Como el gato y el ratón

4998 Words
-Esto no me está gustando nada-. Afirmó Vaca una vez que vio salir a gato por la puerta de la habitación. - ¿De qué habla? -. Preguntó Héctor quien miraba despreocupadamente el techo de la habitación contando, de nuevo, los agujeros en el cielo raso. -Pues esa actitud que ahora se manda Gato, no sé si merece la confianza que estamos depositando sobre él-. Contestó Vaca mientras miraba a través de los sucios cristales de la habitación. -No pasa nada, es un niño-. Contestó Rata con la misma indiferencia de antes. -Solo está asustado con lo que pasó anoche, pero estoy seguro de que es uno de los nuestros. -No es solo eso, Sambrano lo puede estar influenciando en nuestra contra. Esa caída del bote del almuerzo no fue para nada accidental. Desde hacía varios días a Héctor también le estaba preocupando la actitud de su amigo. El chico parecía no entender que todo lo hacían por una buena causa, nos miraba rayado constantemente y siempre parecía estar a la defensiva. El Perro ya no era el chico confiable que había conocido en el orfanato, pero a decir verdad tampoco quería involucrarlo en algo como eso y, probablemente, jamás entendiera su causa. Desde los sucesos de La Madrugada Roja, las calles parecían ser más seguras, el olor a mierda y cartón mojado había desaparecido y las tiendas habría desde más temprano y hasta más tarde. Héctor era consciente que la gente sabía lo que estaba pasando y no había motivos para pensar que alguien los denunciara o se pusieran de sapos ante los criminales, después de todo lo que hacían era un servicio a la comunidad. De no ser por ellos, aquel seguiría siendo el botadero de deshechos de la ciudad y si todo salía como estaba planeado, pronto expandirían operaciones por toda la ciudad. -No pasa nada, es normal que el man esté rayado con nosotros, de cualquier manera, se debe sentir excluido de lo que hacemos-. Contestó Rata sin salir de sus pensamientos. Las ultimas se habían pasado con una velocidad que no fue capaz de captar. Tantos cambios, tantas caras que pasaban del miedo al odio, y del odio a la tristeza para apagarse al fin a la luz de las farolas. Desde la amanecida en medio de la niebla la noche después de la muerte de Gil, el dolor en la pierna se había incrementado de forma considerable, cada vez le era más difícil mantener el paso a dos piernas y consideró la posibilidad de empezar a usar un bastón. Sin embargo, aquello se había convertido también en lo más distinguible de sí mismo siendo consciente que sus pasos pesados e irregulares eran capaces de crear el terror que necesitaba para con sus víctimas. Todas las mañanas, después de sus encuentros nocturnos, Héctor llegaba a la habitación y se distraía contando las imperfecciones del techo de la habitación. Cada vez parecían adherirse nuevos hoyuelos y le fascinaba pensar en la clase de insectos y plagas que se podían estar escondiendo a través del techo falso. La contabilidad había empezado después de la primera noche en la que todo se había puesto serio y en la que había mandado al carajo todo lo demás por la persecución de un bien mayor. Luego de que Héctor realizara el conteo diario de hoyuelos e imperfecciones pasaba a soñar despierto, recordando sus breves, pero a la vez eternos, días en el restaurante. Picar carne, cortar las cebollas, correr de un lado para otro y escuchar los gritos y maldiciones de su jefa tenía un cierto encanto indescriptible que apenas era comparable con la emoción que le aguardaba durante las noches. Sin embargo, ninguno de estos pensamientos los podía expresar en voz alta, no solo era el líder del pequeño grupo, sino que la mirada de odio de Vaca se alzaba amenazante cuando Héctor tan siquiera bromeaba con dejar aquella vida. Vaca, por su parte, parecía no tener absolutamente en la cabeza más que salir a la calle y cazar a los que él mismo había apodado “Los Desechables”. A pesar de que Héctor participaba con él desde el inicio, aún no era