PRESENTACION PERSONAJES PRINCIPALES.
🐺 LOS TRES ALFAS
1. Aldric Vhalerion – El mayor
Edad: 32 años
Rol: Alfa principal
Físico:
Alto (1.92), cuerpo imponente, musculatura dura y trabajada. Cabello n***o azabache, corto. Ojos grises, fríos como acero. Mandíbula marcada, presencia dominante que intimida incluso en silencio.
Personalidad:
Autoritario, orgulloso, profundamente tradicional. Cree en la pureza de la sangre y en las leyes de la manada. No tolera la debilidad. Para él, el poder es orden. El destino… una carga que se cumple, no se cuestiona.
2. Caelan Vhalerion – El del medio
Edad: 31 años
Rol: Alfa estratega
Físico:
1.88 de altura, complexión atlética pero menos pesada que la de Aldric. Cabello castaño oscuro, ligeramente largo. Ojos color ámbar. Rasgos más suaves, mirada profunda e inteligente.
Personalidad:
Reflexivo, diplomático, analítico. Cree en el equilibrio y en el diálogo. No desprecia la tradición, pero tampoco la acepta ciegamente. Siente el peso de ser el puente entre sus hermanos.
3. Riven Vhalerion – El menor
Edad: 30 años
Rol: Alfa guerrero
Físico:
1.85, cuerpo fibroso, ágil. Cabello rubio oscuro, desordenado. Ojos verdes, brillantes y burlones. Sonrisa peligrosa.
Personalidad:
Provocador, irreverente, salvaje. No se toma nada demasiado en serio, ni siquiera al destino. Le gusta desafiar límites, reglas y autoridades. Para él, la vida es instinto.
🌙 LA PROTAGONISTA
Lía Moreno
Edad: 24 años
Físico:
Estatura media, cuerpo curvilíneo y fuerte. Piel cálida, cabello n***o ondulado hasta la espalda. Ojos grandes color miel. Mirada viva, desafiante. Belleza natural, sin artificios.
Personalidad:
Decidida, independiente, directa. No cree en cuentos ni en salvadores. Trabaja como stripper por elección, no por vergüenza. Prefiere ganarse cada moneda antes que deberle algo a alguien. Sarcástica, valiente, un poco caótica… y profundamente leal a quienes ama.
Historia:
Huérfana, hija única. Vive con su abuela, la única familia que le queda. Creció escuchando historias de diosas lunares y hombres lobo, que hoy considera simples fantasías de una anciana entrañable
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La noche cubría el bosque como un manto antiguo cuando los tres alfas de la manada Lúmen Noctis cruzaron el umbral de la cabaña.
Aldric Vhalerion entró primero, con la espalda recta y el gesto severo. La vejez había obligado a su padre a ceder el mando, y ahora el peso del liderazgo reposaba sobre los hombros de los tres hermanos. Él, como el mayor, lo aceptaba sin vacilar.
Caelan lo siguió en silencio, observando cada símbolo tallado en la madera, cada hierba colgada del techo. No creía del todo en augurios, pero tampoco los despreciaba.
Riven cerró la puerta detrás de ellos con una sonrisa ladeada.
—Vaya —murmuró—. Si esto no grita “mala idea”, no sé qué lo hace.
La mujer que los esperaba parecía tan antigua como el bosque mismo. Su cabello blanco caía en trenzas largas, sus ojos lechosos brillaban con una luz inquietante.
—Han venido por imposición, no por fe —dijo la Oráculo Lunar, sin saludarlos—. Eso siempre trae consecuencias.
Aldric dio un paso al frente.
—Habla. No estamos aquí para juegos.
La bruja sonrió, mostrando dientes gastados por el tiempo.
—Tres alfas bajo una misma luna… una rareza. Una fuerza temida incluso por la diosa.
Caelan frunció el ceño.
—Nuestro padre habló de una profecía. Algo que podía… dividirnos.
—O elevarlos por encima de todo lo conocido —corrigió ella—. El equilibrio es una espada de doble filo.
Riven se apoyó contra la pared, divertido.
—¿Y dónde entra la tragedia? Porque siempre hay una.
La Oráculo alzó un dedo huesudo.
—Una mujer.
El silencio se volvió denso.
—Humana —continuó—. Impura a ojos de muchos. Sin linaje, sin poder, sin oro. Pero marcada por la luna desde antes de nacer.
