El pacto de los lobos

696 Words
La brisa del Mediterráneo era cálida, pero el ambiente en la villa de los Balbi era de un frío glacial. Alessandro caminaba por la terraza con Valentina colgada de su brazo. Ella vestía un traje de seda roja que parecía sangre líquida bajo la luz de la luna, con un escote que desafiaba la gravedad y el anillo de los Romano brillando en su mano. —Ese es Mikhail —susurró Alessandro al oído de ella—. Cree que porque eres mujer, eres el eslabón débil. No sabe que eres el arma que no vio venir. Sentados a la mesa, Mikhail, un hombre cuya cara era un mapa de cicatrices, apenas miró a Valentina. —Alessandro, hemos venido a hablar de negocios, no de decoración —dijo Mikhail en un italiano tosco—. Mantén a tu mujer callada mientras decidimos quién controla los puertos de Nápoles. Valentina no esperó a que Alessandro respondiera. Tomó su copa de cristal, observó el vino y lo vertió lentamente sobre el mantel blanco. —Mikhail, si fueras tan buen estratega como eres de grosero, sabrías que este vino tiene un regusto metálico que no pertenece a una cosecha de 1990 —dijo ella, con una calma que hizo que los guardias de Mikhail pusieran las manos sobre sus armas—. Tu sumiller intentó envenenarnos. Y si tú no lo sabías, eres un estúpido. Si lo sabías, eres un hombre muerto. Alessandro se puso de pie, su arma ya fuera, apuntando debajo de la mesa. La cena terminó en un caos de negociaciones forzadas bajo amenaza de muerte. Valentina había salvado la noche no con balas, sino con observación pura. El incendio del peligro De regreso en la suite del hotel, la adrenalina era un motor que rugía en sus pechos. Alessandro cerró la puerta con una patada y empujó a Valentina contra la madera noble. —Me has salvado la vida, Signora —gruñó él, sus ojos encendidos con una mezcla de furia y una lujuria incontrolable. —No te salvé por amor, Alessandro —respondió ella, arrancándole la corbata con una urgencia salvaje—. Lo hice porque este imperio es mío tanto como tuyo, y no voy a dejar que un ruso de segunda nos lo quite. Se despojaron de la ropa con una violencia desesperada. Alessandro la levantó, haciendo que ella envolviera sus piernas alrededor de su cintura, y la penetró allí mismo, contra la puerta, en un acto de posesión que buscaba reafirmar que estaban vivos después de rozar la muerte. El encuentro fue crudo y extremadamente explícito. Valentina se movía con una ferocidad que le arrancaba gritos de placer a Alessandro. Ella le mordía los labios, buscando el sabor del hierro, mientras él la sujetaba con una fuerza que dejaría marcas en sus muslos durante días. Fue un sexo de conquista, donde cada embestida sellaba su alianza de sangre. Valentina no era una espectadora; ella dictaba el ritmo, sus gemidos eran órdenes que él obedecía ciegamente en medio de la neblina del clímax. En la cima del orgasmo, ambos colapsaron sobre la alfombra persa, jadeando, unidos por el sudor y el aroma del peligro superado. La corona de espinas Minutos después, Valentina se levantó y se puso la camisa de seda de Alessandro, que le quedaba grande. Se asomó al balcón, mirando las luces de la costa. —¿Qué quieres hacer con Mikhail? —preguntó Alessandro, acercándose por detrás y rodeando su cintura. —Mátalo —sentenció Valentina sin parpadear—. Pero no dejes que sea rápido. Quiero que los otros vean lo que pasa cuando intentan tocar lo que nos pertenece. Alessandro la miró con una mezcla de orgullo y terror. Había creado una reina, pero se daba cuenta de que Valentina ya no necesitaba que él la guiara. Ella estaba empezando a caminar por delante de él. —Como desees, mi Reina —susurró él, besando su hombro. Valentina sonrió en la oscuridad. El pasado con Julián parecía una vida ajena, una sombra aburrida. Ahora, ella era el fuego, y estaba lista para quemar el mundo entero junto al hombre que la había convertido en este monstruo perfecto.
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