Piso de Mara, salón. 20:00 Mara abrió la puerta con el corazón en un puño. Francisco estaba allí, con el libro entre las manos, los ojos fijos en ella como si no hubiera más realidad que esa. No esperó invitación: entró con paso decidido y cerró la puerta detrás de sí. —No soy el único que sabe toda la verdad —dijo, grave. La frase cayó como un golpe seco. Mara retrocedió un paso, incapaz de apartar la vista del libro que él sujetaba. El silencio se volvió insoportable. —¿Qué quieres decir con eso? —preguntó ella al fin, la voz más frágil de lo que habría querido. Francisco avanzó unos pasos hasta quedar frente a ella. Su mirada era un mar de reproches y cansancio. —Que tú nunca tuviste intención de callar. —Levantó el libro apenas, como prueba—. Lo intentaste. Y alguien se encargó d

