Contarle a Sebastián Linares los pormenores de mi relación matrimonial con su hija está de más. Este hombre sabe que Olga terminó siendo una copia perfecta de Sandra Martínez, por lo que asume que yo también, así como él, la pasé muy mal en estos años de convivencia con ella. Siento que contarle que Olga desaparecía por varios días al irse con Ramiro Reyes, Dios sabe a dónde, sería como hablar mal de alguien que ya no puede defenderse. Y, aunque Olga es completamente despreciable por la actitud que tuvo con Mariana desde que nació —se negó a alimentarla o a cambiarle un pañal, porque fueron innumerables las veces que encontré llorando a mi niña por la terrible escaldadura que irritaba sus partes íntimas al haber pasado horas con un pañal sucio—, creo que está de más fomentar con mis palabras un posible repudio hacia ella.
Sebastián Linares se ofrece a ayudarme con la tarea de empacar para la mudanza, y mientras estamos acomodando los pañales, ropa, productos de aseo, mantas y juguetes de Mariana en cajas, le comento lo hermosa que es mi niña. Linares sonríe emocionado al escuchar las anécdotas que narro sobre lo inteligente y dulce que es mi Mariana, una niña de hermosos ojos color miel —como los de Olga, quien los heredó de Linares—, piel extremadamente blanca y cabello azabache que termina en finas ondas.
Al dar las 2:00 p. m., ambos decidimos dar una pausa a nuestra labor y bajar para almorzar. Le explico que por la zona solo podemos encontrar un buen almuerzo en el mercado, cosa que él acepta sin problema alguno, señalando que, durante los años que estuvo vetado de gozar la riqueza de su familia, los mejores platillos que probó justamente los encontró en un mercado. Ingresamos al pequeño puesto de doña Filomena, que cocina como los dioses, talento heredado de su madre y abuela, quienes, como ella, representan la alta calidad del arte culinario de los afrodescendientes peruanos. Al ver a Javicho, el nieto de doña Filomena, quien atiende las mesas para ganarse alguna propina, lo llamo para que nos atienda, pero el muchacho de unos catorce años me mira asustado e ingresa raudamente a la cocina, de donde sale su padre, el señor Lucho, con unos periódicos en las manos.
—Buenas tardes, señor Lucho. He venido con mi amigo, el señor Linares, a comer los manjares que prepara su talentosa madre. ¿Podrá decirnos qué es lo que aún hay en el menú? —pregunto con un tono amable y algo alegre, animado porque probaré la sazón de doña Filomena.
—Braulio, muchacho, ¿has leído los diarios de hoy? —pregunta el señor Lucho, mientras pone sobre la mesa los ejemplares de este día de los tres principales diarios que se distribuyen en Lima y a nivel nacional.
—No, señor Lucho, no he tenido tiempo —respondo amablemente sin mirar los diarios—. Si me permite llevármelos, los leeré más tarde.
—Braulio, es mejor que les des una hojeada —insiste el señor Lucho, y al notar preocupación en su mirada, empiezo a mirar las portadas.
En las portadas de los tres diarios se habla sobre el accidente ocurrido en la carretera al sur, donde Olga resultó mortalmente herida. Al buscar el desarrollo de la noticia en la página interior de uno de los diarios, leo que se indica entre los muertos a Olga y que se resalta que iba acompañada de Ramiro Reyes, pero no me esperaba que también se hable de mí.
«… Olga Linares Martínez, de 29 años, sufrió graves golpes que han causado su muerte. La joven mujer iba de acompañante en el auto manejado por Ramiro Reyes Uriarte, de 32 años, hijo de Vanko Reyes Medina, conocido hombre de negocios a quien se le conoce como el “Rey de los Gitanos”, quien ha resultado ileso. La pareja regresaba a Lima tras haber pasado el fin de semana en el balneario de San Bartolo, donde los Reyes tienen una propiedad de playa. Olga Linares Martínez estaba casada con Braulio Bertolotto Bianchi, de 23 años, estudiante de Ingeniería Civil y empleado en la constructora Graña y Montero, quien queda viudo y con una hija producto del matrimonio».
