Capítulo 6
Llegué a casa de Paloma a la hora que nos pusimos. Me sentía bien esa mañana, creía que era de la compañía perfecta el día anterior. Es gracioso, fue solo otro día de trabajo, pero una simple compañía cambió mucho mi estado de ánimo al día siguiente.
- ¿Vamos? – Dije en cuanto Paloma abrió la puerta.
- Ahora. – pero antes de eso corrió y le dio un beso en la mejilla a Matheus quien estaba recostado en el sofá. – Hasta luego, mi amor.
- Adiós, Matheus. – Dije en cuanto Paloma se me acercó.
Caminamos juntos por el pasillo y se veía tan bien como yo.
- ¿Por qué Matheus se despertó tan temprano? – Pregunté para asegurarme si mi teoría de que ella estaba tan bien y viva era cierta.
- Por su culpa. – La voz de Paloma salió confiada y asintió frente a ella.
Al instante me confundí y miré hacia arriba a… Gustavo.
Mi corazón entró en un ritmo frenético cuando puse mis ojos en esa extensión verde de su mirada. Sentí un alboroto llenar mis entrañas, mi cuero cabelludo hormigueando… Estaba confundiendo todas esas sensaciones en mí solo con recibir su mirada.
- Paloma. - Él asintió, sonriendo. – Hola, Melisa. - Me miró con intensidad.
Tragué seco.
¿Por qué ese hombre apareció de la nada en mi vida y también apareció de la nada dondequiera que yo estuviera? ¿Por qué estaba desechando todas las conclusiones que había sacado en contra de mis sentimientos? Y yo no quería huir. Quería quedarme allí, mirándolo a los ojos.
- Oye. – Finalmente hablé.
Paloma nos miró y su sonrisa se hizo aún más grande.
- Matheus ya está despierto, puedes pasar. La puerta está desbloqueada. - Dijo ella, pero su mirada seguía cambiando de mí a él.
- OK. – el dice. – Fue un placer encontrarte de nuevo, Melissa. – Me admiró por un momento más, sonrió brevemente y me siguió.
Está bien, corazón, vuelve a tu ritmo normal, rogué mentalmente mientras aún lo sentía alejarse de mí.
- Gustavo, espera. – Gritó Paloma y se acercó de nuevo a nosotros.
Y todas mis oraciones fueron en vano porque esas sensaciones parecieron multiplicarse en mí, especialmente con las siguientes palabras de mi amigo:
- Esta noche a las siete ven aquí. Matheus, Melissa y yo vamos a la pizzería y estás invitado.
- ¿Es? – Me escuché preguntar.
- Claro que es. – Dijo Paloma girándose hacia mí y regalándome una sonrisa, algo cómplice.
Dios mío, me sentí avergonzada por un momento.
- Muy bien, siete. – repitió mirándome directamente y me siguió. Hicimos lo mismo.
Nos dirigimos al estacionamiento, pero antes de subirme al auto, mi teléfono celular vibró en el bolsillo de mi falda. Un nuevo mensaje:
Gustavo: Creo que por fin se dará nuestro encuentro.
PD. estás linda.
Pensé que mi corazón estallaría de alegría y hasta de timidez al releer ese mensaje una y otra vez, y fue entonces cuando recreé expectativas sobre esa noche.
- ¿Soy yo o pasa algo entre tú y Gustavo? – Preguntó Paloma en cuanto subí al auto y puse mi celular en mi bolsillo.
Luché por cambiar mi expresión y mi indiferencia ante su pregunta, pero en el espejo retrovisor del auto vi mi piel rosada.
- Tu impresión. – Me concentré en observar el movimiento de la ciudad mientras conducía.
- Melissa, te conozco muy bien. - Su voz era alta y regañona. – Y aunque no esté sucediendo, era inevitable no notar la forma en que sus dos ojos se iluminaron cuando se encontraron.
Entonces, ¿no estaba solo en mi cabeza? Dejé escapar una gran cantidad de aire.
- Ay, Paloma, olvídalo. Nunca funcionaría. Sabes muy bien que tengo mala suerte cuando se trata de “amores”. – finalmente se cayó el chip.
¿Quién garantizaría que Gustavo no buscaba solo una amiga o solo una noche? Yo también estaba buscando eso, no era como si quisiera casarme, porque nunca me casaría. Pero necesitaba cortar de raíz esos sentimientos crecientes, porque me prometí que no lo haría. No dejaría que nadie más entrara en mi vida, hiciera un lío y me alejara, porque eso fue exactamente lo que sucedió.
- No tiene nada que ver. – Paloma habló con convicción. – No es porque ese idiota no supo valorarte que nadie lo sabrá. El amor solo llegará cuando sea el momento adecuado. Primero vienen las pasiones de la vida, esas que vienen a deshonrar nuestro yo psicológico, pero poco después sabrás por qué no funcionó con los demás. Tu amor está más cerca de lo que crees, Mel, solo tienes que creerlo y no querer alejarlo. Nuestra vida se resume en intentos y hay que intentarlo.
