🐺CAELAN🌓
La profecía no me abandona.
No lo hace cuando despierto ni cuando cierro los ojos. Tampoco cuando intento concentrarme en números, contratos o rostros conocidos. Es un murmullo constante, como un viento que no se ve pero que empuja desde dentro.
Eiran, mi lobo, ya no está en calma.
Durante años fue equilibrio puro: paciencia, templanza, una presencia serena en mi pecho. Desde mi mayoría de edad jamás he perdido el control. Nunca he sentido la urgencia quemándome la sangre como les ocurre a otros. Pero ahora… ahora Eiran está inquieto. No ruge, no embiste, no exige. Se angustia. Y eso me preocupa más que cualquier arrebato.
No por mí.
Yo estoy en paz con mis decisiones. Siempre lo he estado. Nunca he puesto mis deseos por encima del vínculo con mis hermanos. Jamás lo haría. Lo que me inquieta no es el amor —es la posibilidad de que algo lo fracture.
Aldric está al límite.
Su lobo siempre ha sido difícil, incluso para él. Demasiado poder, demasiado fuego. Anoche lo perdió casi por completo. Peleó. Destrozó. Descargó la furia que Riven dejó atrás al huir como el maldito irresponsable que es cuando le da la gana.
Aprieto la mandíbula al pensar en él.
Riven se escapó, dejando una montaña de responsabilidades sobre nuestros hombros, como si el mundo pudiera pausarse porque decidió hacerlo. Aldric pasó una noche infernal intentando contener lo que no es fácil de contener, y yo… yo intenté ser el punto medio, el ancla, como siempre.
Dormí apenas un par de horas. El cuerpo pesa, pero la mente no se detiene.
Hoy tengo asuntos que resolver.
Nuestra manada no sobrevive solo de colmillos y territorio. Somos parte del mundo humano más de lo que muchos creen. Bienes raíces, inversión, desarrollo de terrenos estratégicos. Compramos, protegemos, transformamos. Donde otros ven cifras, nosotros vemos refugios futuros, espacios seguros para los nuestros… y para quienes no lo son.
Salgo temprano.
El aire de la mañana es fresco, húmedo. La tierra huele a hogar. Mientras camino hacia el vehículo, una voz pequeña me detiene.
—Alfa Caelan…
Me giro.
Una de las crías Épsilon de la manada está agachada junto al sendero, luchando con la rueda de su bicicleta. La cadena se ha salido y sus dedos están manchados de grasa. Frunce el ceño con concentración absoluta.
—¿Necesitas ayuda? —pregunto, ya acercándome.
Asiente sin decir nada.
Me arrodillo frente a ella y coloco la cadena en su lugar con cuidado. Ella me observa como si estuviera presenciando algo importante.
—Listo —digo—. Intenta ahora.
La niña sonríe, se sube y pedalea feliz.
—Gracias —dice su pequeña vocecita inocente.
—¡Espera! —exclama una mujer detrás de mí.
Su madre se acerca apresurada, nerviosa, inclinando ligeramente la cabeza.
—Lo siento mucho, alfa Caelan. No debió molestarlo.
Me pongo de pie de inmediato.
—No fue una molestia —respondo con calma—. Solo necesitaba ayuda.
Ella parece aún más incómoda.
—Aun así…- limpia nerviosa mis manos con su delantal.
—De verdad —la interrumpo con suavidad—. No hay falta alguna.
Su expresión se relaja al fin. Asiente y toma a la niña de la mano antes de marcharse.
Los observo alejarse.
Esto es lo que importa. Esto es lo que protejo. Personas, vínculos, futuro. No profecías crípticas ni palabras lanzadas por una anciana a la que muchos no toman en serio.
Y sin embargo…
Eiran se remueve en mi interior.
Algo se aproxima. Algo que no entiendo del todo. Algo que podría exigirnos más de lo que estamos preparados para dar.
Subo al auto.
Antes de encender el motor, cierro los ojos un segundo.
Pienso en mis hermanos,
en la manada.
En aquello que aún no conozco… pero que ya se siente demasiado cerca.
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Caigo en la rutina con facilidad.
La reunión con el socio fluye sin tropiezos: cifras claras, acuerdos firmes, la compra de un terreno que será clave para uno de nuestros próximos desarrollos. Todo queda resuelto con la eficiencia que se espera de mí. Sonrío, estrecho manos, prometo volver a reunirnos pronto. Funciona. Siempre funciona.
Pero Eiran no se calma.
Cuando salgo del edificio y subo al auto, la inquietud vuelve a tensarme el pecho. No es ansiedad. Es algo más profundo, más antiguo. Una sensación que no reconoce lógica.
Decido cambiar el rumbo.
El hospital aparece al final de la avenida como un cuerpo cansado que se niega a caer. Fachada gris, pintura descascarada, ventanas opacas. Me sorprende, una vez más, que siga en funcionamiento. Aquí está internado El gamma Bramor , uno de los miembros más antiguos de la manada. Tradicional hasta la médula. Orgulloso. Terco.
Se negó a aceptar ayuda.
Se negó a trasladarse.
Se negó a que interviniera como alfa.
Para él, aceptar dinero o influencia de mi parte sería una afrenta al equilibrio natural de las cosas. Así que aquí está. Y aquí vengo.
Al entrar, el olor me golpea primero: desinfectante barato, humedad vieja, algo metálico. Camino por el pasillo observando paredes manchadas, luces parpadeantes, camillas que han visto demasiados cuerpos pasar. No debería haber gente atendida en estas condiciones… y sin embargo la hay.
Avanzo hacia las habitaciones cuando una voz se alza unos metros más adelante.
—¡Es un maldito examen! —grita una mujer—. ¡Deben hacérselo! ¡Para eso ella tiene seguro médico, hijos de puta!
Me detengo en seco.
La voz no solo me alcanza… me atraviesa.
Siento el impacto en el centro del pecho, como si alguien hubiera clavado una daga invisible entre mis costillas. El aire se me queda atrapado en los pulmones. El mundo parece inclinarse apenas, lo suficiente para obligarme a apoyar la mano contra la pared.
Eiran ruge.
No con furia.
Con reconocimiento.
Mi pulso se acelera, pero no es miedo. Es algo más primitivo, más profundo. Una vibración recorre mi columna, baja hasta el vientre y vuelve a subir, dejándome completamente alerta. Cada sentido se agudiza de golpe.
El olor llega después.
No lo entiendo de inmediato. No debería ser posible en un lugar así, pero lo percibo con claridad: algo limpio, cálido, vivo… mezclado con estrés, con adrenalina, con una determinación feroz.
Trago saliva.
Mi lobo se adelanta, empujando desde dentro como si quisiera salir de mi pecho y caminar por sí mismo hacia esa voz. Nunca había sentido algo así. Nunca.
—Caelan… —susurra Eiran en mi mente, con un tono que no le conozco.
No responde a ninguna orden. No se aquieta. Solo siente.
La mujer vuelve a hablar, más cerca ahora, su voz quebrándose apenas por la rabia contenida.
—¡Si algo le pasa, los hago responsables!
El vínculo se tensa. Se estira. Se ancla.
No sé qué está ocurriendo, pero lo sé con una certeza absoluta:
esa voz ya no es ajena.
esa presencia ya no es casual.
Y aunque todavía no la he visto, una parte de mí —la más antigua, la más leal— ya la reconoce.
Doy un paso hacia el sonido.
Sin saberlo aún, acabo de cruzar un umbral del que no hay regreso.