—Tranquilo, papá, es mejor así —digo mientras camino hacia el quiosco fuera de Emergencias para comparar cigarros. Ofrezco uno a mi madre, y los dos nos quedamos fumando un rato sentados sobre el capó del auto.
—Todo a pasado tan rápido que no he tenido tiempo de preguntarte cómo te sientes —dice mi padre y yo sonrío porque con este comentario hace que mi pecho esté cálido al sentir su amor de padre.
—Aliviado, por un lado, pero preocupado, por el otro —el recuerdo de la revelación de Olga vuelve a llegar a mi mente, y no sé si debo o no decirle a mi padre.
—De alguna manera, la pesadilla que has estado viviendo ha terminado, aunque creo que no del todo —volteo a mirar a mi padre por lo que acaba de decir—. La existencia de Mariana te ata a esa familia. Olga habrá muerto, pero de seguro Sandra y sus hermanas querrán mantenerse cerca de Mariana.
—Malditas harpías —suelto mientras lanzo la colilla de cigarrillo a la acera para apagarla.
—De más está decir que el acercamiento de esas mujeres a Mariana no es porque la amen, sino por la oportunidad de sacarte algo de dinero —completa su idea papá.
—Sacarme un dinero que no tengo —río a carcajadas mientras enciendo otro cigarro.
—Braulio, Olga no está más, así que no tienes por qué seguir alejado de la familia. Regresarás a casa y volverás a tener los beneficios que nunca debiste perder, pero que nos vimos obligados a negarte para que no despilfarren la herencia de nuestra familia. Sabes bien que mi salario como oficial de la Policía Nacional no es lo que nos provee la vida como la conocemos, sino el dinero producto del cobro de renta de las propiedades que tu madre y yo hemos heredados de nuestras familias; además, también está el porcentaje de las utilidades que recibo cada año de las empresas que tus tíos administran y yo tengo participación porque es parte de mi herencia —ser policía es el sueño de niño de papá, cosa que mi abuelo apoyó al entender que, aunque el salario no era comparable a los ingresos obtenidos por los negocios familiares, el poder que obtiene un oficial de la Policía Nacional al ir escalando de grado beneficiaría a los Bertolotto.
—Papá, gracias —es lo único que puedo decir al entender que todo lo que hicieron y me negaron tuvo el sincero propósito de protegerme.
A primera hora de la mañana, me presento al trabajo para solicitar una licencia de tres días por la muerte de mi esposa, puesto que requiero tiempo libre para ocuparme de la mudanza a casa de mis padres y de la documentación que se debe tramitar para que se me reconozca como viudo. Al ir al hospital para solicitar los documentos que debo presentar en el registro civil para tramitar el acta de defunción de Olga y que se inscriba su deceso en nuestra acta de matrimonio, me entero que los funerales de quien fue mi esposa se están realizando en Zárate, en la casa de su tía Alicia. Sabiendo que no tengo nada que hacer ahí, no hago el más mínimo intento por dirigirme hacia la vivienda de las Martínez, así que me concentro en hacer lo que me concierne.
A las 11:30 a. m. salgo del registro civil con los trámites ingresados, por lo que debo volver en un mes para que se me entregue el acta de defunción de Olga e iniciar con el cambio de mi libreta electoral para aparecer como viudo. Como quiero dejar lo más pronto posible el apartamento, decido ir a empacar mis cosas y las de mi hija, por lo que busco una cabina telefónica para llamar a casa y decirle a mamá que no me espere para almorzar, que me dirijo hacia el Rímac para empezar a prepararlo todo para la mudanza. Asimismo, llamo a mi padre a su oficina en el Palacio Legislativo para avisarle que estaré en el apartamento avanzando con el tema de la mudanza, por lo que él se ofrece a ir por mí saliendo del trabajo, a eso de las 6:30 p. m., para llevar en el auto las maletas y algunas cajas con mis cosas personales y las de mi hija, para que al siguiente día solo vaciemos el apartamento tras regalar los muebles y demás enseres a mis vecinos, puesto que Marianita y yo no necesitamos las camas, los muebles de sala, comedor y los trastes de cocina. Con la promesa de papá de ir a recogerme al apartamento tras terminar la jornada laboral, enrumbo hacia donde he vivido los últimos cuatro años, un barrio modesto el cual elegí por el precio de la renta, mucho más barato que en el distrito donde crecí. Me encuentro en plena labor de empaque de mis cosas cuando escucho el timbre sonar. Pensando que es la señora Patricia, mi arrendadora, me apresuro a abrir, pero cuando lo hago me encuentro con un hombre alto, delgado, de mirada triste, que luce ropas finas de color n***o y aparenta ser de la edad de mi padre.
