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Entre el amor y el dolor

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Blurb

Melissa realmente no está abierta a nuevas relaciones. El fracaso total en su relación anterior dejó marcas en el corazón de la chica, haciéndola renunciar al amor y a interesarse por nuevas personas. Sin embargo, todo cambia cuando llega el atractivo y encantador Gustavo para cambiar todas las certezas de su vida que no son rival para este nuevo hombre en su camino.

En medio de tanto descubrimiento de sentimientos, una pesadilla quiere volver atrás y acabar con lo que empezó. Pedro Calixto está de regreso en su vida, y esta vez, los oscuros secretos que ofrece su nueva personalidad amenazan con destruirlo todo.

Esta vez, será Melissa quien decida si permitirle ver más allá de sus ojos o hundirse nuevamente en el abismo.

Melissa se promete a sí misma que lo hará de manera diferente. No habrá puntos suspensivos donde se deba poner un punto.

Entre el amor y el dolor te llevará, lector, a conocer una historia apasionante y real, que te hará devorar cada línea escrita.

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Capítulo 1
Capitulo 1 Salí de la habitación a toda prisa, agarré mi bolso y dentro estaba mi novela favorita. Era un lunes por la mañana y tenía que ir a trabajar, me desperté bastante temprano porque no estaba de humor para escuchar a mi jefe quejarse de que llegaba tarde otra vez. No quería conducir, así que lo único que hice fue subirme al autobús, ponerme los auriculares, escuchar música relajante y empezar a leer. Extrañamente esa mañana estaba tranquila y creía que todo seguiría así. Después de todo, ¿estaba pasando algo dentro de mi vieja y aburrida rutina constante? El autobús se detuvo en una parada antes de la empresa para la que trabajaba, y caminé rápidamente hasta allí. Cuando se abrieron las puertas del ascensor, miré al espacioso corazón de la empresa. Las paredes eran de madera color café, había tres mesas para mí y otras dos para mis compañeras de trabajo. Ninguno había llegado todavía y les di las gracias. No era que me sintiera sola o malhumorada, simplemente no me gustaba mucho hablar con otras personas aparte de mí. Aunque todos eran diferentes a mí… Yo era una mujer de veintidós años, pero no vivía como tal. Paloma, mi amiga, insistió en recordármelo. Pero ella no podía culparme. Me gustaba la calma, me gustaba la paz y mi vida diaria, ¿por qué perturbaría eso? Ya lloré demasiado un día. He tenido demasiados sueños un día. Y estos “demasiados” ya han alcanzado su objetivo. Estaba perdido en mis pensamientos y ni siquiera me di cuenta cuando Leticia y Josi se acomodaron en sus mesas a mi lado. Josi me sonrió levemente a mí, no a Leticia. Ella nunca estuvo conmigo y bueno, nunca me molesté con eso. Tomé un descanso de lo que estaba viendo frente a la computadora y fui a la oficina de mi jefe para entregarle los informes pendientes que tenía que terminar en casa. - Permiso. – dije mientras entraba a su habitación llena de montones de papeles en mi brazo. - ¿Necesita ayuda? – su voz sonaba emocionada. Lo ignoré. - Vine a entregar los informes que me pediste ayer. – Lo llevé a tu mesa. - Gracias, Melisa. - Dirigió su mirada verde a las hojas frente a él. - De nada. Permiso, Marcelo. Ya me estaba retirando cuando su voz me llamó de vuelta. - El horario de hoy será un poco más corto. Tendré que utilizar la empresa para hacer un trabajo, así que no necesitaremos unos pocos empleados. No pude evitar el arco de mi frente y la emoción en mi voz al saber que podía irme a casa y dormir. - ¿Después de la hora del almuerzo? – Yo pregunté. - Sí. - Se llevó la mano al cabello castaño claro. – Puedes avisar a tus compañeras de trabajo. Asentí. - ¿Necesitas alguna cosa más? - No. Gracias. - Cruzó las manos sobre la mesa. – A las doce, puedes irte. - OK. – Salió de su oficina y conté cada momento hasta que me fui de esa empresa. *** Llegué a mi casa a las 12:30 pm, tiré mi bolso en el sofá y mientras mi congelado estaba en el microondas, fui a buscar algo para ponerme en el desorden de mi habitación. Había regresado a la sala, cuando noté la vibración de mi celular encima de la mesada de la cocina. Era Paloma. - ¿Melissa? – la voz de mi amiga estaba emocionada. - ¿Qué pasó? - Me senté a la mesa y comencé a comer. - Acabo de ver pasar a tu jefe y pensé que te habrías ido temprano. - Estoy en casa. ¿Por qué? – No dejé de mostrar la desconfianza en mi voz. Cuando tienes una amiga como Paloma, te lo tienes que esperar todo. - Matheus y yo estábamos pensando en ir a la playa, y como estás libre, quiero que vayas con nosotros. – En ningún momento fue una pregunta. - ¿Qué horas? Dejé escapar un largo suspiro. - Hoy a las tres y mira… - Hizo una pausa. – Llamé a Gustavo para que nos acompañara. El tono de su voz me hizo entrecerrar los ojos a pesar de que no podía ver. Sabía que todo esto era solo otro arreglo para que ella tratara de sacarme de mi “oscuro pasado depresivo” como ella había pensado. Pero ella sabía que eso nunca funcionaría. Han pasado casi cinco años desde que nadie ha cruzado las barreras de mi corazón, ¿por qué sería ahora mismo, en ese lunes tedioso cuando cada paso mío era como un robot, que esto sucedería? - ¿Quién es