8. Yo estaré ahí
POV Maddox
Miro por la ventana las luces de la ciudad extendiéndose a mis pies como un océano de neón. Las palabras de Alan todavía retumban en mi cabeza, cortantes, imposibles de ignorar.
¿Cuánto ofreces?
Aprieto los puños. ¿De verdad me estaba ofreciendo a su esposa?
Desgraciado.
La idea se clava como una espina, punzante, casi absurda. Tal vez sea un plan de ambos, un juego retorcido para arrancarme dinero. Pero si creen que voy a ceder tan pronto, se equivocan.
Quiero que ella no tenga paz mientras esté aquí. Sí, lo sé: es una niñería, una venganza mezquina. Y, sin embargo, la deseo. Quiero verla perder el control, verla desesperada, suplicar por un respiro. Y luego… luego la haré mi amante. Tomaré lo que es de otro, del mismo modo en que él una vez me arrebató lo que más quería.
El pensamiento me quema la boca del estómago, a medio camino entre el rencor y un deseo que no me atrevo a nombrar.
Me doy la vuelta con brusquedad, como si así pudiera arrancarme esas imágenes de la cabeza. Tomo el saco que cuelga del respaldo de la silla y me encamino a la salida.
Sterling Corp siempre fue mi santuario, el lugar donde la disciplina y el poder me pertenecían. Hoy, en cambio, se siente contaminado. La sola presencia de Clarisse parece impregnar cada pasillo. A cada rincón que miro, imagino su silueta, su voz, el brillo fugaz de sus ojos.
Pero no puedo culpar a nadie más. Fui yo quien la trajo de vuelta a mi mundo. Mi decisión, mi desafío. Ahora me toca soportar las consecuencias.
Cruzo la oficina en silencio y presiono el botón del elevador. Las puertas se cierran tras de mí con un sonido metálico que resuena como un veredicto.
En el estacionamiento, el eco de mis pasos me acompaña hasta el auto. El motor ruge al primer giro de la llave, llenando el espacio de un ruido que casi agradezco: es el único que acalla el murmullo persistente de sus recuerdos.
Conduzco rumbo a mi hogar. Hogar.
La palabra me sabe amarga. ¿Se puede llamar hogar a una casa vacía, sin más compañía que mis fantasmas?
*****
Por supuesto, esa noche no pude dormir y llegué a la oficina de mal humor.
Así que en cuánto Clarisse llegó, le pedí que organizara la agenda de clientes internacionales y, a propósito, le di las fechas equivocadas. Cuando me entregó el calendario, la cité en mi oficina.
—¿Puede explicarme esto? —pregunto con voz gélida, señalando la pantalla donde un par de reuniones aparecían con horas cruzadas.
Ella se inclinó, visiblemente confundida.
—Pero… usted me dictó esas fechas, señor.
—¿Está insinuando que me equivoco? —mi mirada la atraviesa como una lanza.
Clarisse palidece.
—No, señor. Lo lamento. Corregiré de inmediato.
La observo salir con pasos apresurados. Apenas la puerta se cierra, una sonrisa satisfecha curva mis labios. Es delicioso verla
retorcerse, tan vulnerable, tan cautelosa de cada palabra.
Lo que más disfruto son esos pequeños gestos, las humillaciones sutiles. Como pedirle café tres veces al día, aun teniendo una persona para eso. O dejarle documentos sobre su escritorio sin explicación, solo para verla ir y venir preguntando qué debía hacer con ellos.
Cada “sí, señor Sterling” es un recordatorio de que está bajo mi control.
Días después, tras una reunión extenuante, la veo quedarse sola en la oficina organizando papeles. Salgo de mi despacho y me detengo a observarla. La luz del atardecer entraba por los ventanales, tiñendo de oro su silueta. Había cambiado, sí, pero aún mordía el labio inferior cuando se concentraba. La misma manía que me enloquecía diez años atrás.
Por un segundo, el recuerdo me golpea con violencia: ella riendo en el parque, corriendo bajo la lluvia…en mi cama debajo de mí.
Cierro los puños hasta que los nudillos se ponen blancos.
No. No voy a permitir que la nostalgia me debilite. Esa mujer no es un recuerdo dulce: fue mi verdugo. Y ahora es mi turno de ajusticiar.
Me acerco lentamente.
—Señorita Hutton—mi voz retumba en la oficina vacía.
Ella levanta la vista, sorprendida.
—¿Sí, señor?
—Necesito que me acompañe a cenar esta noche.
Parpadea, confundida.
—¿Cenar…? ¿Como parte de trabajo?
Arqueo una ceja.
—¿Hay otra interpretación?