—Buenas tardes. Estoy buscando a Braulio Bertolotto. La señora Zadith, la dueña de la tienda de abajo, me comentó que lo encontraría en este número de apartamento —explica el hombre, demostrando con su movimiento corporal, tono de voz y pronunciación al hablar que posee una educación que no es propia de la gente de barrios emergentes.
—Buenas tardes. Soy Braulio Bertolotto. ¿Con quién tengo el gusto? —me dirijo a él con la misma educación.
—Soy Sebastián Linares, el padre de Olga —la tristeza se acentúa aún más en la mirada del señor que acabo de enterarme que es aquel que abandonó a su familia cuando Olga apenas era una niña de cinco años. Por un momento tengo ganas de lanzarle la puerta en la cara, ya que recuerdo las veces que ella me contó sobre lo duro que fue crecer sin su padre al lado, y creo que se da cuenta de ello—. Por favor, no cierres la puerta. De seguro te han contado una historia donde yo he sido el malo, pero si estoy aquí es porque quiero contarte mi verdad al creer que estuviste a punto de pasar por lo que yo viví, y la muerte de mi hija te ha liberado de ese horrible destino —sin decir ni una sola palabra, invito pasar a Sebastián Linares con un ademán que hago con mi mano.
—Disculpará el desorden, pero estoy empacando para mudarme lo más pronto posible —digo mientras jalo una de las sillas del pequeño comedor para invitarle a tomar asiento.
—No te preocupes. Te preguntarás qué hago aquí. Pues, el enterarme que Olga deja viudo y una hija hizo que quisiera conocer a mi nieta, pero veo que ella no está —de seguro Linares llega a esa conclusión por cómo luce el apartamento.
—Efectivamente, mi hija la he dejado bajo el cuidado de mi madre y hermana mayor, mientras que yo me estoy ocupando de estos menesteres —explico simplemente por participar en la conversación.
—Braulio, como ya indiqué para evitar que me eches, también estoy aquí porque quiero compartir contigo mi versión de la historia que tuve con Sandra Martínez, pero antes quiero preguntarte el motivo que te hizo desposar a mi hija siendo tan joven —aunque es la primera vez que lo veo, hay algo en Sebastián Linares que me anima a ser franco con él y no ocultarle ningún detalle de mi historia con Olga.
—Y así terminé casado con Olga —concluyo tras contar los sucesos que se dieron desde que conocí a su hija hasta que la desposé.
—Y tras casarte con ella, perdiste todos los privilegios que tenías como hijo de una familia acomodada, cosa que hizo que las peleas inicien y la vida se torne miserable —agregó Linares sin que me espere que se exprese de esa manera—. De seguro Sandra fue capaz de transferirle a Olga todo lo interesada e inescrupulosa que ella es, haciendo que mi hija se convierta en una experta en el engañado como lo es ella. Olga debió utilizar la belleza que heredó de Sandra para seducirte, así como te enredó con sus mentiras, unas que te hicieron caer porque creíste que te amaba y que eras su mundo.
—¿Alguien ya le ha contado lo que he vivido con Olga estos últimos cuatro años? —pregunto porque todo lo que comenta Linares calza perfecto con mi vida desde que me casé con su hija.
—Hace un año contraté a un investigador privado para que busque a mi hija y averigüe lo que ha sido de su vida, ya que era mi intención poder presentarme ante ella para recuperar la relación que perdimos cuando decidí huir de la horrenda vida que tenía al lado de Sandra Martínez. Sin embargo, cuando los informes sobre Olga me hicieron ver que era una copia perfecta de su madre en todo sentido, desistí de mi deseo de contactarla porque pude vaticinar que lo que su madre no pudo hacer con el dinero de mi familia, lo haría mi hija —mi cara de duda hace que Linares explique la procedencia de la riqueza de su familia.
»Provengo de la acaudalada familia Linares de Tacna, de donde mis ancestros han forjado una incontable fortuna en negocios de bienes raíces y otros relacionados con el comercio con Chile. Llegué a Lima con dieciocho años cumplidos y con la ilusión de estudiar Economía en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, puesto que mi padre vio que los tiempos van cambiando y se hace necesario que el talento se refuerce con la educación. Sin embargo, perdí mi tiempo al caer en la red de Sandra Martínez, y, en vez de estudiar, me la pasé lapidando el dinero de mi familia.
