Reconociendo a mi hijo: Capítulo III (Parte1)

3351 Words
Como Pablo debe seguir con su patrullaje por la zona y la amiga de Eliana, que ahora sé que se llama Olena, necesita hacer una llamada para que su hermano la reemplace en su trabajo, y así estar pendiente de la recuperación de madre e hijo, yo me quedo junto a la camilla donde está dormida la muchacha de la cual estoy enamorado. «Ahora lo entiendo todo: tiene un hijo, por eso me alejaba», me digo a mí mismo, y el recuerdo de mamá llega a mí de inmediato. Mi madre tenía cinco años cuando llegó al lado de sus padres y hermano mayor a Berlín. Mi abuelo era hijo de alemanes que nació en el extranjero, y se casó con mi abuela, una mestiza con notorios rasgos afrodescendiente. Un mejor empleo los llevó a Alemania, así mi madre y tío crecieron en ese país. Cuando mi madre tenía diecisiete años conoció a mi padre, un hombre diez años mayor que la enamoró. Él era su profesor en la escuela; había llegado justo cuando mi madre cursaba el último año, enamorándose de él como una tonta, término que ella eligió para calificarse a sí misma cuando me contó esa parte de su historia. Mi madre quedó embarazada y mi padre no quiso saber nada de mí porque no era un hombre libre, tenía una novia con la que se iba a casar. Cuando mi madre le contó a mis abuelos la situación por la que estaba pasando, ellos la rechazaron y la echaron de casa. Mi tío, quien apenas era un par de años mayor que ella, no podía hacer mucho, ya que el dinero de su trabajo no le alcanzaba para costear sus gastos al ir a la universidad y ayudar a mi madre, pero ella siempre lo recordaba con mucho amor y cariño porque fue el único que no le dio la espalda, hasta que murió, cinco años después de mi nacimiento, en un accidente de carretera. Nací cuando mamá acababa de cumplir dieciocho años. Ella pudo ir a un hospital y decir que no quería al bebé, abortarme o tenerme y darme en adopción, pero no lo hizo, se quedó conmigo. Cuando le pregunté por qué me tuvo y se quedó conmigo, si ella era muy joven y no podía cuidar de mí, me dijo que después de sentir terror por estar sola, no podía hacerme lo mismo que a ella le hicieron, que al menos juntos podíamos andar por la vida acompañados, y el miedo por enfrentarla no sería tan apabullante. Como nací y crecí en Alemania, pude dominar el idioma alemán sin inconvenientes. En la escuela aprendí el inglés y mi madre me enseñó el español, su lengua materna. No teníamos lujos, pero éramos felices, hasta que mamá enfermó. Tenía veintiocho años y yo diez cuando nos dieron la noticia del cáncer de cuello uterino. Los médicos no se explicaban cómo una mujer que había practicado la abstinencia por más de diez años podía haber desarrollado ese tipo de cáncer. Mamá nunca más tuvo otra pareja además de mi progenitor. Ella había quedado con tanto miedo de que la vuelvan a engañar, o que a mí me puedan hacer daño, por tantos casos que se veían de padrastros maltratando a sus hijastros, que nunca tuvo un novio o un amante fugaz, y que le dijeran que tenía cáncer de cuello uterino, fue devastador. Cuatro años después murió y yo tuve que ser llevado a una casa hogar para menores de edad desprotegidos. Estuve ahí hasta que cumplí dieciocho. Luego me retiré a vivir por unos meses en un apartamento compartido, sobreviviendo con la ayuda que el Gobierno brinda a los huérfanos que alcanzaron la mayoría de edad; más tarde conseguí un trabajo e intenté enrumbar mi vida, pero caminar por donde alguna vez lo hice con mi madre me destrozaba, así que decidí mudarme. Al tener doble nacionalidad, decidí cruzar el océano y vivir en el país donde mamá nació. Cuando llegué aquí, me di cuenta que la vida no sería como en Alemania, que había dejando un país donde podía recibir ayuda social por uno donde las políticas sociales casi no existen. Sin embargo, al conseguir trabajo en una empresa de mensajería y que todo lo que hacía para dirigir mi vida por el camino correcto estaba saliendo bien, empecé a ver el lado bueno: aquí no hay inviernos devastadores; la fruta es barata y deliciosa; la gente es amable y siempre se preocupa por ti; nunca falta la oportunidad de divertirte en una buena fiesta; sus paisajes naturales son de un verde hermoso, y aquí uno se puede sentir en familia, aunque no la tenga. «De seguro Eliana debe sentir el mismo miedo que sentía mamá. Ahora entiendo por qué su mirada me recuerda tanto a la de ella: en ambas hay un halo de preocupación y