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La última prometida

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Blurb

En Crosst, el poder espiritual se mide por el brillo del alma. A los cuatro años, el mundo decide si naciste para gobernar o para obedecer.

​Yo nací para desaparecer.

​O eso le hice creer a Osmar, el hombre al que tuve la desgracia de llamar padre. Vendida como un animal como tributo de paz al señor de Crosst, crucé la frontera hacia el dominio del hombre más temido de la provincia: Cristóbal, el gobernante sin piedad que devoraba a sus prometidas una a una.

​Él prometió que yo sería la última. Yo prometí que no sobreviviría al secreto que llevo en la sangre.

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Introducción: El inicio de todo.
I. El Juicio del Alba ​En los anales del antiguo Reino no hay fecha más determinante que la del Cuarto Alba. Es una ley no escrita, pero respetada con devoción casi religiosa: a los cuatro años de edad, cada niño debe presentarse ante el Orbe de Manifestación de su comunidad. Si hay poder en sus venas, el mineral despierta, determinando si el niño nació para gobernar o para obedecer. La magia en este mundo no es una bendición poética; es la moneda de cambio de la utilidad humana. ​En la Casa de Osmar, señor de las tierras del norte y estratega alimentado por la ambición de una guerra eterna, el Cuarto Alba de su primogénita era una expectativa militar. El día que Alessa cumplió los cuatro años, el salón principal del palacio estaba abarrotado. Osmar permanecía de pie al lado del gran pedestal de piedra, con la espada de mando ceñida al cinturón y los ojos fijos en la pequeña figura de su hija. ​Alessa vestía un vestido de seda blanca que le quedaba demasiado grande. A su lado, apoyada contra un pilar para sostener el peso de un cuerpo consumido por una enfermedad fulminante, estaba Felicia, su madre. ​—Pon tu mano en la piedra, Alessa —ordenó Osmar. ​La niña obedeció. Presionó su pequeña palma contra la superficie helada del cuarzo místico. ​El silencio que siguió fue absoluto. Pasaron diez segundos, un minuto. El Orbe permaneció opaco, gris y frío como un guijarro sacado del fondo de un río congelado. ​—¡El artefacto está defectuoso! —rugió Osmar, apretando la mano de la niña contra el cristal con violencia. ​—El Orbe no miente, mi lord —murmuró el anciano sacerdote—. La niña no tiene resonancia. Es... una vacía. ​Osmar soltó a Alessa como si se hubiera quemado los dedos. La pequeña cayó sobre el suelo de mármol, mirando a su padre con los ojos muy abiertos. ​—Inútil —dictaminó Osmar con un desprecio helado—. La hija de la gran estirpe ha nacido como un pedazo de carne sin alma. ​Esa misma noche, Felicia expiró su último aliento en los aposentos más alejados del palacio. Nadie lloró su muerte, salvo la pequeña Alessa, que permaneció acurrucada junto al lecho de su madre. ​II. El Sello del Linaje Sagrado ​Lo que nadie supo jamás fue la conversación que tuvo lugar en la penumbra de esa habitación horas antes de que Felicia dejara este mundo. ​Felicia atrajo a su pequeña hija hacia su pecho y, con manos temblorosas, extrajo de debajo de su almohada una aguja de plata tallada con runas antiguas. ​—Escúchame bien, mi pequeña luz —susurró Felicia—. El mundo en el que vas a crecer es cruel. Tu padre no ve personas; solo ve armas. ​Felicia conocía la verdad: su linaje descendía del Linaje Sagrado, los antiguos guardianes de la Luz Primordial. A diferencia de la magia ordinaria —que consistía en manipulaciones elementales—, la Luz Primordial era la fuente original de la creación y la purificación. Una magia tan pura que consumía a quien intentara usarla con egoísmo. Si Osmar descubría que su hija la poseía, la habría convertido en un arma para sus ejércitos. ​—No debes brillar, Alessa. No hasta que encuentres un lugar donde tu luz sea un refugio y no una amenaza. ​Pinchando la yema del dedo de la niña, Felicia recogió una gota de sangre dorada y trazó un patrón invisible sobre la piel del cuello de Alessa, justo encima de su pulso. El toque se transformó en un calor penetrante que se hundió hondo en sus huesos: el Sello del Silencio Eterno, un hechizo prohibido que requería la vida misma de quien lo imponía. ​A partir de ese instante, cualquier artefacto mágico que intentara medir el poder de Alessa solo encontraría un abismo. A ojos del mundo, Alessa sería para siempre una "vacía". ​—Soporta el desprecio, mi amor —susurró Felicia antes de cerrar los ojos para siempre—. Es el único precio que puedo pagar para que conserves tu alma. ​III. El Señor de los Cuatro Elementos ​Los diez años siguientes convirtieron a la provincia del norte en un caldero de ruina. Osmar se embarcó en una campaña militar tras otra, pero se topó con un muro infranqueable