»Como yo no sabía nada sobre las mujeres, caí en su trampa al quedar embobado por todo lo que aprendí con ella sobre la intimidad de pareja, y todo en un muy breve lapso de tiempo. La misma noche que nos conocimos, nos acostamos e iniciamos una supuesta relación, pero la verdad es que ella tenía varios amantes a la vez, a quienes les sacaba mucho dinero en regalos. Yo era el más joven de todos y el más prometedor porque provenía de una familia refinada y de mucho dinero, así que fue dejando a los otros para concentrarse en mí, pensando que aseguraba su vida y la de su familia si lograba casarse conmigo.
»Ella quedó embarazada de Olga, y yo me casé con ella, tanto por la iglesia como por el civil, sin que mis padres lo sepan. Cuando ella se sintió segura por el matrimonio, me convenció de que vayamos a Tacna para que mis padres la conozcan y acepten integrarla a la familia, pero lo que ella quería no se dio. Mis padres supieron ni bien la vieron cuál era su real propósito, y sin importarles que íbamos a tener un hijo, la repudiaron. Al regresar a Lima, ella se calmó pensando que no importaba si mi familia no la aceptaba mientras pueda gozar de nuestro dinero al ser mi esposa, pero mis padres cortaron todo contacto conmigo y suministro de privilegios.
»Al no haber estudiado durante esos dos años, no estaba en la posición de conseguir un trabajo en alguna empresa mientras seguía educándome, por lo que me vi obligado a trabajar como albañil. Al principio me iba muy mal porque no sabía nada sobre el oficio y me quejaba por el dolor que sentía porque mis manos empezaban a llenarse de ampollas; pero el ingeniero no me echaba de una porque era bueno haciendo cálculos mentalmente, cosa que facilitaba la labor a la hora de hacer las mezclas y pagar el jornal. Con el paso del tiempo aprendí y pude mejorar el salario, pero, por más que me esforzara, lo que ganaba trabajando diez horas diarias no hacía ni la milésima parte del dinero que gastaba cuando mi familia me mantenía.
»Eso hizo que Sandra se aburra de mí, y cuando su cuerpo se recuperó del parto y volvió a lucir la buena forma que a mí me hipnotizó, se consiguió un amante que le facilitaba lo que yo no podía darle. Cuando ese amante la dejó porque su esposa se enteró de su aventura, se consiguió otro. Todo el mundo en el barrio hablaba a mis espaldas; «cachudo» me decían porque Sandra, a vista y paciencia de todos, se subía al auto de su amante, quien iba hasta la puerta de la casa en Santa Beatriz a recogerla. La vida no era buena; estuve varias veces a punto de matarla, de perder toda mi ecuanimidad, pero siempre algo me calmaba. Un día, que me puse a pensar profundamente sobre qué pasaría si la miseria que vivo hace que no oiga a mi conciencia y termine matando a Sandra, decidí que debía huir de esa vida si no quería terminar en la cárcel.
»Una mañana que salí de la casa con rumbo al trabajo, no volví más. Recuerdo que dejé un beso en la frente de Olga, quien aún dormía porque era muy temprano y ella era una pequeña de cinco años, y con el corazón roto, me marché sin mirar atrás. Pensé distintas maneras de poder irme llevándome a mi hija, pero ninguna habría sido exitosa. Los abuelos de Olga estaban siempre pendientes de ella, así que nunca me hubieran dejado llevarme a la niña mientras aprovechaba que Sandra no había llegado a dormir. Lo único que lamento de haberme ido así, sin decir nada, es haber dejado a Olga».
La historia de Sebastián Linares es muy parecida a la mía, solo con notorias diferencias, como que yo sí aproveché en estudiar, y pude continuar haciéndolo mientras trabajaba porque mi padre me ayudó a conseguir trabajos en oficina con ciertos beneficios exclusivos. Además, ni loco me hubiera ido a vivir a Zárate, con la madre, tías, primos y abuela, cosa que evitó que pase por mi mente la idea de estrangular a Olga.
