Paso toda la tarde con Luisa Bell arreglando la peluquería. Ha sido un trabajo
agotador para ser un establecimiento pequeño comprado con otros de la ciudad.
Los vidrios están limpios, los muebles, el piso, todo ha vuelto a estar en orden. El
desinfectante de cereza ha dejado un aroma delicado que impregna sutilmente el
lugar.
No aguanto el cansancio y me cuesto en uno de los asientos largos, ¡Ah! Siento
como mi espalda y todo mi cuerpo descansa estando acostada. Luisa se tumba en
la silla de peluquería, también está cansada por tanto trabajo. Sin duda alguna
hacía falta hacer una limpieza en este lugar.
Todavía falta para que Ram salga del trabajo, son las tres de la tarde, falta una
hora. Justo a mi costado noto que esta el espejo al otro lado, no puedo evitar
verme con detalle, ¡Estoy llena de polvo de pies a cabeza! Espero que no me de
alergia. Me levanto para sacudirme un poco la suciedad, y me dirijo al baño para
lavarme la cara, el agua esta fría, eso me refresca. Como me despeinado un poco
aprovecho para retocarme el peinado de esta mañana, no quiero andar toda
desaliñada por la calle.
— ¿Para dónde vas que te arreglas tanto? — me pregunta Luisa al verme salir
del baño con un aire más fresco.
— A ningún lugar en especial, solo voy a salir con Ram por aquí cerca ya que
me ha invitado.
— Oh, ¿Con Ram? — pone los ojos como platos al pronunciarlo — No sabía
que estaban saliendo.
— Este… no…— no me alcanzan las palabras para terminar.
— Él es un buen muchacho, muy amable, trabajador, caballeroso y muchas
cosas más. — me interrumpe. — Me alegra que estén saliendo.
— Nosotros solo somos amigos, nada más que eso — pongo los ojos en
blanco.
— Si, así decía yo, cuando comencé a salir con mi esposo.
Ah. Que molesto, ¿Es que acaso una mujer no puede tener una amistad con un
hombre?, ¿Todo tiene que ser romántico para que vaya acorde con la sociedad?
— Simplemente somos amigos — término diciendo en voz baja.
Durante un tiempo considerable Luisa se encargó de contarme como ella y su
esposo se conocieron y las cosas divertidas que les acontecieron a ambos en
aquellos días de noviazgo.
— Recuerdo que él vivía en la provincia de Barmet, a tres horas de aquí. Lo
conocí durante un viaje que realice con mi familia; por alguna razón
comenzamos a hablar seguido hasta que el viaje termino. Después de ese
momento no lo vi más, y la verdad no le di mayor importancia, era un amigo
que había hecho durante un viaje y ya, posiblemente no lo volvería a ver.
Regrese a mi tranquila vida en Oremurt cuando no era más que un pueblo.
— ¿Qué paso después de eso?
— Ya voy para esa parte, calma amiga — me dio una sonrisa bañada en sus
recuerdos. — Un día vinieron un grupo de mis amigas a buscarme a la
casa. Querían que las acompañara a una fiesta en Valcian, que no es tan
lejos de aquí si se toma la autopista. Bueno, resulta que le pedí permiso a
mi madre.
— ¿Cuántos años tenías? — la interrumpí.
Sé que su esposo le lleva unos cuantos años a ella.
— Tenía diecinueve años, si mal no recuerdo.
— Uf, que alivio. Pensé que eras más joven, ya sabes,mejor de edad — me reí.
— No, sino estoy más que segura que no habría ido a ninguna parte. Mis
padres me hubieran matado.
— ¿Cuántos años tenía el señor Bell?
— El me lleva diez años, así que tenía veintinueve para aquel entonces.
— Vaya, son bastantes años.
— Ni tantos — dice algo sonrojada por mi reacción.
— Por favor sigue.
— Cuando fui a la fiesta comencé a pasarla bien con mis amigas y con otras
personas que conocía del pueblo que habían viajado hasta allá. Era de
noche y nos divertíamos. Yo prácticamente bailaba con todo el mundo; en
eso, con tanto baile me tope Robert. Me quede impactada por verlo justo
allí. Le pregunte que hacía en esa fiesta, y me respondió simplemente: Aun
soy joven, y estoy solo.
— Oh…
— Para mis adentros aquel día frente a él dije: Con este me caso yo.
Una sonrisa se escapa entre sus labios y yo también sonrió. Los recuerdos son
esos momentos mágicos que vivimos, no siempre son inmediatos o claros; pero
con el paso del tiempo es que se convierten en verdaderos tesoros para el alma
humana. Partículas de luz para viajar a tiempos pasados y amados.
— Tú estabas más que decidida a casarte con él. Toda una cazadora —
bromeo.
— Si. Después de ese día comenzamos a comunicarnos y el venia de visita a
Oremurt cada cierto tiempo. Luego un día me pidió matrimonio y aquí
estamos tantos años después.
— Que bonito. Gracias por contarme.
No todos los días tengo la oportunidad de escuchar cómo se conocieron los
padres de mis amigos.
