi alrededor, tratando de encontrarme con la imagen de Eliana mirándome escondida detrás de alguna columna o mueble, pero no la encuentro, así que, algo desilusionado, me voy a seguir con mis clases y mi vida. El resto de días, hasta que llega el martes, día que en esta semana descanso, me mantengo en mi zona de trabajo en el hotel, por lo que no me he topado con Eliana. Al pasar los días, pienso que, si me encuentro con ella, sería muy incómodo hablarle, ya que, después de lo que me dijo y el silencio que hemos mantenido, volver a tratarnos como si nada, ya no es posible. Además, empiezo a pensar un poco menos en ella porque mis exámenes finales del semestre han llegado, por lo que hoy martes estoy ocupado en mi apartamento revisando mis apuntes y los capítulos que debo estudiar a profundidad para rendir las últimas evaluaciones del penúltimo semestre de mi carrera. Estoy a nada de graduarme y convertirme en todo un arquitecto. La semana de exámenes pasó, estoy en la espera de mis calificaciones y de que en algún momento se cumpla lo que Pablo me dijo que pasaría, que Eliana me buscaría, pero nada. Mantengo mi postura de permanecer alejado de ella, pero a minutos de que llegue la hora de terminar con mi horario de trabajo la veo caminando con un muchacho que no conozco. Como la curiosidad me mata, camino detrás de ellos sin que me noten, y veo que ingresan a uno de los almacenes donde el Área de Cocina guarda menaje y diversos utensilios que aún esperan que llegue su turno de ser usados. Escucho detrás de la puerta del almacén, que quedó abierta, que Eliana pide a ese muchacho que busque en específico un diseño de menaje que tienen ahí guardado porque en los próximos días habrá una importante cena y deben tener la completa certeza de contar con todo el menaje que requieren. Sonrío al darme cuenta que no es lo que me imaginé, que ella y él estuvieran haciendo lo que hasta hace unas semanas ella y yo hacíamos. Me levanto y camino para alejarme de ahí, cuando la jefa del Área de Lavandería, una amable señora en sus sesentas, se topa conmigo y me pide que la ayude con unas cajas que la pobre no podía cargar y estaba empujando, tratando así de llevarlas hacia donde las necesitaba. Camino al lado de la jefa de Lavandería, quien va narrando lo que acaba de ocurrirle al estar discutiendo con el gerente por la calidad de unas toallas y salidas de baño que han adquirido hace poco y no reflejan las cinco estrellas del hotel, cuando no me doy cuenta que Eliana está enfrente de mí y la golpeo con la esquina de una de las cajas. - ¡Oh, por Dios! ¿Te encuentras bien, Eliana? –pregunta la jefa de Lavandería mientras la ayuda a levantarse. Yo no atino a nada, solo a mirar la escena-. Lo siento mucho, estuve distrayendo a Mateo, quien tampoco tiene una gran visibilidad caminando con estas cajas que casi hacen que vaya a ciegas. - No se preocupe, estoy bien –escucho que dice Eliana y logro ver que está sonrojada, que no me mira y yo decido no decir nada para no incomodarla. - ¿Segura? Creo que mejor es que vayamos a la Enfermería del hotel para que te vean esa herida –no es posible; el borde de la caja está tan macizo que, al golpear a Eliana, el impacto resultó más fuerte de lo esperado, cortando la piel y apareciendo un delgado hilo rojo de sangre. - No es necesario, solo haré presión en la herida –dice Eliana para evitar estar ahí por más tiempo. - Mateo, deja las cajas aquí y lleva a Eliana a la Enfermería. Yo llamaré a uno de mis muchachos para que me ayude con esto –dice la jefa de Lavandería, y yo me quedo congelado, así como también sucede con Eliana-. Vamos, muchachos, ¡qué esperan! –ante la insistencia de la sexagenaria, dejo las cajas sobre el suelo y espero a que Eliana empiece a caminar. Ella lo hace y yo voy detrás. Mientras caminamos, en silencio, miro su espalda; veo como la lleva arqueada, y los hombros pegados a las orejas, señal de que está con vergüenza. Debo repetirme a mí mismo que no la toque, que no la toque porque muero de ganas de abrazarme a su cintura y sentir que ella reposa su nuca sobre mi pecho. Al llegar a la Enfermería, me adelanto para buscar a la licenciada, pero no la encuentro. Al voltear hacia la puerta, me topo con la mirada