Gustavo? – Mi voz era severa mientras le preguntaba con estridencia. Paloma no se dio cuenta de nada, o no le importó. Simplemente con la animación que tenía, comenzó a hablar: - Un amigo nuestro. Es muy guapo, Melissa, y muy buena gente, si te gusta incluso… - ¿De verdad, Paloma? – interrumpí – Ya dije que no quiero encontrarme con nadie, y estoy bien sola. – Repetí mi mantra habitual. Sin conocer a nadie. Bien sola. Nadie… Sin lágrimas ni decepciones. Todo estaba funcionando. - No, no. – la voz de mi amiga resonó sobre mis pensamientos. – Tienes que conocer a alguien, Melissa. Alguien de verdad. No solo el de los libros. Se feliz y olvida tu maldito pasado oscuro y depresivo. Dejé escapar un largo suspiro y logré sonreír levemente. No valdría la pena continuar con esa discusión. No valdría la pena hablar de eso con Paloma, ella siempre saldría con la razón, al menos eso creía ella. - Está bien, Paloma. – Rendición. – Yo voy. Hasta luego. *** Cuando mi despertador sonó a las dos, consideré seriamente no ir. No quería tener que conocer a nadie más. No quiero escuchar un “Oye, bebé, ¿está pasando?” Casi vomito ante mi propio pensamiento. Acababa de salir de la ducha y estaba casi lista para mirarme en el espejo. Llevaba pantalones cortos de mezclilla y una blusa blanca ligeramente holgada sobre mi bikini n***o. Mirando mi imagen en el espejo, los grandes ojos azules contra la piel pálida me recordaron que realmente necesitaba ponerme un color. Fui a mi tocador, agarré mi maquillaje. Apliqué base de maquillaje que también servía con bloqueador solar, rímel y un labial rosa claro. Me recogí el pelo en una cola de caballo esta vez y me dirigí a la casa de Paloma. La tarde era muy linda y caminé tres cuadras para llegar a la casa de mi amiga. Llamé al timbre y no fue ella, ni Matheus quien respondió. Era un chico alto, cabello castaño claro, ojos verdes y muy guapo. Pensé que podría ser el Gustavo que dijo mi amiga y esperé el momento en que me llamara “bebé”, pero por el contrario se quedó mirándome, con la frente fruncida y los labios entreabiertos como si me conociera de en algún lugar confundido, yo también lo observé. Quería conservar su imagen para llenarla de defectos, en caso de que mi corazón me traicionara de la forma en que ahora late con tanta fuerza. Pero no encontré ningún defecto. Maldita sea, eso siempre funcionó. - Hola - finalmente habló. Mis labios se abrieron ligeramente ante el sonido de su voz. Fue un susurro suave, un susurro que hizo que los vellos de mi cuerpo se erizaran. Él estaba sonriendo. Una hermosa sonrisa con dientes. No no… - Hola, ¿Paloma está aquí? – Me deshice de los pensamientos e hice un gran esfuerzo para que no se diera cuenta de la forma desconcertante en que su voz y su sonrisa me estremecían. Antes de que pudiera responder a mi pregunta, mi amiga apareció y gritó: - ¡Melissa, entra! El tipo que estaba en la puerta (cuyo nombre todavía no sabía) se alejó y yo entré. Corrí y fui a abrazar a mi amiga. La extrañaba. Yo rabajaba ocho horas diarias y, a veces, cuando llegaba, todavía tenía que preparar los informes del día siguiente, y eso significaba que rara vez la veía. Ella era la única persona cercana a mí. Hace años y todavía se mantuvo. Después de todo, la amistad era lo que era, mantenerse en tiempos difíciles y tormentosos, porque digamos que pasamos por innumerables vendavales. - Mira… - comenzó nada más soltarme. – Este es Gustavo. - Miró al tipo que abrió la puerta y volvió a mirarme. Es. Fue el. Pero no me vi queriendo ganar una pelea mirando el brillo verde en sus ojos, me encontré sonriéndole. Simplemente me encontré enfocándome en el ahora. Y también me sonrió. Paloma sonrió con picardía que ya sabía lo que significaba. Ignoré. - Encantado de conocerte - dijo, extendiendo su mano hacia la mía. Apreté su mano y de una manera extraña ese toque envió escalofríos por mi espalda. Parecía enviar descargas a través de todo mi cuerpo. Qué sentimiento tan extraño. - Un placer también, Gustavo. – sonreí y solté su mano rápidamente tratando de deshacerme de tales sensaciones. - ¿Dónde está Matheus? – le pregunté a Paloma tratando de desviar mis pensamientos. - Maravilla personificada. – Matheus apareció con su forma única y totalmente espontánea que yo nunca sería. De repente se hizo un silencio y me di cuenta que Matheus y Paloma estaban inquietos. Gustavo y yo nos dimos cuenta, nos miramos y luego a Matheus y Paloma que ahora estaban uno al lado del otro. - ¿Qué pasó? – Pregunté rompiendo el silencio. - Es que… - Empezó Paloma insegura y movió las manos. – Matheus y yo ya fijamos la fecha de la boda. Una nueva felicidad. Eso, todo lo que necesitaba. -Ay, Paloma. – Corrí y abracé a mi amiga. Sí, estuvo comprometida durante dos años. La historia de amor entre ella y Matheus era antigua, pero la llama aún estaba presente en ambos. La esperanza en el amor era lo que envidiaba en ella. - No te imaginas lo feliz que estoy por ti. – dije cuando la solté. Noté que Gustavo se acercó a Matheus y en un apretón de manos y un abrazo distante, le dijo: - Felicitaciones, idiota. Paloma y Matheus se miraron y sonrieron. Después de respirar hondo, recogió su bolso del sofá. - ¿Vamos? – Ella dijo. Y lo seguimos.

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