capaz de considerarlo como un hermano y tenerle la confianza que guardaba en Gato y, de cierta manera, en Perro. El chico era sumamente agresivo y arrebatado, en ocasiones tan siquiera parecía que estuviera buscando su propia muerte y el comportamiento con los Desechables era el de un psicópata. Héctor prefería quedarse despierto las primeras horas de la mañana pensando y meditando, contando, recordando y evitando recordar lo que había hecho la noche anterior. A pesar de que había aprendido a controlarlo, cuando dormía a su mente regresaban los ojos llenos de lágrimas, las caras enrojecidas y los ruegos desesperados por piedad. Por otro lado, al observar a su compañero, Héctor notaba como este llegaba y se quedaba dormido con una sonrisa estúpida en la cara, jamás una pesadilla, jamás un dolor de pena y con una mirada vacía que le helaba los huesos. Héctor aprendió a dormir con un punzón debajo del brazo y aunque nunca tuvo que utilizarlo, estaba preparado para enterrarlo en la tráquea de Vaca cuando llegase el momento. Por su parte, la presencia de Gato se había vuelto reconfortante a pesar de los lloriqueos y de que el chico no quisiera aprender. Había que ser duros con él para que se convirtiera en un hombrecito, o eso era al menos lo que se repetían con Vaca. Sin embargo, el chico había conservado su mirada inocente y el miedo usual por lo que fuera ocurrir, cosa que ellos habían perdido por completo. Gato seguía conservando el asco, la piedad y el orgullo, mientras que Rata y Vaca actuaban más acorde a las circunstancias. Héctor había aprendido a admirar a Martín a pesar de que este siempre pasase desapercibido en todo lugar y que los demás niños lo dieran por hecho. Desde el día en que Cruz conoció a Gato quedo asombrado de lo hábil e inteligente que este era, aunque fuer fácil de manipular y su inocencia le soliera jugar malas pasadas. Cuando la alarma de finalización de clases aturdió a las maestras y reunió a los niños en el gigantesco comedor, la pandilla de Héctor se ubicó en el sitio habitual donde se solían sentar, alejados de Gorila para evitar problemas. Los cuatro chicos y Sergio solían molestarse entre sí, pero estaban abiertos a compartir de su mesa y, de vez en cuando, de la comida cuando algún niño no lograba quedar satisfecho. Al otro lado del salón Gorila se sentaba con los ocho niños buscando algún despistado para cogerlo de parche y jugarle bromas, por lo que la mayoría de los niños y de grupos se peleaba los puestos para quedarse con el cuarteto que los defendería. De esta manera, los desafortunados que quedaban fuera de la influencia de Cruz debían soportar las humillaciones y los golpes de los más agresivos y montoneros. Cuando conocieron a Gato, no era más que el pequeño Martin, el niño que había cambiado de hogar de paso a hogar de paso. A parecer, de acuerdo a su actitud, los anteriores lugares habían sido demasiado amables con él y siempre se portaba con la cortesía propia de alguien nuevo. El primer día, antes que cualquier pudiera llegar a conocerlo, el chico tomo su bandeja de comida como cualquiera y se paseó por todo el salón sin comprender la actitud de los demás grupos creyendo que aquella agrupación se debía por un lugar más cálido o cómodo. Sin embargo, lo que se encontró el primer día, y los días después de aquel estuvieron a punto de hacerlo reventar. Debido a su falta de amigos, el niño decidió aislarse en una de las mesas lejanas dentro de la zona de influencia de Gorila. Los demás niños se quedaron mirando atónitos como el chico, por decisión propia colocaba su bandeja a tan solo tres sillas de la pandilla y sacaba su hamburguesa, plato especial, sin ninguna preocupación. Toda la sala quedó en silencio y observaban de manera disimulada la manera en la que se presentaría la escena. Incluso la pandilla de Héctor dejo de comer y miraban expectantes cómo reaccionaría el Gorila. Para sorpresa de todos, Gorila y tres más de los suyo se sentaron de una forma