Al leer mi nombre en el desarrollo de la noticia del primer diario que reviso, busco alterado en los otros dos, encontrando lo mismo: detalles sobre mí y la relación legal que me ataba a Olga. Al despegar la mirada de los diarios, noto que todas las personas alrededor están esperando ver mi reacción. Algunos me ofrecen su lástima y otros su burla, lo noto por sus miradas y gestos faciales.
—Braulio, muchacho, nosotros estamos contigo. Este momento va a pasar, la gente olvida rápido —escucho al señor Lucho ofrecerme sus palabras de consuelo, pero eso no evita que empiece a recibir insultos.
—Ya ven, muchachos, billetera mata a galán. Braulio Bertolotto, con tremenda pepa y no pudo evitar que lo hagan cachudo porque no tiene suficiente guita —comenta a viva voz uno de los maleantes que viven por el barrio y noté que ingresó al puesto detrás de mí y Linares. Ahora entiendo que no vino a comer, sino a burlarse de mí.
—Infeliz maleante mal parido, ¡largo de mi negocio! —se escucha la voz de doña Filomena. Ella acaba de salir de la cocina amenazando a ese tipo con un enorme cucharón de madera que utiliza en su trabajo diario—. No quiero que nadie hable mal de Braulio en el barrio, ¡nadie! —amenaza doña Filomena, quien es muy respetada en la zona porque varias veces a parado el hambre de la gente que les fue mal en el trabajo o sufrieron el robo de los maleantes que rondan las calles.
El tipo y los que lo acompañan no quieren salir del puesto, y parece que quieren enfrentarse al señor Lucho, quien les saca dos cabezas como mínimo al ser un moreno alto, tanto como yo. En eso, escucho que los maleantes empiezan a quejarse al recibir golpes de un grupo de hombres que los obligan a salir del puesto. Linares no había llegado solo a ese barrio en el distrito de Rímac.
—Siempre ando con seguridad encubierta —señala Linares sonriéndome, tratando de despejar mi mente de lo que acabo de leer—. Doña Filomena, por favor, prepare dos almuerzos para llevar y se los entrega a mis hombres, ellos nos llevarán la comida al apartamento —solicita Linares, y la morena asiente.
—Todo va a estar bien, muchacho —me dice doña Filomena, y con su mano que huele el aroma del aderezo que es la base de los exquisitos potajes que vende en su puesto, deja una consoladora caricia en mi mejilla izquierda.
Al llegar al apartamento, voy hacia la habitación donde ya había guardado las cosas de Olga, y empiezo a patear las cajas llenas de sus recuerdos. «Hasta estando muerta me sigues hiriendo», pienso mientras rasgo las finas prendas que de seguro compró con el dinero de Ramiro Reyes. Las lágrimas empiezan a caer, y dejo de destruir todo lo que era de ella porque prefiero concentrarme en sacar toda la ira que ha crecido en mí porque mi ego, mi orgullo, mi hombría se han visto seriamente afectados porque todo el país se ha enterado que soy un cornudo de mierda.
—Braulio, muchacho, no permitas que te destruyan —me dice Sebastián Linares, quien se ha puesto en cuclillas para mirarme a los ojos, ya que me he dejado caer al suelo, puesto que me siento derrotado—. Lo que dijo el señor Lucho es verdad, la gente olvida rápido. En unos días, nadie se va a acordar de esa noticia; nadie te va a señalar al verte caminando por la calle, y todo esto quedará en el pasado.
—Una vez más, su hija me ha herido —suelto mientras lloro como un niño.
—Sé lo que se siente, a mí también me gritaron lo que ese tipo se atrevió a evidenciar, y varias veces me trencé a golpes con aquellos que me lanzaban tales insultos, pero, a diferencia tuya, yo seguía al lado de Sandra, soportando que me humille, que pierda mi valor como hombre, cosa que no sucederá contigo porque Olga ya no está. Tu suplicio terminó, Braulio, ya eres libre.