Aldric apretó la mandíbula.
—¿Una humana? Eso es una burla.
—Es una prueba —replicó la bruja—. Ella puede interponerse entre ustedes como una grieta… o convertirse en el eje que los mantenga unidos.
Si la rechazan, caerán.
Si la reclaman con codicia, se destruirán.
Pero si logran el equilibrio… —sus ojos brillaron— no habrá manada, ni reino, ni enemigo que pueda hacerles frente.
Caelan respiró hondo.
—¿Y si fallamos?
—La luna no perdona a quienes desoyen su designio.
Riven soltó una risa baja.
—Interesante. Una humana capaz de poner el mundo patas arriba.
La Oráculo inclinó la cabeza.
—La luna ya la observa.
Muy lejos de aquel bosque, bajo luces de neón y música vibrante, Lía Moreno giraba alrededor del tubo con una sonrisa desafiante, ignorante de dioses, profecías y alfas.
Para ella, la luna solo era una vieja conocida que la acompañaba de regreso a casa.
Y esta noche… brillaba más de lo normal.
La vida de Lía Moreno nunca fue sencilla, pero sí estuvo marcada por una constante: resistir.
Vivía en una casa pequeña, de paredes gastadas y techos que crujían cuando el viento nocturno se colaba sin pedir permiso. Cada mañana se levantaba antes que el sol para ayudar a su abuela: prepararle el desayuno, organizar sus medicamentos, escuchar con paciencia historias que ya había oído decenas de veces… y otras que parecían cambiar con los años, como si la memoria de la anciana se mezclara con algo más antiguo.
Lía tenía buen corazón, aunque no lo demostrara con palabras dulces. Lo hacía con actos. Con presencia. Con quedarse cuando habría sido más fácil irse.
Desde niña aprendió que el amor no siempre venía envuelto en promesas, sino en permanecer.
Su infancia fue corta. Brutalmente corta.
Recordaba con demasiada claridad aquella noche.
La lluvia golpeaba el parabrisas con violencia, las luces de la carretera se desdibujaban y su madre tarareaba una canción para tranquilizarla en el asiento trasero. Su padre conducía con ambas manos firmes en el volante, concentrado, como si pudiera desafiar al destino con solo apretar los dientes.
El impacto llegó sin aviso.
Metal contra metal. Cristales rompiéndose. Un silencio antinatural después.
Lía fue encontrada consciente, apenas con rasguños, aferrada al cinturón de seguridad como si algo —o alguien— la hubiera sujetado al mundo. Sus padres no corrieron la misma suerte. Murieron esa misma noche, sin despedidas, sin segundas oportunidades.
Durante mucho tiempo, Lía creyó que había sido suerte.
Con los años, lo llamó milagro.
Nunca se permitió pensar más allá.
Después del funeral, no hubo discusiones ni decisiones difíciles. Lía se quedó con su abuela. No porque no existieran otras opciones, sino porque era lo correcto.
La anciana la recibió con brazos temblorosos y ojos llenos de una tristeza antigua, como si ya hubiera sabido que ese día llegaría. Desde entonces, se convirtieron en el mundo entero la una para la otra.
La abuela le contaba historias cada noche. Historias que hablaban de la diosa Luna, de mujeres elegidas, de hombres que corrían con la bestia bajo la piel y protegían aquello que les era sagrado. Lía escuchaba fascinada cuando era niña, imaginando bosques infinitos y lunas que observaban desde lo alto.
Pero crecer significó endurecerse.
Ahora, de adulta, sonreía con cariño cada vez que su abuela retomaba esos relatos. No se burlaba. Nunca lo haría. Simplemente pensaba que eran el refugio de una mente cansada, una forma de darle sentido a la pérdida, al paso del tiempo, a todo lo que no podía controlar.
—La luna siempre cuida de las suyas —decía la anciana a veces, mirándola con una intensidad que a Lía le resultaba incómoda.
Ella solo respondía con una media sonrisa y un beso en la frente.
Porque Lía Moreno no creía en diosas ni en designios.
Creía en trabajar duro.
En pagar las cuentas.
En volver a casa cada noche.
No sabía —no podía saber— que la luna que tantas veces había observado desde la ventana… nunca dejó de observarla a ella.
Y que aquel milagro de su infancia no fue azar.
Fue una promesa.