de Eliana, quien asustada rehúye la mía y mira al suelo. - ¿Podrás quedarte aquí, esperando a que llegue la licenciada? La jefa de Lavandería me entretuvo mucho tiempo y debo regresar a mi zona de trabajo –digo tratando de que mi voz salga en el tono más frío posible. Ella me mira con mucha vergüenza y asiente con la cabeza. Yo hago lo mismo y camino hacia la puerta para alejarme de ella. - Lo siento –la escucho decir cuando estoy a punto de poner un pie fuera de esta habitación. - No fue culpa tuya, sino mía. Debí fijarme si alguien venía caminando en dirección contraria para no golpearla –digo, cruzo la puerta y giro para alejarme lo más rápido que puedo. Sé que ella no se estaba disculpando porque no pudo evitar chocar conmigo, sino por lo que ha pasado entre nosotros, pero con un «lo siento», no me basta, necesito que ella me busque y que quiera conversar conmigo sobre lo que nos pasó, que me explique por qué no me quiere dar una oportunidad para demostrarle que soy un hombre que vale la pena y la puedo hacer feliz. A la semana siguiente, estoy en la universidad viendo los últimos tres cursos que debo llevar para acabar con mis estudios, graduarme y empezar a buscar un empleo como arquitecto junior, ya que es necesario que gane experiencia. Ni bien empiezo a ver los horarios, encuentro un gran problema: las clases de los mejores catedráticos están fijas en horas de la mañana, cuando trabajo. Ante esta situación, empiezo a plantearme la idea de tener que cambiar de horario en el hotel, pero no sé si eso me convenga, ya que significaría no volver a ver a Eliana, ni siquiera por casualidad. Al ver los nombres de los catedráticos y darme cuenta que cursar con ellos me ayudaría a conseguir alguna oportunidad dentro de mi carrera, ya que, si demuestro que soy un estudiante destacado, ellos me darían sin pensarlo dos veces sus recomendaciones, las que necesito para que mi hoja de vida brille sin aún tener experiencia suficiente en la rama, no lo pienso más y me comunico con mi jefe para preguntarle si hay alguna opción que me permita cambiar mi horario en el trabajo. - Justamente quería proponerte que trabajes en turno de noche. Tu buena presencia y tu dominio de tres idiomas nos caería muy bien porque en los últimos meses son muchas las empresas extranjeras que están haciendo eventos nocturnos con nosotros, y necesitamos a alguien que pueda traducir lo que requieren los clientes –dice mi jefe, y yo me pregunto si mi vida amorosa puede arreglarse tan rápido como la laboral. - ¿Y el pago por hora sería el mismo que el turno de mañana? –pregunto para tener una idea sobre mi salario. - El turno de noche es mejor remunerado, en especial las horas en las que participas como anfitrión en algún evento contratado. Estamos hablando de unos cincuenta billetes por hora –el turno de noche paga el doble de lo que ofrece el de mañana, estoy alucinando-, además de las propinas que puedes recibir de los organizadores del evento, que, en tu caso, podrían ser exorbitantes si logran necesitarte más de lo debido por tu dominio del inglés, alemán y español. - Entonces, por favor, indique que cambiaré de horario de trabajo. Ese dinero me hará mucho bien ahora que estoy a punto de terminar mis estudios, además que quedo con la mañana libre para ir a mis clases sin contratiempos –comento, y sonrío porque al menos algo bueno me está pasando. - De acuerdo, coordinaré con Recursos Humanos para que mañana empieces con el nuevo horario, así que ya no vengas a las 7 am, sino a las 5 pm –dice mi jefe, luego se despide y corta la llamada. Ya llevo dos semanas desde que he cambiado de horario, y Eliana sigue sin hacer ni un solo movimiento para buscarme. A estas alturas, creo que Pablo se equivocó y que lo mejor que puedo hacer es continuar con mi vida. No puedo insistir en esto que siento porque si ella no está dispuesta a aceptar que quiero conocerla y tener algo serio con ella, estaría comportándome como un acosador, la haría sentir incómoda, y no quiero llegar a ese extremo, en el que me termina odiando. Entre mis compañeros del turno de noche hay una anfitriona que destaca dentro de todas porque es una modelo profesional extranjera que acaba de llegar al país, y con este