tristeza por lo que han vivido», concluyo mientras miro el bonito rostro de la mujer de quien me enamoré, el cual luce tranquilo por el calmante que le administraron ante el impacto emocional que tuvo al pensar que perdería a su hijo por la neumonía que lo enfermó. Minutos después, una enfermera se acerca a donde estoy cuidando de Eliana, y me dice que un familiar del bebé puede ingresar a cuidados intensivos para verlo y hablar con el médico que lo está atendiendo. Sin explicar que el único familiar es la madre que está sedada, dejo mi asiento, encargo a Eliana a una enfermera que está haciendo su turno en Emergencias y sigo a la otra para ir a ver al pequeño Sebastián. Después de vestir todos los implementos de bioseguridad para mantener libres de elementos contaminantes la sala de cuidados intensivos, ingreso, y el médico que está atendiendo el caso de Sebastián me saluda y empieza a darme los detalles del cuadro del bebé. Gracias a Dios está respondiendo muy bien a los antibióticos y ya controlaron la fiebre, pero deberá quedarse en el hospital por unos días para que den seguimiento a su estado de salud. El médico me lleva hacia donde está Sebastián, y lo veo dormido, con una vía intravenosa conectada a su pequeño brazo y una cánula en su nariz para una mejor administración de oxígeno. El pequeño se parece tanto a Eliana; tiene ese bello color de piel que yo no heredé de mi abuela materna con la misma intensidad porque los genes germanos de mi abuelo y progenitor de seguro atenuaron. Acaricio sus cabellos, los cuales tienen pequeñas ondas en las puntas. Nunca había visto a un bebé tan de cerca como lo tengo en estos momentos a Sebastián, pudiendo observar al detalle sus frágiles facciones. Algo en mí está sucediendo porque me siento conmovido a tal nivel que despiertan en mí las ganas de protegerlo, de cuidarlo, de permanecer a su lado para guiarlo por esta vida que no es nada fácil cuando se crece sin el adecuado referente. El médico ingresa nuevamente a la habitación donde estoy contemplando al pequeño y me hace una pregunta directa: «¿Es usted el padre del niño?». Lo miro con duda, por lo que complementa: «Es que, revisando la información del pequeño, vemos que solo aparecen los datos de la madre». Ante ello me invento una excusa de la cual nunca me voy a arrepentir: «Soy el padre, solo que por ciertos inconvenientes mi hijo no lleva mi apellido, pero eso es algo que se solucionará en los próximos días». Mi seguridad al darle una respuesta lo convence y se retira, dejándome nuevamente a solas con el pequeño. «¿Te gustaría que sea tu papá? –le pregunto mientras sigue durmiendo-. Para mí sería todo un honor poder criar, cuidar y proteger a un niño tan fuerte y valiente como tú», digo, y siento que los músculos de mi cara se estiran para formar una sonrisa que nadie puede ver por el cubrebocas que llevo. Minutos después, la misma enfermera que me guio hacia cuidados intensivos me pide que abandone el ambiente porque al estar Sebastián dormido, no necesita que un familiar se quede con él, así que hago lo que me pide, y regreso donde está Eliana. Al llegar a Emergencias me encuentro con Olena, quien al verme se sorprende, mejor dicho, se asusta porque su cara tiene una expresión de miedo muy marcada. - No creo ser tan feo como para que pongas esa cara de pánico al verme –bromeo sin saber por qué lo hago si no conozco a esa mujer. - Disculpa, no fue mi intención, solo que no pensé que estarías aún en el hospital –señaló tratando de sonreír, pero aún se notaba un poco nerviosa. - No me podía ir considerando que Eliana aún está dormida y los médicos podrían requerir a alguien responsable de Sebastián -dije mientras empecé a acariciar los cabellos de Eliana. - Pero tú no eres ese alguien –afirma Olena, y entiendo lo que quiere decir. - Lo sé, pero ellos no. Mira, yo solo quiero ayudar, no complicar las cosas –menciono, y en eso la enfermera que me llevó a ver a Sebastián se acerca. - Sr. Meyer, necesitamos que me acompañe a Farmacia para que firme la recepción de los medicamentos que vamos a suministrar a su hijo en las próximas horas –dice la enfermera, y Olena abre los ojos a lo máximo que puede, por lo que esas cuencas grises parecen que se van a salir en cualquier momento de su rostro. - Por supuesto, la sigo –indico, y miro a Olena pidiéndole que no abra la boca. Ella niega con la cabeza, me juzga, pero ya dije que era el padre del hijo de Eliana, y no me arrepiento. Al regresar