aparentemente amistosa. Desde el lugar de la pandilla todo aparentaba a que tenían una cálida conversación y de que no le harían la novatada común a los nuevos. -Ustedes qué dicen ¿El c***o se volvió bueno después de tantas cosas? -. Se adelantó a decir Gil con su estúpido sentido del humor. -Pobre chico, algo malo le van a hacer-. Contestó El perro mientras mordía su hamburguesa y esperaba como si todo se tratase de una película. -No, que pecado con el chinito, todo chiquito ahí sentado-. Contestó Héctor con la misma actitud de su amigo. Las novatadas se habían convertido en la principal distracción de los niños del orfanato luego de que el ambiente permaneciera en guerra fría por la disputa entre Gorila y el Payaso de Héctor como solían llamarle. Las peleas solían ser más escondidas o exclusivas de las horas de la noche, cosa que en un principio las monjas atribuyeron al retiro de películas. A pesar de ello, Héctor y los suyos solían participar en las novatadas, solo que de forma tranquila y evitando herir o lastimar demasiado a los niños, puesto que sus bromas se limitaban a ponerles insectos en la almohada o colocar pegamento en las cobijas. Las bromas de Gorila solían ser pesadas, y los pobres nuevones que eran seleccionados para sus ritos generalmente quedaban con un trauma y se volvían los reprimidos solitarios y sin padillas. Aunque esto le molestaba a Héctor y a Perro, eran conscientes que no debían meterse en los asuntos de la otra pandilla para evitar que estos se meterán en los suyos. Las monjas, por su parte, no se enteraban o no se querían enterar las bromas limitándose a pasar de largo y dejar que las cosas ocurrieran como si nada. - ¿Qué creen que le van a hacer al pelado? -. Gil se acomodó de nuevo para observar. -Yo digo que cuando menos se lo piense lo van a desnudar. - ¿por qué siempre todo tiene que ser sobre desnudos? -. Preguntó Vargas sin interés. - ¿Y por qué no? Aquí nadie pela cuerito, le toca a uno toquetearse imaginando que tendrán las monjas debajo de esas cobijas-. Respondió Gil haciendo señas obscenas. -Usted es mero cerdo-. Contestó Vargas siendo consciente que él también había aplicado la misma terapia que sugería su compañero. Más allá de los límites de la protección de Héctor los tipos de la pandilla de Gorila se levantaron de forma amistosa y por el contrario apretaron la mano de Gato como si se tratara de un nuevo amigo. La expresión de sorpresa fue imposible de ocultar en todos los niños de la sala y el chico continuó riéndose en su lugar descartando el supuesto de que había sido amenazado o acosado por la pandilla. Todos continuaron observando en esa dirección hasta que Gorila se levantó y los observó a todos con una mirada amenazante. - ¿Eso fue todo? Tanto esperar para eso-. Exclamo Gil decepcionado. Para Héctor y Perro aquello no era necesariamente una buena señal y ya era muy tarde para adoptar en novatada al pobre niño, sin embargo, no podían hacer ya nada. El timbre que iniciaba la hora de oración rompió con la tensión en el ambiente, pero la pandilla se decidió a seguir de cerca al niño sin intervenir en caso de que algo ocurriera. El niño continuaba con su estúpida sonrisa de nuevo y caminaba por los pasillos con la confianza de un ignorante. Cuando cayó la noche, Gato fue asignado a la misma habitación de la pandilla, pero este entró tímidamente y con un notable terror en su rostro. Aunque Perro trato de acercarse al chiquillo de forma amistosa, este prefirió alejarse a su litera y mantenerse debajo de sus cobijas. Los demás niños mal interpretaron aquella actitud adoptando una posición de resentimiento llamando al chico como el creído del grupo. Héctor notó que algo no estaba bien y decidió quedarse despierto a lo largo de la noche para observar al niño. La vigilia dio su fruto y cuando los relojes de péndulo dieron la media noche, el niño se levantó de su litera y abrió la puerta de la habitación a hurtadillas. Héctor hizo lo mismo despertando