—A mí Olga me contó que llegó a la casa de sus abuelos en Santa Beatriz tras haber sido ella y su madre abandonadas por usted, que ella vivía en una bonita casa cerca del límite de Jesús María con San Isidro —soy consciente de que la habilidad para mentir de Olga era casi un don, pero comento sobre ese detalle porque quiero saber cuánto me mintió, ya que ella siempre lloraba cuando hablaba de su padre, extrañando la vida que tuvo cuando él estaba a su lado.
—Cuando me casé con Sandra, por unos meses vivimos en una casa en el límite entre Jesús María y San Isidro. Tras mis padres negarme toda clase de ayuda y gastarme todo el dinero que tenía guardado, terminamos en la casa de sus padres en Santa Beatriz unas semanas antes de que nazca Olga, así que ella creció en esa casa —Linares calla y muestra una expresión facial como si estuviera recordando algo—. En uno de los pocos paseos familiares que tuvimos, pasamos por la casa en Jesús María. Sandra le comentó a Olga que ahí habíamos vivido, y de seguro la pequeña habrá pensado que ahí también ella vivió. Esa zona es mucho mejor que Santa Beatriz, con casas y jardines de mejor estética; imagino que por ese motivo ella creó en su mente la fantasía de que alguna vez fuimos una familia feliz fuera de la casa de sus abuelos, pero eso nunca ocurrió.
—O quizá Sandra creó una historia conmovedora donde ella quedaba como la pobre mujer abandonada, junto a su pequeña hija, por el desalmado hombre que un día se fue para no volver, y el recuerdo de la bonita casa donde fueron felices resaltaba aún más el hecho de que usted no tuvo ningún motivo para irse —añado, y Linares asiente con un movimiento de cabeza.
—La situación que comentas es más probable. Sandra tiene una capacidad única para manipular y mentir que es probable que lo mismo haya hecho con Olga —de pronto, la mirada de Linares se llena de lágrimas—. No sabes cuán arrepentido estoy de no haberme llevado a Olga cuando me fui, pero yo no tenía el apoyo de mis padres; mi futuro era incierto, y que Sandra tuviera a ese primo policía, hizo que decida que mejor era irme solo y un día regresar por mi hija.
—Mencionó que hace un año contrató al investigador privado para averiguar sobre Olga, pero ¿por qué no inició su búsqueda antes?
—Porque hace un año regresé a Perú. Cuando decidí huir de Sandra, no contaba con mucho dinero, por lo que llegar a Tacna me tomó varios meses. Yo ya había renunciado a la obra en la que trabajaba y recibido la liquidación, así que compré un pasaje a Ica. Ahí conseguí un trabajo de albañil, gracias a una recomendación que me facilitó el ingeniero, y ahorré lo más que pude al no gastar en rentar una habitación, ya que me ofrecí a ser el cuidador de la obra por las noches. Así estuve por los siguientes siete meses, hasta que terminó el trabajo y tuve el dinero suficiente para comprar un pasaje a Tacna.
»Cuando llegué a la casa de mis padres, ellos no quisieron atenderme. Además del error de haberme casado con Sandra, ellos estaban muy decepcionados de mí porque por dos años les mentí sobre lo bien que me iba en la universidad. Sin perder el tiempo, porque algo que había aprendido con todo lo que me había ocurrido era que debía trabajar para sobrevivir, busqué trabajo, topándome con un amigo de mi padre, el ingeniero que se encargaba de dirigir la construcción de varios inmuebles que por esos años mi familia financió. Él me dio un empleo como albañil, pero me pidió que ocultara mi identidad, ya que, tras mi regreso, mi padre les pidió a sus amigos que, si me acercaba a ellos a pedirles ayuda, no me dieran ni la más mínima oportunidad de salir adelante porque mi familia no quería que me quede en Tacna.
»Así estuve por tres años, viviendo escondido de la gente que conocía y con la que crecí, pero eso me sirvió para conocer ese otro lado de Tacna, uno que ignoraba. Cuando terminó la construcción de la obra y me quedé sin trabajo, pude conseguir uno nuevo ayudando con sus cuentas al arrendador de la habitación donde vivía, ya que él compraba a los importadores que traían productos de Arica y los vendía en su puesto en el mercado. Ahí fue que aprendí mucho sobre el intercambio comercial entre Perú y Chile, mucho más de lo que pude entender al recibir instrucciones de mi padre y de los contadores de sus empresas, puesto que es la gente de a pie los que hacen posible que los importadores y exportadores tengamos éxito.
