El precio de la sangre
La mansión de los Cruz nunca se había sentido tan fría. El silencio en los pasillos no era de paz, sino de ese tipo de quietud que precede a una ejecución. Valentina caminaba hacia el despacho de su padre, sintiendo cómo sus tacones resonaban contra el mármol, un eco que parecía contar los segundos de una libertad que, sin ella saberlo, estaba a punto de expirar.
Desde que su madre murió, tres años atrás, la casa había perdido cualquier rastro de calidez. Su madre era el escudo, el filtro de seda que suavizaba la brutalidad de su padre. Ahora, Valentina solo tenía ante sí a un hombre que no veía en ella a una hija, sino un activo, una moneda de cambio que había estado guardando en una caja fuerte hasta que el mercado fuera propicio.
Al llegar a la pesada puerta de roble, Valentina respiró hondo. Empujó con manos temblorosas y entró.
Su padre, Roberto Cruz, estaba de espaldas, observando la ciudad a través del ventanal. El humo de su habano flotaba en el aire como un fantasma gris. Sobre su escritorio, una carpeta de cuero n***o esperaba abierta.
—Siéntate, Valentina —dijo él, sin girarse. Su voz era como el crujido de la tierra seca.
—¿Qué es esto, papá? —preguntó ella, ignorando la silla. Su instinto de supervivencia estaba gritando—. Son las once de la noche. ¿Qué es tan urgente?
Roberto se dio la vuelta lentamente. Sus ojos, apagados y carentes de cualquier rastro de afecto, se clavaron en ella.
—Nuestra familia está en un punto de quiebre. Los Romano están presionando por el norte, y nosotros estamos perdiendo terreno. No voy a permitir que cincuenta años de legado se desmoronen porque no tengo un ejército lo suficientemente grande.
Valentina frunció el ceño, sintiendo un nudo en el estómago.
—¿Y eso qué tiene que ver conmigo? Sabes que yo no me meto en tus negocios.
—Te equivocas. Tú eres el negocio ahora —Roberto señaló la carpeta—. He firmado un pacto. Una alianza de sangre y apellido con Alessandro Romano. Se termina la guerra, se unifican las rutas de comercio y el poder se duplica.
Valentina sintió que el aire se volvía denso, imposible de respirar.
—¿Un pacto? ¿De qué hablas?
—Te vas a casar con él, Valentina. El próximo sábado.
El mundo se detuvo. Valentina soltó una carcajada nerviosa, esperando que fuera una de sus crueles bromas, pero la expresión de su padre permaneció de piedra.
—¿Casarme? ¿Con Alessandro Romano? —Su voz subió de tono, rompiéndose—. ¡Es un monstruo! He oído las historias, papá. Dicen que no tiene alma, que es un carnicero. ¡No puedes hacerme esto! ¡No soy una de tus propiedades!
—¡Eres mi hija y harás lo que se te ordene por el bien de esta familia! —rugió Roberto, golpeando el escritorio con el puño.
—¡No! —gritó ella, y por primera vez en años, la rabia superó al miedo—. ¡No voy a entregarle mi vida a un extraño para que tú puedas tener más poder! ¡Preferiría morirme! Si mamá estuviera aquí...
El nombre de su madre fue el detonante. Roberto rodeó el escritorio con una velocidad aterradora. Antes de que Valentina pudiera retroceder, la mano de su padre impactó contra su mejilla con una fuerza brutal.
El golpe la lanzó al suelo. El sabor metálico de la sangre llenó su boca instantáneamente y sus oídos empezaron a zumbar. Valentina se quedó allí, sobre la alfombra, con la cara ardiendo y las lágrimas desbordándose, sintiendo el vacío absoluto de estar sola en el mundo. Su propio padre la miraba con asco, sin un ápice de remordimiento por haberla lastimado.
—No vuelvas a mencionar a esa mujer —siseó Roberto, inclinándose sobre ella—. Tu madre era débil, y tú vas por el mismo camino. Pero no voy a dejar que arruines esto. Te casarás con Romano, aunque tenga que arrastrarte al altar encadenada.
En ese momento, la puerta del despacho se abrió de nuevo. Valentina, aún en el suelo, levantó la vista entre sus cabellos desordenados.
Un hombre estaba bajo el umbral. Era alto, vestía un traje n***o hecho a medida que parecía absorber la poca luz de la habitación. Su presencia era imponente, casi asfixiante. Tenía una mandíbula afilada y unos ojos tan oscuros que parecían dos pozos de obsidiana. No había ninguna emoción en su rostro mientras observaba la escena: el padre dominante y la hija golpeada en el suelo.
—Llegas tarde, Alessandro —dijo Roberto, recuperando la compostura como si nada hubiera pasado.
Alessandro Romano no respondió de inmediato. Sus ojos se fijaron en Valentina. Recorrió con la mirada su vestido elegante, ahora arrugado, y se detuvo en la mancha roja que empezaba a crecer en su mejilla y el hilo de sangre que caía de su labio.
Valentina sintió una humillación profunda. El hombre que iba a ser su dueño la estaba viendo en su momento más vulnerable y patético. Intentó levantarse, pero sus piernas temblaban.
Alessandro dio un paso hacia adelante. El sonido de sus botas era pesado, definitivo. Se detuvo a pocos centímetros de ella y, para sorpresa de Valentina, le tendió una mano enguantada.
—Levántate —dijo él. Su voz era grave, una vibración profunda que le erizó la piel. No era una orden gritada, pero tenía una autoridad que no admitía réplica.
Valentina ignoró su mano y se levantó por su cuenta, apoyándose en un mueble, limpiándose la sangre con el dorso de la mano. Lo miró con todo el odio que pudo reunir, aunque por dentro estuviera desmoronándose.
—¿Disfrutas el espectáculo? —escupió ella con amargura.
Alessandro la observó en silencio durante un segundo que pareció eterno. No había burla en sus ojos, pero tampoco compasión. Era algo mucho más frío: un reconocimiento.
—No —respondió él secamente. Luego, se giró hacia Roberto sin dejar de mirar de reojo a Valentina—. Cruz, sal de aquí. Quiero hablar con mi futura esposa. A solas.
Roberto dudó, pero incluso él sabía que no se le decía que no a un Romano. Salió del despacho cerrando la puerta tras de sí, dejando a Valentina a solas con el hombre que acababa de comprar su vida.
El silencio que quedó era distinto. Ya no era de miedo a un golpe, sino de la incertidumbre ante un abismo. Alessandro se acercó a ella, rompiendo su espacio personal, obligándola a inclinar la cabeza hacia atrás para sostenerle la mirada.
—Vas a dejar de llorar —dijo él, y su mano, sorprendentemente fría, rozó la mejilla golpeada de Valentina. Ella se encogió, pero él no la soltó—. En mi mundo, las lágrimas solo invitan a los lobos a morder. Y a partir de hoy, tú eres una Romano.
Valentina lo miró a los ojos y supo, con un escalofrío, que su padre era un hombre despiadado, pero Alessandro Romano era algo mucho más peligroso: era un hombre que ya no tenía nada que perder.