sin querer a su hermano que dormía en la litera de abajo. -No pasa nada, Sergio, ya regreso-. Contestó Héctor ante los reclamos de su hermano. -Bueno, pero dile a mamá que me traiga unas galle…-. Sergio terminó por quedarse dormido mientras hablaba. Rata trató de pasar desapercibido entre los ronquidos de los demás niños y el crujir de las tablas en sus pies. Al abrir despacio la puerta esta chillo amenazando con despertar a los presentes, pero el ronquido de Gil que dormía con las manos metidas entre los huevos le devolvió la tranquilidad. El pasillo yacía completamente oscuro, de no ser porque Héctor ya conocía de memoria el sitió se habría tropezado con los floreros. Al otro lado de las barandillas la luz de la habitación de Gorila y los suyos se mantenía encendida a pesar de los inútiles intentos por ocultarla con trapos y topa debajo de la puerta. Tras avanzar unos pasos y rasparse las platas de los pies con uno que otro clavo, Héctor logró acercarse lo suficiente a la puerta para escuchar que era lo que estaban tramando. Tal vez ello rompiera la guerra fría, pero si era lo que él estaba pensando que le harían al pequeño Martín, entraría para intervenir. Al colocar su oído en la puerta, se dio cuenta que había llegado demasiado tarde y los ocupantes de la habitación se dirigían de nuevo a la salida. La escena se colocaba cada vez más extraña y la intriga en Héctor creció hasta el punto de la fascinación, como si se encontrara en alguno de los libros de Sherlock Holmes. Las voces, al menos de momento, no expresaban desespero o diversión, sino seriedad y amistad extraña todavía para Héctor. Cuando estuvo a punto de ser sorprendido, Héctor corrió en puntitas hacia la esquina del panóptico y se escondió esperando predecir la dirección que tomaría el grupo. Sin embargo, el único que salió fue el pequeño niño con una linterna en la mano y que iluminaba torpemente la cara de idiota que no había quitado en todo el día. Por suerte para Héctor, la dirección que tomó el niño fue hacía el lado contrario de su ubicación, por lo que lo pudo seguir de lejos no sin antes escuchar risotadas y burlas al interior de la habitación. El chico emprendió su camino en silencio y en puntitas tratando de ocultar inútilmente sus pasos, momento que Héctor aprovechaba para caminar tras de él. Martín bajó las escaleras con el mismo silencio y llegó hasta el primer piso donde la sala común se hallaba completamente desierta. Tras seguir sus pasos más de cerca Gato se giró y estuvo a punto de descubrir a Cruz detrás de una columna. - ¿Hay alguien ahí? -. Preguntó Martín susurrando, pero no hubo mínima respuesta. El chico reinició su camino más precavido y con mayor velocidad que antes mientras travesaba la zona de los salones rumbo al despacho de la directora. A pesar de ser nuevo en el lugar, el chico se sabía orientar bastante bien, en parte gracias a la ayuda de un mapa improvisado entregado por Gorila. Los pasos eran cada vez más imperceptibles gracias al mármol del suelo y ahora Cruz temía perder al niño de no ser por la débil luz de la linterna. Tras pasar por toda la zona administrativa por fin el chico llego a la zona de la capilla que a esas horas de la madrugada se mantenía cerrada tras la culminación de la oración de gallo de las monjas. El chico se detuvo por unos momentos y trató de buscar por entre los vitrales algún espacio para entrar y colarse en su interior. - ¿Qué está haciendo ese c***o? -. Se preguntó Héctor. - ¿qué tiene que ganar en ese sitio? Héctor se aproximó aún más ya sin importarle que Martin lo viese llegar. Al acercar el oído a la elegante puerta con tallados de madera, escuchó como el niño revolvía y buscaba cosas entre los cajones del despacho de forma desesperada. Cruz trató de buscar la manera de comunicarse con él sin hacer ruido, pues sabía que aquel lugar era más que prohibido por las monjas y donde lo llegasen a encontrar se ganaría la paliza de su vida. Cruz tocó suavemente la puerta