Linares pide a sus hombres que terminen de empacar mis cosas y las de mi hija, por lo que una hora después ya todo está listo para la mudanza. No quiero esperar a que mi padre llegue a recogerme, ya que no quiero que él escuche que alguien me señala como un cachudo o cornudo, de ahí que acepto el ofrecimiento de Linares a llevarme a la casa de mi familia en San Isidro. Tras subir las maletas y cajas conteniendo los enseres de mi hija y míos, pido a los hombres de Linares que bajen todos los muebles y trastes de cocina que puse en cajas, y voy donde doña Filomena, a quien le digo que le dejo todo lo que no puedo llevarme. La vieja morena me mira con tristeza, me abraza y yo me aferro a ella, aprovechando en llorar un poco más, antes de llegar a casa. Durante el camino hacia San Isidro, Sebastián Linares empieza a hablar de aquello que quise olvidar y me hace una propuesta que, de alguna manera, me permitiría comenzar desde cero en mi vida.
—En algún momento pensé que Olga no era mi hija —dejo de mirar por la ventana para fijar mi atención en Linares—. Sandra me engañó con más de diez hombres en cinco años de matrimonio, y eso que no cuento con los que salía mientras lo hacía conmigo durante el primer año de enamorados. Sin embargo, siempre que aparecía esa duda, desaparecía al recordar que cuando ella se supo segura conmigo al cumplirle sus caprichos, dedicó todo su tiempo a nuestra relación porque ya no necesitaba estar con nadie más que conmigo para tener la vida que tanto le gustaba.
—Antes de morir, Olga me confesó que Mariana no es mi hija —suelto en automático, y Linares me hace un ofrecimiento que no esperaba.
—Entrégame a Mariana. Es mi nieta, y yo puedo criarla junto a mi esposa. Nosotros regresaremos a Chile el próximo mes. Con mis hermanos hemos convenido que lo mejor para el futuro de los negocios de nuestra familia es que yo me encargue de todo lo concerniente a las empresas en Chile. Nadie, ni siquiera Ramiro Reyes, podrá ir a Santiago para quitarme a mi nieta, ya que utilizaré todo mi dinero y poder para destruir a quien se atreva a fastidiar mi paz.
Durante los siguientes minutos que quedan del viaje, me la paso pensando en lo beneficioso que sería para mí que Sebastián Linares se lleve a Mariana a Chile. Este año cumpliré veinticuatro años en agosto y terminaré en diciembre la carrera; hacer la tesis y obtener el grado de licenciado es cosa de unos cuantos meses más, quizá un semestre, por lo que, para mi cumpleaños número veinticinco ya sería todo un ingeniero civil. Por el escándalo que imagino levantará la noticia publicada en, al menos, tres diarios de gran circulación, no podré seguir trabajando en Graña y Montero ni socializar con los amigos de mi familia, por lo que solo me dedicaré a estudiar, y de ahí, podría irme al extranjero, a Estados Unidos o a Italia, e iniciar una nueva vida.
Todo lo que me imagino, lo podría hacer si Mariana no estuviera en mi vida, por lo que el ofrecimiento de Sebastián Linares es tentador. Se nota que él es un buen hombre y que se ha casado con una maravillosa mujer, quien de seguro no se opondrá a cuidar de Mariana al saber que es sangre de su esposo. Ellos la sabrán cuidar y proteger, ya que la mantendrán alejada de Sandra Martínez y de su pecaminosa familia. Estoy a punto de aceptar la propuesta de Linares, pero el recuerdo de la primera vez que vi a Mariana y la tuve en mis brazos aparece de la nada, y empiezo a llorar desconsoladamente.