en las fronteras del sur: la emergente y próspera provincia de Crosst. ​Crosst era una ciudad de provincia en plena revolución industrial y tecnológica, donde los tranvías a vapor, las fábricas y las farolas de luz mística convivían en armonía. Pero la verdadera razón del ascenso e invencibilidad de Crosst tenía un nombre: Cristóbal. ​Mientras que la mayoría de los nobles apenas despertaban un don elemental básico, Cristóbal era una anomalía histórica, el ser más poderoso del reino y el único con dominio absoluto sobre los cuatro elementos naturales. En sus manos, la tierra se abría para extraer minerales; el fuego alimentaba los calderos de las fábricas; el agua movía las turbinas de la ciudad; y el aire limpiaba los gases pesados del puerto. Había transformado su poder destructivo de guerra en el motor industrial de su pueblo. ​Sin embargo, detrás de su fachada implacable, Cristóbal era un hombre marcado por la traición. Sus tres prometidas anteriores habían intentado destruirlo: espías, chantajistas y codiciosas que buscaron usar su poder. Para Cristóbal, cada compromiso se había convertido en un campo de batalla. ​Acorralado por las deudas y con sus fortalezas destruidas por el ejército de Crosst, Osmar tomó una decisión desesperada. Necesitaba una alianza diplomática que detuviera la invasión, y su única moneda de cambio era la hija que había mantenido olvidada en las sombras durante una década. ​—Preparen a la niña —ordenó Osmar a la servidumbre—. Mañana sale un carruaje hacia el sur. Serás el tributo de paz para el señor de Crosst, Alessa. Si ese bastardo quiere mis tierras, tendrá que aceptarte a ti primero. ​Alessa no lloró. Empacó su pequeño baúl de madera con el único recuerdo de su madre —una cinta de terciopelo azul— y subió al carruaje hacia el dominio del hombre más temido del reino. ​IV. La Llegada a Crosst ​El viaje duró tres días. A medida que el carruaje se adentraba en los valles de Crosst, el paisaje cambió. El aire se volvió denso, cargado con el olor del carbón, el vapor y el sutil chasquido de la energía espiritual. ​El vehículo se detuvo frente a la enorme casona de piedra negra de Cristóbal, situada en la cima de una colina que dominaba toda la provincia. El guardia del norte abrió la puerta y tiró el baúl de Alessa sobre los adoquines húmedos. ​—Hasta aquí llego, señorita. Buena suerte conviviendo con un monstruo elemental. ​El carruaje se alejó a toda prisa. Alessa se quedó sola bajo la lluvia helada, sosteniendo su baúl mientras alzaba la mirada hacia la gran escalinata. En lo alto de los escalones, esperándola, se encontraba Cristóbal. ​Era un hombre alto, de hombros anchos y rostro esculpido por la dureza de las batallas. Vestía un abrigo largo militar de color azul oscuro. Pero lo más imponente era la presencia física de su magia: las gotas de lluvia se evaporaban antes de tocar su ropa por un calor tenue de fuego contenido; el viento danzaba suavemente a sus pies; y el suelo de piedra parecía vibrar bajo sus botas con la densidad de la tierra. ​Cristóbal descendió lentamente los escalones. Su mirada recorrió a Alessa de arriba abajo, observando su vestido sencillo, su cabello húmedo y la ausencia total de brillo aúrico a su alrededor. Para sus sentidos hiperdesarrollados, Alessa era un vacío absoluto. ​—Así que esto es lo que le queda a Osmar —dijo Cristóbal. Su voz era grave y profunda, con un retumbo que recordaba al crujir de la piedra y el trueno—. La hija "sin don". La pieza descartable del norte. ​Alessa sostuvo su mirada con firmeza. ​—Mi nombre es Alessa —respondió ella, con una claridad que pareció cortar la brisa controlada por el gobernante. ​Cristóbal dejó escapar una sonrisa helada. Un destello de chispa carmesí bailó brevemente en sus dedos antes de apagarse. ​—Sé cómo te llamas. Tu padre cree que enviándote a mi puerta detendrá la marcha de mis cañones. Pero escúchame bien: no me importan los títulos de tu familia. Acepto este acuerdo únicamente por la paz de mi provincia, pero no eres bienvenida aquí. ​Se acercó a ella, y el aire a su alrededor se volvió tan cálido como el verano y tan pesado como la piedra. ​—Serás mi esposa en el papel para acallar a los cancilleres. Tendrás un techo y comida. Pero jamás serás mi mujer. Jamás tocarás el poder elemental de esta provincia y jamás te ganarás un lugar en mi vida. Serás únicamente mi última prometida. ​El silencio cayó entre ambos. Cualquier otra persona habría temblado ante el hombre que gobernaba los cuatro elementos. Pero Alessa, en cuyo cuello latía la Luz Primordial capaz de purificar e integrar el fuego o la tierra más violenta, solo lo miró con serenidad. ​—Entendido, mi lord Cristóbal —dijo Alessa con una leve inclinación de cabeza—. Muéstreme mi celda.

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