Al amanecer, Daska e Island regresaron a la mansión empapados, sus pasos resonaban en el suelo mojado. Apenas cruzaron la puerta, Iris los recibió con una sonrisa traviesa y ojos llenos de curiosidad. —¡Por fin! ¿Cómo les fue en la cabaña? —preguntó, alzando las cejas con picardía—. ¿Pasó algo interesante? ¿Un poco de calor en medio de la tormenta? Island la miró de reojo, seca. —Nada que te interese, Iris. Daska, aún más reservado, solo se limitó a un simple “Nada”, y siguió caminando hacia las escaleras. Iris se cruzó de brazos, frustrada. —¡Vamos, no pueden dejarme así! ¡Al menos un detalle! Daska la ignoró por completo, disfrutando de la frustración evidente de Iris, mientras Island se limitaba a un leve, pero satisfecho, movimiento de cabeza. [...] Horas más tarde, Island est

