CAPÍTULO V

1222 Words
🌜LIA🌕🌓🌑 Siento el impulso inmediato de huir. No porque él me dé miedo, sino justamente por lo contrario. Porque lo que despierta en mí es demasiado, demasiado rápido, demasiado intenso para alguien a quien acabo de conocer en el pasillo de un hospital que se cae a pedazos. Doy un paso atrás, luego otro, con la intención clara de alejarme antes de que mi cabeza empiece a inventar cosas que no existen. No llego lejos. Su mano rodea mi brazo. No aprieta. No duele. No invade. Es peor. Es como un ancla invisible que se hunde en mi piel y me deja sin fuerzas para seguir avanzando. Como si su solo contacto tatuara algo en mí, algo profundo, antiguo, algo que no tiene nombre pero que mi cuerpo reconoce sin pedir permiso. Me quedo quieta. Respiro. Maldición. —Si quieres… puedo ayudarte —dice. Su voz no es autoritaria. No es una orden. Es una oferta. Una que podría rechazar. Lo sé. Pero, sorprendentemente, no lo hago. —No es necesario —respondo, y aun así… no me muevo. Me descubro quedándome. No es sumisión. No es debilidad. Es como si, por alguna razón que no comprendo, él y yo quisiéramos exactamente lo mismo en ese instante. Como si estuviéramos sincronizados en una frecuencia que nadie más oye. Me incomoda. Me intriga. Me desarma. Su mano se suelta despacio, como si entendiera que no necesito que me retenga para quedarme. —Caelan —dice entonces—. Me llamo Caelan. El nombre me atraviesa suave, como una nota grave que vibra en el pecho. —Lía —respondo. Y entonces él me mira. No un segundo. No dos. Minutos enteros. Su atención es total, silenciosa, casi reverente. No me observa como quien evalúa o desea, sino como quien encuentra algo que llevaba mucho tiempo buscando sin saberlo. Eso me pone nerviosa… pero de la forma correcta. De esa que eriza la piel y acelera el pulso sin generar alarma. Siento que ve demasiado. Que si hablo, va a notar el temblor en mi voz. Que si me quedo, va a despertar una parte de mí que nadie nunca ha tocado. Trago saliva. No sé quién es. No sé por qué su presencia me calma y me descoloca al mismo tiempo. No sé por qué, entre todas las personas de este maldito hospital, es él quien logra que el mundo deje de doler por un instante. Caelan me pide que lo espere un momento. Asiento sin pensar, y eso ya debería preocuparme. Lo veo acercarse de nuevo al mostrador, moverse con esa calma que parece natural en él, como si el mundo siempre le respondiera cuando habla. Saca una tarjeta de crédito y la desliza sobre la superficie sin titubear. —Haz lo que tengas que hacer para que ella esté bien. Lo dice con firmeza, sin alzar la voz. Y sé, con una certeza que me deja sin aire, que no está hablando de mi abuela. Ni siquiera la conoce. Está hablando de mí. El impacto es inmediato. Algo se expande en mi pecho, una calidez profunda, infinita, desconocida. No es gratitud. No es alivio. Es… otra cosa. Algo que nunca había sentido antes. La extraña y desconcertante sensación de estar protegida. Cuidada. Elegida sin condiciones. Yo, que siempre me las arreglo sola. Yo, que nunca espero nada de nadie. La enfermera cambia de actitud al instante. Toma la tarjeta, teclea, asiente con una sonrisa forzada y se va a hacer lo que tenga que hacer. Caelan regresa hacia mí con una leve sonrisa de satisfacción, como si hubiera ordenado el mundo y este, obediente, se hubiera acomodado. Nos sentamos en el pasillo mientras los médicos entran con mi abuela. El tiempo pasa distinto a su lado. Hablamos de todo y de nada. De música. De lugares que me gustaría conocer. De tonterías. De cosas simples. Me río. De verdad me río. De esas risas que salen del pecho y no de la garganta. Y eso me desconcierta más que todo lo demás, porque no recuerdo la última vez que alguien logró hacerme sentir así sin esfuerzo, sin máscaras, sin juegos. No hablamos de familias. Ni de pasados. Es como si ambos supiéramos, sin decirlo, que hay temas que aún no están listos para salir a la luz. Solo estamos ahí. Dos desconocidos compartiendo un pasillo frío de hospital, mientras algo invisible se teje entre nosotros con una naturalidad que asusta. Se llevan a mi abuela y no tengo más opción que despedirme. —Tengo que ir con ella —le digo a Caelan, señalando el pasillo por donde ya empujan la camilla. Él asiente de inmediato, como si nunca hubiera esperado otra cosa. —Te espero —dice. No pregunta dónde. No cuestiona si tardaré. Solo lo dice, y de algún modo eso me tranquiliza. Acompaño a mi abuela hasta una sala fría, llena de luces blancas que zumban bajito. La acuestan y luego la empujan dentro de una cosa enorme, un tubo gigante que parece sacado de una película de ciencia ficción barata. Desde afuera se ve estrecho, intimidante, como si fuera a tragársela entera. Me quedo observando cómo desaparece poco a poco dentro del aparato, escuchando los ruidos extraños, secos, metálicos, preguntándome cómo algo así puede ayudar a alguien. No me gusta. Nada de esto me gusta. Cuando por fin termina y la sacan de ahí, la vuelvo a acompañar hasta la habitación. Mi cuerpo está cansado, la cabeza me late, y aun así… lo primero que noto al entrar es que Caelan sigue allí. Debería parecerme raro. No lo es. Al contrario, algo dentro de mí se relaja al verlo de pie junto a la ventana, como si el aire se acomodara de nuevo en su lugar. Me mira y sonríe apenas, una sonrisa que no pide nada, que no invade. Es entonces cuando mi abuela abre los ojos y lo ve. Y algo cambia. Los ojos de Caelan brillan de una forma extraña, intensa, como si acabara de reconocer algo que no esperaba encontrar. No me mira a mí. La mira a ella. Con respeto. Con… asombro. —Vaya —murmura mi abuela, con voz suave, pero cargada de algo que no sé explicar—. Lunaris vetat… sed eligit. No entiendo lo que dice. Pero Caelan sí. Lo veo en su rostro. En cómo se queda rígido, en cómo su respiración se corta apenas un segundo. Sus ojos se oscurecen, su expresión se vuelve seria, perturbada, como si alguien acabara de ponerle un espejo delante y le hubiera mostrado una verdad incómoda. —Debo irme —dice de pronto, girándose hacia mí. —¿Irte? ¿Ahora? —pregunto, descolocada. Asiente, como si no tuviera opción. Se acerca y, sin darme tiempo a procesar nada, deja un beso suave en mi mejilla. No es apresurado. No es frío. Es cálido… y definitivo. —Cuida de ella —susurra—. Y cuídate tú. Luego se va. Sale de la habitación a toda prisa, sin mirar atrás, dejándome allí de pie, con el corazón acelerado y la sensación incómoda de que algo importante acaba de pasar… aunque no tenga idea de qué. Mi abuela me observa en silencio. Sonríe. Y por primera vez desde que llegamos al hospital, siento que soy yo la que no entiende nada.
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