trabajo se está manteniendo mientras consigue algo más acorde a su interés. Nadia proviene de Moscú, domina cinco lenguas y por la buena percha que tiene es a quien colocan siempre en la entrada para que, no solo ayude a los clientes en lo que requieren, sino para causar un buen impacto con su belleza. Al principio de mi participación en los eventos contratados, querían que yo estuviera junto a Nadia en la entrada, pero al tener más cerebro para hacer otro tipo de tareas, la organizadora de eventos del hotel, así como aquellas que representan a las diferentes empresas que contratan nuestros servicios, me han pedido que funja como una especie de animador-moderador de las veladas, algo en lo que he sabido desenvolverme muy bien, y ahora soy algo más que una cara bonita que puede atender a los clientes extranjeros. El problema de tener esta clase de protagonismo es que Nadia se ha interesado en mí, algo que me halaga mucho, pero hay un problema: que ella no despierta ninguna clase de atracción en mí. Es guapa, sí, pero no me basta que sea una muñeca para sentir algo por ella. Nadia es muy diferente a Eliana, y a quien aún quiero es a esa hermosa mujer de piel trigueña y ojos miel, de sonrisa encantadora y mirada triste. Aún recuerdo como me miró apenada en la Enfermería, y me sigue doliendo que no haya hecho ningún esfuerzo por acercarse a mí para hablar de lo que nos pasó. - Hola, Mateo, que alegría poder verte. Mi tarde ha mejorado ahora que he podido recrear mi vista con tu presencia –escucho la voz de Nadia y volteo a verla. La verdad es que no me gusta que me coquetee de esa manera tan… ¿seca? ¿Qué es eso de «recrear mi vista con tu presencia»? - Hola, Nadia. Solo estoy de paso para que Angélica me entregue el programa para el evento de mañana, me gusta prepararme con tiempo para hacer un buen trabajo –digo mirando detrás de ella, por si Angélica, la organizadora de eventos del hotel, aparece por algún lado. - Como sea, para mí es una gran oportunidad de no pasar un día sin mirar tus lindos ojos verdes –en Rusia los ojos verdes son muy escasos, ya que predominan los azules en diferentes variantes, como los de ella, por lo que siempre dice que lo que más le llama la atención de mí es mi verdosa mirada. - Gracias. ¿Sabes dónde está Angélica? –hago una pregunta que no tiene que ver con lo que ella estaba hablando, tratando de zafármela de encima. - No, pero si quieres te acompaño a buscarla –con tal de poder irme, accedo a su propuesta y empiezo a caminar con ella a mi lado por la zona de empleados del hotel. Voy mirando por todos lados, por si en algún lado encuentro a Angélica. Al ver que me estoy acercando a la Cocina, me detengo y prefiero marcar el número de la organizadora de eventos para preguntarle dónde la puedo ubicar. «Estoy en la Cocina coordinando unos detalles. En breve voy a la Recepción, espérame ahí», dice Angélica, y yo estoy girando cuando, sin darme cuenta, choco con el cuerpo de Nadia. - Lo siento, Nadia, estaba distraído –digo sin percatarme que para evitar que la rusa caiga al suelo, la he tomado por la cintura. - No te preocupes, Mateo, me gusta tu proximidad –me dice, y, sin que me lo espere, me planta un beso en los labios. Yo no reacciono hasta que escucho una voz que reconozco pronunciando mi nombre. - ¿Mateo? –es Eliana. Acaba de terminar su turno y salía de los baños hacia la puerta de salida del personal. Cuando pongo mi mirada en ella, veo como las lágrimas caen por sus mejillas. Eso hace que algo se rompa en mi pecho, que me duela verla llorar. Eliana gira su cuerpo y empieza a correr hacia la salida. Yo quiero ir detrás de ella, pero Nadia me detiene. - Mateo, ¿qué haces? ¿Por qué irías detrás de una simple lavaplatos? –que Nadia se exprese con tanto desprecio me pone molesto, así que rudamente me zafo de su agarre y empiezo a correr hacia la salida de empleados. César y Luis están fumando unos cigarros a un costado de la salida, así que les pregunto si vieron a Eliana. Ambos señalan a la vez hacia el camino que lleva al metro, y maldigo mi suerte porque, si no logro alcanzarla, no podré dar con ella en ese laberinto lleno de miles de personas. Corro y para mi suerte puedo dar con ella, pero está por subir a uno de