🐺ALDRIC🌕
La oficina huele a alcohol y a furia. El whisky baja como fuego, pero no calma una mierda; apenas raspa lo suficiente para recordarme que sigo vivo y que todo está jodidamente fuera de lugar. Hay papeles tirados por el suelo como cadáveres después de una masacre: contratos, balances, decisiones que ya no obedecen. Yo los lancé. Yo los rompí. Y podría hacerlo otra vez. Mi cabeza es un puto campo de batalla desde que esa bruja abrió la boca y vomitó su profecía. ¿Una humana? ¿En serio? Me da risa. Una risa seca, enferma. Creo en las profecías, siempre lo he hecho, pero esta… esta suena a broma de mal gusto, a delirio lunar, a destino mal escrito con tinta barata. Una insignificante humana no debería tener ese peso. No debería significar nada. Y sin embargo lo significa todo.
Mi lobo está desatado, golpeando desde dentro, arañándome las costillas, exigiendo sangre, pelea, sexo, algo —lo que sea— que le permita descargar la presión que me tiene a punto de estallar. Lo siento empujar, gruñir, perder la paciencia conmigo. Quiere romper cuellos. Quiere poseer. Quiere destruir. Y yo no estoy mucho mejor. Riven es un maldito irresponsable, siempre lo ha sido, y ahora tiene el descaro de desaparecer cuando más se le necesita. Y Caelan… Caelan también falta. La reunión terminó hace rato y ya debería estar aquí, sosteniendo esta mierda conmigo, pero no. Me quedo solo, cargando con todo, como si ese hubiera sido siempre mi papel. Si mi padre hubiera querido un solo alfa, me habría coronado a mí y se habría ahorrado esta farsa. Pero no. Nos nombró a los tres porque se suponía que debíamos equilibrarnos, complementarnos. Qué chiste. Aprieto el vaso hasta que el cristal amenaza con romperse. La rabia me sube por la garganta, espesa, violenta, porque hay una verdad que me quema admitir: Riven no está listo. Nunca lo ha estado. Y aun así el destino, la luna y esa maldita profecía parecen empeñados en ponerlo al mismo nivel que yo. El control se me escapa entre los dedos, y por primera vez en mucho tiempo no sé si quiero recuperarlo… o dejar que todo arda.
Apenas vea a la humana, la asesino.
Así de simple. Fin de la maldita profecía. Tranquilidad para todos.
No voy a permitir que una asquerosa humana manche el nombre de mi familia, nuestra pureza, nuestro legado forjado con sangre y luna. Jamás. No mientras yo respire. No mientras siga siendo alfa.
Jamás podría tocar a una humana. La sola idea me provoca repulsión. Desprecio. Mi estómago se revuelve como si hubiera tragado veneno. ¿Qué podría hacer una humana para ganarse siquiera ese derecho? Nada. Absolutamente nada. No existe acto, sacrificio ni virtud que compense su insignificancia.
El vaso sale disparado de mi mano.
Se estrella contra la pared y se hace trizas. El cristal estalla, el licor chorrea como una herida abierta y el sonido me calma apenas un segundo. Insuficiente.
Entonces la puerta se abre.
Riven entra a la oficina hecho una mierda.
No hay otra forma de describirlo. El cabello revuelto, la camisa abierta, los ojos vidriosos, el hedor a alcohol pegado a su piel. Ha bebido demasiado. Muchísimo. Abre la boca para decir algo, lo que sea, pero no se lo permito.
—¡Cállate! —le grito—. Lárgate antes de que te golpee. Ve a asearte, das asco.
Lo maldigo. Sin filtro. Sin freno.
Riven no discute. Ni siquiera protesta. Está demasiado ebrio para hacerlo, y eso ya es decir mucho. Para llegar a ese estado tuvo que vaciar el licor de al menos cuatro bares. Los lobos no se embriagan así de fácil. Saberlo solo alimenta mi furia. Mi lobo ruge, araña, exige castigo.
Riven sale tambaleándose sin mirarme.
La puerta vuelve a abrirse después de un rato.
Caelan entra despacio. Está contrariado. Su postura no es la habitual. Algo en él está fuera de lugar. Parece querer decir algo más, pero duda. Calla. Y esa vacilación me crispa los nervios.
Finalmente habla.
—Encontré a la humana.
Dos palabras.
Nada más.
Pero es suficiente.
Mi lobo se desata.
Lo siento romper las cadenas dentro de mí, golpeando contra mis huesos, contra mi piel, exigiendo salir. La habitación se vuelve demasiado pequeña. El aire demasiado denso. Mis manos tiemblan, mis colmillos presionan contra la carne de mi boca.
La humana existe.
Y ahora sé dónde está.
Y juro por la luna que no voy a detenerme.
Mi lobo ya no está contenido.
Kars rompe contra mi pecho con una furia primitiva, exige sangre, exige dirección, exige a la humana ahora. Mis colmillos bajan, la visión se me nubla de rojo y doy un paso hacia Caelan antes de siquiera pensarlo.
—¿Dónde está? —gruño, mi voz ya no suena del todo humana.
Caelan no retrocede, pero puedo ver el error en sus ojos. Dudó demasiado.
Y eso, conmigo, se paga.
—Aldric, detente —dice con firmeza—. Kars, escúchame. No estás pensando con claridad.
Que pronuncie mi nombre de lobo es como echar gasolina al fuego.
—No vuelvas a llamarme así —rujo—. Dímelo. Ahora.
Entonces lo percibo.
El aroma.
No es fuerte, pero está ahí. En su ropa. En su piel. Pegado como una maldita huella invisible. Ella. La humana. Calidez, electricidad, algo que me rasga por dentro con una violencia que no entiendo.
Mi visión se afila.
—La tocaste —escupo—. La oliste. La dejaste cerca. ¡Malditasea!
—No —responde Caelan, tenso—. Y no voy a decírte donde está, porque no estás en control. Vas a terminar cometiendo un error.
No lo necesito.
Nunca lo necesité.
Mi olfato es más fino que el de cualquier lobo que haya caminado esta tierra. Más que el de mi padre. Más que el de cualquier alfa antes que yo. No es orgullo. Es hecho. Puedo rastrear un suspiro a kilómetros. Puedo seguir un recuerdo en el aire.
Y el rastro de ella arde.
Caelan intenta ponerse delante de mí cuando avanzo.
Grave error.
Lo empujo con todo mi cuerpo, con toda mi fuerza. El impacto es seco, brutal. Sale despedido varios metros, atraviesa el pasillo y se estrella contra la pared con un gemido ahogado.
—No la lastimes, Aldric —grita—. ¡Por la luna, no la lastimes!
No respondo.
Ya estoy fuera.
Mis botas golpean el suelo, bajo las escaleras, atravieso pasillos como una tormenta. La moto me espera. Me subo de un salto, el motor ruge y lo siento vibrar bajo mis manos como si compartiera mi rabia.
Arranco.
El sol de medio día me recibe.
El viento me corta el rostro mientras acelero sin mirar atrás, sin medir velocidad, sin freno. El aroma me guía. Me quema los pulmones. Me arrastra.
La humana cree que puede existir sin consecuencias.
La profecía cree que puede desafiarme.
Se equivocan.
Voy a encontrarla.
Y este día, no es la luna la que va a decidir quién sobrevive.