y no fue difícil captar que el niño se sorprendió de inmediato al notar que lo habían seguido. -Niño, no se preocupe, es un amigo-. Susurró Héctor. Al otro lado de la puerta no hubo ninguna respuesta ni movimiento, sin embargo, se podía notar como la respiración de Martin de incrementaba por el terror. Cruz decidió hablar con suavidad y ayudar al niño a salir del aprieto, la broma, fuera lo que fuera, había ido demasiado lejos. -Niño, es mejor que me abra a mí a que le tenga que abrir la madre superiora-. Insistió Héctor. Los tímidos y livianos pasos del niño se acercaron a la puerta y con lentitud le quitaron el seguro desde el otro lado. Cuando las puertas se abrieron el chico iluminó con terror el rostro de Héctor que tuvo que cubrirse la cara de inmediato. El terror del chico pareció incrementarse e hizo un amague para cubrirse esperando un golpetazo a traición. -Niño, yo no sé qué fue lo que le dijeron esos peladitos, pero es mejor que se vaya a dormir. No le van a pegar, no lo voy a permitir. El chico que no bajaba la guardia pareció sorprenderse ante el ofrecimiento del desconocido y se hizo para atrás escondiendo algo en su espalda. -Ellos me dijeron que ustedes le suelen pegar a los niños más pequeños-. Contestó inocentemente Martín. -Si intenta hacerme algo grito. -Eso no es cierto-. Contestó Héctor sobresaltado. - ¿Si nosotros fuéramos los que le pegamos a los demás cree que los niños estarían siempre a nuestro lado? Esta broma se ha ido muy lejos, deje eso y váyase a dormir antes que haya problemas. Martin pareció confuso por unos segundos, pero al cabo de un tiempo empezó el pique por entre las piernas de Héctor hasta el punto de que casi lo tira al suelo y se dirigió rumbo a las habitaciones. Héctor trató de correr hacía el chico, pero de nuevo la pierna le molestó y terminó por caer al suelo haciendo un gran escándalo con la puerta. Por suerte nadie salió a ver lo que ocurría, así que volvió a su habitación renegando por la actitud tan tonta del pequeño. Cuando Héctor estaba a punto de llegar a la sala común, un sonido de vidrios estalló por el recinto y las luces se encendieron de golpe. Héctor trató de correr a su habitación, pero fue sorprendido justo cuando pasaba por el frente de la guarida de Gorila. El guardia que lo sorprendió lo agarró del oído y lo arrastro hasta la oficina de la madre superiora quien parecía estar hecha una completa furia. Al estar dentro de la oficina otro guardia sentó a su lado al pequeño Martin que apenas podía entender lo que estaba ocurriendo. -Díganme a ustedes que es lo que les pasa ¿El demonio se les metió o qué? -. La madre superiora que en pijama se veía muy graciosa, gritaba a los niños sin darles chance. - ¿Quién de los dos se le dio la magnífica idea de robarse una botella de vino del sagrario? ¿No les hemos dicho que eso es pecado? Ambos van a ser duramente castigados por esto. -Señora yo no hice nada, yo solo caminaba para ir al baño y me perdí cuando paso todo-. Contestó Martin. - ¿Qué tienes que decir de eso Héctor? -También solo caminaba rumbo al baño, lo siento, pero no vi absolutamente nada-. Contestó Héctor. -Ahora me van a decir que todos estaba yendo al baño cuando eso ocurrió, necesito que me digan la verdad. -Fue al niño que le llaman Gorila ellos siempre…-. Martin fue interrumpido. -Está bien, fui yo. Quería demostrarles a mis amigos lo que podía hacer-. Héctor se tomó la culpa y la madre superiora dio por cerrado el caso llevando al chico a un cuarto oscuro al otro lado de la oficina. El guardia tomo de la mano a Martín y lo llevo a su piso indicándole que fuera a su habitación. Los restos de la botella habían sido recogidos y los demás niños miraban con curiosidad desde las puertas ante la escena. Cuando Martin pasó por enfrente de Gorila, Sapo lo agarró de la camisa. -Más le vale que no nos haya delatado, bienvenido. Recuerde que acá a los chivatos nadie los quiere-. Gorila lo empujó y Gato se dirigió hacia su habitación