Linares se preocupa porque comienzo a golpear mi puño contra uno de mis muslos, buscando hacerme daño por haber pensado por unos segundos en entregar a mi Mariana sin más. «Ella es tu hija, lleve o no tu sangre, es tu hija», me asegura mi conciencia. Y es que, en estos casi cuatro años de vida de Mariana, yo he sido el único que se ha preocupado por ella, quien ha modificado toda su rutina para proveerle cuidados y protección, a quien no le importaba dormir apenas tres horas durante la madrugada con tal de calmar su llanto por hambre o por sentirse incómoda por el pañal sucio. Desde que Mariana nació, yo he sido el único padre que ella conoce, y he sido quien no dudó en ejercer una paternidad responsable, olvidándome de lo que la sociedad dicta sobre la labor de un padre en el seno familiar, donde cambiar pañales, alimentar al hijo y otras tareas concerniente al cuidado de un bebé no son contempladas como labores dignas de un hombre.
—¡Mariana es mía, es mi hija y nadie me la quitará! —elevo la voz entre lágrimas, unas que suelto para disculparme por lo mal padre que acabo de ser al tan solo pensar en una vida sin mi hija.
—No esperaba menos de ti —señala Linares, mientras me ofrece una sonrisa llena de satisfacción—. Eres un buen hombre, Braulio Bertolotto. La vida te sonreirá por no dejar a quien te entregó para que cuides y protejas.
Antes de llegar a casa, le pido que no mencione lo que le confesé sobre Mariana, y él acepta. Linares me dice que me apoyará en todo lo que necesite, que abrirá una cuenta de ahorros en un banco para ahí depositar mensualmente una cantidad de dinero la cual estará a mi disposición. Me entrega la tarjeta del abogado a quien dejará bajo su cuidado lo del dinero para Mariana. Yo le digo que no es necesario, y él responde que, al ser su nieta, ella se merece gozar del dinero de su familia.
Cuando llegamos a casa, estoy por despedirme de él y agradecerle el haber ido a buscarme; sin embargo, le pido que ingrese conmigo para que conozca a su nieta. La mirada se le llena de un brillo que no es más que alegría, y, sin decir nada, camina a mi lado. María, la mujer que lleva una vida trabajando en casa, quien fue mi nana y ahora ayuda a mamá y a Elena a cuidar de mi hija, abre la puerta, y al verme, empieza a llorar. Con ese recibimiento me basta para saber que todos en mi familia ya leyeron la noticia donde se me muestra como el cornudo del año. Le pido a María que llame a mamá, quien aparece de inmediato. Se nota que estuvo llorando, a ella le debe doler más que a mí que esté mi nombre en la boca de todos en Lima, en Perú.
Tras presentar a Sebastián Linares como el abuelo de Mariana y decir que él fue una víctima de Sandra Martínez, así como yo lo fui de Olga, los dejo conversando mientras voy a la habitación de Sara, la hija de mi hermana Elena, donde han alojado momentáneamente a mi hija. Abro la puerta, y veo a Elena jugando con sus hijos y la mía, acomodados sobre el tapiz de juegos que cubre el suelo de la habitación. Todos voltean al escuchar la puerta abrirse, pero la única que se alegra al verme es Mariana.
—¡Papá! —suelta mi niña junto a una brillante sonrisa. Apurada trata de levantarse, y lo logra. Sin zapatos empieza a caminar hacia mí, con los brazos extendidos, señal de que quiere que la cargue—. ¡Papito mío! —dice cuando la alzo para abrazarla, y cuando ella descansa su cabecita sobre mi hombro, empiezo a llorar en silencio. Elena cree que lloro por lo de la noticia en los diarios, pero en realidad lloro por el simple hecho de haber pensado en entregar a mi hija a su abuelo materno para que el reconstruir mi vida me cueste menos trabajo.
—Mi niña hermosa, mis ojitos de dulce miel, ¡cuánto te he extrañado! —por el accidente y muerte de Olga, la última vez que vi a mi hija despierta fue ayer muy temprano, cuando la dejé en casa de mis padres antes de irme a trabajar.
