🌜LÍA🌕🌓🌑
Estoy sentada en la barra con un trago en la mano y un hombre peligrosamente atractivo a mi lado.
Eso es lo primero que registro.
Lo segundo es que no tengo ni idea de qué está diciendo.
Riven habla de algo —no sé si del licor, de la música o de una historia absurda— pero su voz llega amortiguada, lejana, porque lo único que puedo ver son sus labios. Se mueven despacio, carnosos, provocativos, y mi mente hace cosas poco decentes con esa imagen.
Demasiado poco decentes.
Mis ojos bajan sin vergüenza. Mandíbula marcada. Barba incipiente que le da un aire salvaje. El cabello rubio oscuro, ligeramente desordenado, cae sin esfuerzo, como si nunca se molestara en domarlo. Sus ojos verdes me observan con una intensidad descarada, brillantes, peligrosos, como si escondieran una promesa que no estoy segura de querer cumplir. Cuello fuerte. Hombros amplios que tensan la camiseta negra como si el algodón estuviera luchando por sobrevivir. Brazos firmes, venosos. Manos grandes. Muy grandes.
Trago saliva.
Algo en mí responde de inmediato, una presión caliente que se instala entre mis piernas sin pedir permiso. No es normal. No así. No tan rápido. No tan intenso.
No soy virgen. Ni mojigata. Me gustan los hombres, las citas sin promesas, las noches sin nombres completos. Sé controlar mis impulsos.
Pero con él… mi cuerpo no está cooperando.
Debe ser el alcohol, me digo.
Claro que sí. El trago.
Siempre es el trago.
Mi abuela insistió toda la tarde para que saliera. “Aprovecha tu día libre, niña”, me dijo. Así que aquí estoy. Sola. Después de dejarla encargada con la vecina. Hace mucho que no salía sin prisas, sin pensar en horarios, sin responsabilidades.
Riven me mira. Sus ojos recorren mi rostro como si supiera exactamente lo que me pasa por la cabeza. Y juro que él tampoco está mucho mejor. Hay tensión en su mandíbula. En sus hombros. En la forma en que se inclina hacia mí, invadiendo mi espacio personal sin que yo quiera detenerlo.
La música cambia. El bajo retumba más fuerte.
Mis pies se mueven antes de que mi cerebro procese la idea.
Quiero bailar.
Riven parece leerme como si me conociera de toda la vida. Sonríe de lado y me toma de la mano, arrastrándome a la pista sin darme opción.
—Tengo pasos que deberían estar prohibidos, muñeca —dice, con voz retadora.
Lo miro de arriba abajo, lenta, deliberadamente.
—Dudo mucho que puedas superar los míos.
Su sonrisa se ensancha. Se muerde el labio inferior.
Y entonces se mueve.
Maldito sea.
Podría jurar que también es stripper. Sus movimientos son precisos, sensuales, descarados. Caderas firmes, control absoluto de su cuerpo. Se mueve con una seguridad que grita macho por cada poro.
Las mujeres del lugar lo miran. Todas.
Y algo extraño, incómodo, posesivo, se me instala en el pecho.
Como si con sus miradas estuvieran invadiendo mi terreno.
Sin pensarlo, pongo una mano en su pecho y lo empujo levemente. Me giro, me agacho, marco el movimiento con intención. Sé exactamente lo que hago. Sé cómo moverme. Mi trasero se convierte en una provocación abierta.
Siento su reacción de inmediato.
Riven se acerca en un segundo. Me levanta con facilidad insultante y pega mi espalda contra su pecho. Su cuerpo es una muralla caliente. Su voz suena más grave, más oscura, cuando habla junto a mi oído.
—Ese espectáculo… solo debería verlo yo.
Un escalofrío me recorre entera.
Su mano sube hasta mi cuello, firme pero no brusca. Inclina mi rostro hacia él y me besa.
No pienso.
No dudo.
Lo beso de vuelta como si mi cuerpo ya lo conociera.
Como si hubiera estado esperándolo.
El beso se intensifica cuando me gira y me pone de frente a él. No puedo dejar de mirarlo. Podría jurar que sus ojos ya no son solo verdes… hay algo más oscuro ahí dentro, algo que cambia cuando me observa con esa intensidad que me deja sin aire.