de la Farmacia, la bonita rubia me mira con burla. - ¿No que no querías complicar las cosas? –dice Olena todavía juzgándome. - Si Eliana me lo permite, puedo reconocer a Sebastián como mi hijo –señalo como si lo que acabo de expresar fuera algo muy fácil de hacer. - ¿No te has puesto a pensar que ese niño tiene un padre? No creerás que Eliana es como la Virgen María –lo que acaba de decir la rubia me molesta. - No veo aquí a ese supuesto padre, así que supongo que no existe en la vida de Sebastián ni en la de Eliana –suelto molesto porque esa escena me recuerda a mi vida, una en la que mi padre faltó siempre. Olena sonríe y me dice que me siente a su lado. - Ahora que te conozco, me caes mejor –suelta con ese acento tan particular-. Al principio, cuando empezaste a follarte a Eliana en algún escondite en el hotel, te detesté porque pensé que eras un malnacido que te estabas aprovechando de la soledad de mi amiga, pero cuando ella me contó que querías conocerla mejor para que se den una oportunidad, pensé: «Ese chico es el indicado». - Entonces, no apoyas a tu amiga en su decisión de mantenerme alejado de ella –comento y Olena hace una mueca de desagrado. - La verdad es que entiendo y a la vez no a Eliana. Ella no tiene a nadie que le haga la vida imposible porque el padre del niño desapareció de su vida mucho antes de que este nazca, por lo que podría iniciar una nueva relación sin que hubiera un molesto ex que la fastidie, pero a la vez tiene mucho miedo de que la vuelvan a dañar, y ahora sería peor porque no está sola –explica la rubia, y yo también entiendo a Eliana. - Mira, Olena, para una madre soltera, siempre es complicado poder confiar una vez más, y no solo porque la pueden volver a herir, sino porque ahora son dos corazones los que serían destrozados si un hombre hace promesas que no va a cumplir –explico, y la rubia me mira sorprendida. - ¿Y cómo sabes sobre eso? –pregunta mirándome con desconfianza. - Porque soy hijo de una madre soltera –respondo, y Olena cambia su expresión a una de vergüenza-. Crecí viendo a mi madre alejar a los hombres de ella y de mí. Algunos quizá eran buenos y querían algo serio con ella, pero la mayoría solo buscaban hacer leña del árbol caído –la rubia me mira con cara de no entender la referencia que hice-. Mi madre era un árbol caído al haberse convertido en una madre soltera a los diecisiete años cuando mi padre la abandonó, pudiendo haberse hecho cargo de sus actos al ser diez años mayor que ella, y, para colmo de males, su familia la rechaza y echa a la calle –Olena agranda los ojos por lo sorprendida que está al escuchar mi historia-. Conmigo en sus brazos, con las muchas necesidades que tenía, estaba desprotegida y no podía existir como una joven de su edad al tener tantas responsabilidades con las que lidiar, por lo que los malos hombres la veían como una presa fácil que podían utilizar a su antojo mientras les fuera servible; esa es la parte en que la gente se acerca al árbol para hacerlo leña, ya que no está de pie, fuerte y frondoso, sino echado sobre el pasto, a disposición de quien quiera cortar sus ramas y tronco –la rubia asiente con la cabeza mientras dice un notorio «ah», indicando que entendió la comparación-. Por eso mi madre no volvió a enredarse con ningún otro hombre, ni siquiera como Eliana y yo nos hemos relacionado en los últimos meses; mi madre nunca más se dio una oportunidad para volver a sentir y mucho menos amar. - Tu mamá es una gran mamá –dice Olena. y a mí se me llenan los ojos de lágrimas. La rubia nota el impacto que ha causado en mí sus palabras y se pone nerviosa porque no entiende el motivo de mi reacción. - Ella ya no es una gran mamá, lo fue. Hace nueve años murió –la rubia lleva sus manos a su boca para cubrir su sorpresa. - Lo siento, no sabía –dice apenada. - Ahora que sé que Eliana es una madre soltera, entiendo por qué llamó mi atención al nivel que lo hizo. Sus ojos contienen tanta tristeza y preocupación como los de mi madre, haciéndose tan parecidos, aunque no sean del mismo color. Encontré en los ojos de Eliana la mirada de una buena mujer, la mirada de mi madre, por eso me sentí tan atraído a ella –concluyo mirando hacia la camilla donde está aún descansando la bonita morena que me enamoró. - Entonces, ¿te gusta porque te recuerda a tu madre? –la preocupación en la mirada de Olena es obvia. - No he dicho eso. Para mí, un referente de buena mujer es mi madre, y Eliana se parece mucho a