5. Acosador

1499 Words
5. Acosador POV Maddox Parece que mi ridícula intención de provocarle celos no funcionó. Y, para colmo, ahora voy a tener a Karen respirando en mi nuca a todas horas. Malditas ideas. Le pedí que estuviera lista para una junta sin siquiera explicarle de qué trata la empresa. Y aun así… dominó la reunión. Tenía las actas preparadas con una precisión impecable. Leí una: ni un solo error. Mientras trabajaba, yo no pude apartar la vista de las cámaras. Me descubrí mirándola como un maldito acosador, incapaz de contenerme. Sí… la odio. La odio con cada fibra de mi ser. Pero, al mismo tiempo, me obsesiona. Han pasado diez años y todavía me persigue la misma pregunta: ¿qué hice mal? ¿En qué fallé? La amaba. Desde el primer instante en que la vi, supe que el amor a primera vista no era un mito. En mi ingenuo corazón de adolescente, apenas asomándome a la adultez, estaba convencido de que ella me correspondía. Compartimos cada rincón de la preparatoria: los pasillos abarrotados de risas, las bancas del patio donde el sol de la tarde caía a plomo, los secretos murmurados entre exámenes y recreos. Me presentó a su amigo, aquel que fingía no tener el más mínimo interés en ella. Mis propios amigos me lanzaban advertencias veladas, pero jamás dudé de su lealtad. Quizá por eso la puñalada dolió más: porque yo mismo les di permiso para engañarme. Señales… malditas señales. Siempre estuvieron ahí, gritándome la verdad que yo me empeñé en no ver. La manera en que ella se colgaba de su brazo como si fuera un gesto inocente; cómo él le desacomodaba el cabello solo para molestarla, y ella, en vez de apartarse, reía. Esos susurros que compartían cuando creían estar solos… Sí, mis amigos me lo advirtieron una y otra vez, y yo, en mi arrogancia, preferí taparme los oídos. El golpe de mi puño contra el escritorio resuena como un disparo seco, quebrando el silencio de la oficina. Es un intento torpe de drenar el dolor que todavía hierve bajo mi piel. La rabia que creí extinguida regresa feroz, como un incendio alimentado por años de silencio. ¿Por qué fui tan ciego? Aprieto los dientes con rabia, los músculos de la mandíbula tensos hasta doler. Porque la amaba. Pero con la misma intensidad con la que alguna vez la adoré, ahora la odio. Estoy tan hundido en mis pensamientos que no escucho los primeros golpes en la puerta. Cuando por fin me doy cuenta, ella ya está frente a mí. —Señor Sterling, si no tiene nada más pendiente, me retiro. Su voz es firme, pero hay un leve titubeo en la última palabra. Levanto la vista y la atrapo con la mirada, sosteniéndola unos segundos más de lo que la cortesía permitiría. —¿Cuánto tiempo tienes de casada? —pregunto, sin preámbulos. Veo cómo su tez se torna pálida, casi de inmediato. No puede sostener mi mirada. Sabe que no sirve de nada mentir. —Cinco años —responde al fin, con voz clara, aunque un matiz de incomodidad vibra en el aire. —¿Puedo retirarme ya? No pregunto nada más. Sé que no dirá nada más. Cinco años… no diez. La cifra me golpea como un dato envenenado. ¿Por qué? —Está bien. Nos vemos mañana. Por cierto… buen trabajo. Sus ojos brillan por primera vez desde que entró. En su bonito rostro se forma una ligera sonrisa: tímida, mesurada, pero genuina. —Gracias por la oportunidad —dice, inclinando la cabeza en una leve reverencia antes de darse la vuelta. La sigo con la mirada mientras se aleja. Cuando la puerta se cierra, el silencio se instala con una densidad que casi puedo palpar. El aire huele a papel, a café frío… y a la fragancia sutil que ella dejó a su paso, como una burla. Apoyo los codos en el escritorio y entierro el rostro entre las manos. Cinco años. No diez. Cinco. Pero aún así, mientras yo aún lamía mis heridas, ella ya estaba formalizando su relación con el padre de su hija. Solo fue cuestión de tiempo. La mandíbula me duele de tanto apretar los dientes. Una parte de mí quiere buscar explicaciones, rescatar algún pedazo de la historia que me devuelva la paz. Pero otra parte, la más oscura, se regodea en este resentimiento que no deja de crecer. Acaricio el borde del escritorio con los dedos, notando cada astilla, cada pequeña imperfección de la