4. La guarida del lobo

1078 Words
4. La guarida del lobo POV Clarisse El lunes amanece bajo un cielo plomizo, como si la ciudad entera compartiera el peso que llevo en el pecho. Elijo un traje sastre azul marino, sencillo pero elegante. A pesar de que el dinero no abunda, siempre aparto un poco para invertir en ropa que sé que puedo necesitar; mi apariencia, al fin y al cabo, es una de mis herramientas de trabajo. Me recojo el cabello en una coleta alta, firme, y aplico apenas un toque de maquillaje. Quiero verme… no, NECESITO verme profesional, intachable. Debo ocultar las grietas que me atraviesan por dentro. El edificio de Sterling Telecom Corp se alza frente a mí como una torre de cristal, imponente en el corazón financiero de la ciudad. Sus paredes reflectantes parecen devolverme mi propia imagen, un recordatorio de la máscara que debo sostener. En la recepción, busco a la misma chica que el día de la entrevista me miró como si fuera un bicho raro, pero para mi sorpresa hoy no está en su lugar. Recorro el vestíbulo con la mirada hasta que localizo a uno de los guardias de seguridad. —Buenos días, disculpe. La señorita de recepción no está y debo subir a Recursos Humanos. —¿Usted es la señorita Hutton? —pregunta el guardia. Asiento y él me entrega un gafete. —Me dejaron esto para usted. Puede ir directo a su puesto de trabajo, en la última planta. El jefe de Recursos Humanos va a llegar tarde. Su eficiencia casi intimida. En pocos minutos me encuentro dentro del ascensor, rumbo al piso treinta y dos, la última planta, donde se encuentra la oficina del CEO. Cada metro que asciende el elevador es un recordatorio punzante: voy directo a la guarida del lobo. Al llegar, el pasillo está desierto. El silencio, casi solemne, me hace dudar. Avanzo con pasos cautelosos y, al no encontrar a nadie, decido verificar si mi nuevo jefe ya ha llegado. Toco la puerta de su oficina, trago saliva… y la escena que se despliega ante mí me hace desear que el suelo se abra. La recepcionista —una chica joven, no debe pasar de los veinte— está recostada sobre el escritorio, la falda peligrosamente levantada. Maddox, de pie frente a ella, le sostiene la cintura con una mano mientras la otra acaricia la piel expuesta de su muslo. —P-pe-perdón… estaré afuera. —Mi voz se quiebra en un susurro. La joven frunce el ceño y me lanza una mirada cargada de odio. —No te vayas. Karen ya va a su puesto —ordena Maddox con una calma que me hiela. Ella, mordiéndose el labio inferior con coquetería, se ajusta la falda. —¿Nos vemos al mediodía? —pregunta ella, ignorándome. Él no responde. Ella se aleja dando un pequeño pisotón, y mientras pasa junto a mí siento el amago de un golpe. Me aparto a tiempo. Maddox me mira de frente; por un instante creo ver un destello de humor en sus ojos, pero en seguida su aura fría lo cubre todo. —Toma —dice, tendiéndome un cuaderno —este es el manual que dejó la anterior asistente. Supongo que podrás asimilar todo con rapidez. Después de todo, eras una de las mejores estudiantes. Sin más, se da la vuelta. Mi respiración se agita mientras recorro la oficina con la vista. El lugar es un santuario de poder: ventanales inmensos que dominan la ciudad, muebles de madera oscura, un escritorio impecable, y una pared cubierta de pantallas que exhiben gráficos y cámaras de seguridad en tiempo real. Maddox permanece de espaldas, contemplando la ciudad como si le perteneciera. —Buenos días, señor Sterling —digo por fin, con una voz que intento mantener firme; me doy cuenta de que no había pronunciado saludo alguno. Gira lentamente. Su mirada me atraviesa con la misma intensidad que recuerdo del día de la entrevista: una mezcla de fuego y hielo. En su rostro no queda ni rastro del joven que un día me miró con ternura. Solo está el CEO, el depredador. —Señorita Hutton —pronuncia mi apellido con una frialdad que corta. —Bienvenida a Sterling Corp. ¿Sorprendida? Inclino la cabeza, conteniendo el temblor de mis manos. —Gracias por la oportunidad. Y no… no estoy sorprendida. Una sonrisa apenas perceptible curva sus labios. —No me agradezca todavía. Este puesto exige absoluta lealtad, eficiencia y… discreción. Cualidades que, espero, usted tenga. Sostengo su mirada, aunque el corazón me late con fuerza desbocada. —Sí, señor. Maddox rodea el escritorio y se aproxima con una lentitud calculada. Su perfume —una mezcla de madera y especias— me envuelve; es un aroma poderoso, masculino, muy distinto al recuerdo adolescente que guardaba. —Aquí no hay margen de error, Clarisse —dice, y esta vez usa mi nombre, con un filo que me hace estremecer.—Un solo fallo y estás fuera. Asiento en silencio, un nudo oprimiéndome la garganta. Él mantiene la mirada unos segundos más, como si disfrutara de la tensión, antes de apartarse con calma. —Afuera está su lugar de trabajo. Quiero que se instale de inmediato. Y prepárese: tendremos una reunión con inversionistas a las diez. Su tono vuelve a la formalidad, y ese cambio brusco me permite recobrar el aliento. —Entendido —respondo, esforzándome por no dejar ver el temblor en mi voz. Me dirijo a mi escritorio, enciendo la computadora y empiezo a revisar correos y documentos. Pero la sensación de ser observada me acompaña como una sombra obstinada. La reunión con los inversionistas es mi primera prueba. Maddox me lleva con él, no porque me necesite realmente, sino —lo siento en cada fibra de mi cuerpo— para verme bajo presión. —Señorita Hutton, tome nota de todo —ordena en cuanto entramos a la sala. Obedezco sin titubeos. Durante dos horas mantengo la concentración a toda costa, escribiendo con rapidez cada detalle, sin permitir un solo error. Aun así, siento su mirada fija en mí, como si buscara la más mínima grieta. Cuando la reunión termina, organizo los documentos con esmero y se los entrego en mano, evitando cruzar sus ojos. —Aquí están las actas, señor Sterling. Él las revisa con una calma que me hace sudar frío. Al final asiente con lentitud. —Correcto. Nada más. No necesita añadir una palabra. El silencio que deja tras de sí pesa como un castigo.
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