3. Bajo sus órdenes
POV Clarisse
Cuando Maddox cruza el umbral, el tiempo se detiene. Lo reconozco al instante, a pesar de los años, de los cambios sutiles que el tiempo y la ambición han dejado en su rostro. Mi memoria no vacila: ese porte altivo, la forma en que su presencia parece adueñarse de cada rincón, es inconfundible. Su cabello rubio —ahora un tono apenas más oscuro— cae en un corte nuevo, más pulido, que resalta la madurez que ha ganado con el tiempo. Su figura, evidentemente trabajada, revela disciplina; sus hombros anchos y su espalda recta le dan un aire de autoridad que me recuerda al chico que una vez conocí… y que ahora parece un hombre forjado en fuego y acero.
Camina como un monarca que desciende a inspeccionar su reino, dueño de cada espacio que pisa, y el aire a su alrededor parece tensarse. Pero lo que realmente me golpea no es su porte, sino la dureza en su mirada. De la calidez que en otro tiempo me dedicó, no queda rastro. Aquellos ojos que un día me hicieron sentir segura ahora me atraviesan con un filo helado. En su lugar, percibo un destello de desprecio, calculado y frío. Y, lo peor, no hay ni una pizca de sorpresa en su expresión: sabía que yo estaría aquí.
Por un instante, recuerdo otra tarde, una muy distinta: el último día que nos vimos. Su voz rota cuando me vio en esa cama; las promesas rotas; tormenta de reproches que quedó flotando en el aire como una herida abierta. La imagen de su espalda alejándose, negándose a mirar atrás, es un fantasma que nunca me ha abandonado. Y ahora, de pie frente a él, ese recuerdo se siente tan vívido como entonces.
—Buenas tardes —su voz grave corta el silencio con una autoridad que me eriza. —Soy Maddox Sterling, CEO de esta compañía.
Bajo la mirada de inmediato. Sterling. No Andretti, como antes. Un nuevo apellido, un nuevo título. Uno que encaja con el poder que ahora irradia. La revelación me sacude. En mis noches de estudio sobre la empresa, su nombre me resultó ajeno. Nunca imaginé que él… que Maddox, aquel que conocí entre confidencias y sueños, sería la mente detrás de este imperio.
Mi pequeña ilusión de obtener el empleo —y con él, el seguro médico que necesito para el tratamiento de Alan— se desploma con la misma fuerza con la que, años atrás, se desplomaron nuestras ilusiones de futuro. El destino tiene una ironía cruel: para salvar a mi familia, debo enfrentar el pasado que nos rompió.
Durante toda la entrevista, sus ojos me atraviesan como si cada palabra que digo fuera una deuda pendiente. Cada vez que intento alzar la vista, siento el peso de nuestra última noche, el eco de las palabras que nos arrancaron de raíz. Las imágenes regresan como un vendaval: las cartas que nunca respondí, los silencios que se volvieron abismos.
—Entonces, señorita Hutton… —su voz resuena, firme, con una ligera pausa que parece cargada de veneno. —Veo que ha trabajado en varias firmas. ¿Por qué cree que es la persona indicada para este puesto?
Mis dedos se crispan sobre el regazo. ¿Cómo explicarle que en una de esas empresas me despidieron el mismo día que supieron que tenía una hija y un esposo enfermo? ¿Que en otra, mi jefe estaba más interesado en tener una amante que en mi trabajo? ¿Cómo decirle que, para muchas personas, ser mujer equivale a ser blanco de prejuicios y malentendidos?
Respiro hondo, obligando a mi voz a no temblar.
—Porque soy organizada, leal y sé adaptarme a cualquier entorno.
El brillo en sus ojos se vuelve casi cortante, una chispa de burla que me hiere más de lo que quisiera admitir. La incredulidad y el enfado laten en su mirada como un latigazo. Por un segundo, creo reconocer la herida que yo misma dejé en él, oculta tras su nuevo escudo de acero.
—Interesante —responde, seco. —Lo tomaremos en cuenta.
Sé que esa es la despedida. Me pongo de pie, agradezco a los entrevistadores con la mejor sonrisa que puedo fingir. Esta empresa, con sus beneficios y su impecable prestigio, no será para mí.
Salgo de la sala con la bolsa apretada contra el pecho, como si con ese gesto pudiera contener la mezcla de desilusión y orgullo que me quema por dentro. Es todo aquí. No hay más que buscar.
Pero, al cerrar la puerta, una sonrisa inesperada se dibuja en mis labios. No es hoy, pero habrá mañana. Mañana siempre hay otra oportunidad. Subo al elevador con el rostro encendido, casi radiante, como si en lugar de un rechazo hubiera recibido una promesa.
Diez años de batallas me han enseñado que un tropiezo no define el camino.
Al salir del edificio, la tarde me recibe con su luz suave. En la acera, Alan y Connie me esperan. La pequeña corre hacia mí y me agacho para atraparla en mis brazos. Su risa despeja cualquier sombra. Después de un abrazo largo, me enderezo y tomo su mano diminuta; Alan, a mi lado, me ofrece la suya, cálida y firme.
Hoy no pudo ser. Pero mañana… mañana es otro día, otra oportunidad.
Maddox Sterling… adiós.
*****
POV Maddox
Desde la penumbra de mi oficina, observo a través de la cámara de seguridad cómo Clarisse abandona el edificio. Su silueta, erguida y serena, avanza con una seguridad que me irrita. En la entrada la espera su familia: el maldito traidor de Alan y su hija, esa niña que corre hacia ella con los brazos abiertos.