ella, pero no solo me atrae por eso; físicamente ella es muy hermosa y llama mi atención. Por eso dos motivos quiero conocer más de ella, para saber si podemos construir una relación sólida y permanente –Olena me mira sonriente y golpea mi hombro con su puño. Esa rubia tiene mucha fuerza. - Me alegra saber que no te has estado burlando de mi amiga. Ya estaba pensando en ir a hacerte una visita junto a mi hermano -suelta mientras sonríe aliviada porque no resulté el malnacido que se imaginaba. - Dime que tu hermano es un pequeñito rubio de ojos grises que se parece mucho a ti –bromeo y ella ríe. - Mi hermano mide 2.13 m, y creo que no tiene nada pequeño, aunque eso hay que preguntarle a su esposa –Olena ríe más fuerte, y yo agradezco no haber tenido esa visita-. ¿Y por qué llegaste al barrio? ¿Acaso Eliana te invitó? –la segunda pregunta la hizo muy ilusionada. - Vine persiguiendo a Eliana. Ella me encontró besando a otra mujer y pensó que la estaba engañando, así que la seguí cuando salió del hotel –iba a decir algo más, pero Olena me interrumpe. - ¡¿Cómo que estabas besando a otra mujer?! –pregunta molesta y dice algo más en otra lengua, una que no reconozco. - Deja que te explique. Por temas de estudios, debí cambiar mi horario de trabajo en el hotel, ahora formo parte del equipo que participa en eventos nocturnos en el recinto hotelero. Ahí conocí a Nadia, una compañera de labores que es rusa y modelo. Por lo visto, yo le gusto, y cuando giré, sin saber que ella estaba cerca de mí, casi la derribo, por lo que la tomé de la cintura para evitar que caiga estrepitosamente y se haga daño. Esa proximidad fue aprovechada por Nadia y me besó, justo en el momento en que Eliana salía de los baños para irse. Al ver la escena, tu amiga pensó mal, empezó a llorar y corrió para alejarse. Yo me quité de encima a Nadia y salí detrás de Eliana, así llegué a este barrio y puede dar con el edificio donde vive gracias a mi amigo Pablo, el policía. - Rusa, debe ser una gran zorra –dice Olena y yo la miro con algo de duda. - Ahora que lo pienso, tu acento es parecido al de Nadia. ¿También eres rusa? –me dice algo que no entiendo, pero por su aspecto, de seguro me está insultando. - ¡Soy ucraniana! –ahora entiendo el fastidio al decirle que es rusa. - Ok, ya entendí. Aunque Alemania está relativamente cerca de los países de la ex URSS, no tuve la oportunidad de conocer a nadie proveniente de ellos –menciono, y ella me queda mirando. - ¿Eres alemán? –me pregunta, y yo asiento-. Pensé que solo serías descendiente de algún alemán curioso que vino a América para pasar el tiempo y al final se quedó a gozar de esta maravillosa tierra. - Por el lado de mi madre, tengo sangre alemana, por mi abuelo, quien era hijo de alemanes, naciendo él en el extranjero, y, según lo poco que me pudo contar mi madre, mi padre era alemán puro. - ¿Y se puede saber de dónde salió el bonito color de tu piel? Ese detalle te hace lucir muy exótico –dice Olena dándome una barrida con la mirada. - Mi abuela materna. Ella era una mulata, hija de un descendiente de españoles y una afrodescendiente. - Parecido al caso de Eliana. Su madre es una española que llegó siendo novicia y al final el padre se la robó del convento. El padre es mulato, hijo de un varón blanco y una mujer negra, una muy bonita combinación, si quieres saber mi opinión. Por eso ella tiene esos ojos color miel y el cabello con simples ondas. - ¿Y dónde están ellos? –pregunto porque ya han pasado varias horas y nadie más que Olena acompaña a Eliana en el hospital. - Haciendo sus vidas. Ellos le hicieron a Eliana lo mismo que padeció tu madre con su familia: la rechazaron y dejaron en la calle cuando se enteraron que estaba embarazada –siento que en mi pecho algo se aprieta al escuchar esas palabras-. No te diré más porque creo que te mereces que la protagonista te cuenta su historia. - Espero que ella quiera hablar conmigo –digo más reflexionando para mí. - Lo hará. Te voy a decir algo solo para elevar tu confianza, pero ni se te ocurra decirle a Eliana que yo te mencioné esto: a ella le gustas mucho –escucharle decir esto hace que de inmediato en mi rostro se dibuje una gran sonrisa-, por eso ha estado más triste de lo que usualmente está las últimas semanas que no te ha visto ni hablado. - Gracias, Olena. Lo que acabas de confesarme me ayudará a no decaer por más que Eliana se aferre a querer alejarme de ella.
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