Esas palabras aún permanecían en mi mente. Pero no pude darle una respuesta, no pude decirle que estaba equivocada o correcta, solo sentí que mi cabeza bajaba.
- Séptima Avenida! Llegamos. – fue todo lo que dije y bajé del auto.
Caminamos juntos hasta la entrada de la tienda, pero aún tenía curiosidad.
- ¿Qué hacía Gustavo en tu casa?
Paloma sonrió ampliamente y yo rodé los ojos.
- Matheus lo llamó para resolver algunas cosas sobre la boda. - Su expresión seguía siendo sospechosa.
Está bien, lo admito… Perdí mi reacción cuando me encontré con esos ojos, pero… no es gran cosa. Y si había algo, tenía que estar contento sabiendo que solo seríamos amigos.
Tan pronto como elegimos nuestros vestidos y nos ordenaron, fuimos al centro comercial a comprar ropa interior para Paloma. Ella lo quería todo perfecto y yo lo entendía, aunque yo no fuera de esas personas que creían en el amor. No conmigo.
Regresamos a eso de las dos de la tarde y Paloma me dejó en casa.
Llegué a mi casa y escuché el sonido de Ed Sheeran y cuando cantaba la canción “Tenerife Sea” era como imposible no pensar en Gustavo y no recordarnos tarareando camino al trabajo.
Negué con la cabeza rápidamente. Tenía que dejar de distraerme así cuando escuchaba a Ed Sheeran y desde el momento en que conocí a Gustavo, ni siquiera podía escuchar una canción y no recordarlo.
- ¡Esto no es nada! – me dije y cambié de cantante.
Eran las cuatro de la tarde y estaba viendo una película en la televisión de la sala cuando sonó mi teléfono.
- Melissa. – era Paloma – Vamos a esa pizzería que hay al lado de tu casa, así que nos pasaremos.
- OK. ¿Qué horas? – bostezó.
-
A las seis treinta. – Dijo medio riendo.
- ¿No era a las siete? – pregunté confundida.
- Hasta luego, amiga. Estaremos allí pronto. - Colgó.
No entendí nada Necesitaba un manual para ser amiga de Paloma.
***
Las horas pasaron rápidamente. Me di un baño relajante y esta vez, sin escuchar música. Las canciones me recordaban a Gus…
¡Argh! Interrumpí el pensamiento que siempre me venía a la cabeza sin permiso.
Todavía con la toalla envuelta alrededor de mi cabello y cuerpo, fui al guardarropa y no tenía nada que ponerme. Rebusqué entre algunas blusas y encontré una negra con mangas largas que tenía detalles grises al final de la tela en los brazos y la cintura. Como la pizzería estaba al aire libre, definitivamente haría frío. No podía sentir calor en absoluto. Y los pantalones, como siempre, mis jeans negros, rotos en los muslos.
Y luego llegó el turno de maquillarme, y como era sábado por la noche, estaba en mi derecho quitarme esa cara de lunes. Así que me apliqué base y una máscara que siempre resaltaba el azul de mis ojos. Sombra de ojos con un tono gris claro, y finalmente un labial rojo. Me gustó lo que vi en el espejo, pero había uno de los peores problemas: mi cabello.
Retiré la toalla que estaba envuelta entre mis rizos para secarlos y vi que no había hecho mucho efecto. Y luego lo sequé yo mismo. No los amarré, los dejé sueltos, así que combinaron mucho con mi look esa noche. La masa negra caía suavemente por mi espalda con bordes muy ondulados y sí, estaba lista.
Y luego, la compañía aprovechó la telepatía rápida. Abrí la puerta, solo que no era exactamente quien esperaba.
- ¿Gustavo? – me quemé, tragando saliva y tratando de ignorar el ya conocido alboroto.
- Vaya… - Hizo caso omiso de mi sorpresa y me miró de pies a cabeza. Sentí mi cara ponerse roja. – Estás linda. - Su voz era suave y sentí que mi corazón dio un vuelco.
- Cuesta. - Humedecí mis labios.
Así que lo admiraba. Vestía una camisa negra y una chaqueta de cuero negra. Pelo castaño claro, húmedo, peinado hacia atrás. Era terriblemente guapo.
- ¿Entonces vamos? – Dijo y me obligué a mirarlo a los ojos.
¿Esperar lo?
- ¿Lo haremos? ¿Para donde?
Una v se formó entre las cejas de Gustavo y una leve sonrisa asomó a sus labios.
- Paloma me dijo que fuera a atraparte.- dijo casi inseguro.
Cerré los ojos e ignoré una fuerte carcajada. Paloma era tan idiota.
