🐺ALDRIC🌕
Llego al edificio y ni siquiera me molesto en estacionar bien. Lanzo la motocicleta al suelo cuando me bajo de un salto; el metal golpea el pavimento con un estruendo seco que no me importa. Nada aquí merece cuidado. Este lugar es una ofensa. Un agujero de mala muerte donde la luna apenas se atreve a mirar.
Está aquí.
Lo sé.
El aroma me atraviesa antes de cruzar la puerta principal. Viejo, impregnado en las paredes, en el aire rancio del pasillo. Para mí es un rastro claro, obscenamente claro. Cada escalón que subo es un insulto más a lo que soy. Un alfa no pisa lugares así. Un alfa no persigue humanas.
Pero quiero matarla.
Quiero destrozarla.
Quiero arrancar de raíz lo que sea que amenaza con torcer mi mundo.
No toco la puerta.
La tumbo.
La madera cede bajo mi patada con un crujido violento y entro como una tormenta. El departamento es pequeño, estrecho, miserable. Huele a ella. Demasiado. Está en cada rincón, pegada a las paredes, a la tela barata del sofá, a la cama desordenada que veo al fondo.
No está.
La ausencia me enciende aún más.
—Maldita humana… —gruño, la voz cargada de veneno.
Entro a la habitación y el olor se vuelve insoportable. Más fuerte. Más íntimo. Aquí duerme. Aquí respira. Aquí existe. Algo se revuelve en mi pecho, algo que no debería, algo que no reconozco y que rechazo con furia.
Pierdo el control.
Lanzo la mesa contra la pared. El espejo estalla en mil fragmentos. Arranco las cortinas, vuelco la cama, destrozo el armario. Mis puños atraviesan lo que encuentran, la madera cruje, el yeso se quiebra, el suelo se cubre de restos y polvo. El ruido es brutal, salvaje, necesario.
Kars ruge dentro de mí, satisfecho por la destrucción, pero no calmado. Nunca calmado.
—No deberías existir —escupo al aire, como si pudiera oírme—. No deberías estar respirando bajo esta luna.
Me detengo en seco en medio del caos. El pecho me sube y baja con violencia. El departamento está hecho trizas, pero el aroma sigue ahí. Más intenso. Más profundo. Como una maldita burla.
No importa.
Ahora sé dónde vive.
Sé cómo huele su refugio.
Sé cómo encontrarla incluso con los ojos cerrados.
Aprieta la mandíbula.
La profecía cree que puede jugar conmigo.
Ella cree que puede esconderse.
Error.
Voy a encontrarla.
Y cuando lo haga, esta vez, no habrá puerta que la proteja.
Lo digo sin pensarlo: la quiero ahora.
Salgo de la casa dejando el desastre atrás. No miro, no me importa. El motor de la motocicleta ruge mientras sigo el rastro de esa fragancia maldita que me arrastra sin piedad.
Un bar de mala muerte. Cerrado. Por supuesto. Eso solo confirma lo que ya sospechaba: ella trabaja ahí… y la idea hace que el desprecio me suba como bilis.
La frustración me quema el pecho, pero no me detengo. Acelero.
Entonces el aroma cambia. Esta vez me guía hacia un hospital.
Freno de golpe y entro como un desquiciado, empujando puertas, ignorando miradas. Con cada paso, la fragancia se intensifica, se vuelve más dulce, más densa… y asquerosa.
Me revuelve el estómago.
Me crispa los nervios.
Pero sigo avanzando.
Porque ya sé que está aquí.
La veo antes de que ella me vea a mí.
Eso es lo mejor de la cacería.
El instante previo.
Cuando la presa aún cree que el mundo es seguro.
Está de pie junto a una silla de ruedas, inclinada hacia una anciana. Le acomoda algo —una manta, un bolso, no me importa—. Su cuerpo es pequeño, demasiado humano, demasiado frágil para cargar con el peso de una profecía. Su cabello cae suelto, indisciplinado, como si ni siquiera se molestara en domarlo. Hay algo irritante en eso. En lo descuidada que es. En lo viva que parece.
Cuando levanta el rostro, veo sus ojos.
Color miel.
No el verde noble de los míos. No.
Miel barata, vulgar, humana.
Y aun así…
La imagen se me clava.