confundido. Una vez adentro Sambrano le sacó la información al niño y aunque estuvo molestó con él por un momento, decidió explicarle la situación. -Solo nos tenemos entre los niños para tenernos confianza. Antes que confiar en un adulto debemos saber que entre nosotros no nos sapeamos-. Perro le dio una bofetada al niño y continuó. -Que esto quede entre nosotros. Al amanecer Héctor regreso sin poderse sentar luego de que la Madre Superiora le calentara las nalgas con un chamizo. Los demás niños, que no sabían por completo lo que ocurría, se burlaron de la escena, aunque lo cubrían de triunfo. Héctor acepto las disculpas de su nuevo amigo y desde entonces Gato lo vio más que como un hermano como un héroe. Un fuerte ruido atravesó la puerta de la habitación y un conjunto de hombres armados entraron con violencia. Vaca se encontraba en el baño, por lo que no encontraron más que a Héctor meditando mientras miraba al techo. Uno de los hombres le dio un cachazo al chico dejándolo reducido en el suelo con media frente abierta. Sus rostros estaban cubiertos por pasamontañas y sus uniformes eran los de la policía de la ciudad. Los demás hombres se limitaron a asegurar la zona mientras Héctor gritaba al interior de la habitación. Ellos sabían dónde, a qué hora y en qué momento llegar y sorprender a los niños. Mientras sacaban al joven a rastras los demás vecinos salían de sus habitaciones mirando con sorpresa, pero sin asombro la escena. La puerta del baño se mantuvo cerrada en todo momento y en cuestión de minutos los policías, así como entraron estaban ya afuera. Vaca, con las bolas en la garganta, solo pudo escuchar los gritos de Héctor tratando de buscar el socorro de su amigo. Sin embargo, las piernas del niño temblaban como nunca lo habían hecho y no fue capaz más que de mantenerse ahí sentado. No tenía sentido salir si también iba a ser capturado, además de que no quería volver a estar encerrado. Demasiado le había costado hasta ahora salir del orfanato como para dar y parar en una cárcel. El silencio retorno a la casa tan de repente que parecía que nunca hubiera pasado nada. Cuando Vaca salió, vio con rabia como el closet, las mesas, las puertas y todo lo demás había sido destrozado como si ellos supieran exactamente dónde buscar. El calor del momento se fue apagando y por fin cayo en cuenta de las palabras que le había escuchado a Héctor. - “Me traiciono, él me traicionó” No había ninguna duda, sus sospechas debían ser ciertas. Gato no había regresado, cuando ese maldito regresara se las iba a pagar, no tenía ningún caso que se explicara, lo iba a matar por soplón, siempre lo había sido. Vaca levantó el entablado donde alguna vez se escondió el Rey Rata y sacó la pesada escopeta esperando a que llegara la noche e iría a buscar a esos dos malditos que los habían entregado a la policía. No existiría piedra en la que se pudieran esconder, Héctor era su mejor amigo, el único amigo que tenía y que le quedaba y ahora, al igual que Gil, se lo habían arrebatado. Los pasos lentos de Gato sorprendieron a Vaca quien no esperaba que regresara, el muy cínico. Un balazo rompió lo que quedaba del marco de la puerta y Gato se echó para atrás tratando de resguardarse contra la pared. Vaca se levantó, cargo de nuevo el arma y le apuntó directamente a la cabeza a su amigo sin darle ninguna oportunidad. -Fueron ustedes ¿No es cierto? Fueron ustedes-. Gritaba Vaca que no desviaba el cañón de la cabeza de su amigo. - ¡No entiendo, de qué me está hablando! -. Las lágrimas caían por los ojos de Gato ante la confusión. -Lo entregaron, ello sabía exactamente dónde encontrarnos-. La saliva de Vaca caía por sus labios de forma incontrolable. -Justo cuando usted se reunió con ese sapo. Dígame ¿Por cuánto lo vendieron? - ¡Yo no hice nada, lo juro, estaba paseando por el parque no entiendo nada! -. Los lloriqueos de Gato se mezclaban con saliva y mocos ante el terror de ser asesinado. - ¡Pruébelo, ¡cómo puedo estar seguro de