- Eso no es lo que ella me dijo y tampoco lo que quería decirte. – Hice una mueca. – Pero entra.
Me alejé de la puerta, abriéndola más, y él entró. De repente, un fuerte calor golpeó mi apartamento cuando Gustavo metió las manos en el bolsillo del pantalón y me miró en el centro de mi sala.
- Si quieres sentarte… - Señalé el sofá, esperando que dejara de mirarme así.
- No, todo está bien aquí.
- OK. – Luché por ignorar toda esa tensión – Paloma me llamó esta tarde y me dijo que vendrías aquí a buscarme. – le expliqué. – En realidad, olvídalo. – Tomé una respiración profunda. – Tampoco entiendo nada ya.
Todo lo que sabía era que tenía un chico absurdamente guapo en mi sala de estar, lo que me hizo picar y hormiguear en la comisura de la boca.
- Espera, llamaré a Paloma. – Dije lo primero que me vino a la mente, lo primero que me libraría de un deseo incontenible sobre mis sentidos.
Marqué su número y ella contestó en segundos:
- Paloma, la…
- No me preguntes nada, solo agradécele y dale un beso, por favor. Me hace sentir muy orgullosa. – Me interrumpió como si ya se lo hubiera esperado.
- ¿Qué? – Jadeé en un tono fuerte que hizo que Gustavo se acercara a mí con cara de preocupación. Negué con la cabeza hacia él y sonreí. Luego se relajó. – Paloma, ¿estás loca? No…
- Habla con Gustavo, ya vamos. – me colgó en la cara.
Semen.
- ¿Está todo bien? – Gustavo arqueó una ceja a mi lado.
- Ah… - Negué con la cabeza y me aferraba a la esperanza de que no hubiera escuchado nada. – Oh, sí. Ya están llegando. Yo… voy a buscar mi bolso.
Corrí a mi habitación, algo sin aliento y me tiré en la cama, respirando hondo.
La mirada de Gustavo me dejó inquieta y sin aliento. Necesitaba encontrar una manera para que no estuviéramos solos por tanto tiempo. ¿Cobarde? Yo era. Pero Gustavo estaba jugando mucho con mi cabeza y con mis últimos conceptos sobre el amor. Estaba girando mi cabeza y no parecía darse cuenta. No sabía si era cínico o si era exactamente todo lo que esperaba de alguien.
- No, no, no… - Gemí y sentí que se me humedecían los ojos cuando me levanté de la cama.
Me veía como un adolescente y así pasaría, ¿no? Tenía que pasar.
Regresé a la sala y encontré a Gustavo como admirando mi departamento, como haciendo planes, pero no le pregunté nada. Necesitábamos salir de allí pronto, necesitábamos alejarnos de mi habitación.
- Lo haremos. – Tiré mi celular en una pequeña bolsa negra y salimos de mi apartamento.
Alivio fue lo que sentí, pero las mariposas seguían volando sobre mi estómago.
- Escuché que la próxima semana te vas de vacaciones. – Gustavo inició la conversación mientras caminábamos por el pasillo de salida del edificio.
No parecía gustarle verme callar, en realidad parecía querer saber más sobre mí, mostró interés en lo que yo era. Lo adoraba cada vez más, lo cual era una locura.
- Es sólo una semana. – respondí y metí las manos en el bolsillo de mis jeans, sin saber que hacer con ellas. – Voy a visitar a mis padres.
- ¿De dónde son? - Giró la cabeza para mirarme.
No podía mirarme así, por favor. Todo crecía dentro de mí.
- En un pequeño barrio de Serrano. - Dejé de mirarlo y miré al frente. – No me gusta ir para allá y volver el mismo día, solo voy a visitarlos cuando tu padre me da vacaciones. – sonreír.
- Ir el lunes y volver cuando? – tu pregunta mostró más interés que de costumbre. Pero no me importaba.
Había pasado tanto tiempo desde que alguien se interesó en escucharme y mostrar algo de preocupación por mí, que me dieron ganas de volver a mi apartamento y pasar toda la noche hablando con él.
- El viernes por la noche, con motivo de la boda. – dije y él sonrió levemente.
Llegamos a la entrada y al salir del edificio vimos a Paloma y Matheus. Mi amiga vestía una blusa azul hasta la curva de sus brazos, shorts de mezclilla celeste y tacones altos, muy diferente a mí, que vestía flats negros. Matheus con una camisa gris y jeans azul oscuro. Tan pronto como se nos acercaron, le di un abrazo a Paloma.
- ¡Estás linda! Y Gustavo también. – Me susurró al oído. – Entonces cuéntamelo todo.
No me atrapó como dijiste porque solo somos amigos. – susurré de vuelta.
- La vida es una ruta constante de cambio y no veo la hora de verte feliz de nuevo.