Aprieto los puños sobre el escritorio hasta sentir los nudillos tensarse. La frustración me hierve por dentro, un fuego que no se apaga.
Si tan solo no se hubiera cruzado en mi camino, si no hubiera vuelto a irrumpir en mi vida como un eco que creí sepultado, yo no la habría buscado. Pero el destino, caprichoso y cruel, parece decidido a ajustar las cuentas entre nosotros.
Yo no he sido feliz. Mis años se han desangrado en silencios, en decisiones frías, en la amarga compañía de mi propio rencor. ¿Por qué, entonces, ella debería tener derecho a una dicha que me fue negada? ¿Por qué esa sonrisa que le nace sin esfuerzo, mientras yo he tenido que reconstruirme entre ruinas?
El pensamiento me golpea con fuerza, avivando un resentimiento que no sabía tan vivo. No, no pienso quedarme a un lado mientras ella sigue adelante como si nada hubiera pasado.
Tomo el teléfono, marco un número que conozco de memoria. La línea apenas da un timbre antes de que escuche la voz de Peter Gabriel, gerente de Recursos Humanos y viejo amigo de la universidad.
—¿Tienes el contrato de Clarisse Hutton? —mi voz suena más áspera de lo que esperaba.
—Jajaja… —Peter deja escapar una risa corta, cómplice. —¿Tanta prisa? ¿Acaso la chica de apoyo no está haciendo bien su trabajo?
—Sí, es eficiente —respondo, cortante. — Pero necesito asegurar que Clarisse ingrese a la compañía. Acelera el trámite.
Un breve silencio, apenas perceptible, se cuela en la línea. Sé que Peter intuye algo en mi tono, pero no se atreve a preguntar.
—Entendido —responde al fin, con voz neutra.
Cuelgo antes de que diga algo más. El latido en mi pecho es un tambor desbocado. Una parte de mí, la más oscura, teme que ella cambie de opinión, que decida no aceptar el puesto y me deje de nuevo con la derrota en las manos.
Pero no pienso permitirlo. Esta vez, el juego lo marco yo. Y Clarisse, lo quiera o no, entrará en mi terreno.
*****
POV Clarisse
Me levanto a las seis de la mañana, como cada día, para preparar el desayuno de Connie. El silencio aún envuelve el departamento, apenas interrumpido por el zumbido constante del refrigerador y el aroma de café recién molido que comienza a impregnar la cocina.
Cuando estiro la mano para apagar la alarma del celular, la pantalla ilumina la penumbra con un resplandor súbito que me arranca de la modorra. Entonces lo veo.
“Felicitaciones: bienvenida a Sterling Telecom Corp.”
Por un instante, mi corazón parece vacilar, como si olvidara su propio ritmo. El azul de la pantalla se vuelve casi hiriente, cortando la tenue paz de la madrugada. Con los dedos temblorosos, abro el correo electrónico. Llegó al amanecer, a esa hora en que solo los insomnes y los demonios parecen estar despiertos. Debería sentir júbilo, alivio, la satisfacción de quien al fin ve recompensado su esfuerzo. Pero en lugar de eso, un escalofrío helado me recorre la espalda.
Las palabras del mensaje son breves, impersonales: me citan para los exámenes de admisión, solicitan la documentación necesaria y me indican que debo presentarme para firmar el contrato. Un último detalle, sin embargo, me atraviesa como un puñal: iniciaré el lunes, bajo las órdenes directas del CEO, en calidad de asistente ejecutiva.
Bajo sus órdenes.
El eco de esas palabras se instala en mi mente como un golpe seco. La imagen de Maddox Sterling irrumpe de inmediato: su mirada helada, su voz contenida, el filo invisible que percibí en cada gesto durante la entrevista. Siento de nuevo la presión de esos ojos, como si me siguieran incluso ahora, en la tibia luz de mi cocina, con una intensidad que roza lo amenazante.
Me dejo caer en la silla de la pequeña mesa del comedor, incrédula, con el celular aún entre los dedos. No sé si reír o llorar. El hombre al que dejé hecho pedazos años atrás—ese que un día me amó con una devoción que creí eterna y que partió con el corazón roto—ha resurgido como un titán en el mundo empresarial. Y ahora… ahora será mi jefe.
El destino tiene un sentido del humor cruel.
Cierro los ojos y presiono las sienes con ambas manos, intentando frenar el torrente de recuerdos. He pasado una década entera reconstruyendo mi vida, levantando cada ladrillo de mi futuro con paciencia y silencio. Pero los errores del pasado siempre encuentran la forma de perseguirnos, como una sombra que jamás se disipa. Y ahora esa sombra tiene nombre y apellido: Maddox Sterling.
—¿Qué hago? —susurro, apenas un hilo de voz que se pierde en la quietud del amanecer.
Renunciar antes de empezar sería una locura. Necesito ese empleo. La situación económica se ha convertido en una jaula invisible: las cuentas médicas de Alan, los gastos de Connie, las deudas que se acumulan día tras día como un muro que amenaza con desplomarse. Sterling Corp ofrece un salario capaz de darnos un respiro, un oasis en medio de la tormenta.
Pero no logro apartar de mi mente la última imagen de Maddox en la sala de entrevistas: su expresión imperturbable, el cálculo frío en cada palabra, la mirada de un depredador que mide a su presa antes de lanzarse. No hay duda: él no ha olvidado. Y mucho menos ha perdonado.
El lunes, cuando cruce nuevamente las puertas de su imperio, no solo estaré firmando un contrato. Estaré aceptando, consciente o no, un juego peligroso del que no sé si saldré indemne.