Mi lobo gruñe, impaciente. Kars quiere sangre. Yo también. En segundos, esto se acabará. Si la tomo, la rompo, la profecía muere con ella y el silencio vuelve a mi cabeza. Todo ese ruido, esas voces, esa maldita bruja… desaparecerán.
Doy un paso.
Luego otro.
Entonces ella me mira.
No aparta la vista. No retrocede.
Sus ojos me atraviesan como un golpe seco en el pecho.
Es rudo. Inesperado.
No duele… pero sacude.
Mi ira no disminuye. Se multiplica.
Como si algo dentro de mí hubiera sido provocado a propósito.
—¿Y tú quién cojones eres? —escupe.
La vulgaridad me enciende la sangre.
Cómo se atreve.
No pienso. No espero.
La tomo del brazo y aprieto.
No es un gesto medido.
Es posesivo. Dominante. Instintivo.
—Cuida tu lengua —gruño—. No tienes idea de con quién estás hablando.
Ella no grita. No llora.
Intenta soltarse con fuerza, con rabia.
—¡Suéltame, imbécil! —me lanza—. ¿Quién te crees que eres para tocarme?
Sus uñas arañan mi muñeca.
Su olor me golpea de lleno.
Maldición.
Es más intenso de cerca. Más dulce. Más invasivo. Me repugna… y aun así Kars ruge, reclamándola como si le perteneciera. Aprieto la mandíbula. No. No es deseo. Es dominio. Es la necesidad de destruir lo que no debería existir.
—No sabes cuándo cerrar la boca —le digo, frío—. Ese defecto suele costar caro.
Ella me sostiene la mirada, desafiante, furiosa, viva.
Y en ese segundo lo entiendo.
Matarla no será tan simple.
Una mano toca mi pierna.
No debería sentirla.
No debería significar nada.
Es débil. Vieja. Temblorosa.
Una maldita anciana que ni siquiera puede levantarse de la silla por sí sola.
Y aun así… mi cuerpo se detiene.
El asco me golpea primero. Un desprecio tan violento que me sube por la garganta. ¿Cómo se atreve? ¿Cómo osa tocarme? ¿A mí? ¿Al heredero? ¿Al alfa?
Kars estalla dentro de mi pecho, furioso. Quiere sangre. Quiere arrancar carne. Quiere romper huesos por el solo atrevimiento de esa mano marchita apoyándose sobre mí.
Entonces ella susurra.
No grita.
No impone la voz.
—Lunaris vethea… karsen domir.
Las palabras se hunden en mí como grilletes invisibles.
"Por la luna que observa, el lobo se inclina. La furia duerme."
—No… —gruño, intentando moverme, sacudirme, romperlo.
Mi pierna no responde.
No es fuerza.
No es magia burda.
Es autoridad.
La siento filtrarse bajo mi piel con una humillación insoportable. Kars es empujado hacia atrás, obligado a bajar la cabeza. No sometido por otro lobo. No por un alfa superior.
Por una anciana que no puede ponerse de pie.
La rabia me quema por dentro. La vergüenza me aprieta el pecho hasta doler. Mis colmillos retroceden contra mi voluntad. Mis músculos tiemblan, tensos, inútiles.
Esto es peor que la muerte.
Entonces la humana se mueve.
Ya no está bajo mi agarre.
Mis dedos quedan suspendidos en el aire, vacíos. Y es ahí cuando ella me mira.
No aparta la vista.
No retrocede.
Me observa con esos ojos color miel, profundos, duros, como si pudiera atravesarme. No hay súplica en su expresión. No hay miedo. Solo una furia firme, contenida, que me resulta insultante.
Sostiene mi mirada como si yo fuera el animal… y ella la que decide si merezco existir.
Eso me enloquece.
Con un esfuerzo brutal rompo el contacto. Arranco mi pierna de debajo de esa mano vieja como si me quemara.
—¿Cómo te atreves a tocarme? —escupo, girándome hacia la anciana—. ¿Quién demonios crees que eres?
El desprecio me sale puro, afilado. El odio es visceral. Ser contenido ya es intolerable… pero serlo por alguien así, por alguien que debería ser invisible, es una afrenta que no voy a olvidar.
Kars sigue temblando dentro de mí, humillado, contenido a la fuerza.
La humana sigue mirándome.
Y juro, con la rabia aún ardiendo en mi sangre, que esto no termina aquí.
Nadie me detiene dos veces.
Ni una anciana.
Ni una humana insolente.