7. Tiempo

1461 Words
7. Tiempo POV Clarisse —¿En verdad no me dirás de qué hablaron? —pregunto mientras rebano con cuidado las rodajas de limón para el pescado. El aroma fresco de la hierbabuena se mezcla con el de la ensalada que Alan prepara con movimientos pausados. En la sala, Connie sigue absorta en sus robots nuevos, su risa infantil marcando un contrapunto alegre a la tensión que flota en la cocina. —Solo quería fastidiar, presumir su nuevo gran poder —responde Alan sin apartar la vista de la ensaladera. —Ya sabes, hacerme sentir pequeño. Pero le demostré que en realidad yo soy más rico… porque te tengo a ti. Su frase, vestida de ternura, debería hacerme sonreír. Sin embargo, hay un matiz en su voz, apenas un destello de algo que se esconde, que me hace sospechar que no me está contando toda la verdad. Lo miro de reojo, intentando descifrarlo, pero él solo arquea una ceja, como si adivinara mi curiosidad. Sé que no dirá y yo tampoco quiero presionarlo; la fatiga en sus hombros y la palidez de su rostro me recuerdan el episodio de tos que sufrió más temprano. De pronto, deja a un lado los cubiertos, se acerca y me quita con delicadeza el cuchillo de las manos. Antes de que pueda reaccionar, me envuelve en un abrazo que me roba el aliento. —Soy un ladrón, Clari —murmura contra mi cabello. —Robé diez años de tu vida. A veces creo que esta enfermedad es mi karma. Apoyo la cabeza en su pecho, dejando que el latido de su corazón me arrulle. En momentos como este, el miedo me muerde por dentro: la sensación de que el frágil hilo que sostiene su vida se debilita un poco más cada día. —¿Qué te dijo el médico? —pregunto al fin, mi voz apenas un suspiro. Gracias a mi nuevo empleo, ahora cuenta con un seguro médico que le permite retomar el tratamiento. Ese alivio, sin embargo, no basta para calmar la inquietud que me oprime. —Hay un programa experimental para este tipo de cáncer —explica, acariciándome la espalda con un gesto que busca tranquilizarme—, pero todavía no soy apto. Tal vez pronto me lo informen. Su tono es sereno, pero en esa calma adivino la misma mezcla de esperanza y temor que me habita. Lo abrazo con más fuerza, como si mi abrazo pudiera retenerlo, como si pudiera convencer al destino de darnos más tiempo. Afuera, la risa de Connie suena como un recordatorio dulce y urgente de todo lo que aún tenemos por proteger. Me quedo así, anclada a su pecho, escuchando el compás de su corazón. Cada latido es un recordatorio de lo que temo perder. Cierro los ojos con fuerza, como si con ese simple gesto pudiera detener el tiempo, retenerlo en este instante que huele a hierbabuena, a pescado fresco, a la risa lejana de Connie. Diez años. Sus palabras vuelven a mi mente como un eco doloroso a la figura de Maddox. Los mismos que la vida me alejó de él. Alan me acaricia el cabello, lento, con una ternura que me desarma. Su respiración, un poco irregular, me recuerda que su cuerpo lucha, que cada día es una batalla silenciosa. Y yo… yo solo puedo acompañarlo, sin poder prometerle nada más que mi presencia. —No digas eso de ladrón —murmuro, apenas separándome para mirarlo a los ojos. —Nadie robó nada. Solo… nos tocó vivir así. Lo digo con firmeza, aunque por dentro me tiemblen las certezas. Quizá intento convencerme a mí misma. Alan sonríe, esa media luna que siempre logra desarmar mis miedos, aunque sea por un instante. —Siempre tan fuerte —dice con una voz que es a la vez orgullo y caricia. —Eres tú quien me sostiene, Clari. No lo olvides. Quiero creerle. Pero en mi interior, el miedo se enrosca como una serpiente. Pienso en la tos que lo sacudió esta tarde, en el leve temblor de sus manos cuando tomó el vaso de agua. Pienso en la palabra “cáncer”, que aunque él pronuncie con serenidad, en mi mente suena como un grito. En la sala, Connie suelta una carcajada que rebota en las paredes. Su alegría es un destello de luz, un recordatorio de que la vida sigue, obstinada, incluso en medio de la incertidumbre. Me