— Otro día te cuento todas las eventos graciosos que nos ocurrieron y cuando
intentamos tener hijos.
— Lo esperare con ansias.
Veo la hora faltan diez minutos para las cuatro de la tarde. Debo irme para
esperar a Ram donde hemos quedado. La peluquería ha quedado espectacular,
no se ve como antes pero está mucho mejor que cuando llegamos esta mañana,
los adornos navideños también han logrado convertirlo en un lugar más alegre.
Lastimosamente perdí la batalla de quitar el cartel odioso del frente.
— Un día lo lograre. Ya lo veras — le digo en voz baja al cartel sonriente
alzándole un puño amenazador en broma.
— Ya me voy Luisa.
— Está bien Diana. Muchas gracias por haber venido. Todo ha quedado
limpio. Espero que esta sea una buena temporada.
— mira con admiración a su alrededor.
— Yo también espero lo mismo. Cualquier cosa que necesites ayuda me
dices, sabes que no es ninguna molestia para mí.
— Lo sé, ¿Cuándo regresaras?
— Después de año nuevo, eso es lo que se hasta ahora.
— Bueno. Felíz Navidad y Prospero Año Nuevo — se acerca me da un gran
abrazo.
— Igual para ti. Felíz Navidad y Felíz Año. Te quiero mucho — la abrazo de
vuelta y luego la suelto.
Es momento de irme.
Estoy en la banca frente a la estatua, el mismo lugar de la otra vez. Aun no veo
que se acerque nadie que se parezca a Ram. Espero que no le haya pasado nada
malo en el camino.
— Hola — escucho una voz baja a mis espaldas.
No puedo evitarlo, suelto un chillido agudo. Siento como un estremecimiento
recorre todo mi cuerpo causándome una sensación desagradable de miedo y
sorpresa.
— No me digas. Te he asustado — me da una sonrisa pícara.
Ahí está Ram riéndose por mi reacción. Mi única respuesta es empujarlo cuando logró levantarme de la banca.
— ¡Tonto! — grito — Me has asustado.
— Ya veo — ríe de nuevo.
— ¿Sabes? La venganza es dulce.
— ¿Es eso una amenaza Señorita Diana?
— Para nada, yo jamás amenazo, solo actuó en el momento indicado.
— Oh, disculpa — sube ambas manos en defensa.
A la final ambos nos reímos dejando de lado esa pequeña broma. Aunque no se
me va a olvidar. Ha entrado en mi lista mental de cuentas por cobrar.
— Toma. Te he traído algo, tal como lo pediste.
Guau, si me ha traído algo después de todo.
Me entrega una pequeña caja de cartón en las manos. La abro y dentro hay una
pequeña dona rellena, lo sé porque veo como le sale el chocolate por uno de los
lados, arriba está decorada con más chocolate y lluvia de maní. Me encanta, se ve
tan fresca y deliciosa.
— Muchas gracias. Aunque era bromeando — admito mientras lo veo a los
ojos.
— Pues yo tampoco soy de prometer y no cumplir mi palabra. — me lanza una
sonrisa de seguridad.
— Disfrutala.
Ya veo, te gustan este tipo de juegos. Nos llevaremos bien sin duda alguna.
— ¿No piensas probarla?
— Mmm. Pensaba llevármela a casa.
— Después e todo no pensabas compartir conmigo. Golpe bajo Diana.
— Ay, que dramático. A ver ¿Dónde te dio?
Se señala la quinta costilla y finge una mueca de dolor. La traición hermana.
Suelta una risa y nos sentamos juntos para compartir mi dona.
Durante un rato hablamos sobre nuestro día. Él estuvo trabajando como cada semana y hubo muchos cliente.
— Lo más divertido de mi trabajo es cuando toca atender gente mal educada y hacemos todo lo posible por ser lo más fastidioso que las parezca a ellos.
— ¿Eso no perjudica al lugar o tu puesto?
— No, para nada. Se puede decir que es algo que todos hacemos, hasta el jefe. Creemos que el cliente debe ser tratado con respeto; pero los empleados también.
— Ya veo. Tendré cuidado de hacer enojar a alguien allí. No quiero que el cocinero escupa en el plato — le doy una nueva de asco.
— Me aseguraría de hacerlo yo mismo — me dice burlón.
— Que asqueroso eres.
— Lo dice la señorita Polvorienta.
Me lo quedo observando con cara e cuéntame más, y luego entrecierro los ojos.
— Si tanto té importa, limpialo tú.
— Oh, no. El polvi esta en lugares que no me combiene tocar si quiero seguir vivo.
Me sonrojo y aprieto los labios.
— Eres desesperante.
— Y aquí estas conmigo.
Guardo silencio, intentó ahogar la ricita que quiere salir de mi.
— Es muy tarde. Ya te he visto.
Nos quedamos viendo el paisaje de la plaza adornada. prácticamente sola. En un parpadeo, se encendieron todas las luces, dabdonos una vista aún más espectacular de la que ya disfrutamos.
— Que hermoso.
— Como tú.