madera, como si pudiera grabar en ella el peso de mi rabia. Sé que debería dejarlo ir, pero hay algo perversamente reconfortante en esta furia: me recuerda que aún me importa, que su traición todavía tiene el poder de herirme. Y en lo más hondo, un pensamiento me atraviesa como una daga helada: no sé si alguna vez dejaré de amarla, ni si mi odio será suficiente para sepultar lo que un día fui capaz de sentir. Pero de todos modos, tiene que pagar. A fin de cuentas, fue una traición. Con furia, tomo mi saco sin siquiera mirar atrás. Necesito aire. Necesito huir de la oficina y de esa sensación que me envenena. No paso por recepción; no quiero cruzarme con esa muñeca de plástico que juega a la seducción cada vez que me ve: Karen. No es mi tipo. Ni lo ha sido nunca. Pero es la más dispuesta cuando se trata de coquetear, y eso la hace útil. El ascensor desciende con un zumbido constante hasta el sótano. El sonido metálico de las puertas al abrirse me resulta casi liberador. Camino con paso rápido hacia mi Maybach; el eco de mis pisadas rebota en las paredes de concreto como un recordatorio de la rabia que me empuja. Arranco sin destino. La ciudad nocturna se extiende ante mí: un mosaico de luces, semáforos intermitentes y el rugido lejano del tráfico. Conduzco sin rumbo fijo, hasta que la memoria me golpea: una invitación olvidada, un club exclusivo recomendado por uno de mis nuevos colaboradores. Giro el volante y dejo que el instinto me guíe. Al llegar, la discreción del lugar me sorprende. No hay rótulos llamativos, solo una fachada de piedra gris y un portón custodiado por un portero impecablemente vestido. A pesar de no ser socio, el jefe de meseros me recibe con una sonrisa profesional y un ligero gesto de reconocimiento. —¿Mesa para uno, señor? —pregunta con voz amable. —¿O prefiere la barra? —La barra está bien —respondo sin pensarlo. El murmullo elegante del club me envuelve: un piano que suena a lo lejos, conversaciones en voz baja, el tintinear de las copas de cristal. Me instalo en un taburete de cuero y pido un whisky doble. El vaso, frío y pesado, encaja perfecto en mi mano. Mientras llevo el licor a los labios, me giro para escanear el lugar. Hombres solos de mirada cansada, parejas de amantes que juegan a la discreción, incluso algunos ejecutivos en traje oscuro que, evidentemente, vinieron a cerrar negocios entre sombras. El ambiente huele a madera, a humo caro y a secretos que nadie se atrevería a confesar a plena luz del día. De pronto, una voz grave y firme interrumpe mis pensamientos. —¿Primera vez aquí? Me giro. Frente a mí se alza un hombre alto, de complexión atlética y porte intimidante. La luz tenue resalta la dureza de su mandíbula, y su mirada, de un gris acerado, parece capaz de atravesar a cualquiera. —¿Cómo lo sabe? —pregunto, arqueando una ceja. Él suelta una risa breve, cargada de ironía. —Es mi territorio, y conozco a cada persona que entra a mi bar. —Extiende la mano con naturalidad. —Sebastian Castle. Su apretón es firme, casi un reto. —Un gusto —respondo, aceptando el gesto. Sebastian se acomoda en el taburete contiguo con la confianza de quien sabe que domina el lugar. Su presencia impone, pero no intimida: es el tipo de hombre que inspira respeto antes que miedo. La conversación fluye con sorprendente facilidad. Hablamos de negocios, de la ciudad, de esa delgada línea entre el poder y el peligro. Las horas se deslizan entre el humo de los cigarros y el calor del whisky. Cuando la noche ya roza su punto más denso, Sebastian se inclina hacia mí, bajando la voz en un susurro cómplice. —Lo que has visto aquí es solo la superficie —dice, con una media sonrisa. —Si de verdad quieres conocer la noche, ven conmigo. Te enseñaré mi verdadero reino. Levanta la mirada hacia una puerta discreta, al fondo del local, casi oculta tras un panel de madera oscura. —Lo llamamos The Shadows. Su tono, entre promesa y advertencia, despierta una curiosidad que no había sentido en años. Sin pensarlo demasiado, asiento. Y, mientras lo sigo hacia ese pasadizo secreto, siento que estoy a punto de cruzar un umbral del que quizás no haya retorno.
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