Aprieta los labios.
—No, señor.
—Bien. Vaya a su casa a prepararse. La recogeré a las ocho y treinta —ordeno y regreso a mi despacho sin esperar respuesta.
Veo que recoge sus cosas con prisa y sale sin despedirse.
A la hora acordada, Clarisse sale de su edificio con un vestido n***o sencillo que parece guardado para ocasiones formales. Yo la esperaba en el auto, impecable con mi traje gris oscuro.
Durante el trayecto apenas hablamos. El auto de lujo avanza por la ciudad iluminada, y ella mira por la ventana, tensa. La observo de reojo, disfrutando de su incomodidad.
La llevo a un restaurante exclusivo. Los meseros se inclinan apenas me ven entrar; todos saben quién es Maddox Sterling. La acomodo en una mesa privada, con vista panorámica.
—Ordena lo que quieras —digo con tono neutro.
Duda.
—Pensé que…se trataba de algo social…no privado solo con nosotros dos.
—¿Algún problema? —la veo negar, nerviosa. —Entonces ordene. —Suspira resignada.
—Una pasta estará bien.
Asiento y pido un vino caro.
Durante los primeros minutos, el silencio es absoluto. Luego me inclino hacia ella.
—Dime, Clarisse… ¿qué pensaste al verme en la entrevista?
Se queda helada. Sus dedos se crispan alrededor de la servilleta.
—Pensé… que era una sorpresa.
Sonrío con cinismo.
—¿Sorpresa? Yo lo llamaría ironía del destino.
Baja la mirada.
—Han pasado muchos años.
—Diez —corrijo con frialdad. —Exactamente diez.
El silencio vuelve, espeso como humo. Finalmente, murmura:
—No esperaba que me contrataras.
—Tienes razón —respondo, llevando la copa a los labios. El vino acaricia mi lengua con un amargor que me resulta casi placentero.
—No debería haberlo hecho. Pero me gusta tener a la gente… donde puedo verla.
Ella levanta la vista, y por un instante el reflejo de las velas le tiembla en los ojos. Mi frase la golpea; lo noto en el leve estremecimiento de sus labios, en la respiración que se le corta. No se atreve a contestar. Disfruto de su silencio, de ese pequeño poder que me concede.
—Yo no olvido, Clarissa. Nunca. —Dejo que cada palabra caiga despacio, como una sentencia.
Asiente con un gesto apenas perceptible. Su rostro se ha vuelto pálido, casi translúcido.
—¿Qué quieres de mí? —pregunta por fin, y su voz es un hilo frágil. —¿Castigarme por el pasado?
Me recuesto en el respaldo de la silla, esbozando una sonrisa que no pretende esconder su filo.
—¿Y si así fuera? —inclino la cabeza, midiendo cada pausa. —Dime una cosa… ¿en verdad lo amas? ¿Harías cualquier cosa por él?
Una sombra cruza su mirada, como si mis palabras hubieran abierto una grieta que teme mostrar.
—¿A qué te refieres? —murmura.
Me tomo mi tiempo antes de responder. Bebo otro sorbo de vino, dejo que el líquido me llene la boca, que el silencio pese entre nosotros.
—Sé que está enfermo —digo al fin, con una calma que es casi crueldad.—Que depende de tu seguro porque ya no puede trabajar, que apenas puede hacer algunas cosas por su cuenta. Sé que sus padres son mayores y no pueden costear su tratamiento. Y sé que tú… no eres omnipotente. Además tienes una hija que también necesita de ti.
Clavo la mirada en ella.
—Te lo pregunto de nuevo: ¿harías lo que fuera para salvarlo?
La veo palidecer, sus dedos se crispan alrededor de la servilleta. En sus ojos hay una súplica muda que no se atreve a pronunciar. Sé que lo haría. Lo sé con la certeza que da el instinto. Pero este no es el momento de jugar mi carta.
Me inclino apenas hacia adelante, rompiendo el peso del silencio.
—Vamos a cenar —digo finalmente, como si nada de lo anterior hubiera existido.
El silencio se convierte en nuestro tercer comensal. Solo el tintinear de los cubiertos y el murmullo lejano del restaurante nos acompañan. Ella mantiene la vista fija en el plato, y yo me permito saborear la tensión, como un vino añejo que se deja reposar.
Había pensado proponerle que fuera mi amante, lanzar el desafío de una sola vez. Pero empiezo a sospechar que no hará falta. Algo en su mirada, en el temblor de sus manos, me dice que el tiempo jugará a mi favor. Que cuando llegue el momento, será ella quien venga a buscarme.
Y entonces… yo estaré ahí, esperándola.