que usted no se los dio a ellos! -Yo no estaba haciendo nada, lo prometo. Sambrano sí se puso a preguntarme cosas, pero yo no le conté nada, se lo juro. Vaca bajo el arma y agarró al niño del cabello arrastrándolo por toda la casa hasta tirarlo por las escaleras. Escondió la escopeta debajo de su abrigo y se paseó por la oscuridad de la tarde en medio de la gente amenazando a Martin con una navaja en el tórax. -Vamos a ver si es verdad lo que me está diciendo. Ya vamos a ver qué tan cierto es-. Le susurraba Vaca al oído mientras lo empujaba de forma disimulada. El camino hasta el autolavado fue más largo que nunca para Vaca quien no veía la hora de llegar a ese lugar de mierda y cargarse al Perro, al que una vez había llamado pero que no se había convertido más que en una rata traicionera. Los comerciantes del lugar veían a los niños empujarse sorprendidos y los perros comenzaron a ladrar respirando el olor a pólvora que todavía se impregnaba en el cañón. La oscuridad se hizo de nuevo en el cielo y unas pesadas gotas de agua empezaron a caer sobre las cabezas desnudas de los niños. Vaca, quien tenía una gran fuerza física, llevaba casi cargando a su compañero que ya había perdido su zapato y que su otro pie se raspaba en su roce con el pavimento. La oscuridad los limitaba cada vez más estando a punto de caer en varias ocasiones mientras paraban por las aceras. -Yo en serio no hice nada, lo juro, yo siempre lo he admirado-. Trataba de excusarse Gato. -A mí no me venga con esa porquería. Cree que no me daba cuenta cómo lo miraba últimamente. Ahora veo por qué le volteaba la geta cada nada, estaba conspirando ¿no? -En serio que no, se lo juro Al llegar frente al estacionamiento nadie estaba en la fachada por culpa del terrible aguacero. Vaca tiró sobre la acera al chico quien cayó de bruces partiéndose el labio contra la esquina de la acera. Vargas de una patada lo giró y le tiró la escopeta en la cara. -Vaya, vaya y mate a la rata esa que nos vendió-. Gritaba Vaca sin importarle que otros lo escucharan. -Si es cierto que estaba con nosotros y que no nos vendió vaya y hágalo. - ¿por qué dice que él? No lo voy a matar solo por una sospecha. -Lo va a matar o lo mato a usted y después a ese hijo de puta que no sale de ahí. Hágalo rápido antes que me arrepienta. Gato no se limitó a esperar a comprobar si las amenazas eran ciertas o no. Agarró la escopeta y la escondió en su chaqueta mientras entraba en el autolavado. Estaba casi desierto por dentro y tan solo los perros, que se escondían de la lluvia, notaron su presencia, pero no ladraron debido a la confianza. Martín no quería encontrarlo ahí, sabía que lo más probable es que él fuera el traidor, su mente daba vueltas y no quería hacerlo. Debía hacerlo, pero no quería. - ¿Dónde está Sambrano? -. preguntó Gato a los hombres que jugaban a las cartas en el comedor. -Creo que está arriba. Venga y se sienta que usted siempre es bienvenido acá-. Contestó uno de los hombres que no notó el arma. Martín subió las escaleras lentamente mientras el agua aún se escurría de sus cabellos hacia sus ojos limitando la visión. La ropa pesaba más que nunca y las escaleras fueron más largas de lo que habría querido. Allí encontró a Sambrano tomándose un café con tranquilidad. - ¿Por qué? ¿Fuiste tú? -. Preguntó Gato al tiempo que apuntaba. -Hice lo que creía correcto y no me importa si ustedes no son capaces de comprenderlo-. Contestó El Perro Gato se llenó de furia, pero aún no era capaz de hacerlo, necesitaba una explicación, cómo era posible que él, el más fiel de todos lo traicionara. - ¿Por qué? -. Gritó Gato -Porque era lo correcto. Martín, si puedes aléjate de todo esto, no tienes que seguir ordenes de nadie… El estruendo de una bala ensordeció el lugar. Los perros comenzaron a aullar ante el miedo y no quedó más que el sonido de la lluvia caer en las tejas de lata.   Continuará…                                
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