CAPITULO I

1160 Words
🌑RIVEN🐺 Si el aburrimiento pudiera matar, yo ya estaría seis metros bajo tierra… y eso que soy prácticamente inmortal. Llevo días —malditos días— atrapado en una rutina absurda desde que la vieja del bosque decidió escupir su “profecía”. Que si una mujer, que si el equilibrio, que si la luna… Por favor. A esa bruja lo que le falta es un buen macho que la distraiga de inventar tragedias ajenas. Mi lobo, Kael, camina dentro de mí como un animal enjaulado. Impaciente. Irritable. Hambriento. —Esto es una mierda —gruñe en mi cabeza. —Bienvenido a mi mundo —le respondo mentalmente. Aldric esta insoportable. Más de lo normal, y eso ya es decir mucho. Su lobo no consigue asentarse desde la profecía, y cuando el lobo de un alfa mayor pierde el control… las cosas se vuelven peligrosas. Mandatos más duros, miradas asesinas, órdenes innecesarias. Como si gruñir más fuerte fuera a resolver algo. Caelan, por su parte, esta peor… pero a su manera. Silencioso. Pensativo. Misterioso. Siempre ha sido así, claro, pero ahora parece estar escuchando voces que el resto no oímos. No habla, observa demasiado, y eso nunca es buena señal. ¿Y yo? Yo estoy harto. Mis hermanos, en su infinita sabiduría, han decidido cargarme con responsabilidades, como si ser el menor no fuera suficiente desgracia. Llenan mi itinerario de reuniones. Vigilancias. Patrullajes. “Riven, haz esto”, “Riven, encárgate de aquello”. Como si yo hubiera nacido para ser secretario y no para disfrutar de la vida. Y para colmo… Dos semanas. Dos semanas sin follar. Una tragedia personal. No porque no haya mujeres —siempre hay mujeres—, sino porque Aldric y Caelan tienen un talento especial para aparecer justo cuando las cosas se ponen interesantes. Los llamo mentalmente los arruina-polvos oficiales de la manada. Kael esta desesperado. —Necesitamos liberar tensión. —Gracias, genio —bufo—, no lo había notado. Yo soy un Casanova. No lo niego. No lo escondo. Follar y acostarme con mujeres es prácticamente un arte que he perfeccionado con los años. Sin promesas. Sin dramas. Sin complicaciones. Y no, definitivamente no voy a dejar que una profecía ridícula me haga replantear mi vida s****l. —Una humana —me burlo en voz alta mientras camino por la ciudad—. Claro, y mañana la luna va a pedirme matrimonio. Me río y sigo caminando mientras pienso en la cara de Aldric cuando se de cuenta que no estoy. Prácticamente me escapé, sin avisar. Adiós responsabilidad. Adiós a los arruina-polvos oficiales de la manada. La noche esta cerrada. No hay luna visible. El cielo parece burlarse de mí, n***o, pesado, como si algo estuviera a punto de romperse. Kael se tensa de repente. —Algo huele distinto. —Si es otro problema, juro que me mudo de manada —respondo. Es entonces cuando la veo. No como una revelación celestial ni nada por el estilo. No. Es más… visceral. Una presencia que me atraviesa el pecho sin permiso. Esta saliendo de un bar, con el cabello oscuro cayéndole por la espalda y una forma de caminar que grita no me toques… si no te atreves. Mis labios se curvan en una sonrisa lenta. —Bueno —murmuro—. Al menos esta noche promete mejorar. Kael ruge, satisfecho. Y por primera vez desde la maldita profecía, pienso que quizá… solo quizá… el aburrimiento esta a punto de terminar. Entonces la sigo. No debería, pero lo hago. Demasiado cerca, quizá. O eso diría cualquiera con un mínimo de autocontrol… que claramente no es mi caso esta noche. Kael prácticamente me empuja desde dentro, con el hocico en alto, absorbiendo cada rastro que deja a su paso. Su olor no es solo femenino. Es cálido. Dulce. Algo más. Algo que se me mete bajo la piel y me revuelve el estómago con una necesidad que no reconozco. —Míralas… —murmura mi lobo, embobado. Y claro que las miro. Sus curvas se mueven con una naturalidad insultante, como si no tuviera idea del efecto que provocan. Caderas firmes, trasero perfecto, piernas que hacen pensar cosas poco educadas. Creo estar siendo discreto… pero Kael no sabe fingir. Está babeando. Literalmente. Ella entra a otro bar y yo voy detrás, como si fuera lo más lógico del mundo. El olor cambia apenas cruza la puerta. Alcohol. Mucho. Mezclado con su aroma natural. Es una combinación peligrosa. Embriagadora. Me vuelve un poco más lento, un poco más torpe… y eso no me gusta. Estoy a punto de acercarme más cuando su voz me golpea de frente. —¿Quieres tomarle una maldita foto a mi culo o qué? Me detengo en seco. Y suelto una carcajada sonora, sincera, de esas que salen desde el pecho. Joder, me encanta. Ella se gira despacio. Me observa con una ceja arqueada, evaluándome como si yo fuera el que está fuera de lugar. Y entonces la veo bien. Su rostro es… peligroso. Pómulos suaves, labios llenos, ligeramente entreabiertos, ojos color miel que brillan con una mezcla de desafío y diversión. No es una belleza delicada. Es una belleza que te invita a equivocarte. Y el escote. Maldita sea, el escote. Mis ojos bajan sin permiso. Dos montañas perfectas y bien hechas, piel cálida, una invitación descarada. Kael gime dentro de mí como un condenado. Ella niega con la cabeza, divertida. —¿Siempre eres un asqueroso pervertido o el desliz solo ha sido hoy? Ahí está. Ese algo. No es deseo normal. No es cacería. No es el juego al que estoy acostumbrado. Es como si me hubieran cambiado las reglas sin avisar. Yo soy el que lleva las riendas. Siempre. Yo soy el que hace que ellas se acerquen. Yo soy el que se va primero. Y ahora… ahora soy yo el que está a punto de tirarse al suelo y ronronear como un jodido gatito, porque así está Kael: completamente borracho de ella. Ella sonríe. Lenta. Segura. Me hace un gesto con la mano, invitándome a hablar. Recojo la poca cordura que me queda, carraspeo y digo: —En mi defensa diré que eres jodidamente sexy. Ella sonríe más. Como si eso fuera exactamente lo que esperaba. —Eso dicen todos —responde. —No como yo —replico, inclinándome un poco—. Yo lo digo con fundamento. Río cuando ella suelta un bufido divertido. Señalo la barra. —Soy Riven. Ven. Te invito un trago. Me observa un segundo más, como sopesando si soy una mala idea. Luego se encoge de hombros y se sienta a mi lado. -Yo soy Lía, pequeño pervertido- y vuelve a reír. El mundo se reduce a ese metro de distancia entre nosotros. Kael se calma… apenas. Y por primera vez en mucho tiempo, no tengo ni la más mínima idea de cómo va a terminar esto. Y eso… eso me excita más de lo que debería.
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