»Una mañana que no llegó el encargado de recoger la mercadería que nos vendía el importador, me pidieron que vaya por ella. Al principio me negué porque los almacenes a los que debía ir eran de propiedad de mi familia, y no quería encontrarme con alguien que pudiera reconocerme, pero tampoco podía darme el lujo de insistir en mi negativa y perder mi trabajo, así como la habitación que rentaba, por lo que no me quedó de otra que ir. Ahí me encontré con mi cuñado Franco, el esposo de mi hermana Carmen, y contrario a lo que esperaba, él me detuvo y me pidió conversar.
»El orgullo había hecho que mi padre se negara a darme una oportunidad cuando llegué a tocar la puerta de su casa tras haber huido de Sandra, pero eso había hecho que mi madre enferme gravemente. Mi cuñado me contó que mi madre estaba muy mal, su corazón ya no funcionaba bien, y que se encontraba internada en el hospital. Después de dejar la mercadería en el puesto de mi jefe en el mercado, pedí permiso y me fui al hospital acompañado por mi cuñado. Por suerte, mi hermana Carmen, la esposa de Franco, era quien cuidaba de mamá en ese momento, y sin ningún impedimento pude reencontrarme con mi madre.
»A los dos días, Franco se aparece en el puesto donde trabajaba en el mercado. Le había contado a mi padre sobre mi situación; que había abandonado a Sandra y a mi hija porque era imposible tener una buena vida al lado de esa mujer y de su familia, y que cuando toqué la puesta de la Casa Linares, tres años atrás, lo había hecho estando solo. Mi padre me había negado la entrada a su casa pensando que seguía viviendo con Sandra y que ella estaba a mi lado cuando regresé a Tacna, pero ahora que conocía la verdad, quería verme.
»Mi padre era un hombre muy orgulloso, incapaz de admitir sus errores, pero a mí me pidió perdón por no abrirme la puerta de su casa cuando por segunda vez, y en completa necesidad, llamé por ayuda. Así fue como regresé a ser parte de mi familia, pero la felicidad de mi retorno no duró mucho porque a los cuatro meses mi madre murió. Su corazón había sufrido mucho durante los años que no supo de mí, y cuando fui readmitido en mi familia, ya era demasiado tarde para que la alegría de mi regreso sane su corazón.
»La partida de mi madre cambió los planes que mi padre tenía para mí. Cuando ya estaba superando la tristeza, mi padre me pidió que lo acompañe a Santiago de Chile porque había unos temas que tratar con sus socios chilenos. Al llegar a la capital del país del sur, me confesó que me había llevado con la intención de dejarme ahí estudiando la carrera de Economía. Yo ya había perdido una oportunidad cuando desaproveché a mis dieciocho años el estudiar Economía en San Marcos, así que no volvería a equivocarme de la misma manera. Acepté la propuesta de mi padre, y con treinta y un años empecé la carrera.
»En Santiago, me enamoré de una hermosa mujer chilena que me hizo recuperar la fe en el amor. Ella me aceptó con mi pasado, uno que me ataba a una mujer en Perú, pero no en Chile, así que no dudamos en casarnos en su país, y fue por eso que me quedé radicando en Santiago, además de dedicarme a manejar los negocios de mi familia en ese país. El año pasado regresé a Perú porque mi padre murió, y, por sugerencia de mi amada esposa, fue que decidí buscar a mi hija Olga. Además de saber qué fue de mi hija, supe que Sandra había solicitado nuestro divorcio diez años atrás. Resulta que por esas fechas salía con un tipo que, sin conocer la verdadera cara de esa mujer, le propuso hacerla su esposa, y ella, como sea, quería divorciarse. Con el paso del tiempo, este hombre conoció en realidad lo que son Sandra y su familia, y se alejó, pero ella olvidó que había ingresado la solicitud de divorcio, la cual quedó en nada porque no daban con mi paradero. Mi abogado atendió el caso, y logró reactivar la solicitud, por lo que hace unos días ya estoy oficialmente divorciado de Sandra.
»El investigador privado me comunicó sobre el accidente que había sufrido mi hija y dónde iba a ser velada. Estuve por ahí, ocultándome entre la gente para orar por el alma de Olga y su perdón. También quería dar contigo para conocerte, ver la forma de hacer algo por mi nieta al ayudarte porque sabía que, al igual que a mí, tu familia te dio la espalda cuando te casaste con Olga, pero al no encontrarte en el velorio, vine hacia acá con la esperanza de hallarte donde debiste vivir un calvario al lado de mi hija».