—Yo también he etañao, papito mío —dice mi hija con su tierna vocecita—¿Vao a jugá? —pregunta mi niña en su media lengua. Ahora, en febrero de 1980, Mariana tiene tres años y tres meses, por lo que está en esa bonita etapa de tratar de hablar fluido al querer hacerlo con la rapidez con que lo hacemos los adultos.
—Sí, mi hermosa princesita, pero antes de jugar, quiero presentarte a alguien que quiere conocerte —Mariana se emociona al escuchar que alguien está en la sala esperando por ella. Creo que mi niña, desde que era una tierna bebé, ha sido capaz de sentir que su madre la rechazaba, por lo que, cuando percibe que alguien más le tiene cariño y se preocupa por ella, no duda en crear un lazo con esa persona. De alguna inconsciente manera, Marianita busca llenar en su corazón el espacio que dejó para recibir el amor de su madre, uno que definitivamente no va a poder gozar tras la muerte de Olga.
Con mi niña en brazos, bajo las escaleras hacia la sala. Ella lleva uno de los vestidos que Sara usaba a esta edad, y Elena ha peinado su cabello de tal forma que se deja ver las suaves ondas al final de su larga cabellera, así como su carita está libre de mechones porque lo luce atado en una media cola. Sin zapatos, luciendo una finas medias de hilo que también son un préstamo de la ropa que Sarita ya no usa, Mariana mueve sus piecitos mientras me cuenta sobre los dibujos que ha hecho en la mañana con ayuda de Efraín, el hijo menor de mi hermana.
Al ingresar a la sala con mi niña en brazos, Sebastián Linares deja la comodidad del sofá donde estaba sentado para apreciar mejor a Mariana. Le digo a mi hija que el señor que tiene enfrente es su abuelo por parte de su madre, y Mariana sonríe a Linares como si lo conociera de toda la vida; con la confianza que le inspira el pensar que el hombre ahí parado la debe amar como lo hace mi padre, a quien ella siempre busca cuando escucha su voz llamándola. Mariana me pide que la baje para saludar a su abuelo, pero al darme cuenta que no tiene zapatos, le digo que no pudo hacer lo que me pide.
—Tonches, vo a bazos de lito —dice mi niña, y estira los bracitos hacia Linares, para que este la cargue. Linares me mira como pidiéndome permiso, cosa que le permito al asentir con la cabeza. Él carga a Mariana, quien sonríe al sentirse feliz de conocer a un nuevo abuelo.
—Eres tan hermosa, dulce y tierna. Te pareces tanto a tu mamá a esta edad —le dice Linares a mi hija, y sin poder evitarlo más, empieza a llorar.
—¿Po qué yoya? ¿No felich de veme? —pregunta Mariana, mientras hace un puchero queriendo llorar.
—¡Claro que estoy feliz de verte, mi hermosa niña! —dice Linares elevando la voz para dejar de llorar—. Es que me he emocionado mucho al conocerte. Pensé que nunca podría verte y cargarte como ahora lo hago.
—¿Po qué? ¿Mamá no quele? A mí mamá no quele —dice Mariana, y su tierna mirada se nota triste.
—¡No, mi niña! Es porque yo vivo en Chile, en otro país que queda al sur, y venir a Lima es un viaje muy largo —la respuesta de Linares distrae la tristeza de mi niña al recordar que a su madre no le gusta atenderla como lo hago yo, su abuela y su tía, por lo que ella ha deducido que Olga no la quiere.
—¿Y etá qui po mí? —pregunta Mariana emocionada al pensar que Linares ha hecho tan largo viaje para conocerla.
—Sí, mi niña. Siempre estaré aquí, y donde sea, por ti. Desde ahora, y para siempre, cuenta también conmigo para hacerte completamente feliz —lo que acaba de decir Linares alegra tanto a mi Mariana que mi niña se abraza al cuello de su abuelo materno y deja besos en sus mejillas, algo que hace que Linares ría por lo feliz que se siente.