Vuelve a besarme, más profundo, más lento, como si quisiera marcarme el ritmo. Sus dedos se deslizan bajo mi blusa, recorren mi espalda y se hunden con una posesión que no intenta disimular. No es brusco, pero tampoco pide permiso. Mi cuerpo responde de inmediato, arqueándose hacia él.
—No puedo contenerme más —murmura junto a mi oído, con la voz rota.
Antes de que pueda responder, me toma de la mano y me arrastra entre la gente que ya llena la pista. Nos movemos como sombras, esquivando cuerpos, risas y luces hasta llegar al baño de hombres. Tranca la puerta con un movimiento rápido y el mundo queda fuera.
Me alza con facilidad y me sienta sobre el lavabo. Sus manos vuelven a mí, firmes, urgentes, recorriéndome como si intentara memorizar cada centímetro. Su boca va directo a mis pechos cuando su mano de manera salvaje me baja la blusa y también el sostén. Su respiración es pesada, su cuerpo tenso contra el mío, y yo no hago nada por detenerlo.
Gimo...Abro las piernas y lo acerco más, como si mi cuerpo supiera exactamente lo que desea… incluso antes de que mi mente pueda alcanzarlo. Hay una certeza instintiva en ese gesto, una rendición silenciosa que me recorre la piel. Siento su dureza presionando entre mis muslos, la fricción lenta y provocadora que enciende cada terminación nerviosa. No necesito tocar para saberlo, no necesito mirar para imaginarlo; su m*****o es demasiado evidente, imponente, como una promesa latente que me deja sin aliento y acelera mi pulso.
Y en ese instante, lo único que existe es esta sensación salvaje, eléctrica, imposible de explicar.
La magia se rompe cuando el celular suena.
El sonido es seco, intruso. Me atraviesa el pecho como una alarma. Sé quién es incluso antes de mirar la pantalla. Solo hay una persona que llamaría a esta hora.
—Riven… —intento apartarlo, pero él no entiende, o no quiere entender.
—Mierda —murmuro al ver el nombre.
Gloria.
—¿Gloria? —respondo de inmediato.
Riven sigue besando mi cuello, lento, profundo, como si nada existiera fuera de nosotros. Su boca me arranca un estremecimiento traicionero. Parece ido, perdido en su deseo, y mi cuerpo tiembla aun cuando mi mente ya está en otro lugar.
La voz de Gloria tiembla al otro lado de la línea.
—Lía… fui a ver a tu abuela haciendo una pequeña ronda como me dijiste. La encontré desmayada en la cocina.
El mundo se me cae encima- La traje a mi casa no supe que más hacer.
Cuelgo sin despedirme y empujo a Riven con fuerza. Esta vez no es un gesto suave. Es desesperación pura.
Él gruñe, bajo, animal, la mirada oscura, empañada por algo que no ha terminado de apagarse.
—Me tengo que ir —digo sin rodeos.
Camino hacia la puerta, pero su voz me detiene.
—De aquí no sales —dice—. No así. Caminando y sin mi esencia cubriendo cada rincón de tu maldito cuerpo.
El tono me eriza la piel, pero la imagen de mi abuela en el suelo borra cualquier otra cosa. No hay miedo que pueda competir con eso.
—Te lo prometo —respondo, volviendo hacia él—. Esto no se queda así.
Me acerco. Lo beso. Un beso lento, cargado, lo suficiente para que crea que voy a ceder. Sus manos vuelven a buscarme… y en ese segundo aprovecho.
Lo empujo con todas mis fuerzas.
Riven cae sentado sobre el inodoro, sorprendido, maldiciendo. Yo no miro atrás. Salgo corriendo, me mezclo entre la gente, atravieso la puerta trasera del bar con el corazón desbocado.
Un taxi pasa justo en ese instante. Lo detengo casi por milagro y me subo.
Segundos después, Riven aparece en la salida. Camisa abierta. Cabello revuelto. La mirada fija en mí mientras el auto arranca.
No parece furioso.
Sonríe.
Y contra todo pronóstico, yo también sonrío. Levanto la mano y me despido mientras el taxi se pierde entre las luces, sabiendo que esto… no ha terminado. 🌑