aferro a ese sonido como a un salvavidas. —Prométeme que seguirás el tratamiento —le digo en un murmullo que se parece a una súplica. —Que no bajarás los brazos, por nosotros. Alan me mira en silencio, y en sus ojos hay un brillo que no sé si es de dolor o de gratitud. Me besa la frente con una delicadeza que me rompe y me recompone al mismo tiempo. —Te lo prometo —susurra. Aprieto los labios, conteniendo las lágrimas que amenazan con traicionarme. Porque sé que las promesas, a veces, son solo eso: un intento desesperado de domar lo que no podemos controlar. Aun así, me aferro a sus palabras. Mientras retomamos la preparación de la cena, el mundo parece recobrar su ritmo. El sonido de los cubiertos contra la tabla, el aroma del pescado en el horno, la risa de nuestra hija… pequeños fragmentos de una vida que, por ahora, sigue siendo nuestra. Y en ese “por ahora” encuentro la fuerza para seguir respirando. Cuando por fin el pescado está en el horno, me detengo un instante frente a la puerta de cristal empañada. El calor que escapa del interior dibuja un halo de vaho, como un pequeño amanecer dentro de la cocina. Alan coloca la ensalada en el centro de la mesa, con una precisión casi ceremoniosa, y su gesto me arranca una sonrisa. —Pareces un chef de televisión —le digo, intentando que mi voz suene ligera. —Si el programa incluye toses inesperadas, seguro gano el primer premio —responde, y su risa, ronca pero sincera, rompe la densidad que nos rodeaba hace unos minutos. La risa de Connie llega desde la sala. Cuando asomo la cabeza, la encuentro de rodillas en la alfombra, rodeada de piezas de plástico y luces diminutas que parpadean en sus robots. Levanta la vista apenas me oye acercarme. —¿Ya está la cena? —pregunta con los ojos brillantes de impaciencia. —Casi, peque —le contesto. —Ven a lavar tus manos. Ella se incorpora de un salto y me toma de la mano con esa energía que parece inagotable. Mientras la acompaño al lavabo, siento que la vida se reduce a estos gestos simples: la tibieza del agua sobre sus deditos, el sonido de su risa, la forma en que se apoya en mí sin dudar. Alan nos espera ya sentado a la mesa cuando regresamos. La luz cálida de la lámpara cae sobre su rostro, suavizando el cansancio que le enturbia la mirada. Por un segundo, me permito imaginar que la enfermedad no existe, que esta es solo una noche cualquiera. —¡Huele delicioso! —exclama Connie al ver cómo Alan sirve el pescado. —Es todo mérito de tu mamá —dice él, guiñándole un ojo. —Yo solo mezclé hojas verdes. Connie ríe y aplaude, como si el simple hecho de comer juntos fuera una fiesta. Y tal vez lo sea. Durante la cena, la conversación fluye sin esfuerzo. Connie habla de su proyecto de ciencia, de cómo uno de sus robots ahora puede seguir una línea dibujada en el piso. Alan escucha con atención, cada tanto haciendo preguntas que la hacen sentirse importante. Yo los observo, y una ternura inmensa me llena el pecho. Por un momento, olvido los diagnósticos, los tratamientos pendientes, la palabra cáncer que acecha en cada silencio. Solo existe este instante: el tintinear de los cubiertos, el sabor del pescado perfectamente sazonado, las carcajadas de mi hija. —Papá, cuando tu tos se vaya —dice Connie de repente—, tenemos que ir al parque de los dragones. ¿Prometido? Alan se queda quieto un segundo, como si las palabras le hubieran tocado algo muy hondo. Luego asiente, con una sonrisa que es puro amor. —Prometido —responde, y le toma la mano diminuta entre las suyas. Yo miro esa escena y siento que una parte de mí se recompone. Quizá la vida nunca deje de ser incierta, pero en este momento, en el calor de nuestra pequeña mesa, creo de verdad que aún tenemos tiempo. Tiempo para reír, para prometer, para amar. Y mientras Alan y Connie chocan las manos en un pequeño pacto, me permito respirar un poco más hondo, aferrándome a esa esperanza que, aunque frágil, todavía nos sostiene.
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