CAPITULO IV

1335 Words
🌜LIA 🌕🌓🌑 Llego al apartamento de Gloria con el corazón golpeándome la garganta. Ni siquiera recuerdo haber pagado el taxi. Solo sé que corro por el pasillo angosto, que mis manos tiemblan cuando empujo la puerta y que el aire se me queda corto en los pulmones cuando la veo. Mi abuela está sentada en la silla de la cocina. Pálida. Demasiado. —Abuela… —mi voz se quiebra apenas pronuncio la palabra. Ella levanta la vista y me sonríe con esa dulzura que siempre me ha desarmado, incluso ahora, cuando parece que la vida se le está escurriendo entre los dedos. —Estoy bien, Lía —dice con tranquilidad—. Solo fue un mareo. Cosas de la vejez. No. No está bien. Me acerco de inmediato, me arrodillo frente a ella y le tomo las manos. Están frías. Demasiado frías. Mis dedos se cierran con fuerza alrededor de los suyos como si así pudiera anclarla a este mundo. —No me mientas —le digo, con un nudo en la garganta—. Estás blanca. Te voy a llevar al hospital. Su expresión cambia al instante. La dulzura se transforma en terquedad pura. —No —responde—. No hace falta. Ya pasó. —Sí hace falta —replico, poniéndome de pie—. Te desmayaste, abuela. Eso no es “ya pasó”. —He vivido más que suficiente para saber cuándo preocuparme —contesta, cruzándose de brazos—. Y esto no lo es. Siento la desesperación subir como una marea oscura. —Pues yo no —le digo, al borde del llanto —. Y no voy a quedarme tranquila hasta que te revise un médico. —Lía… —No, abuela —la interrumpo—. Esta vez no. Discutimos. De verdad discutimos. Ella eleva la voz, yo también. Gloria observa desde la puerta, incómoda, sin atreverse a intervenir. Al final, no es una victoria elegante: es una rendición forzada. La ayudo a ponerse el abrigo casi a la fuerza. —Eres igual de terca que tu madre —murmura, resignada. —Y tú igual de imprudente que siempre —respondo, aunque mi voz tiembla. El hospital nos recibe con luces frías y paredes cansadas. Todo huele a desinfectante barato y a resignación. Me acerco al mostrador con el ceño fruncido, explico lo sucedido, casi exigiendo atención. Y entonces ocurre algo extraño. En cuanto mi abuela se sienta, el ambiente cambia. Los médicos se vuelven… distintos. Más suaves. Más atentos. Uno de ellos se inclina para hablarle despacio, como si temiera asustarla. Una enfermera le acomoda la manta con cuidado excesivo, le sonríe como si la conociera de toda la vida. —No se preocupe, señora —le dice—. Vamos a cuidarla. Mi abuela asiente con calma, como si todo estuviera exactamente donde debía estar. Yo, en cambio, recibo miradas secas, respuestas cortantes. —Espere afuera. —No puede pasar. —Siéntese y aguarde. Los describo mentalmente como unos completos imbéciles sin tacto, con la empatía de una piedra. Me muerdo la lengua para no gritarles. Observo a mi abuela mientras se la llevan en la camilla. Incluso enferma, incluso frágil, parece irradiar algo… no sé qué. Una presencia que hace que los demás se acerquen, que bajen la voz, que respeten. Un magnetismo invisible. Me quedo sola en la sala de espera, abrazándome a mí misma, con la ropa aún oliendo a bar, a alcohol, a una noche que se rompió en pedazos. Y por primera vez desde que era niña, el miedo vuelve a instalarse en mi pecho con una claridad insoportable: El miedo de quedarme sola otra vez. ~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~ Me quedo dormida sin darme cuenta, con el cuerpo torcido sobre una de las sillas duras de la sala de espera. El hospital tiene una forma cruel de agotar incluso cuando no haces nada. Cuando despierto, el cuello me duele y la boca me sabe a metal. Por un segundo no recuerdo dónde estoy… hasta que la