El beso de Judas

816 Words
El aire dentro de la vieja iglesia de San Judas olía a incienso rancio y a madera podrida. Valentina caminó por el pasillo central, sus tacones resonando contra las baldosas agrietadas con una cadencia que parecía el conteo regresivo de una bomba. Había logrado convencer a los guardias de quedarse en el pórtico, apelando a su necesidad de una confesión privada tras semanas de "pecado" con Alessandro. —¿Valentina? —una voz rota, apenas un susurro, emergió de las sombras del altar. De entre las columnas surgió una figura. No era el joven radiante de sus recuerdos; Julián estaba demacrado, con una cicatriz que le cruzaba la sien y el brazo en cabestrillo. Sus ojos, antes llenos de luz, ahora reflejaban un trauma profundo. —Estás vivo... —susurró ella, acercándose. Julián la tomó por los hombros, atrayéndola hacia él. —Vine por ti, mi amor. Tenemos poco tiempo. Hay un coche esperándonos detrás del cementerio. Podemos desaparecer, dejar atrás a ese monstruo y su mundo de sangre. El sabor de la ceniza Julián la besó con una desesperación que buscaba recuperar el tiempo perdido. Valentina cerró los ojos, intentando encontrar la chispa que una vez los unió, pero el beso le supo a ceniza. Mientras él la estrechaba, ella no pudo evitar comparar su tacto con el de Alessandro. El toque de Julián era súplica; el de Alessandro era mando. El cuerpo de Valentina, traicionero y marcado por las noches de fuego en la mansión Romano, no respondió a la ternura de su primer amor. Se sentía como una extraña en los brazos de un fantasma. —Ya no soy la misma, Julián —dijo ella, apartándose suavemente, su voz cargada de una pena infinita—. Lo que él me hizo... lo que yo permití... no puedes borrarlo con una huida. —Él te rompió, pero yo te sanaré —insistió Julián, tomando su rostro—. Vámonos, ahora. La entrada del ángel exterminador Antes de que pudieran dar un paso hacia la salida, las pesadas puertas de roble de la iglesia se abrieron con un estruendo que pareció sacudir los cimientos. El polvo bailó en los haces de luz que entraron de golpe, revelando una silueta que Valentina reconoció de inmediato. Alessandro Romano avanzó por el pasillo central con la elegancia de un depredador que ya ha ganado la partida. No llevaba chaleco antibalas ni casco; solo su traje impecable y una expresión de una frialdad absoluta. A sus espaldas, Franco y una decena de hombres armados rodearon rápidamente el perímetro. —Una iglesia, Valentina... —dijo Alessandro, su voz resonando en la cúpula con una calma aterradora—. Siempre tuviste un gusto dramático para la traición. Julián sacó una pequeña pistola con su mano sana, pero antes de que pudiera apuntar, un disparo preciso de Franco le dio en el hombro, derribándolo sobre los restos de un banco de madera. Valentina gritó, corriendo hacia él, pero Alessandro fue más rápido. La tomó del brazo con una fuerza que le recordó quién era el dueño de su libertad. —¡Déjalo! ¡Él no tiene nada que ver con esto! —suplicó Valentina, con lágrimas de rabia quemándole los ojos. Alessandro la ignoró. Se detuvo frente al herido Julián y, con un movimiento lento y deliberado, le puso la bota sobre la herida del pecho, presionando hasta que el joven soltó un alarido de agonía. —Así que este es el fantasma que te hacía gemir en sueños —dijo Alessandro, mirando a Julián con un desprecio infinito—. Es pequeño. Débil. Casi me ofende que me hayas comparado con este residuo del pasado. Alessandro sacó su propia arma, una Colt de plata grabada, y le apuntó directamente a la frente a Julián. Luego, miró a Valentina. Sus ojos ya no tenían el rastro de deseo del capítulo anterior; eran dos pozos de odio y decepción. —¿Quieres que viva? —preguntó Alessandro. Valentina se arrodilló, sujetando la pierna de Alessandro, humillándose frente a sus hombres y frente a su pasado. —Por favor... haré lo que quieras. Nunca volveré a mencionar su nombre. Seré la esposa que quieres. Pero no lo mates. Alessandro esbozó una sonrisa que no llegó a sus ojos. Se inclinó hacia ella, agarrándola del cabello para obligarla a mirar a Julián a los ojos. —Lo vas a salvar, Valentina. Pero el precio será que tú misma le digas que prefieres mi cama. Dile que me amas. Dile que su sacrificio no sirve de nada porque ya eres una Romano de sangre y alma. Valentina miró a Julián, que sangraba en el suelo, y luego a Alessandro, el hombre que la había destruido y reconstruido a su imagen. El silencio en la iglesia era sepulcral, solo roto por el sonido de la lluvia que empezaba a caer afuera, lavando la sangre de los traidores.
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