los vagones. Logro leer hacia dónde lleva ese servicio, el cual no para en diferentes estaciones, sino que va directo a la última estación de la zona oeste de la ciudad. Por suerte, detrás del que acaba de partir, viene otro igual al que me subo, y ruego que no haya mucha diferencia en el tiempo de llegada a la estación entre el que ya partió y este. Nunca había estado en este barrio, que resulta ser el más peligroso de la ciudad. Desde que salgo de las instalaciones del metro se puede ver el caos que abunda en este lado de la urbe: mucho grafiti vandálico por todas partes; áreas verdes totalmente descuidadas; recursos de propiedad pública -como los botes de basura, semáforos, bancas- maltratados; las calles llenas de basura; indigentes, prostitutas y vendedores de drogas apostados en cada esquina. «Este lugar no es adecuado para que un niño pueda crecer», pienso y luego me asombro de haber reflexionado sobre ello, ya que no conozco a nadie que viva en este barrio -excepto Eliana- y que tenga un hijo. Camino tratando de ocultar que desconfío de quienes están a mi alrededor, ya que eso me haría lucir como un faro en altamar, lanzando una potente luz que atrae todo lo que hay en un radio de varios kilómetros, y lo que menos quiero es tener problemas. Llego a una avenida de doble vía, por lo que imagino que debe ser una avenida principal, y miro a todos lados tratando de encontrar a Eliana, pero no consigo dar con ella. Una anciana indigente pasa por mi lado y me estira la mano pidiéndome unas monedas. Yo meto mi mano en uno de los bolsillos de mis jeans para ver si tengo algo que le pueda dar, pero una voz que conozco me detiene y aleja a la vagabunda que se va lanzando insultos. - Si le das unas monedas a uno, sabrán que no eres del barrio, y será cosa de minutos para que termines sin ropa porque te robarán hasta los calzoncillos –es Pablo vestido con su uniforme de policía. - No pensé encontrarte aquí, pero me alegra verte –digo, y mi amigo sonríe de una manera burlona. - De seguro has estado a punto de hacerte en los pantalones al estar caminando por aquí –bromea, y yo lo miro molesto. Bueno, sí, tenía un poquito de miedo, pero ya no-. ¿Se puede saber qué haces por aquí? - Llegué persiguiendo a Eliana –suelto sin más, y Pablo reconoce el nombre de la muchacha que me ha enamorado y sonríe pícaro. - Lo que es capaz de hacer el amor: ponerte en peligro –dice y ambos reímos-. Pero se te notaba como perdido, mirando a todos lados. - Es que no vine con ella, vine detrás de ella –preciso, y él recuerda el verbo que utilicé: «perseguir», y lanza una carcajada. - Te dije que te mantuvieras alejado hasta que ella fuera por ti -me recuerda con un tono de voz de regaño. - No pude mantenerme en espera después de que ella me encontrara besándome con una compañera del nuevo turno del trabajo –la cara de Pablo es un poema a la duda-. Mi compañera me dio un beso sin mi consentimiento y fue en el preciso momento en que Eliana apareció. Al verme con otra chica, empezó a llorar y salió corriendo del hotel. Traté de alcanzarla, pero llegando a la estación del metro perdí su rastro. - Tienes suerte de conocer a un policía que te puede ayudar a dar con ella –añade Pablo, y lo miro ilusionado, pero a la vez con ganas de que me diga cómo puede ayudar-. Todos los residentes de este barrio están censados, proceso que se hace cada mes porque a la mayoría de esta gente le gusta meterse en problemas, así que solo necesito el nombre completo de tu chica para buscarla en la base de datos –le digo el nombre completo de Eliana y él sonríe al encontrarlo-. Me alegra ver que está en la lista verde, de gente que no debería estar aquí, sino en algún otro lugar mejor. Sube a la patrulla, te llevo al edificio donde vive. Junto a su compañero, un policía de veinte años recién egresado de la Escuela de Policías, enrumbamos hacia donde vive Eliana. El edificio no queda muy lejos de la estación del metro y se ve que está en buenas condiciones, si lo comparamos con el resto de edificaciones que hay por aquí. Pablo desciende de la patrulla y va a abrir la puerta para que yo pueda salir, cuando veo a Eliana caminando hacia el edificio cargando unas bolsas de compras del supermercado. Desde