veo. La abuela sigue allí, inmóvil, con ese gesto sereno que siempre tiene, incluso cuando la vida la golpea sin aviso. Me levanto de golpe y voy directo al mostrador. Necesito respuestas, cualquier cosa que me diga que no estoy a punto de perderla. —¿Cómo está mi abuela? —pregunto, tratando de mantener la voz firme. La enfermera revisa el computador sin mirarme demasiado. —El desmayo es provocado por un episodio de hipotensión ortostática asociada a una alteración leve del ritmo cardíaco. No es grave ahora —añade rápido, como si eso bastara—, pero si no se controla puede derivar en algo más serio. El médico ordena un Holter de cuarenta y ocho horas y una resonancia específica. No entiendo ni la mitad, pero la palabra grave se me queda clavada en el pecho. —¿Y… cuándo se lo hacen? La enfermera alza la vista por primera vez. —Ahí está el problema. El seguro de su abuela no cubre ese tipo de procedimiento. Tendría que hacerse de manera particular. Desliza un papel por el mostrador. Miro el número. Lo miro de nuevo. Siento que el piso se me va de debajo de los pies. Es una cifra absurda. Irreal. Nunca en mi vida he visto tanto dinero junto, ni siquiera escrito con tinta negra sobre una hoja blanca. Eso no es un costo, es una sentencia. —¿Está bromeando? —mi voz se quiebra —. ¿Cómo espera que paguemos esto? La enfermera suspira, molesta, como si yo fuera una pérdida de tiempo. —Son las tarifas del hospital. Si no puede asumirlas, tendrá que esperar a que haya disponibilidad por el sistema público. Algo dentro de mí explota. Empiezo a gritar. No recuerdo exactamente qué digo, solo sé que es lo mismo que ya he escupido antes: la rabia acumulada, el miedo, la impotencia. Las palabras salen afiladas, desordenadas, cargadas de años de aguantar demasiado. —¡Es un maldito examen! —grito desesperada—. ¡Deben hacérselo! ¡Para eso ella tiene seguro médico, hijos de puta! La enfermera jefe aparece entonces, con el mentón en alto y una mirada cargada de superioridad. —Baje la voz —ordena—. Aquí no va a conseguir nada gritando. Si no puede pagar, no es problema nuestro. La veo. La odio. Siento cómo algo oscuro sube por mi pecho, cómo la ira me aprieta la garganta. Estoy a punto de perder el control, de decir algo de lo que no habría vuelta atrás… cuando ocurre. Un escalofrío me recorre la espalda. No es frío. Es… presencia. El aire cambia. Y con él, llega un aroma extraño, profundo, envolvente. Como un perfume que no sé describir: madera húmeda, algo cálido, algo peligrosamente calmante. Me golpea de lleno y, sin entender por qué, mi enojo se apaga de golpe, como si alguien girara un interruptor dentro de mí. —¿Qué está pasando aquí? La voz viene de atrás. Me giro, todavía aturdida. Y ahí está. Otro hombre demasiado atractivo en menos de veinticuatro horas. Genial. O estoy de suerte… o esta ciudad se llena de papasitos sin previo aviso. Pero no es su rostro lo que me descoloca. Es lo que siento. No deseo. No ese impulso físico inmediato. Es algo distinto. Una sensación de seguridad absurda, como si su sola presencia pusiera todo en su lugar, como si mi cuerpo lo reconociera antes que mi mente. Sus ojos se mueven entre la enfermera y yo, atentos, serios. —Ella solo está pidiendo información —dice con calma—. No veo por qué responderle así. La enfermera cambia de tono al instante. Más suave. Más… correcta. Yo sigo mirándolo, intentando entender por qué mi corazón ya no late desbocado, por qué mis manos han dejado de temblar. No sé quién es. No sé qué es ese aroma que aún me envuelve. Solo sé una cosa: Su presencia logra lo imposible. Ha llevado mi enojo a cero.
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