lejos puedo notar que su semblante está más triste de lo que normalmente luce, y ese dolor en mi pecho vuelve a aparecer. Pablo me saca de mis pensamientos cuando me habla y me anima a ir detrás de ella, cosa que no dudo en hacer, así que corro para cruzar la pista y alcanzarla. - ¡Eliana! –elevo la voz para llamar su atención y lo logro. Ella me mira con una cara de asombro mezclado con miedo, como si hubiera visto a un fantasma. - Pero ¿qué haces aquí? –dice, y la noto muy nerviosa. - Te seguí. Debemos hablar. Yo debo explicarte lo que viste. No tengo nada con Nadia, te lo juro –suelto dando un par de pasos hacia ella porque muero de ganas de abrazarla, pero me contengo, no quiero incomodarla más de lo que ya lo estoy haciendo por estar aquí sin que ella me haya invitado. - Mateo, tú puedes hacer de tu vida lo que quieras, eres un hombre libre y sin compromisos, así que no tienes que excusarte conmigo –sus ojos no apoyan lo que su boca acaba de soltar. En ellos puedo ver que está alegre con que entre Nadia y yo no exista ni la remota oportunidad de empezar algo porque yo no la quiero a la rusa, sino a ella. - Eliana, por favor, no me sigas rechazando. Dame una oportunidad, solo una para demostrarte que soy una buena persona, que puedes confiar en mí –termino de decir y su celular suena. Ella contesta apurada al ver de quién se trataba. - Olena, ¿qué pasa? –su voz suena preocupada, pero es cuestión de segundos para que deje caer las bolsas al pavimento y corra hacia el interior del edificio. La desesperación con la que empieza a subir las escaleras es chocante, como si su vida o la de alguien importante para ella dependiera de lo veloz que pudiera ser. El edificio no es muy alto, apenas unos seis pisos, sin ascensor, por lo que ambos tomamos las escaleras porque desde que corrió hacia el interior de la propiedad, no me he despegado de ella, por si puedo ayudar en algo. Llegamos al cuarto piso, a la última puerta del lado derecho del corredor. Sus manos están torpes, por lo que no puede abrir la puerta, así que le quito las llaves y yo lo hago. Cuando ingresa, corre por la pequeña sala y comedor para llegar a otra puerta, la de una habitación. La sigo, y una mujer, muy guapa y varios años mayor que nosotros, está arrodillada a un lado de la cama, en la que está un bebé, un niño que aún se ve menor de un año. El pecho de la criatura hacía un movimiento raro y un sonido aún más extraño se escucha cada vez que intenta respirar. Eliana se acerca al pequeño, está desesperada al no saber qué hacer. La mujer habla con un notorio acento: «La fiebre volvió a subir, mucho más que cuando te fuiste por la mañana. Yo no sabía qué hacer, por eso te llamé». Eliana dice el nombre del pequeño: «Sebastián, amor mío, hijo mío, por favor, respira». ¿Hijo? ¿Eliana tiene un hijo? Me acerco a la cama para ver mejor al pequeño, y noto que sus labios están un poco azulados, señal de que le está faltando el oxígeno. El nerviosismo y llanto desesperado de Eliana no la dejan actuar con eficacia, así que tomo al niño envuelto en el cubrecama y empiezo a bajar por las escaleras. Siento que Eliana viene detrás de mí junto con la mujer que estaba cuidando al bebé. Salgo del edificio y grito a todo pulmón: «¡Pablo, ayuda!». El policía entiende lo que pasa y abre la puerta de la patrulla, por la cual ingresa también Eliana y la otra mujer. Pablo enciende el vehículo y nos lleva a toda velocidad, con las sirenas haciendo un escándalo y su compañero indicando a los otros autos por el altavoz que despejen el camino. Al llegar al hospital, el compañero de Pablo abre la puerta para que pueda salir de la patrulla, y corro lo más rápido que puedo para ingresar a Emergencias. Un médico y una enfermera se acercan por los gritos que doy para llamar la atención, y al ver el color azulado en la piel del bebé de inmediato empiezan a moverse para salvarle la vida. Pablo está con Eliana y su amiga dando los datos del pequeño para que puedan ingresarlo al área de cuidados intensivos, ya que al tener una saturación de oxígeno inferior al 70 %, su caso es grave. Al escuchar esa información, Eliana se desmaya y es auxiliada por Pablo y su amiga.
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